Gaza toma la palabra

En las páginas de este libro aparecen estudiantes, sanitarios y jóvenes escritores que convierten su experiencia inmediata en narración. No cuentan lo que ocurre desde la distancia, sino casi en tiempo real, como si fuera una crónica emitida en directo.

Porque este libro no es únicamente un libro sobre Gaza. Es un libro escrito desde Gaza, con la voz de Gaza. Y esa diferencia lo cambia todo. No estamos ante un ensayo elaborado con la distancia del tiempo, ni ante un reportaje construido tras regresar del terreno. Estamos ante palabras que brotan mientras todo alrededor se derrumba.

Los libros no detienen conflictos, pero ayudan a dar voz a quienes los sufren. Y escuchar siempre es un buen comienzo.

Alexis Vicente Berronodo, Gaza toma la palabra, artículo completo en FronteraD, 16/04/2026


Oíd, humanos, a un poeta iraní. Alguien en el agua está perdiendo la vida. Hacia Nima Yushij, por Gonzalo Sánchez-Terán en fronterad

¡Oíd-humanos!-Nima-Yushij
¡Oíd humanos!, la antología de poemas del gran poeta iraní en FronteraD con motivo de su publicación.

 

De todos los pueblos de la Tierra ninguno mantiene una relación tan intensa y devota con la poesía como el iraní. Desde que hace mil años Hakim Abol-Qasem Ferdousí Tusi completó el Shahnamé (El libro de los Reyes), el poema más largo jamás escrito por un solo ser humano, salvando la lengua persa del alud árabe que se había impuesto en pocos siglos como idioma dominante en Oriente Medio, y recreando en verso los imperios, mitos y héroes del pasado, la poesía se convirtió en la expresión mayor del alma y la cultura de Persia. Ferdousí recogió en su desaforada obra una tradición más antigua que su relato. El historiador Lloyd Llewellyn-Jones afirma: «En la Antigüedad persa, el pasado se abordaba mediante la transmisión oral, a través del canto, la poesía y la epopeya narrada». Para los iraníes los poetas interpretan, definen y desvelan la esencia de la persona y la experiencia colectiva: son seres trascendentes, en la hermosa polisemia de la palabra.
Es difícil encontrar a un iraní que no conozca de memoria los versos de Hafez, el poeta que en el siglo xiv coronó la época dorada de la literatura persa. Su mausoleo, rodeado de jardines, se halla en un barrio al norte de la ciudad de Shiraz. Para los hombres y mujeres que allí acuden cada día los gazales de Hafez tienen un poder adivinatorio, taumatúrgico. Sus versos, escogidos al azar, aclaran dilemas, compelen a la acción o consuelan en la congoja. El poeta medieval más que un escritor, es un oráculo.
Tal veneración no nace de su antigüedad sino de su palabra. A las afueras de Kashán, bordeando los grandes desiertos del centro del país, dentro del recinto de una mezquita, se halla la tumba de Sohrab Sepehrí, un poeta fallecido hace apenas medio siglo. Sohrab escribió poemas de un intenso misticismo exaltado de naturaleza en los cuales se entrelazan las tradiciones islámicas, budistas y occidentales. La gente, al terminar su oración en la mezquita, se acerca a la lápida negra que cubre el cuerpo del poeta y con reverencia la toca en silencio. Abrir un libro de poesía iraní no es únicamente escuchar la voz de un autor, es acodarse sobre el alma de un pueblo antiguo, luminoso y sufriente.
Nima Yushij es a un tiempo una de las más altas cumbres de la milenaria literatura persa y el umbral que une y permite el tránsito desde los grandes poetas clásicos (Ferdousí, Rumí, Saadí, Jayam, Hafez) a la extraordinaria poesía moderna (Shamlú, Ajavan-Sales, Farrojzad, Sepehrí). Diríase que su vida y su escritura estaban destinadas a habitar una falla donde poderosas placas tectónicas se enzarzan en una labor constante de creación y destrucción. La suya fue una existencia en permanente conflicto, a caballo entre sus bosques natales y el mundo urbano al que jamás se acostumbró, entre la tradición autocrática de los dirigentes de Irán y el deseo de apertura y democracia de su generación, y entre el estuario caudaloso de las formas poéticas heredadas y el manantial crecido por las aguas de distantes fuentes literarias. Cuando es tanta la tensión la hebilla salta por los aires.
