Feria del Libro 2019: El amor y las cuatro estaciones, de Clara Janés y Adriana Veyrat

Las muñecas japonesas que la propia Clara Janés había realizado en su adolescencia y juventud —Hanako, Aoi no Ué, Yugao, Ono no Komachi—, todas ellas personajes del teatro Nô, la cámara de Adriana Veyrat transforma en imágenes oníricas, a las que, como contrapunto, Clara Janés acompaña con sutiles y breves poemas. Una complicidad artística que ha dado como resultado este hermoso libro.

Así nació El amor y las cuatro estaciones. El loto dejaba al descubierto más de una raíz. Una unión subterránea de sensibilidades y un generoso nexo exterior como un inmenso puente hacia Oriente desde Occidente.
Clara Janés

 


71 años después de la Nakba (el Desastre) que expulsó al pueblo palestino de sus tierras

Con motivo de conmemorarse el 71 aniversario de la Nakba, Casa Árabe ha organizado un acto el próximo 14 de mayo:

"La Nakba continúa en Palestina: cómo lidiar con ella" en el que participará Johnny Mansour, coautor de Contra el olvido: una memoria fotográfica de Palestina antes de la Nakba, 1889-1948, libro en el que también participan Teresa Aranguren, Sandra Barrilaro, Bichara Khader y está prologado por Pedro Martínez Montávez. Antes de la conferencia, a las 18:30 horas tendrá lugar la proyección del documental Gaza, de Carles Bover y Julio Pérez (El Retorno Producciones. 2018. 18 mins). Ganador del Goya al mejor Corto Documental en 2019.

Podéis encontrar toda la información del acto aquí

Al día siguiente, 15 de mayo, Teresa Aranguren y Sandra Barrilaro presentarán Contra el olvido en colaboración con el espacio Urbana 6 en Toledo y el viernes 17 de mayo lo harán en Toro, con la complicidad de la Asociación Cultural para la Promoción de la Cultura en la Comarca de Toro.

 


Palabras de Gilad Atzmon en la presentación de "Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico"

Breve extracto de las palabras de Gilad Atzmon, en castellano en la voz de Pablo Carbajosa, durante la presentación de Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico, en la librería Grant de Lavapiés el 26 de abril de 2019.


Gilad Atzmon presentará "Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico"

Para saber más sobre Gilad Atzmon:

Gilad Atzmon, Boris Gamer y Martin Heidegger

 

Escritor y "jazzman" de noche

«Soy ex-judío», artículo de J.M. García Martínez en El País
«¿Puede el jazz ser antisemita?», artículo de Carlos Pérez Cruz en El Asombrario

"Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico", de Gilad Atzmon

El próximo 27 de marzo llegará a las librerías la última novedad de nuestra colección Disenso. Tras el impactante La identidad errante: la identidad judía a examen, también de Gilad Atzmon, que inauguró la colección, publicamos ahora su nuevo libro, Ser en el tiempo. Manifiesto pospolítico, que, en palabras del autor, "se divide a grandes rasgos en dos. Arranca con un estudio filosófico de la condición pospolítica. Redefine el significado de la izquierda y la derecha, y reexamina la contienda política entre ambas. Luego, identifica los elementos ideológicos y culturales que han abocado al colapso de lo 'político', tal como lo conocemos"...

Gilad Atzmon es un músico y compositor de jazz mundialmente reconocido. Miembro de The Blockheads y del Orient House Ensemble, sus novelas y sus ensayos políticos nos descubren a un hombre libre que, como afirma James Petras, "tiene el valor del que tanto carecen los intelectuales occidentales".


EL COLOR DEL MUSEO

¿Principio del fin del relato blancocéntrico?

Mireia Sentís*, Le Monde Diplomatique en español, marzo 2019

Barack Obama inauguró en el otoño de 2016 el Museo Nacional de Historia
y Cultura Afroestadounidense (NMAAHC, siglas en inglés), un museo que
cubre una deuda histórica y que forma parte de la Smithsonian Institution.
Ahora bien, ¿habría que considerar el NMAAHC como un triunfo del multiculturalismo
o como una culminación de la doctrina “separados, pero
iguales”? En principio, todo lo que alberga debería haber sido absorbido
por diferentes entidades del propio Smithsonian dedicadas al arte, la historia
o la ciencia. Como no ha sido así, subsiste una tensión entre
las comunidades minoritarias y la cultura dominante. Mientras una parte
de Estados Unidos reconoce, aunque sea tardíamente, la relevancia de su
historia negra, otra recudrece su rechazo hacia todo lo que no sea blanco.

“La historia estadounidense es más larga,
más ancha, más variada, más bella
y más terrible de lo que nunca haya
dicho nadie sobre ella”.

 

ASÍ REZA UNA DE las muchas citas que pueden leerse en las paredes del National Museum of African American History and Culture (NMAAHC). Lástima que su autor, el brillante James Baldwin (1924-1987), no haya podido comprobar que en las salas de este edificio, la historia es contada esta vez por el propio colectivo que en su época no había obtenido aún el reconocimiento necesario para narrarla en sus propios términos.
La historia de la esclavitud no es solo la recogida de algodón, sino la construcción de puentes, canales, ferrocarriles, universidades.
Ninguna guerra –sean las llamadas Indian Wars, la de Independencia, la de Secesión, las mundiales, la de Vietnam o la de Corea–, ninguna conquista –del Oeste, del Espacio– se han llevado a cabo sin el concurso de esa parte de la población. Los museos, en definitiva, son instituciones que guardan la memoria de la humanidad. Albergan
el alma de las sociedades, su conciencia cultural, y ponen en perspectiva el paso del tiempo. Tienen que ser agentes de cambio, instrumentos de progreso y, por eso mismo, deben llamar la atención sobre los hechos decisivos. En septiembre de 2016, durante la ceremonia de apertura del NMAAHC, George W. Bush, que
trece años antes había firmado el acta que daba luz verde a su creación, declaró: “Este museo demuestra
el compromiso de nuestro país con la verdad. Una gran nación no esconde su historia. Encara sus fallos y los corrige”. Cuando Barack Obama, entonces presidente en funciones, subió al estrado, se hizo eco de las palabras de Bush –manifestando que la existencia del museo no era prueba de que América fuese perfecta, pero ratificaba
las ideas de los fundadores de un país nacido de la revolución– y añadió que la historia no está completa, sino que el museo serviría de lugar de reflexión en el camino hacia la libertad. La última parte del mensaje es especialmente reveladora, tanto en 2016, cuando ya estaba en marcha el grupo de protesta civil más importante de nuestros días –Black Lives Matter (Las vidas negras importan)(1)–, como ahora, a la luz del actual presidente. El camino ha sido largo y seguirá siéndolo.
Mientras una parte de Estados Unidos reconoce, aunque sea tardíamente, la relevancia de su historia negra, otra recrudece su rechazo hacia todo lo que no sea blanco. W. E. B. Du Bois se preguntaba en 1897: “¿Qué soy realmente? ¿Soy americano o soy negro? ¿Puedo ser ambas cosas?”. Del otro lado de “la línea del color”, esta pregunta no interesaba; la cultura negra, sus símbolos colectivos de identidad y memoria, había quedado prácticamente excluida de cualquier consideración oficial. Fueron sus propios representantes los encargados de
fundar escuelas, bibliotecas, universidades y medios de prensa con recursos propios o recaudados entre particulares blancos. Hoy día, los testimonios de la historia y la cultura afroamericanas ocupan uno de los edificios situados en el National Mall, la imponente avenida que se extiende entre el Lincoln Memorial y el Capitolio, y alberga once de los diecinueve museos que integran la Smithsonian Institution.
Para entender el camino recorrido hasta lograr que la historia afroamericana se halle ampliamente representada a escala nacional, hay que remontarse a la época de la esclavitud, cuando se registraron los primeros esfuerzos por conservar objetos de todo tipo: libros, muebles, dibujos, bordados... Cuando la esclavitud fue abolida en el Norte,
los esclavos liberados prosiguieron con más energía esa labor, y algunos reunieron bibliotecas de cierta envergadura. Frederick Douglass (1818-1895) poseía la más importante. La de William Wells Brown —contemporáneo de Douglass e iniciador de la historia afroamericana— era también renombrada, pero fue pasto de las llamas tras su fallecimiento. La del puertorriqueño Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938) dio origen a la biblioteca pública de Harlem que lleva su nombre, el centro de investigación más importante de la cultura negroestadounidense. Simultáneamente fueron inaugurándose en el Norte algunas universidades negras –la primera se remonta a 1837, gracias a un filántropo cuáquero de Pensilvania– que de inmediato crearon bibliotecas y coleccionaron objetos.
La derogación de la esclavitud no tuvo como consecuencia el derecho al voto ni la igualdad prometidos. Mientras el Sur erigía monumentos a militares confederados, el Norte no promovió ningún reconocimiento a los afroamericanos que participaron en la Guerra de Secesión. Hasta 1923, la comunidad negra no presentó un primer proyecto para la construcción de un edificio que recogiera sus aportaciones a las artes plásticas y escénicas,
las letras, la música, la industria, la ciencia y la educación. En 1929 se logró que el Congreso aprobara
una comisión. El acta fue firmada por el presidente Coolidge el último día de su mandato. Su sucesor, Hoover, designó para el comité a gente de relevancia como Mary McLeod Bethune –activista que sería más tarde
consejera de Franklin D. Roosevelt–, Mary Church Terrell –una de las fundadoras en 1909 de la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, siglas en inglés)– o el arquitecto Paul Revere Williams. Pero el escaso entusiasmo del Congreso y, sobre todo, el Crac del 29 paralizaron el proyecto, al que se perdió la pista hasta 1968, cuando un grupo del que formaban parte el jugador de béisbol Jackie Robinson y el
escritor James Baldwin –quien en su discurso de apoyo declaró que la iniciativa era igualmente necesaria
para los blancos: “Mi historia es también la vuestra”– promovieron un proyecto de ley que fue
