PUEBLO DE MADRID, ¡PERDÓN!
¡Ay, que día tan triste en Madrid! Sabedlo.
La tierra no tembló aquel día. Ningún asteroide errante
se estrelló contra la Bolsa. Ninguna otra marea negra
de la anterior, las urnas pronto darían cuenta
La televisión ladraba, maullaba, cacareaba,
chirriaba, graznaba, rebuznaba, parloteaba.
Los futbolistas saltaban al césped. Los toros pacían.
Los escritores remoloneaban en la cama.
El del bigote pulía su sermón de despedida.
El
serial killer se había tomado un tiempo de reflexión.
Y Dios padre o madre estaba ausente como de costumbre.
Sabedlo el tiempo bruscamente se petrificó
Luego, ese timbre anodino perdido entre la cacofonía de timbres.
¡Malditos sean los móviles, así en la tierra como en el cielo!
Unos segundos y el dique de la razón cedió
la cadena de la especie humana se rompió.
¡Ay, que día tan triste en Madrid! Herederos obligados de todas las andalucías, de todas las luces,
de todos los genocidios, de todas las tinieblas. Necios ridículos.
Como ratas atrapados en la impotencia
Tratando por milésima vez de comprender
cuando ya habíamos creído comprender la última vez.
Los sabios acaban de revelar que el Universo
ya no se expansionará. Al contrario, cándidos de nosotros,
fingimos descubrir que el sadismo del hombre es ilimitado.
Salta a los ojos el abismo insondable del mal.
Hundámonos en él, aunque sólo sea para sentir
una ínfima parcela del calvario de los recién llegados
al baile de máscaras del horror donde atizan la carne y el alma
en el crematorio de un círculo del infierno,
que ningún texto inimitable nos significó.
Señores asesinos, podéis echar las campanas al vuelo.
Consumados especuladores, comprasteis barato
el campo inconmensurable de las miserias,
las injusticias, la humillación, la desesperación
y lo habéis hecho fructificar con creces.
La tecnología de los aborrecidos satanes
ya no tiene secretos para vosotros.
Para vosotros no cuentan ni la religión, ni el color, ni el sexo.
Todas las marionetas vienen a ser lo mismo.
Basta con no estar en la tumba para ser el agraciado.
Sois maestros en el arte de mover los hilos del odio
para localizar, designar, acosar, arrinconar
y ajustarle las cuentas al primer quisque consciente
o inconsciente del simple riesgo de existir.
Que coma, que esté de pie o tumbado, que rece,
que dé vueltas en la cabeza a una idea
o se dirija al trabajo con la mente en blanco,
que acaricie la mejilla de su hijo o coja una flor,
que escuche una música que le trae el recuerdo
de la tierra de sus orígenes o el encuentro
que cambió el curso de su vida,
que escriba un poema o rellene un impreso de impuestos,
que hable por teléfono con el fontanero
o con su madre ingresada en un hospital,
que lea un libro de Gabriel García Márquez
o el prospecto de una pizzería, que resople bajo la ducha
o se aburra en el retrete con el calzoncillo entre las rodillas,
que se abra al que está a su lado en el autobús
o baje los ojos ante la mirada insistente del que tiene enfrente,
que agarre la maleta antes de subir a un tren
o corra por los pasillos kafkianos de un hotel de lujo o de mierda,
que acabe de saber que su hepatitis C no le deja más
que unos meses de vida o meta mano en el bolsillo
para asegurarse de que la cartera sigue allí,
que se dirija a una entrevista de trabajo
o pinte una pancarta para la manifestación del día siguiente,
que se rasque los huevos o dé un puñetazo en la mesa,
que le guste la compañía de los perros o la de los gatos,
que sea un hombre hecho y derecho, o una mujer,
o aún esté en esa bendita edad en que el ángel
verdaderamente carece de sexo y sobre todo alas.
Todas las marionetas vienen a ser lo mismo.
Basta con no estar en la tumba para ser el agraciado.
Oh, dulce criatura ¿por eso gritabas hasta desollarte
los pulmones en el momento de nacer?
Señores asesinos Dicen que le dais bien al magín.
Así que puedo haceros una pregunta sencilla:
¿Qué es para vosotros un ser humano?
¿Por qué ese silencio? ¡Respondedme!
Ah, adivino vuestro rictus desdeñoso e imagino el globo
que por descuido dejáis escapar de vuestros pálidos labios.
En él veo un insecto minúsculo sobre el que descarga un puño velludo
y a manera de comentario esta exclamación: ¡Así aprenderá!
Cierto es que continúo sondeando vuestros pensamientos
ese insecto dañino lo ha parido el ser que os produce
un sudor frío y que os afanáis en envilecer
aplicando al pie de la letra el principio de precaución:
he nombrado a la mujer, perdonadme la expresión.
