El poeta troyano, de Mahmud Darwish, en edición de Luz Gómez, por Mohamed El Morabet

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El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía. la sugestiva antología de conversaciones del gran poeta palestino editada por Luz Gómez.

Leemos a Mahmud Darwish por su poesía y su prosa, por los numerosos artículos, por sus cartas, incluso por el eco de su voz en algunos discursos de Yaser Arafat o por sus letras acompasando el laúd del músico Marcel Jalifa.

Aunque también parece haber una razón esencial que nos empuja a releerlo: su vida condensa los fundamentos del artista que sublima su existencia al arte y a la búsqueda de la belleza en la inmensidad de lo pequeño.

El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía cuidadosamente editado y traducido por Luz Gómez transita por la geografía simbólica y conceptual del imaginario del poeta en su madurez. El libro agrupa cinco entrevistas concedidas entre abril de 1999 y diciembre de 2007, esta última apenas un año antes de su fallecimiento, a los 67 años en un hopsital de Houston.

¿Qué es la poesía? Cuestión a la que se enfrenta Darwish en varias ocasiones a lo largo del libro. Su respuesta no es nítida; oscila entre la tenacidad de quien se afana por conseguir un lugar desde donde insuflar intimidad a su quehacer poético y la perplejidad de quien se sabe incapaz de disociar sus poemas de su biografía y de las circunstancias que la enmarcan. “La poesía no expresa la realidad, ni se dedica a describirla. La poesía no es una cámara”, sentencia y arroja así un poco de luz, no para enfocar el cuerpo de la poesía, sino para iluminar la silueta del poeta que es, uno que se toma a pecho su oficio. “Escribir hoy es escribir sobre lo ya escrito”, dice Mahmud Darwish. Y el hoy de la frase es elástico, abarca siglos y generaciones.

Consciente de que publicó tempranamente: Pájaros sin alas apareció en 1960, recién cumplidos los 19 años. Y a partir de 1966, con Enamorado de Palestina, comienza una andadura que remolcará para siempre ciertos apelativos. «Poeta de la resistencia», «Poeta de Palestina» son los más repetidos de muchos que fue adquiriendo.

En medio de esta coyuntura, Darwish vuelve la mirada al pasado para observar con sosiego sus propios pasos y las huellas que dejaron. “El cambio es muy lento, a veces imperceptible, y en muchas ocasiones exige valentía por parte del escritor, que debe rebelarse contra la imagen preestablecida que de él se tiene y provocar un choque”.

Este choque hoy tiene forma de libro y, gracias a la audacia editora de Luz Gómez, se titula El poeta troyano. Tres elementos configuran las reflexiones de Darwish acerca de la rebelión que emprendió en su madurez: estructura, prosodia y sentido. Hoy más que nunca, por favor, recurramos a su voz. Estructura: “La poesía es básicamente una estructura: la articulación de las relaciones entre los elementos del poema; no hay nada gratuito, ni en las imágenes, ni en las metáforas, ni siquiera en el ritmo. (…) lo más difícil es la estructura dramática, especialmente por su carácter narrativo de naturaleza prosística, porque la necesaria relación o diálogo textual entre prosa y poesía no puede darse con un ritmo poético fuerte y ascendente, y se imponen ciertos descansos o silencios en el poema. Hay en ello un trabajo estructural más consciente, más visible. Pero retomando tu pregunta sobre mi aprendizaje, cuantos más conocimientos poéticos tengo, mayor es mi obsesión por la arquitectura del poema”.

Prosodia: “Amo la musicalidad del poema. Me apasiona la belleza de los ritmos de la prosodia árabe clásica. No puedo expresarme poéticamente si no es a través de la poesía con métrica, si bien no con la métrica tradicional. No. Del interior de los metros clásicos podemos extraer ritmos nuevos, una nueva respiración poética que saque a la poesía tanto del automatismo como de una impostación que chirría.» Sentido: “Lo que me gusta de las nuevas voces es que sienten que tienen que escribir sobre su yo más frágil, sobre sus turbaciones, sobre su marginalidad… El sentido que buscan difiere de lo que antes se entendía por sentido.

Antes el sentido precedía al texto, ahora se revela a través de su búsqueda en el propio texto. La auténtica diferencia formal entre la poesía clásica y la moderna está en el lugar que ocupa el sentido. Pero tampoco debemos abalanzarnos y matar el sentido, como si la poesía moderna no pudiera tener más sentido que el de no tenerlo. Rebelarse contra el sentido hasta ese punto es lo mismo que rebelarse contra lo que significa la libertad del hombre, su humanidad y hasta su existencia”. Añade: “Me refiero a que soplan vientos, venidos de fuera, que pretenden forzarnos a aceptar que la poesía moderna es solo la que anuncia la muerte del sentido, y que la muerte del sentido es nada menos que el verdadero significado de la existencia”. Comunión entre vida y lengua, entre escritor político y lector solitario, entre Palestina y exilio, entre derrota y resistencia, entre misiles y lágrimas, entre poesía y muerte.

