¿Quiénes son los erguibat? Ismail me mira, sorprendido. Estoy tumbada boca abajo en una estera, con la pluma alzada, la página en blanco junto al quinqué y los ojos brillantes de excitación: por primera vez desde que llegué a Mauritania, me convierto por fin en «etnóloga sobre el terreno» e interrogo a la «población», los «autóctonos», los «indígenas», los «llamados salvajes». No falta nada: el cuaderno, la estilográfica, la pregunta, el intérprete y, lo más importante, el primer espécimen de erguibi1 que tengo posibilidad de entrevistar conforme a las reglas del arte. Pero no tengo la menor idea de la manera en que voy a llevar la discusión, si es que soy yo quien la lleve. Tampoco sé con exactitud qué es lo que quiero saber. En realidad no sé nada. Sin embargo, mi pregunta es amplísima. Necesitaré diez años de trabajo y mil páginas de escritura para tratar de responderla, y solo muy parcialmente.2 Sin embargo, la planteo sin pestañear, con una sensación de enorme satisfacción, convencida de estar desempeñando mi papel a la perfección. ¿Acaso no tengo un diploma universitario? ¿No obtuve el año anterior la licenciatura de etnología en el departamento más apreciado por aquel entonces?3 Bien es verdad que no seguí las clases con asiduidad. Era tan raro escuchar a los profesores hablar de sus viajes, las personas que habían encontrado o conocido, la manera en que habían entablado sus primeras relaciones y abierto, poco a poco, la comunicación. Como si no mereciera la pena contar su experiencia personal, y esta no tuviera sitio en la universidad. En sus exposiciones, las poblaciones de las que analizaban la organización familiar, los ritos, el sistema político o el pensamiento se convertían en abstracciones. Con el cuerpo contrito en actitudes acompasadas y solemnes, esparcían sobre nuestras estupefactas cabezas una oleada de palabras de las que la aventura humana estaba ausente. Por aquel entonces, al otro lado del campus, en una residencia universitaria erigida sobre un descampado embarrado, justo enfrente de las famosas chabolas de Nanterre, se hallaban la vida, la investigación, las auténticas preguntas. Puesto que allí estaban los Otros: africanos, asiáticos, árabes, bereberes, cristianos, musulmanes, judíos, estudiantes en la universidad, adolescentes chabolistas, chicas, chicos, todos se reunían y hablaban, hablaban y hablaban. Las ideas volaban, los testimonios circulaban, y rugía la revuelta. Con ellos aprendí a reflexionar sobre la alteridad y comprendí que todos éramos parecidos. Con ellos tomé conciencia de la existencia de unas relaciones de dominio internacional y de mi pertenencia al campo de los dominadores. La guerra de Argelia había concluido hacía poco, mis amigos eran árabes, eran hermosos, y yo me sentía avergonzada. Culpable por una historia que descubría era la mía, solidaria con la miseria provocada por mis padres y responsable de la mentira que seguían profiriendo, tenía que tomar partido. De modo que decidí interesarme por el Magreb. Como parecía que la literatura colonial había privilegiado la cultura berebere, opté por estudiar un pueblo árabe. Puesto que de todos los pueblos de la tierra, los nómadas eran los más vilipendiados, decidí interesarme por los nómadas árabes. Y, como Francia había conquistado el Sahara, partiría a la búsqueda de nómadas árabes saharauis, con quienes, en nombre de todos los otros, sentía que había heredado una deuda. No por eso pretendía marginarme del sistema universitario. Al contrario, quería incluir mi investigación dentro de un currículum a fin de que fuera reconocida. Por lo tanto tenía que buscar un lugar que se hubiera mantenido hasta entonces al margen de las investigaciones de los etnólogos, pues esa era la regla de juego. Lo primero era encontrar a un profesor que aceptara dirigir académicamente mis estudios y me ayudara a poner nombre a esos nómadas árabes saharauis desconocidos, pues en esta universidad rodeada de magrebíes, la enseñanza había hecho caso omiso de la civilización árabe. Sin embargo, al otro lado, entre las viviendas de alquiler protegido, los barrios de chabolas y los colegios mayores, solía escucharse a través de las ventanas, junto a los lamentos de Um Kalthum, una canción: Si queréis hablar de países lejanos Donde se muere de miseria y hambre De los niños de Biafra y de los indiecitos Ir a ver a mis vecinos, a dos pasos de mi casa 4 A fuerza de indagar, acabé descubriendo en el tablón de anuncios del departamento de Etnología de la Universidad una minúscula nota escrita apresuradamente a mano, como si se tratara de un añadido hecho a última hora, una vez redactados los programas: Los alumnos que quieran matricularse en los cursos de licenciatura del mundo árabe deben ponerse en contacto con la profesora Dominique Champault, responsable del Departamento de África blanca del museo del Hombre, o con D. Ahmed Baba Miské. A Dominique Champault cabellos tan negros como una saharaui y mirada cálida e inteligente le divierten mis apresuradas pretensiones, cuando le anuncio en tono perentorio que lo desconozco todo sobre la civilización árabe, pero que tengo la intención de hacer mi tesina sobre ese tema: salgo de su despacho con la referencia de una treintena de obras que tengo que leer para empezar. Cuando regreso tres meses después, acepta recorrer conmigo en pensamiento las estepas que ella ha recorrido de África y Oriente Medio. A continuación me habla de los erguibat que vio en Tabelbala, adonde venían a aprovisionarse5. Es la tribu más importante del Sahara occidental. Un oficial de Asuntos indígenas redactó un informe sobre los erguibat leguacem.6 Debería leerlo. Está sin publicar y data de los años cuarenta. Ahmed Baba Miské es mauritano. Cuando