Ali Esfandyari, quien andando el tiempo se haría llamar Nima Yushij, nació el 21 del mes de Aban de 1276 año de la Hégira Solar (HS), el 11 de noviembre de 1897 de la Era Común, en la provincia de Mazandarán, una tierra de densas arboledas y leyendas a orillas del mar Caspio. De su aldea natal, Yush, Nima heredó el nom de plume, un elenco de animales y árboles que habrían de poblar su imaginario poético, y un sentimiento vitalicio de exilio desde que a los doce años le enviaron a estudiar a Teherán. Su padre, ganadero y cultivador, era célebre en la comarca por sus proezas como arquero y jinete. De su madre aprendió antiguos cuentos y poemas que ella recitaba junto al fuego. Es imposible no sentir en la biografía de Nima la pérdida de un paisaje natural y humano, primitivo y noble, donde alguna vez se sintió seguro. Todo lo que escribió como adulto conmina a sus compatriotas a despojarse del engaño, el artificio y la venalidad, para sumergirse en los ríos anchos de Mazandarán, en la fraternidad de las caravanas, en la lealtad de la naturaleza.
El Teherán al que Nima llegó siendo niño vivía aún sacudido por la Revolución Constitucional que obligó a la dinastía Qajar a abrir espacios de participación popular y representación tras siglos de monarquías despóticas. La exigencia de una constitución que recogiera los derechos y libertades de los ciudadanos y el rechazo a la influencia predatoria sobre los recursos del país de potencias extranjeras como Gran Bretaña y Rusia provocaron movimientos populares que alumbraron una efímera esperanza de democratización en la primera década del siglo xx. Aquel brote fue aplastado y ninguno de los regímenes que se sucedieron en las décadas siguientes quiso reabrir esa senda de libertad y democracia. La política envenenó la vida de personas y familias. El hermano amado de Nima, Reza, quien posteriormente se haría llamar Ladbon, se unió a los partidos de izquierdas al calor de la Revolución rusa de 1917. Como tantos otros militantes tuvo que abandonar su patria y posiblemente murió durante las purgas estalinistas de los años treinta. Otra pérdida. En la poesía de Nima la política, rara vez de forma explícita, permea el combate entre una masa informe y violenta que aplasta o ignora, y el ser humano despojado de hogar, intentando preservar una esencia acoceada por fuerzas brutales.
En el colegio Nima halló un maestro, el poeta Nezam Vafa, que le dio a leer poesía europea, principalmente francesa. En su mente el verso libre entró en diálogo con las formas poéticas que habían dominado la historia de la literatura persa: la qasida, el gazal y el masnaví. Traducciones recientes de autores como Mallarmé o Lamartine agitaron las aguas de una tradición inmensamente rica y a la vez osificada por el tiempo en metros y temáticas. Y fue creciendo en él una revolución literaria que para muchos de sus coetáneos degeneró en herejía y para todos sus epígonos desembocó en liberación. A partir de los años veinte los poemas publicados por Nima Yushij en revistas literarias, leídos en recitales o compartidos en hojas sueltas, comenzaron a emanar una subjetividad honda y feroz, envuelta en un lenguaje simbolista opaco, en ocasiones casi ininteligible, que irritaba a los escritores atraillados al antiguo formalismo, a las voces conocidas. El poeta llegado de las tierras del norte, de carácter arisco, ajeno a escuelas, desubicado vital y profesionalmente, entre la desconfianza y la hostilidad de sus pares, se supo y se quiso un meandro en el río de la poesía de Irán, una hégira lírica para el verso en persa: hay un antes y un después de Nima.
En 1924 algunas de sus primeras creaciones aparecieron en un libro titulado, Montakhabat-e Asar: az Nevisandegan va Shoara-ye Moaserin (Selección de las obras de poetas y escritores contemporáneos), recopilada por Mohammad Zia Hashtrudi. De esos años Nima diría tiempo después:
El método aplicado en cada uno de los textos de aquella época era buscar una flecha emponzoñada disparada hacia los partidarios del estilo viejo, que consideraban mis poemas impublicables.
En los siguientes lustros, mientras el poeta daba tumbos por trabajos oficiales inconsecuentes y por lo general insatisfactorios en ministerios y centros educativos de los que era despedido o se despedía, su figura de escritor atrabiliario, esquinado y dinamitero fue creciendo entre los jóvenes amantes de la poesía, esa diminuta facción idéntica en pasión y número encontrable en todo país y todo tiempo. El 26 de junio de 1946, a última hora de la tarde, Nima Yushij tomó la palabra en el Primer Congreso de Escritores Iraníes. Menudo y arrogante, desgranó ante un auditorio dividido su propuesta poética, enfatizando cuanto le diferenciaba de sus detractores a quienes llamó «enemigos»: él ponía metro y rima al servicio de un yo poético libre, insubordinado, incómodo. Decía verdad: su escritura no arropa, deshace; no resguarda, destecha. Concluyó su participación en el Congreso describiéndose como un río del que todos pueden beber a lo largo de su curso. Así sucedió.
