HAN DICHO DE Poemas Finales. Últimos poemas II (1962-1963)
Apenas cincuenta años han pasado desde que desapareció en su
exilio moscovita Nâzim Hikmet, el poeta turco más internacional, y ya nadie en
Occidente parece acordarse de su obra luminosa y esperanzadora. Un efecto
secundario del derrumbe del régimen comunista fue que arrastró al olvido -cuando
no al desprestigio- a muchos intelectuales y artistas políticamente perseguidos
que habían buscado refugio en la antigua Unión Soviética. Y precisamente Hikmet,
comunista de primera hora -que había encontrado su patria intelectual a
principios de los años veinte en el Moscú de las vanguardias-, había mantenido
un incorruptible compromiso crítico: en la Rusia estalinista provocó un
escándalo mayúsculo con su obra de teatro ¿Realmente existió Iván Ivanovich?, una
agresiva sátira sobre la burocracia de partido y el culto al líder.
La obra prolífica de Hikmet -o lo que queda de ella, ya que
parte se perdió en la fuga a Rusia, fue destruida por la policía turca- opera
frecuentemente con la contundencia afirmativa del realismo social. Sin duda,
corresponde a un defensor apasionado del comunismo (por otra parte,
absolutamente antidoctrinario).
Pero también seduce por la dulzura del sentimiento, la
amplitud de miras, y sobre todo por el entusiasmo de soñador romántico que el
sexagenario autor de los Poemas
finales conservó. El segundo tomo de los Últimos poemas, que cierra un meritorio
proyecto de traducción, iniciado hace diez años por Fernando García Burillo, da
fe de las cualidades de la obra de madurez de Hikmet, de su autenticidad,
transparencia y concisión: Soledad: pan de recuerdos que no llena. Aunque,
indudablemente, el libro está marcado por la conciencia de que al gravemente
enfermo del corazón le quedaban pocos años: Dentro de mí está la noche de la
gran separación". Una curiosidad añadida de los Poemas finales representan aquellos
versos que expresan el fuerte vínculo emocional de Hikmet con España (España es
una rosa de sangre abierta en nuestro pecho"), manifiesto en el poema carta a
Blas de Otero, y del que se hace eco el precioso, crepuscular pórtico de Antonio
Gamoneda.
Cecilia Dreymüller, "Poemas finales", El
País Babelia, 22/08/2009
En España hemos tenido una difusión tardía de la obra del poeta turco Nazim Hikmet (1901-1963), aunque guardamos un particular y temprano recuerdo de la versión parcial que el poeta turco-sefardí Solimán Salom -asiduo en las tertulias madrileñas de los años 60- nos ofreció en uno de los selectos volúmenes de la primera etapa de la colección Adonais (Poetas turcos contemporáneos, 1959). Luego llegarían la antología publicada por Visor (1970) y Duro oficio del exilio (Batlló, 1976, preparada sobre la que había hecho el argentino Alfredo Varela). El libro que hoy comentamos es complementario del que Las Ediciones de Oriente había publicado en 2000 (Últimos poemas. I). Estos poemas finales fueron escritos prácticamente durante los dos últimos años de su vida y, bajo este punto de vista, poseen esa significación profunda que sólo puede transmitirnos un ser humano que hizo de la lucha y del testimonio político una razón de ser tan poderosa como su misma poesía.
Nacido en Salónica, en 1901, cuando esta ciudad se hallaba integrada en el Imperio Otomano, Nazim fue hijo de un alto funcionario turco allí destinado. Sus raíces creativas son inseparables de su activismo político, ligado a su pertenencia al partido comunista y, en concreto, a una febril actividad periodística a lo largo de los años 20 y 30, que le llevara a la persecución por parte de las autoridades de su país; primero a breves encarcelamientos y más tarde, en 1938, a 12 años de prisión. Una campaña emprendida por intelectuales de todo el mundo, encabezada por Tristan Tzara, logró su liberación. Vida y obra están, por tanto, traspasadas por la inquietud social, pero lo que el Tzara reconoció como la "resonancia afectiva" de la poesía de Hikmet es lo primordial en su obra: un humanismo directo, sin fronteras, que el poeta aborda desde un lenguaje fuerte y novedoso.
