Hajj Saleh: “El distanciamiento social dañará el concepto de ciudadanía”

Redacción Internacional, 24 abr 2020 (EFE).- El escritor y pensador sirio Yassin el Hajj Saleh (Raqa, 1961) conoce bien el significado de palabras ahora tan de moda como confinamiento, crisis y tragedia: perseguido por el régimen, pasó 16 años de prisión, se vio abocado a la clandestinidad, perdió amigos, compañeros y familiares, incluida su mujer, y ahora sufre el exilio.

Consciente de lo que significa vivir vigilado y con los derechos recortados, Hajj Saleh teme que el distanciamento social al que ha obligado la pandemia se consolide como el modelo de las relaciones futuras, pues mermaría la capacidad compensatoria de conceptos como ciudadanía y democracia y facilitaría el ejercicio del poder a quienes estén mejor posicionados cuando el miedo se expanda.

PREGUNTA: La crisis sanitaria ha detenido el mundo, incluso algunas protestas populares como en el Líbano, Chile o Argelia. ¿Por qué no ha logrado parar las guerras, como las de Yemen, Libia o Siria?

RESPUESTA: Porque las potencias y autoridades que gobiernan dichos países son más peligrosas para nosotros que el coronavirus. Bachar al Asad considera que él y su régimen son más importantes que Siria, su población, sus ciudades, su historia, su cultura, sus creencias... