Pasolini es una de las personalidades más relevantes del siglo XX. Vivió libre, de acuerdo con sus ideas y sus inclinaciones, sin doblegarse ante la opinión de la mayoría ni ante el poder y pagó un alto precio por ello, desde los primeros juicios (el primero, en 1949, por corrupción de menores) hasta los últimos (por Saló o los 120 días de Sodoma), que se prolongaron incluso después de su asesinato nunca esclarecido la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975. Una treintena de acusaciones, acompañadas muchas veces de atroces campañas de prensa en los medios conservadores, dirigidas a destruirle como persona y como creador, como revelan las denuncias contra Ragazzi di vita, Una vita violenta, Accattone, La ricotta, Mamma Roma, Teorema, Decamerón, Los cuentos de Canterbury, La flor de las Mil y una noches y, por último, el ya citado por Saló o los 120 días de Sodoma. Las condena por La ricotta en 1963 a 4 meses de cárcel por "vilipendiar la religión del Estado" (en una escena, Orson Welles, que actuaba representando a un director en el curso de un rodaje, gritaba en off "¡Quitad las cruces!", a fin de comenzar a rodar una nueva escena: pues bien, la justicia italiana obligó a retirar la voz en off) ilustra perfectamente cómo actuaba contra él ese régimen "clerical-fascista" que Pasolini denunció abiertamente en sus artículos de prensa.

Hombre enraizado en su tierra, en ese universo del Friuli, limítrofe con Yugoslavia, que tenía como centro Casarsa, el pueblo de la familia materna, donde se establece en 1942 con su madre y su hermano, huyendo de la guerra. Ese año aparece, precisamente, su primer poemario, Poesie a Casarsa, escrito en dialecto friulano. Para él la lengua de la tierra es tan valiosa como la lengua nacional, y, con algunos amigos, funda la Academiuta di lenga furlana, en cuya revista publican traducciones de Juan Ramón Jiménez, Carles Cardò y otros poetas catalanes, pues para ellos el catalán es también una lengua de la tierra que hay que defender. Tras una breve militancia en el Movimiento Popular Friulano, finalmente, en 1948, ingresa en el Partido Comunista italiano. Comienza a leer a Marx y a Gramsci, abre los ojos a los conflictos y a las luchas sociales y se convierte en secretario de la sección de san Giovanni de Casarsa del PCI. Es entonces cuando escribe la antología Dónde está mi patria y la novela El sueño de una cosa, que toma el título de una frase de Marx, aunque no la publicará hasta 1962. Años después explicará en una entrevista su compromiso político de esos años en estos términos:

"los campesinos del Friuli mantenían una dura lucha contra los grandes propietarios de la región. Esa fue mi primera experiencia de la lucha de clases. La lucha de los trabajadores agrícolas provocaba en mí la nostalgia de la justicia, al tiempo que satisfacía mi inclinación a la poesía. Por tanto, la idea comunista apareció con toda naturalidad asociándose, fundiéndose, con las luchas campesinas, la realidad de la tierra. Es posible que incluso mi adhesión al PCI haya estado determinada sentimentalmente por dicha experiencia... No lo niego... y no me parecería contradictorio con una formación marxista".

Sin embargo, en enero de 1950 tiene que trasladarse con su madre a Roma, a raíz de la primera condena que sufre, acusado de actos deshonestos en la vía pública. La acusación es un mazazo que lo expulsa de su paraíso infantil, de la tierra que había visto morir a su hermano menor, Guido, en un oscuro episodio de rivalidades entre grupos antifascistas de partisanos en esa región en que se confrontaban nacionalismos de signos diferentes. Maestro y militante comunista apreciado, la denuncia y posterior condena lo convierten en un apestado: es expulsado de la docencia y también del partido comunista. Este lo condena sin ambages "por indignidad moral y política". Pero el exilio romano, pese a todas las dificultades, hará de ese joven desconocido y sin recursos, que tiene que multiplicarse para conseguir un hogar digno para él y su madre, que nunca lo abandonó, el Pasolini luchador comprometido con sus ideales y con la creación artística que ha llegado hasta nosotros.

 



  SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE PRENSA TOMADA DE ESCRITOS CORSARIOS

 

ACULTURACIÓN Y ACULTURACIÓN


En estos tiempos de austeridad, muchos lamentan las molestias derivadas de la falta de vida social y cultural organizada, fuera del Centro «malo», en las periferias «buenas» (dormitorios sin zonas verdes, sin servicios, sin autonomía, sin relaciones humanas reales). Lamento retórico. Porque si todo lo que se dice que falta en las periferias existiera, lo seguiría organizando el Centro. El mismo Centro que, en pocos años, ha destruido todas las culturas periféricas que, hasta hace pocos años, aseguraban una vida propia, sustancialmente libre, incluso a las periferias más pobres o miserables.

Ningún centralismo fascista ha logrado lo que el centralismo de la civilización de consumo. El fascismo proponía un modelo, reaccionario y monumental, que luego se quedaba en letra muerta. Las culturas particulares (campesinas, subproletarias, obreras) seguían obedeciendo, imperturbables, a sus modelos antiguos. La represión se limitaba a obtener su adhesión de palabra. Hoy, por el contrario, la adhesión a los modelos propuestos por el Centro es total e incondicional. Se reniega de los modelos culturales reales. La abjuración es un hecho. Se puede decir, por lo tanto, que la «tolerancia» de la ideología hedonista implantada por el nuevo poder es la peor de las represiones de la historia humana. ¿Cómo se ha podido ejercer esta represión? Mediante dos revoluciones en el interior de la organización burguesa: la de las infraestructuras y la del sistema de información. Las carreteras, la motorización, etc. han unido estrechamente la periferia con el Centro, anulando las distancias materiales. Pero la revolución del sistema de información ha sido aún más radical y decisiva. Con la televisión, el Centro ha igualado todo el país, tan diverso por su historia y tan rico en culturas originales. Ha emprendido una labor de homologación destructora de la autenticidad y la concreción. Ha impuesto, como decía, sus modelos, los de la nueva industrialización que ya no se conforma con un «hombre que consume» y pretende que las ideologías distintas de la del consumo sean inconcebibles. Un hedonismo neolaico, ciegamente olvidadizo de los valores humanistas y ciegamente ajeno a las ciencias humanas.

Antes, la ideología impuesta por el poder era, como es sabido, la religión, y el único fenómeno cultural que «homologaba» a los italianos era el catolicismo. Ahora el catolicismo compite con un nuevo fenómeno cultural «homologador», el hedonismo de masas. Como tal competidor, el nuevo poder ha empezado ya a liquidarlo desde hace unos años.

Porque en el modelo del Joven Hombre y la Joven Mujer propuesto e impuesto por la televisión no hay nada de religioso. Son dos personas que valoran la vida solo a través de sus Bienes de Consumo (y siguen yendo a misa los domingos; en coche, por supuesto). Los italianos han aceptado con entusiasmo este nuevo modelo que les impone la televisión según las normas de la Producción Creadora de Bienestar (o mejor dicho, de salvación de la miseria). Lo han aceptado, pero ¿realmente son capaces de realizarlo?

No. O lo realizan solo en parte, convirtiéndose en su caricatura, o logran realizarlo en una medida tan escasa que se vuelven sus víctimas. La frustración o incluso la angustia neurótica son ya estados de ánimo colectivos. Por ejemplo, los subproletarios, hasta hace poco, respetaban la cultura y no se avergonzaban de su ignorancia. Al contrario, estaban orgullosos de su modelo popular de analfabetos que sin embargo conocían el misterio de la realidad. Miraban con cierto desprecio altivo a los «hijos de papá», a los pequeñoburgueses, de los que se diferenciaban aunque estuvieran obligados a servirlos. Ahora, en cambio, empiezan a avergonzarse de su ignorancia. Han abjurado de su modelo cultural (los más jóvenes ni siquiera lo recuerdan, lo han perdido por completo) y el nuevo modelo que tratan de imitar descarta el analfabetismo y la tosquedad. Los muchachos subproletarios —humillados— borran su oficio en su carné de identidad y lo sustituyen por la calificación de «estudiante». Naturalmente, en cuanto empezaron a avergonzarse de su ignorancia también empezaron a despreciar la cultura (característica pequeñoburguesa, que adquirieron por mimetismo). Al mismo tiempo, el muchacho pequeñoburgués, para adecuarse al modelo «televisivo» —que le resulta connatural, pues lo ha creado e impuesto su propia clase— se vuelve extrañamente tosco y desdichado. Si los subproletarios se han aburguesado, los burgueses se han subproletarizado. Como la cultura que producen es de carácter tecnológico y estrictamente pragmático, impide que se desarrolle el viejo «hombre» que aún llevan dentro. La consecuencia es cierto entumecimiento de sus facultades intelectuales y morales.