Son estos atormentados (y serenos) poemas finales como páginas de un Diario que el poeta arranca a los lugares que visita (Tallin, Tanganica, Berlín y Moscú). A veces, un solo símbolo -como el árbol del poema "árbol de Año Nuevo", escrito en Estonia- le sirve para ponernos de relieve un macrocosmo que es consustancial a esta poesía última, y que está hecho a la vez de un lirismo y de un realismo desnudos, en los que "oscuras torres góticas y chimeneas de fábricas" contienden con los símbolos perennes. Son los símbolos que luego, en un poema escrito en Berlín, adquieren nuevos nombres, y que anulan la angustia de la "separación" de la "enferma" que está muriendo en la lejanía.
Como ya sucediera en otro gran poeta testimonial que nunca renunció al lirismo, Pablo Neruda, las miradas de Hikmet tienden a contemplar lo planetario más allá de lo local. Siempre es el realismo el que se revela en sentimientos y figuras comunales. Así, en los 10 poemas-carta que escribe en Dar es Salam, capital de Tanganica, hace una lectura de la realidad a través de la vida cotidiana; aunque en esa sucesión de imágenes, el hilo lírico sea más débil y es la realidad y la Historia la que retorne al poema para intensificarlo y sacudir al lector.
Como otro gran poeta turco del pasado siglo, Ilhan Berk, Hikmet contempló el mundo y los seres humanos con los ojos "bien abiertos y bien jóvenes". Es esta mirada imperturbable la que observa y pasa la información al pensamiento y al sentimiento del poeta, que, a continuación, denuncian. Pero, al final de su vida son el amor y muerte las que cuentan para un humano; son como su testamento poético al trenzarse en el breve poema último como un resumen de una vida asediada por el dolor: "Me dijo por qué no vienes/ por qué no te quedas/ por qué no sonríes/ por qué no mueres/ He venido/ He quedado/ He sonreído/ He muerto".
Antonio Colinas, «Más finales II», El Cultural ( 27/02/2009 )
Lo que caracteriza la lírica del
último Hikmet es que la órbita del poema no sigue otro trayecto que el
que brota de su propia conciencia y al que una sentimentalidad nada
romántica hace transcurrir también por el concreto mapa de su
imaginación, haciendo que en sus versos se mezclen muchas cosas y que
el intenso tejido que las une sea a la vez único y común -que consista
en «echar un cubo al pozo» que su yo lleva dentro y en «sacar agua de
él».
No todos sus poemas participan en
y de este mismo espíritu: los menos líricos se sirven de determinadas
divinidades de la mitología anatolia para, a través de ellas, articular
un canto de defensa de la libertad. Son los más políticamente
militantes, pero también los que de todo este conjunto despiertan menos
interés, ya que sucumben a la fuerza inercial del tópico, y el
resultado estético obtenido queda muy por debajo de su noble intención.
No otro es el precio que el poema político a menudo se ve forzado a
pagar.
Pero la poesía política de Nâzim
Hikmet se distingue en que la circunstancia que origina el poema no
somete a éste ni a un tematismo fácil ni a un esquema reductor, sino
que hace del sujeto que lo expresa -y por tanto también de quien lo
lee- una atenta conciencia vigilante, solidaria del dolor de los otros,
que ve reflejado también en el propio yo. Hikmet da dimensión poética a
la poesía política y logra que el poema supere las limitaciones de
dicción que podrían convertirse en su lastre.
Una fotografía en la prensa.
«Árbol de Año Nuevo» es un ejemplo de la compleja simultaneidad de lo
íntimo, y «Revista militar», una muestra de escritura testimonial. Así
lo indica la delicada maquinaria y la perfecta estructuración que lo
informa, con la precisa anécdota de la que parte y el conciso
desarrollo que su autor le da. Personalmente prefiero el primero de
ellos al segundo, pero no puedo dejar de admirar la arquitectura y el
tono epigramático de éste, que tiene su origen en una fotografía
publicada en la Prensa y que se amplía hasta constituirse en palabra
moral.
En Hikmet lo ideológico nunca
llega a anular lo estético, que, en su obra, se alimenta de un
correlato inteligible. De ahí sus símiles y sus comparaciones siempre
claras. Y es que -como dice uno de sus poemas más líricos y
culturalistas- ha «bebido de todas las fuentes de Roma», y eso se nota
no sólo en los referentes que utiliza, sino en su respeto a la
religiosidad, patente en los versos titulados «Los rostros de nuestras
mujeres». Pero su esperanza y su convencimiento son que la poesía sirva
«a la causa de la libertad». Así lo expresa en «A los escritores de
Asia y África», o en el que dedica a pedir el apoyo internacional a
Antoine Gizenga.
