Elisa Ricol nació el 15 de febrero de 1916 en un pueblecito minero francés. Su padre, tras una infancia llena de privaciones, había abandonado el austero e ingrato paisaje que lo vio nacer para buscar fortuna al otro lado de los Pirineos. Allí nacen sus tres hijos. Los tres, comunistas, como su padre. Su trayectoria simboliza la de una generación que creyó que podía implantarse sobre la Tierra el "reino de los justos" y atravesó, no siempre indemne ni siempre inocentemente, los infiernos nazi y estalinista. Elisa Ricol militaba ya a los quince años en las Juventudes Comunistas Francesas. A los dieciocho, había sido comisionada por el Partido comunista francés para trabajar en el Komintern en Moscú. Allí conoce a Artur London, el amor de su vida. Pero la vida no será fácil para ellos. Ambos abandonan su país para ayudar a la causa de la España republicana; ambos participan en la Resistencia, y ambos conocen las cárceles y los campos de concentración nazis. Un recorrido en el que las prolongadas separaciones y las incertidumbres sólo podían vencerse con la fuerza de su amor y la fe en sus ideales. Pero la vida aún les tenía preparada la prueba más atroz. Artur London es acusado en su país, a donde ha regresado para ocupar un cargo de responsabilidad dentro del régimen, de traición. La confesión, el libro que dio a conocer al mundo los criminales engranajes de la maquinaria estalinista, es el testimonio de esa prueba, de la lucha de un hombre por continuar siendo y sustraerse a quienes habían programado su autodestrucción. Veinticinco años después, es su mujer, Lise London, quien en un lenguaje sencillo y directo, nos da fe de su vida en una extensa obra en dos volúmenes, La madeja del tiempo, que publica en España ediciones del oriente y del mediterráneo. Coincidiendo con la salida del primer tomo de sus memorias, Roja primavera, que abarca hasta la derrota de la República española, la hemos entrevistado en su apartamento de París, repleto de recuerdos que hablan de una existencia poco común.
-Usted es hija de emigrantes españoles en Francia, ¿podría hablarnos de sus padres?
-Mis padres nunca nadaron en la abundancia. Mi padre llegó a Francia en 1900, con solamente dieciséis años. Yo lo conocí siempre con silicosis, y a mi madre y a su energía debemos el que los tres hijos Ricol creciéramos sin que nos faltara nunca lo esencial. Mi padre era un personaje muy querido y respetado por todos, con un concepto de la justicia y de la dignidad muy agudos. A pesar de que era una época en que el trabajo no faltaba, pasábamos muchas dificultades, pues la condición social de los trabajadores era pésima, los salarios, muy bajos, y no existía la seguridad social. Mi padre era consciente de que estaba en Francia porque su pueblo era pobre, situado en medio de tierras rocosas y áridas incapaces de dar cosechas suficientes para alimentar a sus hijos. Muchas veces nos dijo que para él su pueblo no podía ser bonito, por el simple hecho de que había tenido que marcharse de allí para ganarse la vida en otro país. Mi padre era militante de la CGTU (Confederación General de Trabajadores Unitaria) y del Partido comunista: nos llevaba a todas partes, a las reuniones y a las manifestaciones callejeras. Mi madre, no. Mi madre era creyente, pero no iba a la iglesia y estaba convencida de que los comunistas, con su voluntad de mejorar el mundo y las condiciones de vida de los trabajadores, eran los herederos de Jesucristo.
-¿Cuál fue la experiencia de usted y sus hermanos durante su infancia, en esa difícil condición de hijos de emigrantes? ¿Se vieron confrontados a situaciones de racismo o llegaron a sentirse en alguna ocasión ciudadanos de segunda clase?
-Como ve, mis hermanos y yo hemos mamado el comunismo, y eso ha hecho que no nos sintiéramos ciudadanos de segunda clase en un país extranjero. Tengo que decir, además, que no percibíamos los síntomas de xenofobia que anunciaban la guerra. Al contrario, recuerdo, de cuando era pequeña, que había mucha solidaridad entre los vecinos, entre la gente con la que nos relacionábamos. También es cierto que entre los chicos, cuando jugábamos, a veces los franceses podían llamarme "sale boche"(1),pero la cosa no pasaba de ahí, y yo respondía con el mismo insulto. De hecho, ni unos ni otros sabíamos exactamente lo que "sale boche" quería decir, y menos aún todas las connotaciones que acarreaba. En realidad, los primeros gestos de xenofobia los sentimos cuando ya no éramos españoles, cuando ya habíamos adoptado la nacionalidad francesa. Y ese desprecio era, más que nada, un desprecio de clase.