La responsabilidad de la televisión en todo esto es enorme. No como «medio técnico», claro está, sino como instrumento del poder y poder en sí misma. No solo es un lugar a través del cual pasan los mensajes, sino un centro que fabrica mensajes. Es el lugar donde se concreta una mentalidad que de lo contrario no se sabría dónde situarla. A través del espíritu de la televisión se pone de manifiesto, en concreto, el espíritu del nuevo poder.

No cabe duda (a los resultados me remito) de que la televisión es más autoritaria y represiva que ningún otro medio de información del mundo. A su lado, el periódico fascista y los letreros mussolinianos pintados en las alquerías mueven a risa, como (con dolor) el arado frente al tractor. El fascismo, lo digo una vez más, fue incapaz de arañar siquiera el alma del pueblo italiano; el nuevo fascismo, a través de los nuevos medios de comunicación e información (sobre todo, justamente, la televisión), no solo la ha arañado, sino que la ha lacerado, la ha violado, la ha afeado para siempre…


Publicado en Il Corriere della Sera con el título “Desafío a los dirigentes de la televisión” el 9 de diciembre de 1973.


 

10 de junio de 1974

Estudio sobre la revolución antropológica en Italia*

2 de junio: en la primera página de l’Unità hay un titular para las grandes ocasiones: «Viva la república antifascista».

Claro que sí, viva la república antifascista. Pero ¿qué sentido real tiene esta frase? Tratemos de analizarlo.

En concreto se origina en dos hechos que la justifican plenamente: 1) La victoria aplastante del «no» el 12 de mayo, y 2) la matanza fascista de Brescia el 28 del mismo mes.

La victoria del «no» en realidad es una derrota no solo de Fanfani y del Vaticano, sino también, en cierto sentido, de Berlinguer y del partido comunista. ¿Por qué? Fanfani y el Vaticano han demostrado que no han entendido nada de lo que ha pasado en nuestro país durante los últimos diez años: el pueblo italiano ha resultado —de un modo objetivo y palmario— muchísimo más «avanzado» de lo que pensaban, por estar anclados en el viejo conservadurismo campesino y paleoindustrial.

Pero es preciso tener el valor intelectual de decir que Berlinguer y el Partido Comunista Italiano también han demostrado que tampoco han entendido bien lo sucedido en nuestro país en los últimos diez años. Porque ellos no querían el referendo, no querían una «guerra de religión» y tenían mucho miedo del resultado positivo de las votaciones. Es más, sobre este particular eran claramente pesimistas. Sin embargo la «guerra de religión» resultó una previsión abstrusa, arcaica, supersticiosa y sin fundamento. Muy lejos estaba de imaginar el más optimista de los comunistas que los italianos se mostrarían tan modernos. Tanto el Vaticano como el partido comunista han errado en sus análisis sobre la situación «real» de Italia.

Tanto el Vaticano como el partido comunista han demostrado que han observado mal a los italianos y no han creído en su capacidad de evolucionar rápidamente, superando todos los cálculos.

Ahora el Vaticano lamenta su error. El pci, en cambio, simula no haberlo cometido y se regocija por el triunfo inesperado.

Pero ¿ha sido un verdadero triunfo?

Tengo buenas razones para dudarlo. Ya ha pasado casi un mes desde aquel feliz 12 de mayo, de modo que puedo ejercer mi crítica sin que se tome por un derrotismo inoportuno.

