"Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico", de Gilad Atzmon

El próximo 27 de marzo llegará a las librerías la última novedad de nuestra colección Disenso. Tras el impactante La identidad errante: la identidad judía a examen, también de Gilad Atzmon, que inauguró la colección, publicamos ahora su nuevo libro, Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico, que, en palabras del autor, "se divide a grandes rasgos en dos. Arranca con un estudio filosófico de la condición pospolítica. Redefine el significado de la izquierda y la derecha, y reexamina la contienda política entre ambas. Luego, identifica los elementos ideológicos y culturales que han abocado al colapso de lo 'político', tal como lo conocemos"...

Gilad Atzmon es un músico y compositor de jazz mundialmente reconocido. Miembro de The Blockheads y del Orient House Ensemble, sus novelas y sus ensayos políticos nos descubren a un hombre libre que, como afirma James Petras, "tiene el valor del que tanto carecen los intelectuales occidentales".


EL COLOR DEL MUSEO

¿Principio del fin del relato blancocéntrico?

Mireia Sentís*, Le Monde Diplomatique en español, marzo 2019

Barack Obama inauguró en el otoño de 2016 el Museo Nacional de Historia
y Cultura Afroestadounidense (NMAAHC, siglas en inglés), un museo que
cubre una deuda histórica y que forma parte de la Smithsonian Institution.
Ahora bien, ¿habría que considerar el NMAAHC como un triunfo del multiculturalismo
o como una culminación de la doctrina “separados, pero
iguales”? En principio, todo lo que alberga debería haber sido absorbido
por diferentes entidades del propio Smithsonian dedicadas al arte, la historia
o la ciencia. Como no ha sido así, subsiste una tensión entre
las comunidades minoritarias y la cultura dominante. Mientras una parte
de Estados Unidos reconoce, aunque sea tardíamente, la relevancia de su
historia negra, otra recudrece su rechazo hacia todo lo que no sea blanco.

“La historia estadounidense es más larga,
más ancha, más variada, más bella
y más terrible de lo que nunca haya
dicho nadie sobre ella”.

 