Darwish flota en estos binomios como si fueran el líquido amniótico de su eterna casa. “Es así como la casa se transforma en verso, y el verso en morada, o en refugio. Por eso celebro el genio de la lengua árabe, que hace que coincidan esos dos significados, ‘casa’ y ‘verso’, en una misma palabra, bait. Es una coincidencia maravillosa”. Entre la herida de Palestina y el latido de Darwish habita un verso indestructible. Mohamed El Morabet, escritor y periodista

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 Mahmud Darwish, la estética de la resistencia

Kepa Arbizu - naiz - 14 de mayo de 2023

 

 

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo recoge en ‘El poeta troyano’ una selección de profusas y profundas conversaciones que el escritor palestino mantuvo con diferentes agentes culturales en las que desgrana su evolución personal, militante y artística.

 

No es el ámbito político un contexto especialmente propicio para encontrar manifestaciones de calado literario. Las soflamas y parlamentos vertidos en ese entorno suelen adolecer de dicho carácter artístico, por eso tan llamativo resulta, más allá por supuesto de su imponente contenido simbólico, aquel discurso ofrecido por Yasser Arafat en 1974 en la Asamblea General de las Naciones Unidas y que terminaba con la ya histórica frase en la que se presentaba con un fusil en una mano y la rama de olivo en la otra, instando a no dejar caer esta segunda.

 

Un alegato tras el que se encontraba la pluma de, entre otros, el poeta Mahmud Darwish (Al-Birwa, 1941 – Houston, 2008), responsable también de unos cuantos textos más expresados por el aquel entonces líder de la OLP, organización para la que el poeta no solo hizo de escribano sino que participó activamente en ella durante un tiempo, siendo incluso integrante de su Comité Ejecutivo. Demostración palpable de que su inspiración creativa no solo funcionaba como una pulsión intimista sino que estaba alimentada de un compromiso social evidente por su tierra.

 

Rasgos que han elevado su figura desde un doble plano: por un lado alzándole como uno de los más notables representantes de las letras árabes contemporáneos y por otro señalándole bajo la inscripción del poeta nacional palestino, con toda la carga de representatividad insurgente que eso conlleva. Un perfil lo suficientemente reseñable que le hace seguir siendo, primero por su indudable talento pero también por la todavía trágica realidad que soporta su país, protagonista de publicaciones actuales, como certifica el nuevo libro de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, ‘El poeta troyano’, que se centrará en la segunda época de su trayectoria, aquella que le desliga de su cariz explícitamente militante para emprender la búsqueda de una lírica más metafísica.

Una evolución que se convierte en el auténtico nudo gordiano de un texto que recaba entrevistas y charlas con colegas y periodistas en el que desentraña con un verbo tan locuaz como refinado el siempre tempestuoso camino al que está supeditado aquel creador determinado a buscar su propio desarrollo, en este caso manifestado en un intento por zafarse de ese cargo histórico que se le adjudicó como vanguardia lírica contra la opresión y la ocupación.

 

Exilio personal, desarrollo artístico

Por desgracia, el ejemplo biográfico de Darwish, repleto de exilios –obligados o inducidos– y detenciones no es una excepción para los habitantes de esa parte del planeta. Pero sí que existe en él una particularidad que resulta definitiva en la construcción de su leyenda, cuando con tan solo 12 años, tras escribir en la escuela un texto para celebrar el día de la independencia de Israel donde recreaba las vicisitudes cotidianas de los árabes, es llamado al despacho del gobernador militar para sufrir una fuerte reprimenda. El joven acababa de descubrir, sin pretenderlo, que la letra también podía ser un arma peligrosa para los invasores, por lo que no es de extrañar que con escasos 20 años ya publicara su primer libro, ‘Pájaros sin alas’, que junto a otros de esa época iniciática, como ‘Hojas de olivo’, le situaban a la cabeza de una ‘poética de la resistencia’ donde la tradición propia se fundía con las enseñanzas de airados contemporáneos como Mayakovski o Hikmet.

 

Un aposento, que dado el constante ánimo por transformar su voz, pronto iría abandonando, haciendo que sus siguientes publicaciones, como ‘Los pájaros mueren en Galilea’ o ‘En mi amada se despierta», más allá de abrir la puerta a las inspiraciones más preciosistas de Lorca, Neruda o T.S. Eliot, dibujaran un paisaje donde la mitología, los símbolos o los pasajes históricos tomaban relevancia frente al tronar de los versos.

 

Si cualquier persona dotada del instinto creativo está sujeta, en mayor o menor medida, al contexto social en el que se desarrolla, para un palestino esa percepción resulta totalmente determinante, encontrándose, por desgracia, su naturaleza vital condenada a un constante estado de excepción.

 

De ahí que las diferentes paradas de Darwish a lo largo del planeta, de Moscú a Egipto, pasando por Líbano o París, significaron a su vez una alteración a la hora de enfrentarse a la realidad, y por extensión a su escritura. Es precisamente en la capital francesa, y bajo la lejanía geográfica que le proporciona dicha estancia, donde reformula, en paralelo a la manera de observar, entender y sufrir Palestina, unas aptitudes poéticas que, sin olvidar nunca el latido autobiográfico, eligen una confrontación menos militante -en el sentido más encorsetado de la palabra- para ir en busca de la universalidad, desprendiéndose así de su realidad nacional para apuntar hacia una expresividad sin limitaciones temporales o situacionales.

 

Perdurar en la historia

 

Es precisamente esta época, en la que se enmarcan algunas de sus obras de mayor magnitud artística, como ‘Menos rosas’, ‘¿Por qué has dejado el caballo solo?’ u ‘Once astros’, en la que se centran las conversaciones recogidas en el ‘El poeta troyano’, un título que hace mención al propio apelativo que usó el autor en busca de su más óptima definición, un concepto de fuerte impronta simbólica respecto a ese enfrentamiento declarado contra la historia objetiva de quien no tiene patria definida legalmente pero que su canto está llamado a balancearse en la eternidad.

 

Diversas consideraciones que a través de las charlas con sus interlocutores irá desgranado a fin de intentar desvelar todo ese proceso de evolución, o mejor sería decir aprendizaje, donde los elementos técnicos, en lo que él llama la arquitectura del poema, recuperan preponderancia. Su acercamiento al modernismo, sin repudiar en absoluto el clasicismo, el uso del verso libre o la indagación en un esqueleto más narrativo no son sino la lógica modificación en busca de un lenguaje más exacto que no aspira a retratar el momento concreto sino a destapar su esencia, aquella quizás invisible a los ojos pero que respira bajo la hondura de la perdurabilidad.

 

Darwish, a través de su trayectoria, y eso es algo que describe a la perfección este excelente libro, siempre renunció a establecerse inmutable en ese espacio que conquistó tras sus primeras aproximaciones a la escritura y al que constantemente parecía estar requerido a volver. Un altar que siempre rehusó a ocupar dado que eso supondría una cárcel artística y un descrédito tanto para sus propias aspiraciones como para todo aquello que quería ensalzar.

 

Un proceso acompañado de la sublimación del poder de la poesía, al que le acabaría otorgando no tanto el papel simbólico de enfrentarse a las balas bajo su mismo idioma sino la de comprender que la guerra se perdería de verdad cuando Palestina fuera visto como solo un pueblo en lucha y no repleto de un crisol de sentimientos. No concebía el futuro de su patria condicionado únicamente a sobrevivir logrando los mínimos derechos básicos, sino llamado a visibilizar que se trata de una comunidad de seres humanos que también necesita cantarle al amor, acercarse a contemplar una flor o por qué no, temblar como consecuencia de la fragilidad existencial, sentimientos que ni el ejército más sanguinario está capacitado para arrebatar.

 

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¿Sabe cuál es la diferencia entre un general y un poeta?

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Éxodo palestino 1948

¿Sabe cuál es la diferencia entre un general y un poeta? El general cuenta el número de muertos entre el enemigo en el campo de batalla, mientras que el poeta cuenta cuántas personas han muerto en la batalla. No hay enemistad entre los muertos. El enemigo es el mismo: la muerte. La metáfora es clara. Los muertos de ambos lados ya no son enemigos. [página 198]

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Éxodo palestino 1948 hilera mujeres huyendo

Yo soy un hacedor de metáforas, no de símbolos. Creo en el poder de la poesía, que me da razones para mirar hacia adelante y descubrir un destello de luz. La poesía puede ser una auténtica desalmada. Deforma. Tiene el poder de transformar lo irreal en real y lo real en imaginario. Tiene el poder de construir un mundo que está reñido con el mundo en el que vivimos. Para mí la poesía es la medicina del espíritu. Puedo crear con palabras lo que no encuentro en la realidad. Es una fantasmagoría, pero positiva: no tengo otra herramienta con la que buscarle un sentido a mi vida o a la vida de mi nación. Tengo el poder de regalarles belleza a una y a otra por medio de las palabras, de plasmar la belleza del mundo, pero también de expresar la situación de ambas. Una vez dije que yo construyo con palabras una patria para mi nación y para mí. [193]

La situación actual es la peor que quepa imaginar. Los palestinos son la única nación en el mundo que sienten con certeza que el día de hoy es mejor que los días venideros. Mañana siempre trae una situación peor. No es una cuestión existencial. Yo no puedo hablar del lado israelí, no soy experto en eso. Solo puedo hablar del lado palestino. En 1993, durante los Acuerdos de Oslo, yo sabía que el acuerdo no garantizaba que fuéramos a lograr la verdadera paz basada en la independencia y el fin de la Ocupación israelí. A pesar de todo, sentía que la gente albergaba esperanzas. Pensaban que quizá una mala paz era mejor que una guerra victoriosa. Aquellos sueños se esfumaron. La situación ahora es peor. Antes de Oslo no había checkpoints, las colonias no se habían expandido como ahora y los palestinos tenían trabajo en Israel.