rechazado por el Congreso. La idea no resurgió hasta mediados de la década de 1980, gracias sobre todo a John Lewis, congresista demócrata y héroe de la lucha por los derechos civiles. El propio Smithsonian admitió la inexistencia de “una sola institución dedicada a los afroamericanos que coleccione, analice, investigue y organice exposiciones a nivel de los mejores museos dedicados a otros aspectos de la vida americana”.
Tras casi dos décadas de negociaciones, bloqueos y nuevas conversaciones, el entonces
presidente George W. Bush, firmó la ley que autorizaba el establecimiento oficial de un museo nacional
de la cultura afroamericana. En 2005 fue designado como director el historiador Lonnie Bunch. Su colega John Hope Franklin, autor de From Slavery to Freedom, libro que no ha dejado de actualizarse desde su aparición en 1947, también se comprometió a fondo en el proyecto, hasta su muerte en 2009, año en que fue elegido el
estudio de arquitectura del tanzano-ghanés-británico David Adjaye como responsable de su construcción.
En otoño de 2016, en compañía de Bunch, Lewis, Bush y un grupo de ilustres donantes, Obama inauguró el museo. Al cabo de un siglo de vicisitudes, se había hecho realidad en un terreno de cinco hectáreas muy próximo al National Museum of American History. A diferencia de otras sedes del conglomerado
Smithsonian, solo la mitad –270 millones de dólares– de su coste total ha sido sufragada con fondos
federales, debido a la oposición de políticos como Jesse Helms, que pronosticaban, además de la insostenibilidad del museo a causa del escaso público que atraería, una avalancha de demandas de otras comunidades reclamando un museo similar consagrado a su historia. Fue necesario recaudar una importante cantidad de dinero privado a base de grandes donaciones –la mayor contribución fue los 21 millones de dólares aportados
por la presentadora y productora de televisión Oprah Winfrey– y de modestos donativos de diez
dólares aportados por multitud de ciudadanos (2).
Una prueba añadida de la singularidad del NMAAHC es el hecho de no haber sido creado sobre la base de una colección, sino a través de una vasta recogida de objetos y documentos emprendida
en 2008 por un equipo de comisarios y conservadores, y seleccionados luego por grupos de
expertos. Componen sus fondos 40.000 piezas, de las que se hallan expuestas alrededor del 10%. Su aspecto externo también contrasta con el de otros edificios Smithsonian, generalmente neoclásicos y de tonos grises. Recubierto con una rejilla de aluminio color bronce, cambia en función de la luz: oscuro, los días cubiertos; luminoso, los soleados. El entramado de la rejilla recuerda los balcones de las viviendas sureñas, donde los afroamericanos esclavizados desarrollaron su arte como herreros y ebanistas. La celosía de la fachada proporciona una iluminación interior matizada y envolvente, a través de la cual pueden distinguirse el obelisco en honor de George Washington, los monumentos a Lincoln y Jefferson, el edificio del Congreso, los Archivos Nacionales, la Casa Blanca. “Ningún corte es puramente estilístico. Todos obedecen a una voluntad de hacer presente la Historia que hay no solo dentro del museo, sino en su entorno”, explicaba Adjaye. La estructura
se inspira en las esculturas de madera del artista yoruba Olowe de Isa (1873-1938), una de las cuales
representa una figura con una corona de tres módulos a modo de pirámides superpuestas e invertidas,
como la silueta del museo. Sin embargo, aunque aparenta albergar tres, el edificio tiene en realidad siete pisos, dos de ellos subterráneos.
Mientras que el National Museum of the American Indian muestra la cultura nativa sin analizar el genocidio del que fue víctima, el NMAAHC relata sin tapujos la violencia que se halla en la base misma de la formación de Afroamérica y continúa amenazándola. Una narrativa compleja y difícil, que solo es posible enfocar reflejando otros aspectos de su experiencia: las luchas de resistencia, los vínculos comunitarios, el valor, la creatividad, el compromiso con su propio país, e incluso el optimismo con el que hicieron y hacen frente a su historia. Los objetos expuestos han sido seleccionados con esa finalidad. La visita se inicia por la planta más baja del subsuelo, con la crónica de la esclavitud en África y Europa durante el siglo XVI; las cifras respectivas de cada país en el negocio de la trata de personas esclavizadas no son fáciles de digerir. Vemos objetos, documentos e instalaciones correspondientes al periodo. Si los grilletes, instrumentos de tortura o terminología mercantil dejan sin aliento, la estatua del presidente Jefferson contra un muro en cuyos ladrillos están inscritos los nombres
de sus esclavos es una llamada de atención no menos poderosa. En una pequeña sala oscura dedicada
a la época de segregación, se muestra una de las piezas fundamentales del museo: el ataúd abierto de Emmett Till (3) El silencio en que los visitantes habían discurrido hasta aquí, se rompe con el sonido de algún llanto. En contrapartida, el acceso a los años de los derechos civiles se encara con alivio: principio del fin de una opresión tenaz, eclosión del orgullo negro, del “Black is Beautiful”, de los Black Panthers. Se hace evidente la mezcla
de cultura y política. A medida que ascendemos, la experiencia se acelera: presentaciones interactivas, objetos familiares a nuestra memoria fotográfica –un vagón “solo para negros”, el avión de los primeros pilotos afroamericanos de Tuskegee, el Cadillac rojo de Chuck Berry– o directamente contemplados: la trompeta de Miles Davis, la nave espacial con la que Sun Ra aterrizaba en sus conciertos, un vestido de Michelle Obama. El efecto