Foto 1: El padre de Lise London (segundo por la izquierda) con su cuadrilla de montadores de pilones eléctricos. A sulado, con la maza sobre el hombro, Raimundo Mir, fusilado por los sublevados franquistas en el verano de 1936 en Zaragoza. Foto 2: Pueblo minero en el que residió la familia Ricol
-¿Cómo entró Lise London en la política? ¿Cuál fue su itinerario hasta su incorporación a las Brigadas Internacionales?
-Como decía, he mamado el comunismo, pero mi militancia propiamente dicha no comenzó hasta que mi familia abandonó Saint-Étienne y nos instalamos en Vénissieux, una localidad situada a las afueras de Lyon que entonces contaba con unos 12.000 habitantes, más de la mitad de los cuales eran inmigrantes, españoles en su mayoría. Al poco de llegar, era el año 1931, mi hermano Frédo se afilió a las Juventudes Comunistas. Apenas eran veinte militantes. Poco después, me afilié yo con quince años. Unos meses más tarde comencé a hacer tareas administrativas en la sede del Partido, en Lyon. En 1934, inicié una nueva etapa de mi vida: me casé y me instalé con mi marido en París. Al principio, me costó adaptarme y echaba mucho de menos a mi familia. Un día, Maurice Tréand, responsable de organización del Partido, me preguntó si estaría dispuesta a ir a Moscú a trabajar de mecanógrafa en el Komintern. Dije que sí, sin dudarlo. Antes de partir, tuve ocasión de vivir intensamente los acontecimientos de febrero de 1934, cuando los fascistas y la ultraderecha intentaron tomar el poder. La violencia fue indescriptible, pero generó un gran momento de unidad y solidaridad en la histórica manifestación conjunta de comunistas y socialistas del 12 de febrero de 1934. A medida que el peligro fascista aumentaba, el deseo de unión se desarrollaba, barriendo las resistencias que todavía subsistían en los estados mayores de las organizaciones políticas de izquierdas. Aquel 12 de febrero no fueron los dirigentes de los partidos y de los sindicatos los que encabezaron el movimiento, sino que fueron los trabajadores, la gente sencilla, humana y espontánea, los que hicieron posible la unión.
-¿Podría hablarnos de su paso por el Komintern?
-Llegué a Moscú en abril de 1934. Cuando me presenté en el despacho del Komintern, había una mujer de espaldas, alta y vestida de negro, dirigiéndose en español a su interlocutora. Tenía una voz timbrada, y me emocionó oír la lengua de mis padres. Debió de sentir mi mirada clavada en ella y se volvió. Le expliqué en español que venía de Francia y que era hija de emigrantes españoles. Ella me dijo que estaba a punto de volver a España y, cuando la empleada le dio su documentación, antes de salir me abrazó y me dijo en español: "¡Buena suerte, muchacha! ¡Hasta la vista!" Luego supe que se trataba de Dolores Ibarruri, quien desempeñaría un papel memorable en la revuelta minera de Asturias, pasando a ser conocida como Pasionaria, símbolo del combate por la libertad y la fraternidad. En el Komintern dominaba la misma jerarquía que en las instancias dirigentes del país. Sus colaboradores se dividían en tres categorías: la "infantería", formada por el personal técnico y otros colaboradores, de la que yo formaba parte; luego, estaban los cuadros -redactores, traductores...-, y, en la cúspide de la pirámide, los jefes. Al margen de la relación laboral, había muy poca relación entre unas categorías y otras. Los jefes, por ejemplo, no bajaban a la cantina con nosotros, pues tenían un comedor reservado en su propia planta. En cuanto nos incorporábamos al Komintern se nos prevenía de que nunca debíamos hablar de nuestro trabajo ni tampoco tratar de adivinar la verdadera identidad de los camaradas procedentes de países en los que había un régimen dictatorial y el Partido comunista estaba prohibido, pues usaban un nombre ficticio. Los colaboradores que procedían de países donde el Partido comunista era legal conservaban su verdadera identidad.
Foto 3: Artur London y Lise Ricol en Moscú, en 1936.
Cuando nos encontrábamos en la calle a algún conocido que nos preguntaba dónde trabajábamos, le respondíamos que en las Ediciones Internacionales. Foto 4: Artur London a los 23 años.