Nima escribió mucho y publicó poco. Su existencia no fue feliz. Jamás halló acomodo profesional, y el matrimonio con Aliyeh Jahangir, una mujer culta que ejerció como profesora y directora de colegios, sufrió por causa de su inhabilidad para sentirse centrado, cumplido, ubicado en la sociedad. A menudo desempleado, siguió a su mujer por diversos destinos hasta que en 1938 se sumó al equipo editorial de la Revista de Música que publicaba el Ministerio de Cultura. Allí coincidió con algunos de los grandes intelectuales de un Irán desestabilizado por la Segunda Guerra Mundial, entre ellos Sadeq Hedayat, autor de la que es quizá la mejor novela iraní del pasado siglo, El búho ciego. Quién pudiera haber asistido a las conversaciones de estos dos hombres de un talento tan excelso para la palabra y tan insuficiente para la vida. Fue un tiempo profesionalmente gozoso y literariamente fecundo hasta que la revista cerró en 1942 devolviéndole a la intemperie laboral. Un año después nació su único hijo, Sheragim, que tamaño esfuerzo ha dedicado a preservar la memoria viva de su padre.
El acercamiento de Nima al partido comunista Tudeh, más humanista que ideológico, le hizo pasar por prisión tras la represión que siguió al golpe de Estado organizado por los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses contra el Primer Ministro, Mohammad Mossadeq, en 1953. Aquel sabotaje contra la soberanía de Irán pisoteó los esquejes democráticos tan dolorosamente brotados y acabó de partir en dos el espíritu del poeta. A partir de aquella experiencia se acendró su apartamiento del mundo. Viajaba frecuentemente a Mazandarán para permanecer lejos de los hombres y cerca de la tierra, escribía frenéticamente en papeles sueltos con una caligrafía casi ilegible, veía a pocas personas. Falleció una mañana heladora de enero de 1960, cuando regresaba de Yush, su pueblo, de donde quizá su ser verdadero nunca llegó a salir. Después de su muerte, la pequeña aldea que lo vio nacer y le prestó su nombre, se convirtió, como la Shiraz de Hafez y el Kashán de Sohrab Sepehrí, en un lugar de peregrinación para quienes reconocen el alma de Irán en sus poetas, en ellos y ellas resisten, con ellos y ellas confían.
La poesía de Nima Yushij congrega misteriosamente lo persa y lo universal. Tan vernácula es su obra que está espolvoreada con palabras en tabarí, la lengua de Mazandarán. Sus poemas están llenos de la vegetación del norte del país, vacas, ranas, aves, un universo rural hundido en mitologías locales transmutado por Nima en espejo de la sociedad urbanizada y agresiva de su tiempo, de nuestro tiempo. En su lírica los símbolos se entrelazan, nos desnudan y se nos esconden. Cualquier explicación de su significado es cuestionable, cualquier identificación ambigua. Su estilo dista del modo de escribir al que el lector de poesía occidental está habituado. Los términos se repiten donde otro poeta buscaría sinónimos, el mensaje parece romperse hasta hacerse incongruente, la estatura léxica se quiebra con giros triviales, los poemas más que concluir terminan en marismas, desperdigándose por las arenas, como algunos ríos de Mesopotamia. Quien busque a un poeta cristalino y unívoco debe mantenerse a distancia de Nima Yushij, algo que sospecho él agradecería. Como dijo Forugh Farrojzad, una de las autoras que expandió los ámbitos poéticos de la literatura iraní desde la puerta que abrió Nima:
Nima dio forma a mi convicción definitiva y a mi gusto con respecto a la poesía y le otorgó la categoría de lo absoluto. Nima para mí fue un inicio. Por primera vez en su poesía descubrí una atmósfera del pensamiento y un modo de perfección humana, como en la obra de Hafez.
Tal vez eso sea Nima Yushij antes que nada, una atmósfera.
No es sencillo colocar los versos de Nima en las estanterías de la historia de la literatura. La suya es poesía social y política y mística y alegórica y bucólica y existencial. Lo único en común que quizá tengan todos sus poemas es su ambición de irrumpir entre los humanos para hacerse oír con una voz oscura, compleja y también fulgurante, inmediata. Aun en sus momentos más indescifrables sentimos su vibración, nos toma de los hombros, nos convoca. El escritor Nosrat Rahmani lo resumió así:
Fue un hombre solitario y extraño que nos enseñó a elevar los corazones en nuestras manos y a vivir junto a nuestros poemas. Nos mostró que la poesía es un arma.
Gonzalo Sánchez-Terán