Adivino vuestro miedo y vuestro asco, el horror
que os inspira el advenimiento de la vida cuando,
tras los jadeos y los gritos de la parturienta,
la cabeza viscosa de la criatura se libera
del inmundo conducto que os habéis visto obligados a arar
y, para colmo de desgracias, sembrar.
No os perdonaréis nunca haber pasado por ello.
Por eso la muerte es vuestra única pasión.
Por ello os ruborizáis y palidecéis. Palpita vuestro corazón.
Desfallecéis. Y cuando la habéis oficiado. Os imagináis
llamando a la puerta de un Edén en el que
os prometieron confesadlo delicias perversas.
¡Ay, que día tan triste en Madrid! Sabedlo.
Es en Rabat, Argel, El Cairo, Bagdad
donde deberían lamentarse más, de no saber qué pensar,
de no saber qué decir, de no saber qué hacer.
Herederos obligados de una edad de oro
entregada a las plañideras de tantos
sueños abortados tantas afrentas, tantas tiranías.
Necios ridículos roídos desde dentro por la bestia inmunda
que nos hemos acostumbrado a lanzar
de una patada a la cara del Otro ¿Responsables? ¿Culpables?
Víctimas además de los verdugos que
excretamos como excreta bilis el hígado.
Aplastados cíclicamente, aniquilados por los potentados
que execramos y adoramos a veces luchando
con la fuerza de la esperanza
y la desesperación para que nuestros descendientes
puedan creer tal vez un día que antes de la muerte
hay eso que un antiguo rumor llama vida:
un río maternal donde da gusto bañarse de día y de noche.
En todas las estaciones hermosas y prometedoras.
El único milagro sin truco.
Gentes de Madrid, que vuestros muertos descansen en paz.
Ninguno ha desmerecido la semilla
sagrada de la vida en ellos depositada.
Como cada uno de nosotros, albergaron el aliento
que anima el Universo y la creación.
Cada átomo de su cuerpo vibró y giró alrededor
del sol interior que iluminó su camino.
Su viaje fue el nuestro y nuestro viaje
será de ahora en adelante el suyo.
Continuaremos soñando en sus sueños,
Desollándonos el alma en sus desolladuras,
Interrogándonos en sus interrogantes,
amando en sus amores, acariciando la luz en sus caricias,
deslumbrándonos con sus deslumbramientos.
Continuaremos también debilitándonos con sus debilidades,
encerrándonos en sus encierros.
No desdeñaremos ni las anteojeras, ni las pequeñas cobardías.
Haremos nuestra parte de intolerancia, necedad e indiferencia,
pues no somos otra cosa que sus hermanos
y hermanas, humanos nada más.
Pero trataremos de resistir mejor todavía en su resistencia,
alimentaremos la llama vacilante de nuestra memoria
con el ascua punzante de su memoria.
Gentes de Madrid, puesto que nadie ha pensado
en pediros perdón lo haré yo. Yo, ¡quién soy yo?
Mi nombre no os sonará ¿Por qué lo hago? Qué más da.
El grito precede a la palabra que a menudo
precede al pensamiento y además el corazón tiene razones
que la inteligencia a veces desconoce.
Así que perdón, gentes de Madrid.
Perdón por las noches que vendrán en blanco o en gris,
cuando el ser querido regresará como fantasma
amenazador a reprocharos que lo hayáis sobrevivido.
Perdón por la mano que no se ha encontrado, por el anillo
de boda calcinado, el bote de maquillaje destapado
usado en el último momento. Perdón por los zapatos intactos
y el sujetador que aún huele a vainilla o a rosa.
Perdón por los amantes de corazón andrógino partido en dos.
Por la risa electrocutada de niños.
Perdón por las madres de la futura plaza del 11 de marzo.
Perdón por el silencio de mis hermanos, por no decir su indiferencia.
Perdón por lo que algunos de ellos piensan por lo bajo.
Perdón por no haber hecho más y mejor
contra el lobo que diezma mi propio rebaño.
Perdón por no saber lo bastante vuestra lengua
para dirigirme a vosotros en buen castellano.
Perdón a Lorca, Machado, Hernández,
por no decir a mis hijos que los leyeran.
Perdón por las lagunas y los hechizos,
por los ojos secos de la compasión.
Perdón por lo poco que pueden las palabras, dicen a medias
y casi nunca saben, pero por favor, perdón.
Poema leído el 11 de Julio en Leganés (Madrid) dentro de las jornadas organizadas por el comité Marroquí de Solidaridad por las Víctimas del Terrorismo, la Fundación Hassan II para residentes marroquíes en el extranjero, la Fundación Cultura del Sur y el Círculo del Mediterráneo