ASÍ REZA UNA DE las muchas citas que pueden leerse en las paredes del National Museum of African American History and Culture (NMAAHC). Lástima que su autor, el brillante James Baldwin (1924-1987), no haya podido comprobar que en las salas de este edificio, la historia es contada esta vez por el propio colectivo que en su época no había obtenido aún el reconocimiento necesario para narrarla en sus propios términos.
La historia de la esclavitud no es solo la recogida de algodón, sino la construcción de puentes, canales, ferrocarriles, universidades.
Ninguna guerra –sean las llamadas Indian Wars, la de Independencia, la de Secesión, las mundiales, la de Vietnam o la de Corea–, ninguna conquista –del Oeste, del Espacio– se han llevado a cabo sin el concurso de esa parte de la población. Los museos, en definitiva, son instituciones que guardan la memoria de la humanidad. Albergan
el alma de las sociedades, su conciencia cultural, y ponen en perspectiva el paso del tiempo. Tienen que ser agentes de cambio, instrumentos de progreso y, por eso mismo, deben llamar la atención sobre los hechos decisivos. En septiembre de 2016, durante la ceremonia de apertura del NMAAHC, George W. Bush, que
trece años antes había firmado el acta que daba luz verde a su creación, declaró: “Este museo demuestra
el compromiso de nuestro país con la verdad. Una gran nación no esconde su historia. Encara sus fallos y los corrige”. Cuando Barack Obama, entonces presidente en funciones, subió al estrado, se hizo eco de las palabras de Bush –manifestando que la existencia del museo no era prueba de que América fuese perfecta, pero ratificaba
las ideas de los fundadores de un país nacido de la revolución– y añadió que la historia no está completa, sino que el museo serviría de lugar de reflexión en el camino hacia la libertad. La última parte del mensaje es especialmente reveladora, tanto en 2016, cuando ya estaba en marcha el grupo de protesta civil más importante de nuestros días –Black Lives Matter (Las vidas negras importan)(1)–, como ahora, a la luz del actual presidente. El camino ha sido largo y seguirá siéndolo.
Mientras una parte de Estados Unidos reconoce, aunque sea tardíamente, la relevancia de su historia negra, otra recrudece su rechazo hacia todo lo que no sea blanco. W. E. B. Du Bois se preguntaba en 1897: “¿Qué soy realmente? ¿Soy americano o soy negro? ¿Puedo ser ambas cosas?”. Del otro lado de “la línea del color”, esta pregunta no interesaba; la cultura negra, sus símbolos colectivos de identidad y memoria, había quedado prácticamente excluida de cualquier consideración oficial. Fueron sus propios representantes los encargados de
fundar escuelas, bibliotecas, universidades y medios de prensa con recursos propios o recaudados entre particulares blancos. Hoy día, los testimonios de la historia y la cultura afroamericanas ocupan uno de los edificios situados en el National Mall, la imponente avenida que se extiende entre el Lincoln Memorial y el Capitolio, y alberga once de los diecinueve museos que integran la Smithsonian Institution.
Para entender el camino recorrido hasta lograr que la historia afroamericana se halle ampliamente representada a escala nacional, hay que remontarse a la época de la esclavitud, cuando se registraron los primeros esfuerzos por conservar objetos de todo tipo: libros, muebles, dibujos, bordados... Cuando la esclavitud fue abolida en el Norte,
los esclavos liberados prosiguieron con más energía esa labor, y algunos reunieron bibliotecas de cierta envergadura. Frederick Douglass (1818-1895) poseía la más importante. La de William Wells Brown —contemporáneo de Douglass e iniciador de la historia afroamericana— era también renombrada, pero fue pasto de las llamas tras su fallecimiento. La del puertorriqueño Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938) dio origen a la biblioteca pública de Harlem que lleva su nombre, el centro de investigación más importante de la cultura negroestadounidense. Simultáneamente fueron inaugurándose en el Norte algunas universidades negras –la primera se remonta a 1837, gracias a un filántropo cuáquero de Pensilvania– que de inmediato crearon bibliotecas y coleccionaron objetos.
La derogación de la esclavitud no tuvo como consecuencia el derecho al voto ni la igualdad prometidos. Mientras el Sur erigía monumentos a militares confederados, el Norte no promovió ningún reconocimiento a los afroamericanos que participaron en la Guerra de Secesión. Hasta 1923, la comunidad negra no presentó un primer proyecto para la construcción de un edificio que recogiera sus aportaciones a las artes plásticas y escénicas,
las letras, la música, la industria, la ciencia y la educación. En 1929 se logró que el Congreso aprobara
una comisión. El acta fue firmada por el presidente Coolidge el último día de su mandato. Su sucesor, Hoover, designó para el comité a gente de relevancia como Mary McLeod Bethune –activista que sería más tarde
consejera de Franklin D. Roosevelt–, Mary Church Terrell –una de las fundadoras en 1909 de la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, siglas en inglés)– o el arquitecto Paul Revere Williams. Pero el escaso entusiasmo del Congreso y, sobre todo, el Crac del 29 paralizaron el proyecto, al que se perdió la pista hasta 1968, cuando un grupo del que formaban parte el jugador de béisbol Jackie Robinson y el
escritor James Baldwin –quien en su discurso de apoyo declaró que la iniciativa era igualmente necesaria
para los blancos: “Mi historia es también la vuestra”– promovieron un proyecto de ley que fue