Artículo completo en fronterad

 


Puente de fuego: Notas sobre el libro ‘Fuego profético negro’

Antes de traducir a autores como Cornel West o bell hooks, ignoraba, como la mayoría de la gente blanca, casi todo en lo referente al pensamiento afroamericano. Su literatura no entraba en mi radar, a pesar de considerarme un lector de escritores marginales, crítico de los grandes éxitos y las tendencias de masa. Por supuesto, me movía en la comodidad de una literatura irreverente, pero esta solía rayar la rebeldía sin causa ni ideales. Mis aspiraciones eran negativas, es decir, arremetía contra un sistema desde el resentimiento por pertenecer a una nueva generación perdida. La indignación se dirigía contra un difuso sentir, un malestar individualista, sin objeto. La literatura no era sino un narcótico para un eficaz aislamiento. Pero si mis autores predilectos pertenecían a una minoría, la temática afroamericana representaba una rareza; curiosa, sí, pero sin conexión alguna con la realidad española. Cuánto me equivocaba…

Cornel-West-Fuego-profético-negro

“¿Acaso hemos olvidado lo sublime que es arder por la justicia?”, se pregunta West en la introducción de Fuego profético negro, el último libro publicado por la colección Biblioteca Afroamericana de Madrid (BAAM). La asociación entre justicia y fuego como sentimiento interior me trae a la memoria estas palabras de Heráclito: “A su llegada, el fuego juzgará y alcanzará todas las cosas”. Conjunción entre justicia y fuego, justicia ardiente, la única que trasciende el tiempo y perdura. Justicia inextinguible, pero susceptible de ser olvidada; recordarla, “resucitarla”, es el principal cometido de West, hooks y cualquiera de los activistas negros dispuestos a morir para guiar un pueblo desarraigado hacia la salvación personal y colectiva, justo lo que hicieron los profetas negros analizados en el libro: Frederick Douglass, W. E. B. Du Bois, Martin Luther King Jr., Ella Baker, Malcolm X e Ida B. Wells.