le pregunto si acaso conoce «nómadas árabes que no hayan sido estudiados», también me habla de los erguibat. Simpatiza con los jóvenes saharauis que se disponen a luchar en el Sahara español y con ello lanza una botella al mar, ¿pero cómo iba yo a saberlo? Cómo podía yo saber que estos «nómadas árabes no estudiados» son legión en Mauritania, y que este asunto, apenas rozado distraídamente por mi interlocutor, está de plena actualidad en un lugar adonde no llegan los periodistas? Pues nada. De los erguibat tan solo me dijo su nombre. No puedo darle la más mínima referencia, pues estoy en contra de las bibliografías. Pero, si quiere conocer a algún mauritano, puedo darle el número de teléfono de una prima que puede ponerla en contacto con estudiantes o gente de paso. Garabatea un número de teléfono en un trozo de papel: el hilo de Ariadna que habré de desenrollar y que me conducirá hasta lo más profundo de Mauritania. Intuyendo que los erguibat pueden tener que ver con lo que ando buscando, corro febrilmente de biblioteca en biblioteca y acabo descubriendo, en el 13 de la rue du Four, en el distrito 6 de París, un sorprendente «Centro de Estudios Superiores Administrativos Musulmanes», rebautizado a raíz de la descolonización como «Centro de Estudios Superiores sobre África y Asia Modernas». En una reducida sala de lectura, casi siempre desierta, se conservan cuidadosamente miles de informes mecanografiados, la mayoría redactados por oficiales de la infantería colonial o de Asuntos indígenas. Mira por dónde, siendo antimilitarista, son los militares los que me proporcionan las primeras informaciones: los oficiales meharistas, obligados a nomadear para combatir con los nómadas y luego para controlarlos y administrarlos, redactaron multitud de notas sobre su economía, el sistema tribal, las tradiciones orales y el derecho consuetudinario. A través de mis lecturas me informo de que los erguibat forman una «confederación de tribus» camelleras constituida por 30000 individuos durante la década de los años treinta, y que fueron los últimos que hicieron frente a la penetración francesa en el norte de Mauritania, entre 1905 y 1934: unos irreductibles, lo cual no deja de seducirme. Y también descubro que estos erguibat, «hijos de las nubes»7, símbolos de libertad y movimiento, campeones de la resistencia musulmana, eran abominables esclavistas que secuestraban niñitos negros a orillas del Senegal y el Níger y a continuación trasladaban a estos cautivos aterrorizados hasta sus tórridos desiertos para que guardaran sus rebaños. ¿Esta historia de buenos y malos no será más complicada de lo que parece a primera vista? Mientras en la Escuela de Lenguas Orientales me enseñan el árabe clásico como si se tratara de una lengua muerta, comienzo a tomar en Belleville mis primeros tés mauritanos. Allí descubro a árabes diferentes de los de la residencia universitaria y también de los del barrio de chabolas. Más delgados, con el pelo muy corto, en una época en que los chicos exhiben melenas que les cubren el cuello, y costreñidos por la ropa occidental, que llevan torpemente, tienen la tez oscura y miran sin insolencia. Allí me encuentro con mi primer erguibi. Hamdi es sin duda el chico más introvertido que he conocido nunca. Oculto tras un recato infranqueable, sólo responde con un «sí» o un «no» a las innumerables preguntas con que lo acoso. Tampoco es que lo someta a un interrogatorio demasiado indiscreto: hablamos de su trabajo, su salud, el color del cielo o el tiempo. Trato de propiciar el intercambio, ofrecer el primer presente y lo llevo a todas partes: con mi familia y con mis amigos. Todos reciben amablemente a este joven mudo y sonriente, pero no saben por qué brecha deslizarse para establecer al menos un punto de contacto. Si al menos su presencia desesperantemente silenciosa resultara ligera, acabaríamos acostumbrándonos, pero un embarazo indefinible pesa sobre su silencio, como si él mismo sintiera como una especie de incongruencia encontrarse entre nosotros. Pasados unos meses, Hamdi me propone acogerme en su familia para proseguir allí mis investigaciones. Así que decido partir después del verano, en el mismo avión que él. Me queda el tiempo justo para examinarme de árabe, reunir los fondos necesarios y documentarme más a fondo sobre las denominadas «técnicas de trabajo de campo». A medida que se acerca la fecha de salida, mis preocupaciones se vuelven más prosaicas: ¿cómo vestirme? ¿Qué equipaje voy a llevar? Mis amigos me abruman con consejos que muchas veces se contradicen. Pero, en todo caso, el objetivo fundamental de la vestimenta que me hacen reunir es enmascarar al máximo las formas femeninas de que me ha dotado la naturaleza, pues los árabes ya se sabe hay que tener cuidado con ellos. Pocos días antes de partir, visito a Dominique Champault para plantearle una pregunta crucial que últimamente me atormenta: ¿cómo arreglárselas cuando en un campamento de nómadas, estando todos reunidos, sientes la necesidad imperiosa de hacer tus necesidades? Y me da esta valiosa información: en tal situación, basta con levantarse y alejarse para ponerse al abrigo de las miradas, sin dar explicaciones, y todo el mundo comprenderá. El martes, 19 de noviembre de 1974, llego al aeropuerto de Orly Sur, donde he quedado con Hamdi, cargada con mis 25 kg de equipaje autorizados. En un gran macuto de tela de color caqui comprado en el rastro de París, llevo un batiburrillo de ropa, medicamentos y dos libros: un método de árabe clásico y el Corán. Apenas puedo con mi bolso de mano, atiborrado de papeles, lápices, la cámara de fotos, el magnetófono, cintas y películas. También me pesa el corazón: abandono en París, por mucho tiempo, al hombre que amo.