Los israelíes se quejan de que los palestinos no los quieren. Tiene gracia. La paz se acuerda entre Estados y no se basa en el amor. Un acuerdo de paz no es un convite de boda. Yo entiendo el odio hacia los israelíes, cualquier persona normal odia vivir bajo la Ocupación. Primero que se firme la paz y luego que se contemplen los sentimientos como amor o no amor. A veces, después de firmarse la paz, no hay amor. El amor es un asunto privado, no se puede forzar. [193-194]

Israel proclama continuamente que no tiene interlocutores, incluso cuando hay alguien dispuesto al diálogo. Ahora dicen que es posible hablar con Mahmud Abbas, pero Abbas estaba ahí antes de que Hamás ganara las elecciones. ¿Qué puede hacer Abbas si no han quitado ni un checkpoint? Es la política israelí lo que impulsa a los palestinos al extremismo y a la violencia. Los israelíes no quieren dar nada a cambio de la paz. No quieren retirarse a las fronteras de 1967, no quieren hablar del derecho al retorno o de la evacuación de las colonias, y, por supuesto, no quieren hablar de Jerusalén. Entonces, ¿hay algo de qué hablar? Estamos en un callejón sin salida. Yo no veo el final de este oscuro túnel mientras Israel sea incapaz de diferenciar la historia de la leyenda.

Los Estados árabes están dispuestos a reconocer a Israel y están pidiendo a Israel que acepte la iniciativa árabe de paz que consiste en la retirada a las fronteras de 1967 y el establecimiento de un Estado palestino a cambio no solo de reconocer plenamente a Israel, sino también de la normalización de las relaciones. Dígame quién está perdiendo la oportunidad. Se suele decir que los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. Pero Israel, ¿por qué está emulando el no a todo que achacan a los árabes? [196-197]

Extractos de El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía, del poeta palestino Mahmud Darwish. Edición y traducción de Luz Gómez. Madrid: ediciones del oriente y del mediterráneo, 2023.

Luz Gómez en el programa Mediterráneo habla de Mahmud Darwish


EL POETA TROYANO

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Mahmud Darwish interviene en uno de los muchos recitales de poesía en los que participó.

Mahmud Darwish estará presente, junto a Adonis y Al-Bayati, a través de sus traductores Luz Gómez y Federico Arbós,  en la celebración en Casa árabe del Día mundial de la poesía.

Incluimos a continuación un fragmento del Prólogo de Luz Gómez a esta edición de una antología de las entrevistas que Darwish fue concediendo a lo largo de su vida:

La siempre peliaguda relación entre modernidad y tradición está vinculada en los poemas de Darwish con asuntos tan complejos como la identidad y sus condicionantes. La justa valoración del pasado y la herencia recibida no pueden convertirse en una autodefensa que coarte la creatividad y la pluralidad del ser, dice Darwish por boca de Edward Said en «Contrapunto», la elegía que le dedicó. Así, cuando avanzada ya la cincuentena Darwish se declaró un poeta troyano, el simbolismo estaba justificado: «Yo he elegido ser un poeta troyano. Pertenezco decididamente a la estirpe de los perdedores: privados del derecho a dejar huella de su derrota, privados hasta del derecho a proclamarla. Ahora bien, acepto la derrota, no la rendición». La mirada del poeta palestino a la Nakba, la desposesión palestina, garantiza la victoria colectiva sobre el futuro, que la Ocupación israelí pretende que no sea otra cosa que el olvido de Palestina.
Ser un poeta troyano no es un mandato, es un destino. Darwish era consciente de ello. Troya desapareció del mapa, no de la historia. Y aunque la estirpe troyana perduró en otras latitudes, su nombre se extinguió. Sin embargo, la epopeya darwishiana se libra en el presente, no en el pasado, ni mucho menos en la leyenda. En estas conversaciones, se desgranan severas observaciones políticas, no exentas de mordacidad o de autocrítica cuando es el caso. Darwish no rehúye hablar de la actualidad política. La suya es una poética de la presencia de Palestina contra el poder de los mitos y los tanques israelíes que, con suerte, concede al poeta ser «palestino» pero no «de Palestina». Lo dejó dicho en un verso memorable: «Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina».
Darwish, que nunca negó que en sus inicios cultivara la poesía de resistencia, reclamó su derecho a una evolución hacia posiciones de universalidad poética. Lo cual, por otra parte, y según su pensamiento, le permitía expresar mejor la tragedia palestina. Si el derecho al fin de la Ocupación y el retorno son parte inseparable del derecho universal a la libertad y la justicia, para Darwish escribir sobre el amor o la belleza refuerzan la humanidad del ser palestino y lo preservan de la contingencia histórica, que lo empuja a la extinción.

Luz Gómez


"El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía"

Marina Landa - Espacio Público

El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía reúne cinco entrevistas que Mahmud Darwish, en su madurez, concedió a diferentes medios. En su prólogo, Luz Gómez, editora y traductora del libro, nos advierte de que existen numerosas entrevistas de Darwish en sus inicios y en la etapa de madurez, pero guardó “un premeditado silencio, casi total en su periodo medio que coincide con los años de su exilio en Beirut, Túnez y finalmente en París”. El regreso a Palestina, tras los Acuerdos de Oslo, dio inicio a una nueva etapa de su vida y de su poesía, a la que corresponden las entrevistas aquí seleccionadas. “La entrevista —continua la prologuista— es un género temerario. La frescura y la sinceridad casan mal con la cautela y la prudencia necesarias. Darwish supo llevar a su terreno el género y desgranar sus intereses mayores: lo poético y lo político, lo personal y lo colectivo”.