reparador es deliberado, pues la música –que cuenta con una extensa sección– resuena en todas las salas dedicadas a la historia reciente. Deportes, arte, política, cine, televisión; a medida que se incrementa la velocidad, la historia se vuelve más confusa, como los hechos que acontecen fuera del museo.
“Perderse es el camino”, dice un proverbio africano.
Uno de los aciertos del recorrido, imposible de asimilar en una sola visita, es dejar claro que la historia sigue abierta y que, si bien se han registrado avances –la presidencia de Obama sería el punto
álgido–, persisten problemas tan graves como la encarcelación masiva, evocada aquí mediante
una antigua torre de vigilancia de la prisión Angola, Luisiana, o las luchas del colectivo Black Lives Matter, surgido a raíz de un incidente similar al de Emmett Till: el asesinato de Trayvon Martin, un joven de 17 años que no iba armado, a manos de un vigilante que fue absuelto por los jueces.
Salimos pensando que tal vez la hipótesis atribuida a Darwin según la cual la repetición de la Historia es uno de los errores de la Historia, sería más exacta formulada de este modo: “La repetición de la Historia es uno de los errores del ser humano”. Para personas occidentales blancas no estadounidenses, la visita al museo funciona como un despertador. Si la sociedad del bienestar ha sido erigida sobre el comercio del algodón, el café, el tabaco, el azúcar y la mano de obra barata y a menudo sometida, ¿no debería tener cada país –España, Portugal, Inglaterra, Francia, los Países Bajos…– su propio museo nacional sobre la incidencia de las culturas africanas en la suya? O mejor: ¿no tendrían que estar incorporadas por derecho propio a nuestros programas de estudios y museos? Nunca fueron del todo blancas nuestras sociedades, y van camino de serlo aún
menos. Sin embargo, dentro de todas ellas, las relaciones raciales han sido siempre dificultosas. Y no mejorarán, como apunta Robin Diangelo en su libro White Fragility, mientras los blancos no reconozcamos nuestro supremacismo, es decir, que hemos establecido como norma universal la nuestra, y mientras no comprendamos que solucionar la pobreza no significaría solucionar el racismo.
¿Habría que considerar el NMAAHC como un triunfo del multiculturalismo o como una culminación
de la doctrina “separados, pero iguales”? En principio, todo lo que alberga debería haber sido absorbido por diferentes entidades del propio Smithsonian dedicadas al arte, la historia o la ciencia. Como no ha sido así, subsiste una tensión entre las comunidades minoritarias y la cultura dominante. En 1908, Israel Zangwill, inmigrante rusojudío, estrenó con enorme éxito en Broadway The Melting Pot, una obra de teatro que determinó
la narrativa socio-político-cultural blancoamericana del siglo XX: la asimilación. Los diferentes inmigrantes europeos se fundirían en una sola cultura que daría como resultado una nueva identidad estadounidense. En 1986, George C. Wolfe estrenó en Manhattan The Colored Museum, una
sátira ambientada en un museo y cuyo tema es el de la identidad afroamericana. Entre ambas obras, separadas por un intervalo de ochenta años, la sensibilidad del país había dado un giro de 180 grados. En la década de 1980 quedó patente que no existía ni existiría una sola forma de ser estadounidense, sino que era posible serlo por diferentes vías: latina, asiática, nativa, afro. En la avanzadilla del multiculturalismo, el grupo formado por el afroamericano Ishmael Reed, el chicano Rudolf Anaya, el puertorriqueño Víctor Hernández Cruz y el asiático Shawn Wong, afirmaba: “Multiculturalismo no es la descripción de una categoría,
sino la definición de todo americano”. El multiculturalismo desencadenó las llamadas “Culture Wars” o luchas por definir la identidad estadounidense. Y cada grupo quería ser reconocido por sus diferencias, fuesen nativos, hispanos o feministas negras, rebautizadas womanists, según el término acuñado por Alice Walker. En 1985, la
Universidad de California informó de que, por primera vez, menos de la mitad de los estudiantes
matriculados ese año eran blancos.
Las diversas etnias, con sus particulares estéticas y propuestas, comenzaron a exigir representación
en los museos. En 1972, los miembros del colectivo chicano ASCO tuvieron noticia de que el director del LACMA (Los Angeles Museum of Modern Art) había declarado que las actividades artísticas desarrolladas por el grupo no eran arte y que nunca serían aceptadas en un museo de primera línea. Al día siguiente, cada uno de sus integrantes rotuló su firma en los muros del LACMA, demostrando así que ya habían entrado en el circuito. Cuarenta años después, el museo organizó una gran retrospectiva de ASCO.
Demos un salto atrás. En 1968, el MoMA (Museum of Modern Art) inauguró una exposición dedicada a la memoria de Martin Luther King. Ningún artista afroamericano fue invitado. La protesta del colectivo negro dio como resultado la inclusión, en una sala aparte, de algunos de sus representantes. Días después, el Whitney Museum of American Art presentó una amplia exposición de pintura y escultura centrada en la década de 1930. Los artistas
negros brillaban nuevamente por su ausencia. A raíz de ello, la revista Artforum reunió a varios creadores para comentar la situación. El resultado fue la organización de una exposición –en el Studio Museum in Harlem, que actualmente está siendo rehabilitado por David Adjaye– titulada Invisible Americans: Black Artists of the 1930’s. Simultáneamente, un grupo de treinta artistas encabezado por Faith Ringgold inició una serie de acciones –piquetes en la entrada de los museos– que a lo largo de dos años visibilizaron las políticas de exclusión de tres grandes instituciones artísticas: el Metropolitan, el Whitney y el MoMA. Este último inauguró en 1969 Harlem on my Mind: The Cultural Capital of Black America 1900-1968. Fotógrafos, cineastas, músicos, pero ningún pintor. Las protestas llevaron a una solución paradójica: la incorporación de pintores/as en paneles de discusión. Podían opinar, pero no exhibir. La poeta Audre Lorde escribió en Sister Outside (1984): “Carecemos de pautas para relacionarnos como iguales por encima de nuestras diferencias. Estas diferencias han sido mal formuladas, mal utilizadas y puestas al servicio de la separación y la confusión”. Las políticas culturales constituyen un terreno de resistencia tan importante como el voto.
En 1990, se celebró en Nueva York una gran exposición titulada The Decade Show: Frameworks
of Identity in the 1980’s, coproducida por tres instituciones: New Museum, Museum of Contemporary
Hispanic Art y Studio Museum in Harlem. Incluía doscientos trabajos de noventa artistas pertenecientes a distintas disciplinas y tradiciones culturales. En ella quedaba de manifiesto que la visión de la identidad era distinta para cada grupo, e incluso para cada individuo. Era el momento de aceptar el multiculturalismo o ser considerado “políticamente incorrecto”. Este concepto fue retomado por quienes lo rechazaban –los eurocéntricos
recalcitrantes– y reutilizado para acusar a sus defensores de propagandistas e intolerantes. Las guerras culturales se renuevan sin tregua; aunque se acepte que la noción de raza carece de fundamento biológico, permanece como un hecho inamovible de la vida estadounidense, al igual que la blanquitud sigue constituyendo una norma tan omnipresente que raramente se menciona.
Las minorías siempre han encontrado fisuras por donde infiltrarse. Mucho antes de la existencia del museo de Washington, diversos grupos y entidades se preocuparon de recopilar y preservar el legado afroamericano. El primer espacio museístico fue abierto en la Universidad de Hampton, Virginia, en 1868. Un siglo después se contaban alrededor de treinta, casi todos localizados en los HBCU (Historically Black Colleges and Universities). En 1991, existían centenar y medio de centros repartidos por 37 Estados. Su número no ha dejado de crecer. Organizan exposiciones temporales, talleres, conferencias, conciertos. Muchos de ellos se concentran en episodios históricos concretos. El WGPR-TV (Detroit, 1975) está dedicado a la primera estación de televisión dirigida por afroamericanos. El African American Museum (Filadelfia, 1976) repasa el movimiento abolicionista. El Apex Museum (Atlanta, 1978) interpreta la historia norteamericana desde la perspectiva negra. El Philip
Randolph Pullman Porter Museum (Chicago, 1985) se estructura alrededor de la figura de Philip Randolph, organizador del primer sindicato negro, que aglutinaba a los trabajadores ferroviarios de la compañía Pullman. El America’s Black Holocaust Museum (Milwaukee, 1988) se consagra a la historia de los linchamientos. El Negro Leagues Baseball Museum (Kansas City, 1990) ilustra el papel de los afroamericanos en el deporte estrella del país. El Motel Lorraine, donde fue asesinado Martin Luther King, alberga desde 1991 el National Civil Rights Museum, asociado desde hace tres años al Smithsonian. El Brown Versus Board of Education
National Historic Site (Topeka, Kansas, 1992) conmemora una sentencia judicial de 1954 que puso
fin a la segregación en las escuelas públicas. El African American Firefighter Museum (Los Ángeles, 1997) recuerda el papel de los bomberos negros, segregados durante mucho tiempo. El International Civil Rights Center Museum (Greensboro, Carolina del Norte, 2001) relata las luchas por los derechos civiles; en la cafetería del edificio –un antiguo almacén Woolworth– comenzaron en 1960 los sit-ins, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo; su larga barra constituía la pieza principal del museo antes de ser donada al de Washington. El
National Center for Civil and Human Rights (Atlanta, 2014) fue impulsado por figuras de los derechos
civiles como Andrew Young, John Lewis y la viuda de Ralph Abernathy. El Tuskegee Airmen National
Museum (Tuskegee, Alabama, 2014) custodia la memoria de un escuadrón de pilotos negros. The
Legacy Museum (Montgomery, 2018) rememora la historia afronorteamericana desde la esclavitud hasta el encarcelamiento masivo (4). Desde 2013 se está trabajando en el National Museum of African American Music, que se abrirá en Nashville este año. Además, existen centros como el Muhammad Ali y el August Wilson, o casas/museo donde residieron personajes como Harriet Tubman, Frederick Douglass, Lewis H. Latimer, los hermanos James Weldon y John Rosamond Johnson –autores de Lift Every Voice and Sing, considerado el himno de los derechos civiles–, Mary McLeod Bethune, Louis Armstrong, Arna Bontemps, Martin Luther
King… O monumentos como el African American Burial Ground de Manhattan, construido en 2006
sobre el mayor cementerio negro de esclavos y libertos, donde fueron sepultados unos 15.000 cadáveres
durante los siglos XVII y XVIII.
En diciembre de 2018, a pocos kilómetros de Bruselas, reabrió sus puertas el Museo Real de África
Central, ahora denominado AfricaMuseum. Dedicado a la mayor gloria del rey Leopoldo II, que consideraba el Congo su coto privado, y a cantar las excelencias del colonialismo, ha invertido cinco años en reorientar su rumbo y proponer una nueva visión del colonialismo belga como un episodio cruel, inmoral y depredador. ¿Un signo más de que asistimos al principio del fin del relato blancocéntrico?

© Le Monde Diplomatique en español

(1)Véase Mireia Sentís, “No puedo respirar”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2017.
(2) El más visitado de Estados Unidos es el Air and Space Museum, que atrajo siete millones de personas en 2017. El NMAAHC ocupó la novena posición, con dos millones y medio de visitantes. Ambos están ubicados en Washington D.C. y pertenecen al conglomerado Smithsonian. Los museos de la capital son los únicos del país
a los cuales se accede gratuitamente. Aun así, han de recaudar suficiente dinero para que solo una parte de los costes recaiga sobre el gobierno federal.
(3) Emmett Till (1941-1955), nacido en Chicago, pero de vacaciones en el Sur, fue linchado y arrojado al río Misisipi, con el pretexto de haber silbado a una mujer blanca. Aunque se supo que los asesinos eran el marido y el hermano de la mujer, no fueron inculpados. En el funeral, su madre dejó el féretro abierto para mostrar hasta
qué punto su cuerpo había sido desfigurado. La imagen fue uno de los detonantes de las luchas por los derechos civiles. En 2008 se reabrió el caso —la mujer reconoció haber mentido— y Emmett fue exhumado y enterrado de nuevo. La familia Till donó el ataúd original al Museo.

(4) Angela Davis divide la historia negra estadounidense en tres trágicos periodos: la esclavitud, la segregación y la actual encarcelación masiva.

 


LIBROS ESCRITOS POR MUJERES

¡Nueva recompensa!!
Llevamos dos semanas de campaña, estamos al borde del 8M y hemos decidido dar cabida a una nueva recompensa, compuesta por una selección de obras de autoras a las que tenemos especial cariño y respeto, publicadas todas ellas en editoriales que estarán presentes en la feria. Esta recompensa, acompañada por cuadernos y marcapáginas, ofrecerá 4 títulos entre la selección que aparece en la imagen.

https://www.verkami.com/projects/22871-ii-feria-del-libro-politico-de-madrid

 


8 de marzo - Huelga Feminista 2019

«El nuestro es un grito global, transfronterizo y transcultural. Somos un movimiento internacional diverso que planta cara al orden patriarcal, racista, capitalista y depredador con el medio ambiente, y que propone otras vidas y otro mundo radicalmente distinto. Formamos parte de las luchas contra las violencias machistas, por el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra vida, por la justicia social, la vivienda, la salud, la educación, la soberanía alimentaria, y la laicidad, contra el extractivismo y los tratados de libre comercio, la explotación y muchas otras luchas colectivas. Unidas por otra forma de entender y organizar la vida, la economía y las relaciones. Porque somos antimilitaristas y estamos contra las guerras, y las fronteras, contra los Estados autoritarios y represores que imponen leyes mordaza y criminalizan la protesta y la resistencia feminista. Unidas a las mujeres que defienden los derechos humanos y la tierra, arriesgando sus vidas».
Del argumentario de Hacia la Huelga Feminista 2019.
La Compagnie Jolie Môme - L'hymne des femmes
https://youtu.be/uGR4OljREP8

 


Adonis: «Lorca y Cervantes son tan árabes y chinos como españoles»

El escritor sirio, gran candidato del mundo árabe al Nobel, repasa su vida y defiende la cultura como patrimonio universal más allá de las fronteras

Bruno Pardo Porto - ABC - 25 de enero de 2019

Fotografía de Adonis de Jaime García

Adonis (Siria, 1930) mira a través de unos ojos caoba sujetados por dos prominentes bolsas. Más que un síntoma de antigüedad, parecen ser el lugar donde guardas todas sus visiones presentes, pasadas y futuras: la guerra, el destierro, la felicidad, el amor... En fin, todos los misterios y certezas que envuelven sus versos. A veces se arrugan, pero no para exprimir lágrimas, sino para delatar su sonrisa, que aparece a cada poco, con una anécdota o una vuelta de tuerca a la solemnidad de su discurso. El humor, qué importante, también está ahí.