Los últimos poemas de Hikmet
parecen formarse a partir de dos claves: una de compromiso, y otra, de
introspección. La primera genera los textos de carácter más inmediato y
que podríamos llamar puntuales; la segunda, en cambio, produce textos
que -como «Parece que amé»- se caracterizan por lo inesperado de su
desarrollo y lo complejo de su textualidad. Pero, junto a estas dos
grandes líneas, hay otras vertientes, en las que abunda el retrato de
personas queridas e instantáneas líricas como ésta: «Enormes gotas de
lluvia como un racimo de uvas».
Más que la metáfora moderna,
Hikmet utiliza -como ya se ha dicho- el símil y la comparación. Lo que
facilita el acceso del lector a un sistema referencial coincidente con
-o reconocible por- su propio horizonte de expectativa. Pero estos
poemas -hay que decirlo- no son en sí un libro ni constituyen tampoco
una unidad: tienen -eso sí- la coherencia que la cosmovisión de su
autor les otorga, pero sólo esa. Lo que no significa que carezcan de
valor en sí: lo tienen como poemas, pero no llegan a configurar su
mundo en libro.
Clima de confidencia.
Abundan el apunte a vuelapluma, la nota de diario, el dibujo y el
trazo, más que los poemas de extenso recorrido; y, sin embargo, hasta
en los más breves, hay notabilísimos hallazgos como los que suponen el
poema-reportaje y la calidad de su lírica amorosa. En ésta cobra
especial relieve su clima de confidencia; en aquéllos, la capacidad del
autor para unificar diferentes planos de la realidad y constituirlos en
estados de conciencia.
Estos Poemas finales de Nâzim
Hikmet completan la fase anterior recogida en Últimos poemas,
publicados en el año 2000 también por Ediciones del Oriente y del
Mediterráneo, pero tienen, además, otro interés: que Fernando García
Burillo explica las relaciones de Hikmet con Hispanoamérica y España,
sobre los testimonios de Neruda y Nicolás Guillén, las versiones al
vasco, hechas por Gabriel Aresti, y los poemas intercambiados entre el
poeta turco y Blas de Otero. Nuestro país fue para Hikmet una
referencia: su poema «España», incluido aquí, lo demuestra.
Jaime Siles, «Gotas como racimos de uva», ABCD las Letras y las Artes (21/02/2009)
HABLA NÂZIM HIKMET
«Un poeta comunista, progresista, revolucionario, el término no me interesa. Un poeta ligado al progreso de la humanidad debe crear obras de arte verdaderamente dignas de ese nombre. Sus poemas deben ser, por una parte, comprensibles para el pueblo, incluso si es analfabeto, y poder servir de fondo a la literatura futura, por otra. (...) Un poeta revolucionario es un hombre que actúa: no debe únicamente reflejar el alma de su pueblo, sino que debe darle una dirección. (...) En Estambul, escribía para que me lo imprimieran, para que me leyeran con los ojos. Pero en Anatolia comprendí que era preciso leer los poemas en voz alta, para el pueblo. (...) Entonces me dediqué a escribir poemas sonoros, con rima y expresiones populares (...). Pero cuando estuve encarcelado, comprendí otra cosa: que se puede tener a un solo hombre por todo auditorio y, a través de él, hablar a toda la humanidad. Sin gritar: en voz baja, con una entonación muy de charla, muy íntima. »La poesía es tan útil como el pan, la sal y el agua. (...) »Mi oficio esencial es el de poeta. Hago teatro también y estoy empezando una novela. No existen temas específicos de la poesía, la novela o el teatro, todos los temas pueden ser tratados por uno u otro. Cuando se trata de la poesía, no hago ninguna concesión, quiero decir ninguna concesión formal. Concesiones ideológicas, las hago cuando me equivoco y digo: “tenéis razón, amigos míos”. Pero en el teatro, en la prosa, como son cosas secundarias para mí, puedo hacer concesiones formales, incluso puedo ser conformista. A veces se hacen concesiones sobre las cosas secundarias. La vida es tal que no hay que hacer concesiones en las cosas esenciales».