Desde su creación, en 1918, la Internacional comunista creía que Alemania sería el segundo país europeo donde se produciría la revolución socialista, de ahí que casi todos los puestos de dirección estuvieran ocupados por alemanes y se propusiera como ejemplo a los restantes partidos comunistas al KPD (Partido comunista alemán). Sin embargo, a partir de la victoria de Hitler en 1933, comenzó a revisarse la política de "uno contra todos" y de poner en el mismo plano a los nazis y a los "socialfascistas". El movimiento comunista internacional hizo una profunda autocrítica de su sectarismo anterior, que había facilitado la victoria de Hitler en Alemania y provocado un avance de las fuerzas de extrema derecha en diversos países europeos y de ahí salió la política del Frente Popular sancionada en el VII Congreso de la Internacional Comunista.
-¿Qué impresión guarda de su estancia en Moscú en plena era de Stalin?
-Voy a contarle mi experiencia personal respecto a la ley de prohibición del aborto que el régimen de Stalin hizo aprobar por referéndum en 1935, es decir, durante mi estancia en Moscú. Una vez al mes, el personal de los servicios técnicos celebrábamos una reunión de carácter político. Las reuniones eran bastante anodinas, y únicamente recuerdo que se produjera un verdadero debate con motivo de la discusión de esta ley. Tras una larga campaña orquestada por la prensa, la radio, el cine y miles de conferencias, la ley era discutida en los centros de trabajo, antes de pasar a ser votada en un referéndum. Entonces los extranjeros que residían en la URSS estaban inscritos en las listas electorales, lo que nos llenaba de admiración, así como el hecho de que las mujeres tuvieran derecho de voto, al igual que los mayores de dieciocho años, cosa que estaba lejos de suceder en el resto del mundo. La propaganda comunista fustigaba las libertades "formales" heredadas de la revolución burguesa de 1789, y el voto secreto había sido sustituido por el voto a mano alzada, considerado como expresión de la democracia directa. El día del referéndum, salimos en formación cuasi militar camino del colegio electoral. En cada esquina, moscovitas endomingados se sumaban al cortejo, de modo que, cuando llegamos a un gran anfiteatro decorado con serpentinas de colores, retratos de Marx, Engels, Lenin y Stalin y pancartas con lemas tales como "La juventud es el porvenir del mundo", éramos ya varios cientos de personas. En la tribuna se sucedieron unos cuantos oradores que denunciaron el maltusianismo como una teoría burguesa y condenaron el aborto como un crimen contra la nación. Tras las intervenciones, el presidente de la sesión pasó a votar la ley a mano alzada, y en el anfiteatro se alzaron miles de brazos que agitaban los boletines de voto. El presidente proclamó: "La Ley es aprobada por los presentes de manera unánime." Mis compañeras y yo, perdidas en medio de la unánime muchedumbre, abdicamos de nuestra opinión, que era contraria a la ley, pero, en esas condiciones, nunca nos habríamos atrevido a manifestarnos en contra...
-En Moscú conoció también a su futuro marido...
-Pues sí, Moscú me descubrió muchas cosas desagradables, pero también me descubrió al gran amor de mi vida: Artur London, que trabajaba en el Socorro Rojo Internacional y se encargaba de organizar las estancias de los militantes de otros países, enfermos de gravedad, la mayoría de tuberculosis, como era su caso, que acudían a tratarse a la URSS.
-¿Puede hablarnos de la gestación de las Brigadas Internacionales? ¿Quiénes eran los voluntarios que se presentaban para formar parte de los Combatientes de la Libertad?
-Fue en Moscú donde me enteré del golpe de Estado del 18 de julio. Al principio no nos preocupó. Confiábamos en la sólida implantación del Frente Popular, y nuestro optimismo se vio confortado con las victorias de Barcelona y Madrid. Pero muy pronto comprendimos que los republicanos necesitaban armas, y comenzó a preocuparnos la actitud timorata del Gobierno francés, que, el 25 de julio, infringiendo el derecho internacional, embargó la entrega de material bélico. Nuestro inicial estupor se convirtió en cólera. En todas partes comenzaron a crearse comités de ayuda a la España republicana y, con el objeto de coordinar sus actividades, se organizó en agosto en París una primera Conferencia europea en defensa de la República. La Conferencia supuso la creación de una comisión internacional de información y coordinación de las ayudas, dirigida por Pierre Allard, cuyo verdadero nombre, Giulio Ceretti, no supe hasta mucho después. Cuando regresé a París, comencé a trabajar con Allard. Nuestro despacho estaba en el número 120 de la calle Lafayette. Tímidamente, los españoles pedían refuerzos, y, por otra parte, los refugiados políticos -italianos, alemanes, polacos y de otras nacionalidades- venían a pedirnos consejo, pues deseaban irse de voluntarios a España. Al principio se trataba, por tanto, de combatientes espontáneos, y sólo después -cuando la Internacional comunista dio luz verde a la propuesta de los comunistas franceses, y el gobierno de la República española la aprobó- se organizaron las Brigadas Internacionales. En lo que a mí respecta, fui a España acompañando a André Marty, en el tercer y último gran convoy hacia Albacete, con 2.500 voluntarios, antes de que se cerrara definitivamente la frontera.