A través de estas conversaciones, Darwish va desgranando su poética, que ha ido evolucionando a lo largo de su dilatada obra, desde una poesía de resistencia a una poesía que reclama su lugar en la universalidad poética, que, a su parecer, le permite expresar mejor la tragedia palestina. Deslindar lo político de lo poético, lo personal de lo colectivo sin renegar de nada.

A la pregunta de Abdo Wazen en “Nacimiento a plazos” —la más larga de las entrevistas que recoge el presente volumen— de si París, ciudad en la que el poeta vivió exiliado durante diez años, fue decisiva para darlo a conocer, Darwish responde: “No sé. Lo que sí sé es que en París tuvo lugar mi verdadero nacimiento poético. Si tuviera que destacar algo de mi poesía, casi todo con lo que me quedaría lo escribí en París, durante los años ochenta y primeros noventa. Allí tuve la oportunidad de pararme a pensar y reflexionar sobre la patria, el mundo, las cosas, poniendo cierta distancia, una distancia iluminadora”.

Más adelante, refiriéndose a su retorno a los Territorios Ocupados de Palestina, dice: “Así que tomé la segunda decisión más arriesgada de mi vida: tras la salida, el retorno. Salir y retornar son los dos pasos más difíciles que he tenido que dar. Elegí Ammán porque está cerca de Palestina y porque es una ciudad tranquila de buena gente. Allí puedo hacer mi vida. Cuando quiero escribir, me marcho de Ramala y aprovecho para estar solo en Ammán”.

En Ramala, Mahmud Darwish siguió dirigiendo la revista Al-Karmel, cuyos archivos fueron destruidos por el ejército israelí durante el asedio de la ciudad en el año 2002.

Wazen alude a La cama de la extranjera, “un libro de amor muy hermoso”, cito literalmente, uno de los poemarios de su etapa final, en el que parece que Darwish consigue acabar con la idea de que en su poesía la mujer es la tierra, o la amada, la patria. “Es peligroso andar siempre aferrándose a los símbolos. La mujer es un ser humano y no un medio para expresar otras cosas. La rosa es un ser vivo sublime y no tiene por qué simbolizar la herida o la sangre”, contesta Darwish, y prosigue:

La identidad de ser humano del palestino precede a su identidad nacional … El palestino es un ser que ama, odia, disfruta de la primavera, se casa… Igual pasa con la mujer, que significa otras cosas que no son la tierra. Por más bonito que sea que la mujer encarne la existencia entera, lo primero es que tiene su personalidad como mujer.

Cuando a raíz de la publicación de La cama de la extranjera se me echó encima la crítica, que me acusó de haberme desentendido de la causa palestina, les respondí que al contrario, que este libro profundizaba en esa dirección. Que escribir sobre el amor representa una dimensión esencial de la resistencia cultural, y que si somos capaces de escribir sobre el amor o la existencia, la muerte o el más allá, nuestros valores nacionales y nuestra identidad salen reforzados. No somos una arenga política, no somos un panfleto. Como he dicho y repetido en más de una ocasión, ser palestino no es una profesión: por más que el palestino luche y defienda su tierra y sus derechos, ante todo es un ser humano.

En la entrevista que cierra el libro, “La estética de la desesperación”, Darwish confiesa a Dalia Karpel, del diario israelí Haaretz: “La situación actual es la peor que quepa imaginar. Los palestinos son la única nación en el mundo que sienten con certeza que el día de hoy es mejor que los días venideros. Mañana siempre trae una situación peor”.  Estas palabras fueron pronunciadas en julio de 2007, pocos días antes de un recital histórico en el Auditorio Monte Carmelo de Haifa (Israel en la actualidad), y parecen proféticas: en marzo de 2023 la situación de Palestina empeora irremisiblemente, el día de hoy es, lamentablemente, mejor que los días venideros.

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El poeta troyano estará presente en el Día de la Poesía de Casa Árabe

Con motivo de esta efeméride, el martes 21 de marzo Federico Arbós y Luz Gómez participan en una velada en la sede de Casa Árabe en Madrid en la que varios lectores recitarán en español y árabe poemas de Al-Bayati, Adonis y Mahmud Darwish.

Federico Arbós y Luz Gómez participan con motivo de la publicación de sus libros:
 