rechazado por el Congreso. La idea no resurgió hasta mediados de la década de 1980, gracias sobre todo a John Lewis, congresista demócrata y héroe de la lucha por los derechos civiles. El propio Smithsonian admitió la inexistencia de “una sola institución dedicada a los afroamericanos que coleccione, analice, investigue y organice exposiciones a nivel de los mejores museos dedicados a otros aspectos de la vida americana”.
Tras casi dos décadas de negociaciones, bloqueos y nuevas conversaciones, el entonces
presidente George W. Bush, firmó la ley que autorizaba el establecimiento oficial de un museo nacional
de la cultura afroamericana. En 2005 fue designado como director el historiador Lonnie Bunch. Su colega John Hope Franklin, autor de From Slavery to Freedom, libro que no ha dejado de actualizarse desde su aparición en 1947, también se comprometió a fondo en el proyecto, hasta su muerte en 2009, año en que fue elegido el
estudio de arquitectura del tanzano-ghanés-británico David Adjaye como responsable de su construcción.
En otoño de 2016, en compañía de Bunch, Lewis, Bush y un grupo de ilustres donantes, Obama inauguró el museo. Al cabo de un siglo de vicisitudes, se había hecho realidad en un terreno de cinco hectáreas muy próximo al National Museum of American History. A diferencia de otras sedes del conglomerado
Smithsonian, solo la mitad –270 millones de dólares– de su coste total ha sido sufragada con fondos
federales, debido a la oposición de políticos como Jesse Helms, que pronosticaban, además de la insostenibilidad del museo a causa del escaso público que atraería, una avalancha de demandas de otras comunidades reclamando un museo similar consagrado a su historia. Fue necesario recaudar una importante cantidad de dinero privado a base de grandes donaciones –la mayor contribución fue los 21 millones de dólares aportados
por la presentadora y productora de televisión Oprah Winfrey– y de modestos donativos de diez
dólares aportados por multitud de ciudadanos (2).
Una prueba añadida de la singularidad del NMAAHC es el hecho de no haber sido creado sobre la base de una colección, sino a través de una vasta recogida de objetos y documentos emprendida
en 2008 por un equipo de comisarios y conservadores, y seleccionados luego por grupos de
expertos. Componen sus fondos 40.000 piezas, de las que se hallan expuestas alrededor del 10%. Su aspecto externo también contrasta con el de otros edificios Smithsonian, generalmente neoclásicos y de tonos grises. Recubierto con una rejilla de aluminio color bronce, cambia en función de la luz: oscuro, los días cubiertos; luminoso, los soleados. El entramado de la rejilla recuerda los balcones de las viviendas sureñas, donde los afroamericanos esclavizados desarrollaron su arte como herreros y ebanistas. La celosía de la fachada proporciona una iluminación interior matizada y envolvente, a través de la cual pueden distinguirse el obelisco en honor de George Washington, los monumentos a Lincoln y Jefferson, el edificio del Congreso, los Archivos Nacionales, la Casa Blanca. “Ningún corte es puramente estilístico. Todos obedecen a una voluntad de hacer presente la Historia que hay no solo dentro del museo, sino en su entorno”, explicaba Adjaye. La estructura
se inspira en las esculturas de madera del artista yoruba Olowe de Isa (1873-1938), una de las cuales
representa una figura con una corona de tres módulos a modo de pirámides superpuestas e invertidas,
como la silueta del museo. Sin embargo, aunque aparenta albergar tres, el edificio tiene en realidad siete pisos, dos de ellos subterráneos.
Mientras que el National Museum of the American Indian muestra la cultura nativa sin analizar el genocidio del que fue víctima, el NMAAHC relata sin tapujos la violencia que se halla en la base misma de la formación de Afroamérica y continúa amenazándola. Una narrativa compleja y difícil, que solo es posible enfocar reflejando otros aspectos de su experiencia: las luchas de resistencia, los vínculos comunitarios, el valor, la creatividad, el compromiso con su propio país, e incluso el optimismo con el que hicieron y hacen frente a su historia. Los objetos expuestos han sido seleccionados con esa finalidad. La visita se inicia por la planta más baja del subsuelo, con la crónica de la esclavitud en África y Europa durante el siglo XVI; las cifras respectivas de cada país en el negocio de la trata de personas esclavizadas no son fáciles de digerir. Vemos objetos, documentos e instalaciones correspondientes al periodo. Si los grilletes, instrumentos de tortura o terminología mercantil dejan sin aliento, la estatua del presidente Jefferson contra un muro en cuyos ladrillos están inscritos los nombres
de sus esclavos es una llamada de atención no menos poderosa. En una pequeña sala oscura dedicada
a la época de segregación, se muestra una de las piezas fundamentales del museo: el ataúd abierto de Emmett Till (3) El silencio en que los visitantes habían discurrido hasta aquí, se rompe con el sonido de algún llanto. En contrapartida, el acceso a los años de los derechos civiles se encara con alivio: principio del fin de una opresión tenaz, eclosión del orgullo negro, del “Black is Beautiful”, de los Black Panthers. Se hace evidente la mezcla
de cultura y política. A medida que ascendemos, la experiencia se acelera: presentaciones interactivas, objetos familiares a nuestra memoria fotográfica –un vagón “solo para negros”, el avión de los primeros pilotos afroamericanos de Tuskegee, el Cadillac rojo de Chuck Berry– o directamente contemplados: la trompeta de Miles Davis, la nave espacial con la que Sun Ra aterrizaba en sus conciertos, un vestido de Michelle Obama. El efecto