¿Pues qué es arder por la justicia? En el ensayo dialogado no solo se le reclama al sistema político del país administrar justicia, sino se pide justicia, y se aspira a hacer justicia, como se hace un poema o se hace una casa. La casa de la justicia. Se arde, esto es, se vive para hacer reinar lo justo, lo que es de cada cual. El pueblo afroamericano fue privado de su destino y de su tierra, privado de lo que le era justo. Una mano blanca inclinó la balanza en su contra, pero la antorcha de la justica es recogida por cada nueva generación para restaurar el equilibrio. En el tránsito se produce una transformación –pues el fuego es transformación–: la persona esclavizada, despojada de nombre e historia, es sublimada, elevada por encima del orden establecido, como una buena hoguera ilumina con fuerza la noche. Y West no solo pregunta a sus hermanos negros si han olvidado el valor de esa experiencia, sino se lo pregunta a todo aquel en las tenazas de una cultura sin guía, una economía desbocada y caníbal.

Si antes los afroamericanos se enorgullecían de empoderar a los más necesitados, hoy, denuncia West, han sido seducidos por el individualismo y el mito del hombre hecho a sí mismo. Por eso el autor se plantea en el libro “resucitar el fuego profético negro”, apoyándose en sus grandes referentes, quienes, según él, ofrecen al activismo contemporáneo no solo inspiración, sino también lúcidos análisis de los mecanismos de poder y herramientas para solucionar los problemas organizativos de cualquier movimiento.

El libro, por tanto, apela a todos aquellos que aspiran a construir un mundo mejor y encuentran en esos “soldados negros” una visión del mundo que del dolor no produce odio, sino esperanza e ingenio. Tal y como escribe West en Partiendo pan, la obra que precede a Fuego profético en la colección:

“Los estudios afroamericanos nunca se concibieron para un alumnado exclusivamente afroamericano, sino para tratar de redefinir lo que significa ser humano, lo que significa ser moderno, lo que significa ser estadounidense, porque en este país la gente de descendencia africana es profundamente humana, profundamente moderna, profundamente estadounidense. Y, por lo tanto, en la medida en que los alumnos aprecien nuestras riquezas, así como nuestras limitaciones, podrán comprender mejor en qué consiste la modernidad y la experiencia estadounidense”.

¿Comprender la modernidad por medio de un grupo esclavizado y denigrado? La paradoja es que el color los mantuvo unidos en la penuria, y, para no sucumbir, formaron lazos religiosos, culturales y artísticos que, siendo “profundamente modernos”, cuestionaban la modernidad, le ofrecían un sabor de fuego, vitalista y solidario. También en Partiendo pan, hooks se asombra de: “nuestra capacidad de tomar posesión del dolor para moldearlo, reciclarlo y transformarlo en una fuente de poder”. De ahí la importancia de la experiencia afroamericana: es modelo de lucha, de “proceso, en el que se pasa de circunstancias difíciles y dolorosas a una mayor conciencia, alegría y plenitud”.

El libro aborda de forma dialogada la historia de la resistencia afroamericana y rescata de la memoria colectiva una serie de individuos “proféticos” que, en esencia, supieron decir no. No a la explotación, no a la miseria, no a la opresión, no a la segregación, no a la discriminación. El poeta Ángel Crespo, en su poema a la palabra No, escribió: “Tiene la virtud de despertar: entre los dos vacíos que la modelan –el de la Nada y el de la eventualidad del poema– la palabra No posee un rostro casi afirmativo”. Quienes saben decir no son despiertos que aspiran a ser poema, esto es, a afirmarse negando.

Frederick Douglass, un exesclavo que, después de huir al Norte, tuvo una carrera fulgurante como escritor y político, supo decir no, supo hacerse poema. Si bien era “hijo de su tiempo” y al final de sus años su fuego se amansó, estuvo dispuesto a morir para recuperar, en palabras del Quijote, “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”: la libertad. Dijo Douglass: “No os dejéis engañar por ese falso pan de la libertad que dan a los esclavos emancipados”. Aquí resuenan estas otras palabras de Zambrano:

“Pan de sol, este que ha de ser comido en compañía. Puesto que el pan de veras no es cosa de ir a tomarlo uno mismo y comérselo a solas. Se ha de recibir o se ha de dar. La ley del pan manda que se ofrezca y que se reciba, que se comparta; que se coma junto con los demás, que así se hacen prójimos de verdad”.