Mi opinión es que el 59% de noes no demuestra, por arte de birlibirloque, una victoria del laicismo, el progreso y la democracia, en absoluto. En cambio demuestra dos cosas:

1) Que las «clases medias» han cambiado radicalmente —yo diría antropológicamente—: sus valores positivos ya no son los valores reaccionarios y clericales, sino los valores (experimentados sin llegar a «nombrarlos» todavía) de la ideología hedonista del consumo y la consiguiente tolerancia modernista de tipo estadounidense. Ha sido el propio país —merced al «desarrollo» de la producción de bienes superfluos, la imposición del afán de consumo, la moda, la información (sobre todo, de un modo imponente, la televisión)— el que ha creado estos valores, tirando cínicamente a la basura los valores tradicionales y a la propia Iglesia, que era su símbolo.

2) Que la Italia campesina y paleoindustrial se ha desmoronado, se ha deshecho, ya no existe, y en su lugar hay un vacío que probablemente espera ser colmado por un completo aburguesamiento, del tipo antes mencionado (modernizante, falsamente tolerante, «americanizante», etc.).

El «no» ha sido una victoria, sin duda alguna. Pero lo que señala realmente es una «mutación» de la cultura italiana, que se aleja tanto del fascismo tradicional como del progresismo socialista.

Si las cosas están así, ¿qué sentido tiene entonces la «matanza de Brescia» (como antes la de Milán)? ¿Es una matanza fascista, que implica una indignación antifascista? Si lo que cuenta son las palabras, hay que contestar afirmativamente. Si son los hechos, entonces la respuesta solo puede ser negativa; o por lo menos capaz de replantear los viejos términos del problema.

Italia nunca ha sido capaz de expresar una gran Derecha. Esto, probablemente, es el hecho determinante de toda su historia reciente. Pero no se trata de una causa sino de un efecto. Italia no ha tenido una gran Derecha porque ha carecido de una cultura capaz de expresarla. Solo ha podido expresar esa tosca, ridícula y feroz derecha que es el fascismo. En este sentido el neofascismo parlamentario es la fiel continuación del fascismo tradicional. Solo que, mientras tanto, toda forma de continuidad histórica se ha roto. El «desarrollo», promovido pragmáticamente por el Poder, se ha instaurado históricamente en una especie de epojé, que ha transformado radicalmente, en pocos años, el mundo italiano.

Este salto «cualitativo» concierne tanto a los fascistas como a los antifascistas, pues se trata del paso de una cultura formada con analfabetismo (el pueblo) y humanismo andrajoso (las clases medias) por una organización cultural arcaica, a la organización moderna de la «cultura de masas». El asunto, en realidad, es de enorme importancia: es un fenómeno, repito, de «mutación» antropológica. Sobre todo, quizá, porque ha cambiado los caracteres necesarios del Poder. La «cultura de masas», por ejemplo, no puede ser una cultura eclesiástica, moralista y patriótica, ya que está vinculada directamente al consumo, que tiene leyes internas y una autosuficiencia ideológica capaces de crear automáticamente un Poder que ya no sabe qué hacer con la Iglesia, la Patria, la Familia y otras quimeras parecidas.

La homologación «cultural» consiguiente concierne a todos, pueblo y burguesía, obreros y subproletarios. La situación social ha cambiado en el sentido de que se ha unificado extraordinariamente. La matriz que engendra a todos los italianos ya es la misma. En Italia ya no hay una diferencia apreciable —más allá de la opción política como esquema muerto que se rellena gesticulando— entre un ciudadano cualquiera fascista y un ciudadano cualquiera antifascista. Ambos son cultural, psicológica y, lo que es más impresionante, físicamente intercambiables. En el comportamiento diario, mímico, somático, no hay nada que distinga —repito, más allá de unas elecciones o un acto político— a un fascista de un antifascista (de mediana edad o joven; los viejos, en este sentido, todavía pueden ser distintos). Esto en lo que se refiere a los fascistas y antifascistas moderados; en el caso de los extremistas la homologación todavía es más radical.