reparador es deliberado, pues la música –que cuenta con una extensa sección– resuena en todas las salas dedicadas a la historia reciente. Deportes, arte, política, cine, televisión; a medida que se incrementa la velocidad, la historia se vuelve más confusa, como los hechos que acontecen fuera del museo.
“Perderse es el camino”, dice un proverbio africano.
Uno de los aciertos del recorrido, imposible de asimilar en una sola visita, es dejar claro que la historia sigue abierta y que, si bien se han registrado avances –la presidencia de Obama sería el punto
álgido–, persisten problemas tan graves como la encarcelación masiva, evocada aquí mediante
una antigua torre de vigilancia de la prisión Angola, Luisiana, o las luchas del colectivo Black Lives Matter, surgido a raíz de un incidente similar al de Emmett Till: el asesinato de Trayvon Martin, un joven de 17 años que no iba armado, a manos de un vigilante que fue absuelto por los jueces.
Salimos pensando que tal vez la hipótesis atribuida a Darwin según la cual la repetición de la Historia es uno de los errores de la Historia, sería más exacta formulada de este modo: “La repetición de la Historia es uno de los errores del ser humano”. Para personas occidentales blancas no estadounidenses, la visita al museo funciona como un despertador. Si la sociedad del bienestar ha sido erigida sobre el comercio del algodón, el café, el tabaco, el azúcar y la mano de obra barata y a menudo sometida, ¿no debería tener cada país –España, Portugal, Inglaterra, Francia, los Países Bajos…– su propio museo nacional sobre la incidencia de las culturas africanas en la suya? O mejor: ¿no tendrían que estar incorporadas por derecho propio a nuestros programas de estudios y museos? Nunca fueron del todo blancas nuestras sociedades, y van camino de serlo aún
menos. Sin embargo, dentro de todas ellas, las relaciones raciales han sido siempre dificultosas. Y no mejorarán, como apunta Robin Diangelo en su libro White Fragility, mientras los blancos no reconozcamos nuestro supremacismo, es decir, que hemos establecido como norma universal la nuestra, y mientras no comprendamos que solucionar la pobreza no significaría solucionar el racismo.
¿Habría que considerar el NMAAHC como un triunfo del multiculturalismo o como una culminación
de la doctrina “separados, pero iguales”? En principio, todo lo que alberga debería haber sido absorbido por diferentes entidades del propio Smithsonian dedicadas al arte, la historia o la ciencia. Como no ha sido así, subsiste una tensión entre las comunidades minoritarias y la cultura dominante. En 1908, Israel Zangwill, inmigrante rusojudío, estrenó con enorme éxito en Broadway The Melting Pot, una obra de teatro que determinó
la narrativa socio-político-cultural blancoamericana del siglo XX: la asimilación. Los diferentes inmigrantes europeos se fundirían en una sola cultura que daría como resultado una nueva identidad estadounidense. En 1986, George C. Wolfe estrenó en Manhattan The Colored Museum, una
sátira ambientada en un museo y cuyo tema es el de la identidad afroamericana. Entre ambas obras, separadas por un intervalo de ochenta años, la sensibilidad del país había dado un giro de 180 grados. En la década de 1980 quedó patente que no existía ni existiría una sola forma de ser estadounidense, sino que era posible serlo por diferentes vías: latina, asiática, nativa, afro. En la avanzadilla del multiculturalismo, el grupo formado por el afroamericano Ishmael Reed, el chicano Rudolf Anaya, el puertorriqueño Víctor Hernández Cruz y el asiático Shawn Wong, afirmaba: “Multiculturalismo no es la descripción de una categoría,
sino la definición de todo americano”. El multiculturalismo desencadenó las llamadas “Culture Wars” o luchas por definir la identidad estadounidense. Y cada grupo quería ser reconocido por sus diferencias, fuesen nativos, hispanos o feministas negras, rebautizadas womanists, según el término acuñado por Alice Walker. En 1985, la
Universidad de California informó de que, por primera vez, menos de la mitad de los estudiantes
matriculados ese año eran blancos.
Las diversas etnias, con sus particulares estéticas y propuestas, comenzaron a exigir representación
en los museos. En 1972, los miembros del colectivo chicano ASCO tuvieron noticia de que el director del LACMA (Los Angeles Museum of Modern Art) había declarado que las actividades artísticas desarrolladas por el grupo no eran arte y que nunca serían aceptadas en un museo de primera línea. Al día siguiente, cada uno de sus integrantes rotuló su firma en los muros del LACMA, demostrando así que ya habían entrado en el circuito. Cuarenta años después, el museo organizó una gran retrospectiva de ASCO.
Demos un salto atrás. En 1968, el MoMA (Museum of Modern Art) inauguró una exposición dedicada a la memoria de Martin Luther King. Ningún artista afroamericano fue invitado. La protesta del colectivo negro dio como resultado la inclusión, en una sala aparte, de algunos de sus representantes. Días después, el Whitney Museum of American Art presentó una amplia exposición de pintura y escultura centrada en la década de 1930. Los artistas