El talismán de la palabra, de Federico Arbós (ed. Marcial Pons).
Tras un extenso ensayo en el que nos ofrece un panorama de la poesía árabe contemporánea, su compleja relación con la tradición, su modernidad, su diálogo con la poesía europea -en la que destacan dos autores, Eliot y Lorca-, Arbós lleva a cabo un minucioso y riguroso análisis de tres poetas fundamentales, Al-Bayati, Adonis y Mahmud Darwish, de los que ofrece un estudio completo con numerosos ejemplos.
El poeta troyano, editado y traducido por Luz Gómez (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo).
Darwish ejerció su magisterio de la mejor manera que puede hacerlo un poeta, en sus poemas, pero dejó también constancia de él en las entrevistas que concedió a lo largo de su vida. Como si de lúcidos ensayos se tratara, en ellas reflexiona sobre lo personal y lo común, sobre la poesía en general y la suya en particular, y sobre los asuntos y designios de Palestina y el mundo árabe. Incisivo, ponderado, sardónico en ocasiones, en estas conversaciones de madurez se escucha al Darwish que se sabía un poeta troyano.
¿Por qué has dejado solo al caballo? y Estado de sitio, edición bilingüe de Luz Gómez (Editorial Cátedra).
Entre lo antiguo y lo moderno, lo local y lo universal, el canto y la lucha, la épica y la lírica, ¿Por qué has dejado solo al caballo? supone, según su mismo autor, una autobiografía personal y poética, pues contiene rasgos biográficos y estilísticos de toda su trayectoria, mientras que Estado de sitio representa el esfuerzo por atrapar un presente demolido por bulldozers.

La lectura de poemas ofrecerá una panorámica de temas: desde el amor hasta la tragedia de la tierra perdida, desde el gozo de la naturaleza hasta la dureza del exilio y la persistencia de una identidad que siempre se ha puesto en cuestión.


Por cuatro naranjos

MIGUEL CASADO

Tamtampress / Tienda de fieltro

En su largo poema río, poema-libro, Medianoche, el escritor palestino Murid Barguti (Deir Gassane, 1944 – Amán, 2021) evoca una escena de infancia que le ofrece el punto de partida para explorar la analogía entre el poeta, considerado un extraño en el contexto social, y el exiliado. El niño se deja envolver en el huerto por el intenso olor del azahar hasta que se marea; su abuelo, mientras lo sujeta para que no caiga, se burla de él –“Pero, hombre, ¿te vas a morir por cuatro naranjos?”–, y le ofrece después la intimidad de una profecía: “escribirás poemas, como Abdelwahab. / –¿Quién es Abdelwahab, abuelo? / –El loco del pueblo. / No hacía más que escribir poemas, y poemas fue lo que dejó”. Y añadió: “Me vas a tener preocupado toda la vida”. Así, el poeta, una conciencia demasiado sensible, quedaría fuera por su incapacidad para la vida normal. Barguti no olvida esta raíz y quizá por eso su poética se obsesiona por suturar las fisuras —quizá, más bien, boquetes— por los que escapa sin remedio la realidad. Y el exilio sería la primera de ellas.

Aunque en el mundo árabe es un reconocido poeta, en Occidente se ha difundido sobre todo, traducido a numerosas lenguas, su relato autobiográfico He visto Ramala; de su obra poética hay dos antologías en inglés y la que en 2019 preparó en castellano Luis Miguel Cañada, Mi reino es de este mundo —que recoge completo Medianoche.

He visto Ramala reconstruía el primer viaje de regreso, en 1996, del poeta a su tierra natal: una estancia de un mes después de treinta años de exilio. Y, como tal vez era inevitable, “a pesar de los momentos de jovialidad y euforia —anota Edward Said—, esta novela del retorno describe más el exilio que la vuelta a la patria. Aquí reside su dimensión trágica y su sugerente precariedad”. No es ya que lo describa, sino que levanta una imagen precisa del exilio palestino, de sus diferencias con los más conocidos entre nosotros: frente al mítico exilio republicano en México o el exilio en España de argentinos y uruguayos durante sus prolongadas dictaduras militares, el de los palestinos es siempre nómada, y multiplicado por los sucesivos rechazos de los países donde se les va acogiendo.

En 1967 Murid Barguti estaba estudiando Lengua y Literatura Inglesa en la universidad de El Cairo, y hacía un examen de Latín —el antepenúltimo de su carrera— en el momento en que llegó la noticia del comienzo de la Guerra de los Seis Días; al enterarse, ya había caído Ramala. El estudiante se convirtió en un exiliado. Allí se casó con Radwa Ashur, novelista egipcia y compañera de estudios; a los cinco meses de nacer su único hijo, el presidente Sadat firmó la paz con Israel —tras perder también la guerra de 1973— y expulsó a todos los palestinos; Barguti tardó otros 17 años en poder volver a Egipto y vivir con su familia. Apenas, unas vacaciones compartidas con los dos en Budapest, el encuentro con su esposa en algunos congresos literarios. “De Bagdad a Beirut, luego a Budapest, a Ammán y de nuevo a El Cairo: imposible aferrarse a un lugar”. El poeta cuenta cómo nunca volvió a coincidir con los intelectuales egipcios de su edad, los que habían sido sus compañeros de aprendizaje. O el rito de repartir cada vez las plantas de su casa, las únicas pertenencias domésticas, entre los provisionales amigos del país que iba también a dejar. La precariedad referida por Said se cifra a la inversa en estos versos: “Un planeta donde las cuerdas de tender la ropa estén llenas / y los platos de arroz rebosen, / donde una tetera crepite sobre el fuego / y todos nos sentemos a la mesa con mantel de sésamo y tertulia”.