Es el gran candidato del mundo árabe al Nobel de Literatura, pero antes que nada es un hombre de fe en la poesía por encima de todas las cosas, sobre todo de la religión. Confía en la palabra escrita, quizás porque sin ella no hubiera llegado nunca a la escuela, y no hubiese podido escapar de sus circunstancias vitales, más bien crueles. No cree en el destino, ni falta que le hace. Tiene la libertad.

¿Recuerda cómo entró la poesía en su vida?

Nací en una casa de campesinos, pero era una casa en la que se amaba la poesía. Mi padre fue la primera persona que me abrió las puertas a ese mundo, presentándome la poesía árabe clásica. Seguí leyendo poesía en casa antes de entrar en la escuela, porque yo entré en la escuela muy tarde... Toda mi vida es poesía, desde el principio. He nacido dentro de la poesía.

¿Fue cosa del destino?

Yo no creo en el destino, creo que el ser humano es el principal responsable de su vida, de sus actos, de sus obras. Sin embargo, muchas veces me quedo sorprendido y asombrado, y me pregunto: «¿Cómo ha pasado esto? ¿Cómo ha ocurrido esto en mi vida?». Hay una anécdota…

¿Cuál?

En 1946 Siria se independizó de Francia y se convirtió en una república. Y el primer presidente de aquella república decidió visitar las zonas y los pueblos del país, para conocerlos. En su agenda figuraba mi pueblo. Entonces, se me ocurrió que iba a escribir un poema y que iba a recitarlo delante de él, para darle la bienvenida. Tenía la esperanza de que ese poema le iba a gustar y que me iba a llamar para hablar con él. Lo primero que pensaba decirle era que quería entrar en la escuela...

¿Y qué ocurrió?

Que ese sueño se hizo realidad.

Con 17 años adoptó el nombre de Adonis… ¿Se esperaba entonces que le iba a acompañar hasta hoy?

No. Pero siempre tenía la certeza, a pesar de todas las barreras que he tenido ante mí, de que iba a llegar muy lejos en la poesía.

Entonces, ¿aquella firma fue una forma de inventarse a sí mismo más allá de sus raíces?

Desde mi infancia, las circunstancias de mi vida me obligaron a superar mis raíces, el ambiente, el contexto en el que vivía. Y no solo a nivel político y social, sino lo más importante: a nivel cultural, de pensamiento. Y la representación esencial de ese superar la condición en la que vivía fue adoptar el nombre de Adonis, para abrir nuevos horizontes.

De sus raíces geográficas ha tenido que huir por motivos políticos [cuando se fue de Siria para recalar en Beirut] o bélicos [se marchó del Líbano a París por una sangrienta guerra civil]. Y parece que este destierro continuo ha marcado su poesía.

Para mí la noción del lugar y el espacio son variables. El lugar no separa. Al fin y al cabo los límites geográficos tienen que ver con el turismo y la política. Lo más importante de la dimensión geográfica, y lo que de verdad me importa, es la dimensión humana.

¿Por qué?

El sitio influye, pero el ser humano es capaz de crear una barrera entre él y el lugar que le rodea. Y esa es una característica que distingue al ser humano del animal. El animal no puede separarse de la naturaleza en la que vive. Sin embargo, el ser humano sí es capaz de hacerlo. Por eso el ser humano tiene historia, y escribe esa historia. Lo importante no es el lugar, lo importante es el ser humano.

El destierro es uno de sus grandes temas, pero también el amor o la muerte o la guerra. ¿Qué es lo que atrapa su atención de poeta?

En la poesía no hay temas. El poema es como una bomba que explota en todas direcciones. Pero odio las bombas, así que lo diré de otra forma: el poema es como un árbol que crece en un punto de la tierra, pero que da sombra a todas las partes del mundo. Por eso los temas se entremezclan en el poema: hablas del amor, pero a la par, hablas de la guerra; hablas de la amistad, que significa hablar del enemigo; hablas de la muerte, pero también hablas de la vida. La perspectiva del poeta, del creador, debe ser panorámica, como una red, y no como una línea.

Hay uno de sus versos que refleja muy bien esa dualidad: «Nuestra guerra es que el cuerpo sea / otra eternidad para la eternidad». Desde la altura de su edad, ¿abraza esa eternidad por miedo a la muerte?

Lo más importante para mí es vivir la vida en todas sus direcciones. Con el alma, con mucha pasión. La eternidad, al fin y al cabo, es un concepto religioso que ha inventado el ser humano para luchar contra la muerte. Homero, Dante, Goethe, Cervantes… La eternidad, para ellos, ¿qué significa? ¿De verdad son eternos? No. Son eternos dentro de nosotros. Viven dentro de nosotros. Cada creador, en este sentido, es eterno, pero en el otro. Hay un dicho muy famoso de un pensador árabe que dice: «El amigo es otro que eres tú». Entonces, cualquier creador en la historia eres tú, soy yo o es él.