negros brillaban nuevamente por su ausencia. A raíz de ello, la revista Artforum reunió a varios creadores para comentar la situación. El resultado fue la organización de una exposición –en el Studio Museum in Harlem, que actualmente está siendo rehabilitado por David Adjaye– titulada Invisible Americans: Black Artists of the 1930’s. Simultáneamente, un grupo de treinta artistas encabezado por Faith Ringgold inició una serie de acciones –piquetes en la entrada de los museos– que a lo largo de dos años visibilizaron las políticas de exclusión de tres grandes instituciones artísticas: el Metropolitan, el Whitney y el MoMA. Este último inauguró en 1969 Harlem on my Mind: The Cultural Capital of Black America 1900-1968. Fotógrafos, cineastas, músicos, pero ningún pintor. Las protestas llevaron a una solución paradójica: la incorporación de pintores/as en paneles de discusión. Podían opinar, pero no exhibir. La poeta Audre Lorde escribió en Sister Outside (1984): “Carecemos de pautas para relacionarnos como iguales por encima de nuestras diferencias. Estas diferencias han sido mal formuladas, mal utilizadas y puestas al servicio de la separación y la confusión”. Las políticas culturales constituyen un terreno de resistencia tan importante como el voto.
En 1990, se celebró en Nueva York una gran exposición titulada The Decade Show: Frameworks
of Identity in the 1980’s, coproducida por tres instituciones: New Museum, Museum of Contemporary
Hispanic Art y Studio Museum in Harlem. Incluía doscientos trabajos de noventa artistas pertenecientes a distintas disciplinas y tradiciones culturales. En ella quedaba de manifiesto que la visión de la identidad era distinta para cada grupo, e incluso para cada individuo. Era el momento de aceptar el multiculturalismo o ser considerado “políticamente incorrecto”. Este concepto fue retomado por quienes lo rechazaban –los eurocéntricos
recalcitrantes– y reutilizado para acusar a sus defensores de propagandistas e intolerantes. Las guerras culturales se renuevan sin tregua; aunque se acepte que la noción de raza carece de fundamento biológico, permanece como un hecho inamovible de la vida estadounidense, al igual que la blanquitud sigue constituyendo una norma tan omnipresente que raramente se menciona.
Las minorías siempre han encontrado fisuras por donde infiltrarse. Mucho antes de la existencia del museo de Washington, diversos grupos y entidades se preocuparon de recopilar y preservar el legado afroamericano. El primer espacio museístico fue abierto en la Universidad de Hampton, Virginia, en 1868. Un siglo después se contaban alrededor de treinta, casi todos localizados en los HBCU (Historically Black Colleges and Universities). En 1991, existían centenar y medio de centros repartidos por 37 Estados. Su número no ha dejado de crecer. Organizan exposiciones temporales, talleres, conferencias, conciertos. Muchos de ellos se concentran en episodios históricos concretos. El WGPR-TV (Detroit, 1975) está dedicado a la primera estación de televisión dirigida por afroamericanos. El African American Museum (Filadelfia, 1976) repasa el movimiento abolicionista. El Apex Museum (Atlanta, 1978) interpreta la historia norteamericana desde la perspectiva negra. El Philip
Randolph Pullman Porter Museum (Chicago, 1985) se estructura alrededor de la figura de Philip Randolph, organizador del primer sindicato negro, que aglutinaba a los trabajadores ferroviarios de la compañía Pullman. El America’s Black Holocaust Museum (Milwaukee, 1988) se consagra a la historia de los linchamientos. El Negro Leagues Baseball Museum (Kansas City, 1990) ilustra el papel de los afroamericanos en el deporte estrella del país. El Motel Lorraine, donde fue asesinado Martin Luther King, alberga desde 1991 el National Civil Rights Museum, asociado desde hace tres años al Smithsonian. El Brown Versus Board of Education
National Historic Site (Topeka, Kansas, 1992) conmemora una sentencia judicial de 1954 que puso
fin a la segregación en las escuelas públicas. El African American Firefighter Museum (Los Ángeles, 1997) recuerda el papel de los bomberos negros, segregados durante mucho tiempo. El International Civil Rights Center Museum (Greensboro, Carolina del Norte, 2001) relata las luchas por los derechos civiles; en la cafetería del edificio –un antiguo almacén Woolworth– comenzaron en 1960 los sit-ins, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo; su larga barra constituía la pieza principal del museo antes de ser donada al de Washington. El
National Center for Civil and Human Rights (Atlanta, 2014) fue impulsado por figuras de los derechos
civiles como Andrew Young, John Lewis y la viuda de Ralph Abernathy. El Tuskegee Airmen National
Museum (Tuskegee, Alabama, 2014) custodia la memoria de un escuadrón de pilotos negros. The
Legacy Museum (Montgomery, 2018) rememora la historia afronorteamericana desde la esclavitud hasta el encarcelamiento masivo (4). Desde 2013 se está trabajando en el National Museum of African American Music, que se abrirá en Nashville este año. Además, existen centros como el Muhammad Ali y el August Wilson, o casas/museo donde residieron personajes como Harriet Tubman, Frederick Douglass, Lewis H. Latimer, los hermanos James Weldon y John Rosamond Johnson –autores de Lift Every Voice and Sing, considerado el himno de los derechos civiles–, Mary McLeod Bethune, Louis Armstrong, Arna Bontemps, Martin Luther
King… O monumentos como el African American Burial Ground de Manhattan, construido en 2006
sobre el mayor cementerio negro de esclavos y libertos, donde fueron sepultados unos 15.000 cadáveres
durante los siglos XVII y XVIII.
En diciembre de 2018, a pocos kilómetros de Bruselas, reabrió sus puertas el Museo Real de África
Central, ahora denominado AfricaMuseum. Dedicado a la mayor gloria del rey Leopoldo II, que consideraba el Congo su coto privado, y a cantar las excelencias del colonialismo, ha invertido cinco años en reorientar su rumbo y proponer una nueva visión del colonialismo belga como un episodio cruel, inmoral y depredador. ¿Un signo más de que asistimos al principio del fin del relato blancocéntrico?