-¿Qué recuerdos guarda del Madrid de la guerra?
Estuve en Madrid cuando acompañé a Raymond Guyot para asistir al Congreso de las Juventudes Socialistas Unificadas. Fueron pocos días, y guardo el recuerdo de una ciudad defendida por los cañones antiaéreos -único material de que disponían- e iluminada por los estallidos de las bombas: desde entonces guardo aversión a los fuegos artificiales...
-Muchos brigadistas sufrieron, tras el regreso a su país, de la desconfianza y la persecución de la KGB, como revela el testimonio del propio Artur London en La Confesión, ¿cómo pudo llegarse a esta situación?
Fuimos una generación combativa y valiente, pero perdimos el sentido crítico. Teníamos una fe ciega en Stalin y no nos dimos cuenta o no quisimos creer que en la URSS sucedían cosas que enterraban la democracia, la libertad y, con ellas, el socialismo. Como escribió Artur London en el Prólogo a la edición en castellano de Se levantaron antes del alba, habíamos olvidado el sentido de ese pasaje de la Internacional en que dice "ni Dios ni rey ni César" y confiábamos totalmente en "nuestro supremo salvador", "nuestro guía que nunca se equivoca". Esa fe ciega explica muchas cosas. Pero hay que remontarse a los acontecimientos de junio de 1937, cuando el mariscal Tukachevsky fue juzgado y liquidado por haberse opuesto a Stalin y a su concepto defensivo de lo que debía ser la lucha contra el nazismo. Fueron cientos y cientos los oficiales y soldados del Ejército Rojo que fueron eliminados o envíados al gulag. Todos los militantes comunistas que combatieron en España o en la Segunda guerra mundial fueron considerados enemigos potenciales de Stalin y perseguidos y condenados como traidores. La historia es muy larga y compleja, pero, al producirse la victoria aliada, el grano de arena que desarticuló todo fue el rechazo a Tito y al Partido comunista yugoslavo. Todos los combatientes que creyeron en Yugoslavia cayeron a su vez en el "pecado" antiestalinista y pagaron por ello. Artur London, que lo sufrió, lo explica con todo detalle en La confesión.
-Tras la derrota de la República española, el PCF le encarga ayudar a los militantes del PCE refugiados en Francia, ¿podría hablarnos de ese período?
-Sí, cuando cerraron el centro de propaganda de la República española, a propuesta de Raymond Guyot y Santiago Carrillo, trabajé con la dirección de las JSU, que quería reconstruir la organización en el exilio. Teníamos un despacho en la calle Rivoli y llegamos a formar un equipo agradable y eficaz. Se trataba de resolver los problemas más acuciantes de los exilados políticos -ayuda económica, casa...-, y ayudarles a buscar un destino donde rehacer su vida. Más adelante se nos añadieron Teresa Pamies y López Raimundo, a los que habíamos ayudado a evadirse del campo en el que estaban internados. En otra ocasión tuve que desplazarme a Bretaña a preparar la evasión de Lourdes Jiménez, Margarita Abril y Pilar Aznara, también de la dirección de las JSU. Para no levantar sospechas, visitamos varios campos en "misión humanitaria". En el campo de Belle-Ile-en-Mer, donde sólo había mujeres con sus hijos de corta edad y familiares ancianos, las condiciones de vida de los internados eran atroces; sólo disponían de un litro de agua diario para beber y lavarse, y en los últimos días habían fallecido varios niños y ancianos. En otro campo, también en Bretaña, las madres y sus hijos estaban internados en un asilo de enfermos mentales. Finalmente, llegamos al campo de Saint-Brévin-les-Pins, donde proporcionamos a nuestras amigas la necesaria ayuda exterior para evadirse...
Lise London se fatiga y es necesario poner aquí punto final a la entrevista. No ha sido posible abordar su condena a muerte por su actividad como resistente durante la ocupación alemana, ni su terrible experiencia en el campo de Ravensbrück, ni el extremo suplicio de escuchar por la radio la "confesión" de su marido, Artur London, y sentir que todo se hunde...
Fernando García Burillo, El Viejo Topo, 1996
Foto 5: El carrito de helados con el que trataban de ganarse la vida los padres de Lise London durante sus difíciles años en Francia.