Los que han cometido la horrible matanza de Brescia han sido fascistas. Pero profundicemos en este fascismo suyo. ¿Es un fascismo que se basa en Dios? ¿En la Patria? ¿En la Familia? ¿En la mojigatería tradicional, en la moralidad intolerante, en el orden castrense aplicado a la vida civil? Aunque este fascismo todavía se define a sí mismo, perversamente, con arreglo a todas estas cosas, ¿es una definición sincera? El criminal Esposti —por poner un ejemplo—, en el caso de que en Italia se restaurase, al son de las bombas, el fascismo, ¿estaría dispuesto a aceptar la Italia de su retórica hueca y nostálgica? ¿La Italia no consumista, ahorradora y heroica (como él la creía)? ¿La Italia incómoda y rústica? ¿La Italia sin televisión ni bienestar? ¿La Italia sin motocicletas ni cazadoras de cuero? ¿La Italia con las mujeres tapadas y encerradas en casa? No: es evidente que hasta el más fanático de los fascistas consideraría anacrónico renunciar a todas estas conquistas del «desarrollo». Unas conquistas que anulan con su sola presencia todo el misticismo y el moralismo del fascismo tradicional.

Así que el fascismo ya no es el fascismo tradicional. Entonces, ¿qué es?

Los jóvenes de los campamentos fascistas, los jóvenes de las sam1, los jóvenes que secuestran a personas y ponen bombas en los trenes se llaman o son llamados «fascistas», pero se trata de una definición puramente nominal. En realidad son absolutamente idénticos a la gran mayoría de sus contemporáneos. No hay nada que los distinga, repito, ni en lo cultural, ni en lo psicológico ni en lo somático. Solamente una «decisión» abstracta y apriorística que para darse a conocer se tiene que declarar. Podemos hablar casualmente durante horas con un joven fascista dinamitero sin percatarnos de que es fascista. Mientras que hace tan solo diez años bastaba, no digo con una palabra: con una simple mirada para distinguirlo y reconocerlo.

El ambiente cultural de donde han salido estos fascistas es completamente distinto del tradicional. Estos diez años de historia italiana que han llevado a los italianos a votar «no» en el referendo, han producido —merced al mismo mecanismo profundo— a estos nuevos fascistas, cuya cultura es idéntica a la de quienes han votado «no» en el referendo.

Por lo demás, son unos pocos cientos o miles, y si el gobierno y la policía lo hubieran querido, ya desde 1969 habrían salido completamente de escena.

El fascismo de las matanzas, por consiguiente, es un fascismo nominal, sin una ideología propia (invalidada por la calidad de vida real de estos fascistas) y, además, artificial: es promovido por el Poder que, después de haber liquidado pragmáticamente al fascismo tradicional y a la Iglesia (el clericalfascismo, que era una realidad cultural italiana), decidió mantener activas unas fuerzas que le sirvieran para contrarrestar la subversión comunista, de acuerdo con una estrategia mafiosa y del Commissariato di Pubblica Sicurezza. Los verdaderos responsables de las matanzas de Milán y Brescia no son los jóvenes monstruos que pusieron las bombas ni sus siniestros instigadores y costeadores. De modo que es inútil y retórico simular que se atribuye una responsabilidad real a estos jóvenes y a su fascismo nominal y artificial. La cultura a la que pertenecen y que contiene los elementos de su locura pragmática es, insisto una vez más, la misma que la de la inmensa mayoría de los chicos de su edad. No solo en ellos crea unas condiciones intolerables de conformismo y neurosis, con el consiguiente extremismo (que es la conflagración producida por la mezcla de conformismo y neurosis).

Si su fascismo llegase a prevalecer, sería el fascismo de Spinola, no el de Caetano. Es decir, un fascismo aún peor que el tradicional, pero ya no propiamente fascismo. Sería algo que en realidad estamos experimentando ya, y los fascistas de un modo exasperado y monstruoso, no sin motivo.


Publicado en Corriere della Sera con el título «Gli italiani non sono più quelli» (Los italianos ya no son esos).