© Le Monde Diplomatique en español

(1)Véase Mireia Sentís, “No puedo respirar”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2017.
(2) El más visitado de Estados Unidos es el Air and Space Museum, que atrajo siete millones de personas en 2017. El NMAAHC ocupó la novena posición, con dos millones y medio de visitantes. Ambos están ubicados en Washington D.C. y pertenecen al conglomerado Smithsonian. Los museos de la capital son los únicos del país
a los cuales se accede gratuitamente. Aun así, han de recaudar suficiente dinero para que solo una parte de los costes recaiga sobre el gobierno federal.
(3) Emmett Till (1941-1955), nacido en Chicago, pero de vacaciones en el Sur, fue linchado y arrojado al río Misisipi, con el pretexto de haber silbado a una mujer blanca. Aunque se supo que los asesinos eran el marido y el hermano de la mujer, no fueron inculpados. En el funeral, su madre dejó el féretro abierto para mostrar hasta
qué punto su cuerpo había sido desfigurado. La imagen fue uno de los detonantes de las luchas por los derechos civiles. En 2008 se reabrió el caso —la mujer reconoció haber mentido— y Emmett fue exhumado y enterrado de nuevo. La familia Till donó el ataúd original al Museo.

(4) Angela Davis divide la historia negra estadounidense en tres trágicos periodos: la esclavitud, la segregación y la actual encarcelación masiva.

 


Adonis, el poeta que loa la paz en Siria / Adonis, el poeta sirio en La 2 Noticias

Adonis, el poeta que loa la paz en Siria

El nombre de Adonis, el poeta sirio de 90 años, ronda desde hace años las quinielas al premio Nobel de Literatura. Este jueves, la Casa Árabe de Madrid ha rendido homenaje a su carrera. El artista ha aprovechado el acto para pedir la paz en Aleppo y que la “religión, el petróleo y el gas dejen de ser el único interés de los países supuestamente civilizados” (La 1 Telediario - 24 de enero de 2019).

 

Adonis en La 2 Noticias

Adonis es un poeta sirio, eterno candidato al premio nobel de literatura, muy crítico con la situación que viven los países árabes. Culpa a las naciones árabes, también a los occidentales que cuando hablan de democracia en realidad buscan quedarse con las materias primas de las naciones árabes (La 2 Noticias - 24 de enero de 2019).


Ahmad Shamlu y Federico García Lorca

Ahmad Shamlu reconocía como uno de sus principales maestros a Federico García Lorca. Como explica Clara Janés en "La flor inmarcesible", la presentación de "Fénix en la lluvia":

Por más que conozcamos la fama universal de García Lorca, no podemos imaginar hasta qué punto llegó su alcance y lo profundo de su influencia en el pueblo iraní. Los jóvenes poetas del país se confiesan vinculados, a través de él, con la poesía española. La explicación es sencilla: Ahmad Shamlu reconocía a Lorca como su maestro mayor. Tal fue el entusiasmo que sintió por la obra lorquiana que llevó a cabo la traducción de sus poemas y la grabación de una cinta magnetofónica recitada por él que se hizo famosa en todo Irán y en Afganistán.