Fragmentos de la entrevista con Régis Debray y Jean-Marie Villegier para Clarté, nº 48
«Hoy en día, utilizo todas las formas. Escribo tanto siguiendo la métrica de la literatura popular como con rima. (...) Escribo también en lengua hablada, en su expresión más simple, sin métrica ni rima. Hablo tanto de amor como de paz, de revolución y vida, de la felicidad, del destino, de la esperanza y la desesperación. Quiero que todo lo que es propio del hombre lo sea de mi poesía. Quiero que el que me lea pueda encontrar, en mí o en nosotros, la expresión de todos sus sentimientos. Que nos lea tanto cuando quiera leer un poema sobre el 1 de mayo, como cuando quiera oír hablar de su incomprendido amor. (...) »Desde que soy poeta, lo que espero, lo que exijo de las bellas artes es que, al servicio del pueblo, lo conduzcan hacia días mejores. Que traduzcan el sufrimiento, la cólera, la esperanza, la felicidad, la nostalgia del pueblo. Eso es lo que no ha cambiado en mi concepción del arte. El resto ha variado, varía y variará en todos los sentidos. Yo he cambiado, cambio y seguiré cambiando para testimoniar de la manera más conmovedora, más inteligente, más eficaz, más bella y más perfecta, esto es lo que no cambiará.
Conversación con Ekber Babayev, Konusmalar, Estambul, Adam Yay, 2000.
HAN DICHO DE NÂZIM HIKMET
«En este siglo de nuestra vida y nuestra muerte, nos hemos acostumbrado a alzarnos de hombros cuando se habla de romanticismo. Sin embargo, todo lo que tiene grandeza en este tiempo es signo de romanticismo. Sin duda diferente al del teatro, en el que se piensa casi siempre al hablar de romanticismo. Nâzim es su ejemplo más importante. »De esa generosidad de alma sin límites, de esa ofrenda magnífica de sí mismo, de esa facultad de entusiasmo que hace a la sombra llamear, cantar el amanecer a medianoche, que convierte en oro la paja y al hombre en un enamorado perpetuo».
Louis Aragon, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, 10-16 diciembre 1964
«Sólo lo conocíamos por sus poemas de lucha, de protesta, y eso nos basta. Nos basta que en algún lugar del mundo, como si estuviera entre nosotros, haya habido un hombre tocado de la poesía que hacía frente a los bárbaros de siempre, siempre los mismos bárbaros».
Miguel Ángel Asturias, «Nâzim Hikmet», Europe, noviembre-diciembre 1974
«La ausencia de Nâzim es tan sorprendente como su presencia, su voz. »Por mucho que nos expliquen que está médicamente muerto, muerto realmente, tales argumentos parecen irrisorios al lado de la imagen indeleble de reivindicación de cuerpo y pensamiento. «Para todos los que lo conocen, la vida de Nâzim Hikmet solo puede conjugarse en presente continuo».
Abidin Dino, Il neige dans la nuit, Gallimard, París, 1999
«Es evidente que, como solo conocemos la poesía de Nâzim Hikmet a través de sus traducciones, lo que constituye su fluidez original no nos llegará. Y sin embargo, a pesar de la imperfección inherente a toda traducción, su poesía está cargada de tal potencial humano que, hasta desnuda del encantamiento del lenguaje, toma cuerpo y se mejora en nosotros con toda su frescura y resonancia afectiva».