HAN DICHO DE ESCRITOS CORSARIOS



DECADENCIAS Actualidad de Pasolini

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Dos clásicos de Pier Paolo Pasolini (1922-1975), ya conocidos pero vertidos de nuevo, han aparecido en nuestras librerías mostrando la gran versatilidad y originalidad de Pier Paolo, lo poco que el tiempo ha pasado por él, y cuánto deben añorarlo los italianos de bien en la triste y cenicienta y berlusconiana Italia de nuestros días… Los libros aludidos son Las cenizas de Gramsci (1957), el primer gran libro de poemas en italiano de su autor (son anteriores las poesías en friulano) y Escritos corsarios, la primera de sus lúcidas y atrevidas recopilaciones de artículos, que apareció póstuma, poco después de su muerte, mejor, de su violento y nunca del todo aclarado asesinato, donde el móvil sexual (un chapero jovencito) dejó paso a la idea de un asesinato político, cometido por más de un sicario. Escritos corsarios ha sido reeditado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, en nueva traducción de Juan Vivanco Gefaell, mientras que Las cenizas de Gramsci -bilingüe- está en Visor en la nueva versión de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril.

Lo que sorprende en Las cenizas de Gramsci (traducción de las sencillas palabras latinas que cubren los restos del pensador marxista, «Cinera Gramsci») es la capacidad de unir el poema meditador y reflexivo, escrito en una lengua de basamento culto, con la idea -que aún parecía posible en los años 50 pasados- de que el concepto de pueblo (no sólo lumpen-proletariado) resistiese a los valores o modos, muy otros, de la burguesía. Entre otras cosas, el pueblo, (La humilde Italia, como se llama una de las partes del libro) tenía una apertura y una tolerancia moral muy superiores en pluralidad a la de la burguesía católica.

Frente a estos poemas ricos de reflexión y de belleza formal ( no falta la rima), los artículos de Escritos corsarios, que ya pedían que se juzgara por corrupción, como ocurrió 20 años después, a la plana mayor de la Democrazia Cristiana, son textos -salvo los pocos de crítica literaria, alabando, por cierto al gran Sandro Penna- llenos de la rabia sana y cívica del hombre que, angustiado, siente que pierde la lucha. El pueblo está dejando de existir comprado por un capitalismo sucio y barato, pues si la pequeña burguesía no está económicamente lejos del pueblo ya está atrapada por el orden y el estatuto burgués, pero en miseria. Al mismo tiempo -clama Pasolini- la clase política es cada vez más corrupta y el Moloch del dinero se lo lleva todo, o por más acertado decir, todo lo gobierna, pues todo lo compra o puede hacerlo. ¿Sabría usted separar los límites mafiosos?

Es estimulante releer al Pasolini excelente poeta (aunque también hizo cine cada vez mejor) y asistir a su lucha del periodista sin complejos y gran andamiaje cultural, contra una sociedad anestesiada y comprada por el capital más barato, que le repugnaba. ¿Cuánto no darían hoy muchos italianos (en un país que se ha vuelto la retaguardia de Europa) por hallarse con el lúcido y rico decir de otro Pier Paolo? ¿Cuánto no daríamos nosotros mismos?

Estos libros -antiguos y nuevos- aglutinan mucho de lo que hoy le falta a Europa: una literatura crítica y bella (no descafeinada en parodia) y un periodismo político, arriesgado y de verdad, muy de verdad, independiente. Para eso hace falta un Pasolini, y no parece que lo tengamos, nuevo, a la vista.

El Mundo, Miércoles, 2 de diciembre de 2009. AÑO XXI. NÚMERO: 7.289


 