El “pan de veras” es el pan compartido, no el que se come a solas, en obnubiladas fantasías de éxito y atención mediática. El pan de veras es pan de sol, es decir, fuego materializado. Y si saco a colación a Zambrano es porque hispanos y africanos podemos aprender mucho los unos de los otros, ser “prójimos de verdad”. El pan de sol es un puente de fuego.

Otro gran desconocido en España es el activista e intelectual W. E. B. Du Bois, a quien el libro dedica el segundo capítulo. De acuerdo con West, ofrece uno de los análisis más lúcidos acerca de los fundamentos del Imperio norteamericano, pero trazando la evolución del “don” afroamericano, el regalo del pueblo africano a la democracia estadounidense. A fin de cuentas, la cultura occidental se ha afromericanizado, y el puente de fuego, por mucho que se intente extinguir mediante la violencia y el terror, se propaga de forma subterránea, desde los puntos más insospechados.

“Haz algo por los demás”, le reveló una voz a Luther King, ese “icono domesticado” por la cultura dominante, las fuerzas de mercado, el narcisismo generalizado. Pues “no es posible mantener la tradición profética negra sin los valores contrarios al mercado”, reflexiona West. Quien se ofrece al otro y le brinda ayuda sin pedir nada a cambio es enemigo del sistema. Mutatis mutandis, quien no hace nada por los demás, socava la tradición profética, la tradición que entiende la vida no como un vehículo del capital, sino del conocimiento.

En Fuego profético, por supuesto, los autores no se olvidan de dos de las mujeres más insignes del movimiento: Ella Baker e Ida B. Wells. La primera propone una sencilla pero clarividente definición del activista: la persona que “ayuda a los oprimidos a ayudarse a sí mismos”; se trata, por tanto, de un existencialismo democrático que le da la vuelta a la vieja lógica del gran dirigente como pastor del pueblo; al revés: “el movimiento creó a L. King”. Y define dos tiempos yuxtapuestos: el de mercado y el democrático. El primero se refleja en el hipercapitalismo, los “ciclos de dominación, muerte y dogmatismo”; el segundo requiere paciencia, genera una conciencia revolucionaria que desafía el “poder oligárquico, su sistema económico basado en el beneficio y en los métodos de distracción cultural que anestesian a las masas”. Una “piedad democrática” en virtud de la cual se goza sirviendo a los demás. Y aquí de nuevo resuena la voz de María Zambrano: “Piedad es sentimiento de la heterogeneidad del ser […] anhelo por tanto de encontrar los tratos y modos de entenderse con cada una de esas maneras múltiples de realidad”. La pobreza religiosa es en cambio “eclipse de la Piedad”, es decir: tiempo de mercado.

Ida B. Wells, por otro lado, representa el paradigma del “activismo multicontextual”; dedica la vida a denunciar el “terrorismo norteamericano” y encabeza, por tanto, un movimiento antiterrorista. Su valor y espíritu inquebrantable la condenaron a la marginación, por cuanto “uno de los caminos más solitarios es el de la persona desnegratizada entre gente negratizada”. Una persona negratizada es quien interioriza el racismo y deja de luchar por su dignidad. En el contexto afroamericano, desnegratizar es devolver la autoestima y la pasión por la vida (como en España hicieron Unamuno, Zambrano, Lorca…). ¿Y quién se dedicó con más ahínco a “sacar al nigger” de la persona negratizada? Malcolm X, desde luego, quizás el profeta negro más flamígero de todos. “Música en movimiento”, lo describe West, profeta de la rabia negra, alzó su voz como un dragón arroja llamas: “No existe un problema negro. Queremos lo que vosotros queréis”.

El libro concluye con una crítica al expresidente Obama, quien, por su condición de símbolo, entorpeció la crítica al sistema imperialista y explotador. “¿Acaso no es hipócrita alzar la voz cuando el faraón es blanco, pero no proferir ni una palabra crítica cuando es negro?»” se pregunta West. Justicia universal, por tanto, pero sin minimizar el problema racial en Estados Unidos. “La tradición profética negra ha sido la levadura en la hogaza democrática norteamericana”, cierto, pero su ejemplo apela al mundo entero; revela el poder creador de la libertad.

 

Artículo completo en fronterad


Privacy Preference Center