Tristan Tzara, Poèmes de Nâzim Hikmet, Les Éditeurs Français Réunis, París, 1951
«Otros expresarán mejor que yo la fuerza y la belleza de sus escritos. Yo querría sobre todo recordar la grandeza del hombre y su indomable energía. Lo conocí cuando ya estaba enfermo y me sorprendió su voluntad de vivir y luchar. Pero lo que más me llamó la atención fue su lucidez melancólica e irónica: aquel hombre que por fin había escapado a los golpes, a la perpetua amenaza de asesinato y que se encontraba al final de su vida no descansaba como tantos otros hubieran estado tentados de hacer; era consciente de que nada estaba acabado, que tenía que continuar su lucha contra el enemigo de fuera e incluso, fraternalmente, contra los errores de dentro. En el mismo momento en que con todos luchaba por la paz, contra el imperialismo y el fascismo, alertaba a sus camaradas, en una obra de teatro que se representó en Moscú, contra los peligros de la burocracia. Vivió hasta el fin esa contradicción sin abandonar ninguno de sus dos términos: disciplina de militante y crítica de escritor. Esa tensión permanente fue la que, en los últimos años, acabó con las fuerzas que el cautiverio le había dejado. Pero también por esto sigue con nosotros hoy, como un ejemplo de lo que debe ser un hombre: amigo fiel, militante animoso y enemigo resuelto de los enemigos del hombre, (...) En resumen, que era preciso, como dice Pascal del cristiano, (...) «No dormir nunca». Nunca durmió; lo admirable es que la muerte haya sido su primer y último sueño. Pero las obras de un hombre que veló sin desmayo toman el relevo y velan por vosotros en su lugar».
Jean-Paul Sartre, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, París,10-16 diciembre 1964
«Le gustaba escuchar los versos dichos en otras lenguas y, cuando mirabas la expresión de su cara atenta, apoyada en las palmas de las manos, con los ojos semientornados, se veía hasta qué punto desearía comprender esas palabras incomprensibles, hasta qué punto deseaba que esos versos que no comprendía fueran hermosos. »Disfrutaba enormemente discutiendo. Discutía sin parar, por todo con lo que no estaba de acuerdo. Discutía con cualquiera, pues nunca se le ocurrió mirar por encima del hombro a sus semejantes, nunca se le ocurrió que nadie fuera demasiado poco para que él, Nâzim Hikmet, entablara una discusión con él. Para él, todos los seres humanos eran hombres como él. Estaba dispuesto a amar a cada uno de los hombres y a enfadarse con cada uno de ellos».
Constantin Simónov, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, París,10-16 diciembre 1964
«Era un hombre alto, bien puesto, rubio, de azules ojos y piel rojiza, como un inglés. En lo de turco, más parecía serlo Jorge Amado —y así lo decíamos en broma sus amigos cuando ambos estaban juntos— que aquel gran cantor de Turquía —nieto de un pachá— que muere sin haber visto a su patria. »Sin conocer palabra de su idioma, nos deleitaba y suspendía el escucharle los poemas. Eran como canciones extremadamente musicales, cuyo ritmo había tomado el poeta de la cantera popular en su país. »¡Pobre poeta! Como Nesval [sic], el gran checo, lo traicionó el “miocardio inocente” de nuestro Rubén [Darío]. Su vida fue un ejemplo puro de humanidad y lirismo soldados firmemente, como él veía el contenido y la forma en la escritura; de acción y pasión. Quince años le tuvo el turco reaccionario en una cárcel, y allí enfermó para no curar nunca. De eso ha muerto, y del dolor de amar mucho a los suyos, a su pueblo, y de cantarlos, sin poderlos redimir».
Nicolás Guillén, Prosa de prisa, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1987.
«Nunca verán ustedes este nombre en las extrañas revistas culturales que aquí leemos. Sin embargo es el primer poeta, el poeta nacional de su patria, Turquía. Yo lo considero como uno de los más grandes poetas vivos. »El pueblo turco sabe de memoria sus versos, pero su nombre no puede publicarse en Turquía. (...) »Me gustará verlo aquí, en esta tribuna, con su alta estatura y sus ojos claros (no parece turco) recitándoles sus versos en ese idioma extraño. Los poetas orientales dicen sus versos como si cantaran. »¿Cómo darles idea de la bondad, la entereza y la simpatía de Nâzim Hikmet? (...) »Cerca de quince años lo tuvieron encarcelado por unos versos escritos en su juventud. Solo una huelga de hambre de muchos días y los reclamos del mundo entero le dieron la libertad. »Me cuenta que aún ahora después de dos años de vivir en el mundo libre no adquiere aún las nociones de la llave y de la luz eléctrica. »Se le olvidan las llaves porque durante quince años otros abrieron y cerraron su celda. »Se olvida de apagar la luz en la noche, al acostarse, porque durante quince años durmió bajo una ampolleta encendida. »Es el más alegre de los hombres (...)».
Pablo Neruda, fragmentos de una conferencia del ciclo «Mi poesía», publicada en La Aurora, julio 1954.