"Árbol más allá del silencio", por Reza Allamehzadeh

Singular diálogo poético entre Clara Janés y Ahmad Shamlu en presencia de Federico García Lorca

 

Ahmad Shamlu en español

 

Romance sonámbulo de Federico García Lorca, traducido y recitado en persa por Ahmad Shamlu

 

Clara Janés recita "La jaula, la jaula, esta jaula" durante lapresentación de Fénix en la lluvia

 

 

 


Lena Merhej en el IEMed de Barcelona con Lurdes Vidal, Marta Ballesta y Carles Santamaria

Lena Merhej estuvo en la sede del IEMed de Barcelona presentando su cómic Yogur con mermelada o cómo mi madre se hizo libanesa acompañada por Lurdes Vidal, Marta Ballesta y Carles Santamaria.

Aquí podeis ver el video de la presentación, en catalán e inglés.

https://youtu.be/gnC2MklJ5vI

 


Adonis invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Monterrey

Adonis, invitado de honor en unión de Álex Grijelmo, ha impartido la conferencia inaugural

de la Feria Internacional del Libro de Monterrey

 

Mirada vivaz, pelo cano y libre, lentes de armazones amplios y constantes y apasionados gestos con las manos pintan el retrato de Adonis, el destacado poeta sirio que está de visita en México.

En entrevista con CONECTA, el frecuente candidato al Nobel de Literatura habla sobre la importancia de la poesía en los jóvenes y en el mundo.

“La fuerza de la poesía está en la fuerza de la revelación. Puede revelar cosas que ninguna ciencia exacta puede revelar”, afirma.

Adonis llegó a México invitado por el Tec de Monterrey para participar en la Cátedra Alfonso Reyes y en la Feria Internacional de Libro de Monterrey.

“Dentro del lenguaje poético todos los idiomas se encuentran”, esgrime, abordando la tesis de su conferencia de cierre en la FIL Monterrey: “La poesía, punto de encuentro entre Oriente y Occidente”.
Ali Ahmad Said Esber es su nombre real (aunque su apodo de Adonis ya también lo ha incorporado legalmente a su nombre) y gracias a la poesía pudo tener acceso a una mejor educación.

A los 17 años, recitó un poema suyo al presidente sirio Shukri al-Kuwatli, quien visitaba su región, lo cual le permitió entrar a una escuela de calidad.

“Nací en poesía. Yo nací en un pueblo muy pobre. Quien me empezó a enseñar fue mi padre, me empezó a enseñar el abecedario y a escribir. Dentro de lo que me enseñaba, siempre me leía poesía árabe antigua”, cuenta.

“Después de los 13, tuve la oportunidad de entrar a una escuela de verdad y ahí empecé formalmente a estudiar”, añade.

Adonis estudió posteriormente Filosofía en la Universidad de Damasco, tiene más de 20 libros y es hoy considerado uno de los grandes pensadores árabes.
Reflexionando sobre la educación afirma que la poesía y el arte son vitales para una formación integral.

“Un joven que está inmerso en técnica tiene sistemáticamente un discurso racional. Lo racional es una visión horizontal del mundo, pero no puede haber horizonte si no hay verticalidad.

“La técnica enseña cómo hacer una cosa, pero no cómo sentir una cosa. La poesía nos enseña a sentir, a ver, a experimentar las cosas.

“Muchos hombres de ciencia también fueron poetas. Significa que ellos lograron reunir esa verticalidad para crear”, apunta.
La entrevista transcurre en un suave francés. Adonis vive en Francia desde hace muchos años, luego de salir de Líbano y previamente de su natal Siria, por problemas políticos.

Todos sus libros, sin embargo, los ha escrito con poesía en árabe, su lengua materna (porque solo hay una madre, dice).

También, ha sido un constante crítico de la cultura islámica que liga a la religión con el estado con libros como “Violencia y el Islam” y de los excesos de la cultura occidental con “Epitafio para Nueva York”.
A México, Adonis lo conoció primero por su amistad con Octavio Paz.

“A Octavio le gustaban mucho los orígenes. Las culturas propias y originales. Soñaba y quería que México estuviera a la altura de la grandeza que había tenido en el pasado”, dice a CONECTA.

Hace 6 años, además, Adonis le dedicó a México un libro: “Zócalo”, el cual fue fruto de una estancia de varias semanas en la Ciudad de México.

"¿En la cuadratura del cero, en el triángulo del deseo, en las pirámides del aire o en los campamentos de la historia? ¿En los vientos que se evaporan de los cementerios o en una tórtola hambrienta? ¿Tiene la flor al fin un hueco por cuello? ¿No es la mariposa lo mismo que una llama?".

Entre sus obras más conocidas están también Sombra para el deseo del Sol, Sufismo y Surrealismo, Canciones de Mihyar el de Damasco y Libro de las Huidas y Mudanzas por los climas de día y la noche.