La crítica habla de usted como el gran renovador de la lengua árabe. ¿Le pesa ese título?

Cada creador, cada gran escritor que hace uso de su lengua materna, lo que quiere es reescribir esa lengua de nuevo. Y lo que significa reescribir la lengua es reescribir la cultura, la tradición y, a la vez, estar escribiendo también la historia en general.

Eso lo decía Hölderlin: «Lo que permanece lo fundan los poetas».

Es así. Uno no puede entender a Lorca si se centra en pensarlo a través del contexto en el que vivió. Lo que tiene que hacer es leer a Lorca para entender, a través de él, el momento en el que vivía. Es decir: Lorca es quien explica e interpreta el periodo histórico en el que vivió. Y no al contrario. Porque al fin y al cabo el contexto histórico lo que hace es disminuir al poeta y convertirlo en un hecho histórico. Pero eso no es así.

Ha mencionado a Lorca y a Cervantes, y usted fue un gran amigo de Octavio Paz. ¿Le interesa tanto la literatura escrita en español?

La poesía española es una gran poesía. Creo que es la poesía europea más importante. Es un conjunto precioso, que muestra una gran sensibilidad.

Por cierto, usted siempre ha escrito en árabe, a pesar de que vive en Francia y domina perfectamente el francés. ¿Por qué esa elección?

Porque la lengua no solo tiene que ver con el intelecto del ser humano, con la razón, sino también con el cuerpo. Y el cuerpo tiene una sola madre. Por eso escribo en mi lengua materna. Si tuviera dos madres podría escribir en más lenguas, pero eso es imposible [ríe].

Y escribiendo en árabe ha se ha convertido en una especie de puente cultural entre Oriente y Occidente.

Yo no lo tenía planeado. Además, tanto Oriente como Occidente son nociones económicas y militares. En la creación no hay Oriente ni Occidente. Lorca y Cervantes son tan árabes, chinos y estadounidenses como españoles. Y esa es la importancia de la creación: rompe las barreras, rompe las limitaciones, las revienta.

Entonces, ¿cree que la cultura puede unir lo que separa la guerra?

En principio sí. Pero el ser humano es dominante por naturaleza. Tirano. El ser humano es Dios y demonio a la vez. El ser humano convirtió al propio Dios en un medio.

En su libro «Violencia e islam» critica precisamente eso, ¿no?

La religión se compone de las personas que creen en esa religión, que la viven. Eso pasa en el islam y en el cristianismo. El cristianismo son los cristianos. El islam son los musulmanes. Yo nunca he estado en contra de la religión como fe individual. De hecho, la religión es la relación entre el individuo y el misterio, y es una forma de organizar su vida. Es una necesidad psicológica casi. Yo defiendo eso. Lo que pido es que, como yo respeto la religiosidad, el religioso tiene que respetar a los no creyentes. Si impone su confesión y su fe, entonces la religión se convierte en violencia. Porque imponer la religión a toda una sociedad es un acto violento.

Hay que estar en contra de la religión cuando se convierte en una institución política, económica y cultural. Debe haber una separación radical entre el Estado y la religión. El Estado es para todos los ciudadanos. La religión debe convertirse en una fe individual que no implique al resto.

¿Y cree que el islam puede llegar a eso?

No creo que pueda llegar a transformarse. Algunas personas pueden conseguirlo. Pero al final la religión se ha convertido en un medio de lucha. La religión, hoy, es un capital militar y político. Y el ser humano no suelta fácilmente el capital. Eso se aplica a todas las religiones, sobre todo a las monoteístas.

Por lo que dice, parece que lo que más valora es la libertad, por encima de cualquier condicionamiento social.

La existencia en sí misma es libertad. Si dejas al ser humano sin libertad, prácticamente lo dejas sin existencia. Sin libertad no existe el ser humano.

Sin embargo, usted terminó en la cárcel por sus ideas.

Porque nosotros vivimos en una sociedad sin libertad. Hay limitaciones. Y la sociedad no es libre. El ser humano debe luchar por conseguir esa libertad, debe romper las cadenas y las barreras que le impiden ser libre.

El hombre que se inventó a sí mismo

Ali Ahmad Said Esber decidió que iba a llamarse Adonis cuando tenía 17 años, y desde entonces pasea ese nombre por el mundo. Dice que fue un acto de libertad, para abrir horizontes. También tenía algo de gamberrismo, por qué no. Aunque esta no ha sido su única invención biográfica. Adonis también es el responsable de su fecha de nacimiento (el 1 de enero de 1930), porque no sabe a ciencia cierta qué día vino a este mundo: «Es que mi madre solo me dijo: “Hijo mío, tú naciste en una noche oscura, de relámpagos, tormentosa, poco después del año nuevo”», recuerda entre risas.