ELVIRA LINDO
Telebiquini



ELVIRA LINDO 13/01/2010
Me comentaba la corresponsal de Il Napolitano, la perspicaz Paola del Vecchio, que los italianos que se tenían por progresistas en los ochenta, cuando arreció el fenómeno televisivo de exhibición de chicas en biquini en cualquier programa, se tratara de un concurso o de información deportiva, no consideraron que esa continua vulgaridad dejara huella. Sólo el tiempo ha demostrado que aquella actitud elusiva y condescendiente -envuelta en el incontestable principio de que nadie obliga a los espectadores a estar olfateando mierda- era una manera de negar la corrosiva influencia que tendría ese ejemplo televisivo en las aspiraciones de una parte considerable de las jóvenes italianas.
Conozco esa postmoderna actitud porque la mantuve: la libertad de expresión lo amparaba todo y dejaba la absoluta responsabilidad en manos del consumidor. La han ejercido con irritante frecuencia algunos columnistas, que han entendido la tele como ese espectáculo de masas al que difícilmente se le puede hincar el diente con seriedad, optando por adoptar un distanciamiento irónico del que no gozan el cine o el teatro, juzgados siempre de manera más implacable.
En definitiva, hemos asumido que el medio es un espejo de lo que somos. Neorrealismo televisivo. En estos días, leo una recopilación de artículos de Pasolini, Escritos corsarios. Su furiosa defensa de la verdadera cultura popular le hacía estar en guerra permanente con la cultura de masas: "El fascismo, lo digo una vez más -escribía en 1973-, fue incapaz de arañar siquiera el alma del pueblo italiano; el nuevo fascismo, a través de los medios de comunicación e información (sobre todo, justamente, la televisión), no sólo la ha arañado, sino que la ha lacerado, la ha violado, la ha afeado para siempre...". Murió en el año 1975. Visto lo visto, el afeamiento de la realidad no ha encontrado aún su límite.

El País, 13 de enero de 2010

 

Pascual Serrano

La mente que temería hoy Berlusconi


 


Desaparecida la anterior edición de este libro del mercado editorial español, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo recupera esta recopilación de textos periodísticos de Pier Paolo Pasolini, escritos en los años anteriores a su muerte.

Emociona leer algunas premoniciones del cineasta milimétricamente cumplidas más de treinta años después. De todas ellas me ha estremecido su denuncia del nuevo fascismo impuesto por la dominación de la ideología consumista: “el nuevo fascismo ya no distingue: no es humanísticamente retórico, sino americanamente pragmático. Su finalidad es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo”. Ese Pasolini que en los setenta se escandalizaba por la frivolidad consumista de la sociedad italiana que ocupaba el lugar del fascismo, hoy se hundiría en la tristeza al contemplar dónde les ha llevado Berlusconi. La agudeza de Pasolini para sumergirse en el análisis de la sociedad italiana de aquellos años y la crudeza para fustigar las miserias del poder nos provocan la terrible necesidad de desear poder contar con Pasolini para escuchar su opinión sobre la terrible Italia actual abducida por Berlusconi y sus secuaces. Su tesis de que el consumo ha logrado una desideologización que nunca logró el fascismo y las dictaduras es una realidad que hemos vivido en España, cuando comparamos la sociedad actual con la pasión política que se vivía tras la muerte de Franco.

Acertó en su criminalización de la televisión: “No cabe duda de que la televisión es más autoritaria y represiva que ningún otro medio de información del mundo. A su lado, el periódico fascista y los letreros mussolinianos pintados en las alquerías mueven a risa, como (con dolor) el arado frente al tractor”. Aunque se equivocó en otros presagios, como el de dar por muerta a la Iglesia.

Su disertación en el texto “Desarrollo y progreso” es una bella exposición de principios y su artículo “La novela de los atentados”, un puñetazo en la mesa que convulsionaría la conciencia de los italianos.

Escritos corsarios nos ofrece un intelectual en estado puro, comprometido con sus principios marxistas y comunistas pero libre para criticar al Partido Comunista Italiano -al que también admira- o incluso para abrazar posiciones nada ortodoxas para la izquierda, como su condena al aborto. Todo ello con la belleza de un lenguaje cultivado -que ha logrado traer al español el traductor Juan Vivanco- por quien se sabe poseedor de una cultura excepcional y privilegiada, pero de una humildad que muestra su gran humanidad.


Pier Paolo Pasolini. Escritos corsarios. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. 2009. Traducción Juan Vivanco.



Aitor Aizpuru, "El caso Pasolini", en Martxan, suplemento de arte del diario Deia, 18 de junio de 2010




   
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