A sus 88 años, Adonis afirma que sigue pensando en las grandes incógnitas y ellas la mueven para seguir escribiendo poesía.

"Sigo pensando en qué es el amor, qué es crear, qué es Dios, qué es esa idea de Dios y sé perfectamente que no es posible llegar a una respuesta. Y qué bueno".

Alejandro Navarrete | Redacción Nacional Conecta - artículo completo


Álvaro Zamarreño escribe en la SER sobre Al-Yáhiz y su "Elogio y diatriba de cortesanas y efebos"

Elogio del libertinaje sexual en el Bagdad medieval

Al Yahiz, un clásico de la literatura árabe medieval, divaga sobre sexo para hablarnos de la naturaleza humana

En la corte abasí del califa al Ma’mun las jornadas terminaban con una reunión de su ‘majlis’, una especie de consejo personal en que su círculo de amigos e intelectuales amenizaba la velada debatiendo sobre un tema que podía ir de lo más elevado a lo más banal, “casi siempre con el concurso de bebidas embriagadoras y esclavas cantoras”, cuenta el arabista Pedro Buendía.

Lo define como una corte de un refinamiento y una brillantez intelectual similares a la de los mejores momentos del Renacimiento italiano. El mecenazgo del califa o los visires (ministros) permitió la acumulación de compilaciones de cultura popular, traducciones de obras clásicas y creaciones que llegaban desde Persia o India.

En ese Bagdad del siglo VIII es donde vivió Al Yahiz. Un humanista de saber enciclopédico, casi autodidacta, que en sus 90 años de vida escribió 200 obras de las que sólo 20 se conservan. Entre ellas está Elogio y diatriba de cortesanas y efebos (recién publicado en castellano por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo): un breve escrito en que dos contendientes imaginados se enzarzan en un elevado debate sobre si es más placentera la coyunda con jóvenes esclavas o jóvenes ‘garzones’.

Los ensayos de Al Yahiz tienen ese carácter de miscelánea, de “tomar un poco de cada cosa” y mostrar que no es necesario un lenguaje elevado para expresar lo más profundo. “Se presenta como algo festivo -dice a La SER Ignacio Gutiérrez de Terán -cotraductor junto a Pedro Buendía de la obra-, pero en realidad es una reflexión muy profunda, que tiene mucho que ver con una forma de entender la sociedad y las relaciones entre hombres y mujeres” en el Bagdad del siglo IX.

La obra muestra un desinhibido lenguaje sexual, mezclando anécdotas de alcoba, alcahuetería, humor, religión o poesía. Los traductores advierten en la introducción frente a la tentación de querer ver una mayor libertad de la que había en aquella época: es una visión androcéntrica y elitista de la sexualidad, reservada a los hombres de la élite política y cultural.

Pero probablemente muchas de las anécdotas tienen una base popular que hace pensar en un ambiente más abierto. “Se basan en anécdotas referidas a la gente de la calle, comerciantes, porteadores, cuidadores de los baños, que eran uno de los lugares prototípicos de este tipo de anécdotas, sobretodo referidas a homosexuales” explica Gutiérrez de Terán. “Con respecto al mundo árabe en la actualidad y otros contextos no sólo árabes, porque hay una regresión evidente, sorprende esa visión por su frescura y la naturalidad con que se dicen las cosas”.

Lograr esa frescura y naturalidad traduciendo un texto erótico del siglo IX a quienes lo lean en el XXI no ha sido fácil. “Hemos intentado que sea un lenguaje picantón, que se entienda bien en la parte central del libro, que es el debate y lo hemos intentado decorar con un lenguaje que a veces intenta ser arcaico -nos cuenta Gutiérrez de Terán-, pero nunca perdiendo de vista la necesidad de que el lector de hoy lo entienda, porque es un texto antiguo, pero que lo que se está contando es de una gran actualidad”.

La obra es muy accesible y divertida. Y tiene la virtud de abrir a un público no especializado la riqueza de concepciones distintas que a lo largo de la historia se han tenido sobre cómo ser un buen musulmán y el papel de la religión. Así, Al Yahiz utiliza para defender sus posturas -y realmente defiende las dos por igual- argumentos de autoridad citando a poetas célebres de su época como Abu Nuwaz -el poeta del sexo y el vino-, pero también anécdotas de la vida del profeta Mohamed o de textos religiosos. Probablemente el Bagdad abasí de hace 1.200 años hubiera horrorizado a los nihilistas de Daesh que creen defender un Islam que realmente nunca existió.

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