Así, el regreso que cuenta He visto Ramala se da inevitablemente como registro contradictorio de emociones; en palabras de Said: “Habiendo hecho yo mismo un viaje similar a Jerusalén (tras una ausencia de 45 años) conozco muy bien la mezcla de emoción, felicidad, lamento, tristeza, sorpresa, enfado…”, y cree él que nadie como Barguti ha conseguido que estos sentimientos e ideas vivan con tanta verdad en la narración del destierro. Pues la experiencia del destierro queda determinada, en primer lugar, por ser colectivo: en aquella “tierra prometida” había ya habitantes antes del éxodo sionista, vivía allí gente que fue progresivamente desplazada, expulsada, desposeída, hasta sumar los seis millones de refugiados que hoy se dispersan por múltiples países, además de los que viven un cotidiano acoso en las ciudades de Palestina, en un apartheid que les despoja de derechos. El destierro —privación de la tierra, indica el término— es colectivo, y Barguti explica que solo pudo reunirse con su familia en diáspora, padres y hermanos, en 1968 en Ammán, en 1978 en Doha, o se detiene en el singular papel del teléfono en esa vida. Es una visión de los exilios desdoblándose en pliegues lo que He visto Ramala me aporta en relación con otros relatos leídos estos años. Aunque también me ha vuelto la imagen del piso en que vivía Mahmud Darwish en la década de los 80, en París, ofrecida —como sin querer— por una joven periodista armenio-libanesa que le hace una larga entrevista, la del paseo que dan por el entorno al concluir, el comentario sobre las tiendas y los bares, la gélida sensación de vida ausente. Describe Barguti a alguien que se acuesta, tarde en la noche: “Aprieta contra su cuerpo la colcha / y deja encendidas las luces de la casa”. Una espera tan imprecisa como la amenaza. Y el peso de la soledad.

Todo desde 1967 —o desde 1948— es provisional, una imprecisa espera: “¿habrá vida antes de la muerte?” El relato, la memoria, trazan las coordenadas; y, cada vez que se les ponen palabras, se oyen los poemas. No sé si esto es una ley general de la escritura, quizá lo sea; pero, repasando mis notas de lectura, me doy cuenta de que funciona así: tengo presente la atmósfera de He visto Ramala, puedo desgranar su proliferación compleja de emociones y, en cambio, cuando cito a Barguti, recurro a los poemas. Hay, sin embargo, dos momentos del relato que imponen su voz y eso los muestra como claves del sentido. En el primero, el viajero cruza el puente sobre el Jordán, que sirve de frontera, los controles de la policía israelí a la entrada del territorio autónomo palestino. La ambigüedad de toda la situación. El río ya no suena como sonaba durante la infancia, apenas lleva agua; al llegar, él no sabe si Palestina existe: cada vez que indica unas luces o unos edificios y pregunta, le dicen que es un asentamiento; pero la discusión en el taxi colectivo, cuando intentan ayudarle a encontrar la dirección a la que se dirige, muestra la intimidad de una vida en común, los habitantes que se conocen entre sí, los nombres que sirven de referencia. Proporcionan las gentes apenas un fondo reconocible para una cadena de hechos que se sienten sin realidad, como carencia, igual que el sonido del río. Y, así, la reflexión en el puente: “¿Se trata de un momento político? ¿O sentimental? ¿O social? ¿Un momento real? ¿Surrealista? ¿Un momento corporal? ¿Intelectual?”

En el segundo momento el viajero va al cercano Deir Gassane, donde nació y vivió hasta los siete años, el lugar de aquel huerto de naranjos. Aflora de pronto la infancia, trayendo personajes variados y vivos que lo llenan todo, dando el tono de un mundo sin dudas políticas ni el peso de la melancolía: vida autónoma, que vale aún por sí, que les da fuerza y sentido a todas estas memorias, quizá porque las recarga de realidad. Llega la primavera, ese espectáculo de la energía de la vida en su renovarse siendo la misma. Unos versos describen un potrillo, “se revuelca patas arriba, / restriega la grupa en la tierra, / da coces a unos demonios que solo él ve, / y sigue jugando”.

Desde aquí, se diría que la obra de Barguti propone una doble lectura de la condición palestina, que conlleva inseparable su toma de postura personal. Es una sostenida reflexión en torno a la existencia de una realidad y, también, acerca de la implicación en su poética, en las opciones de escritura que adopta. Así, el caso de los palestinos, en su carácter extremo, trasciende de sí mismo y parece permitir pensar el mundo, del mismo modo que, en otros tiempos, lo pudo propiciar la condición judía.

“¿Hay acaso en todo el mundo un país como este al que nadie sabe a ciencia cierta cómo llamar?”, se pregunta Barguti y, aunque abundan los fenómenos contemporáneos de pérdida de realidad, ninguno resulta tan significativo, por lo que implica de prolongada y evidente construcción de un relato que sustituye a los hechos. Es difícil no percibir la excepcionalidad de Israel, el trato de favor y silencio internacional que recibe su sistemática empresa de limpieza étnica, de anexión por la fuerza de territorios; o la diferencia que se hace entre sus ultraortodoxos y otros análogos, de otras religiones y lugares, que el mundo declara como muy peligrosos y aberrantes; o un sistema policial que realiza largas detenciones sin que deba dar a conocer el motivo o la acusación. Cada vez tiene más vigencia la pregunta que se hacía José-Miguel Ullán en un poema de Razón de nadie: “Un Kafka palestino, ¿por qué no?”

Es el desplazamiento de la realidad por un relato que llega a asentarse como nueva realidad, apoyándose solo en la fuerza aplastante y en una especie de derecho teológico (“la tierra prometida”), a la manera (“Tierra Santa”) de la vieja empresa de los cruzados: “Al otro lado de la ventana, / monte de olivos que perdieron su paz antigua / y santificaron quienes desde hace siglos / repiten el mismo ensalmo, / esos que desempolvaron / escrituras, hallazgos / y pergaminos. / Montes de estrellas y corderos, / de cruces y resurrecciones”. Hay, sí, una ventana y hay montes, y en ello quizá se reconoce la literatura palestina. Una Jerusalén no celestial, sino pobre y abigarrada, explotando de vitalidad y energía, como aquella a la que llega desde Belén el niño de El primer pozo, la memorable narración de Yabra Ibrahim Yabra, para empezar la enseñanza secundaria.

Por eso, las excavadoras —las que en 1948 arrasaron más de quinientos pueblos para hacerle sitio al nuevo estado de Israel, y desde entonces no han dejado de actuar— son el mejor emblema de esta pérdida de realidad, porque la muestran físicamente: “Ahora ya es posible demostrar que lo ocurrido / nunca ocurrió”. Uno de los libros de Barguti se titula La lógica de los seres y está compuesto por diálogos de breves frases que dirían las cosas; uno de sus mínimos poemas puede resumir el carácter del discurso que se ha impuesto en Palestina: “Le dice el imán a la esquirla: / tienes plena libertad / para ir donde quieras”.

En el ámbito personal, el trastorno de lo real se reconoce nítidamente en rasgos que desbordan lo anecdótico para funcionar como condiciones existenciales. Así, la confusión permanente entre lo cotidiano y lo extraordinario, pues la vida habitual no deja de estar puntuada por formas de interrupción de la vida; y, si esto es un desdichado atributo de nuestra época, que puede incluir desde los frecuentes tiroteos en los Estados Unidos a las imágenes que la televisión graba en los campos de refugiados, no cabe duda de que la vida palestina lo incorpora como constitutivo desde hace más de siete décadas. También se manifiesta el trastorno de lo real en el desplazamiento de los tiempos personales, en una forma de temporalidad que mutila las dimensiones del tiempo, sus posibilidades y matices, su genuina cualidad variable: me he referido antes a la sensación de espera sin fin, y a ello se suma la percepción de que solo el pasado tiene consistencia, bien remitiendo a los recuerdos anteriores al exilio o bien, para los más jóvenes, a una época ya mítica que se transmite en los relatos orales y de la mano de los escritores. La medianoche es, para Barguti, en último término, el espacio insoportable de este reconocimiento existencial, de este vivir trastornado: “Y todo lo escabroso me resulta llevadero / excepto el durísimo trayecto de dos pasos / que separa mi silla de mi cama / cuando cae la noche”.

Se encuentra en un libro suyo de 1980, Poemas de la acera, una imagen conocida del lector de poesía, la del traje vacío, que aparece, por ejemplo, en Antonio Gamoneda, para mostrar la presencia en la vida familiar del padre muerto, o en Leopoldo María Panero, para expresar la muerte en vida de quien se siente ya en “la otra orilla”. En Barguti representa el exilio: “Colgado sigue allá / su cinturón de cuero” —y “una cintura vacía” se siente, puede palparse, en la soledad de la casa; pero lo que toma ahí relieve es la intensa materialidad de las cosas: “el par de zapatos que dejó se han resecado, / sus camisas blancas de verano / dormidas siguen en las baldas”: el deterioro del cuero, la blancura de la tela, los pliegues. La poética conecta con la conciencia de pérdida de realidad, responde a ella y la activa. Se diría más: la acción política de Barguti se da en la escritura al cumplir las exigencias de la escritura misma. Nunca fue un militante ni participó en los grandes debates públicos, aunque no haya ocultado sus opiniones; pero su acceso a la política se da en el punto en que esta se cruza con la vida, en el punto en que se hace lengua, se hace indistinta del mundo del poeta.

Así, una página de He visto Ramala explica cuándo entendió la postura que requería la ocupación, la larga, eterna ocupación: “Cuando descubrí la exactitud de lo corpóreo y la veracidad de los cinco sentidos, sobre todo el de la vista. Cuando descubrí la justicia y la genialidad de la cámara, que ofrece su imagen, por mucho ruido que pueda haber en la realidad, con un murmullo apenas perceptible. Me esforcé cuanto pude por librarme de la poesía que linda con la simpleza del himno”. No se trata de ingenuidad respecto a las trampas de la percepción, a las ilusiones de la imagen, sino de un trabajo por captar el murmullo de lo que existe, en vez de encender e idealizar himnos. Porque el eje de todos los problemas es el problema de la realidad: acosada, desplazada, falsificada, eliminada —y el llamado realismo no ofrece respuesta porque ni siquiera ha escuchado la pregunta. [...]

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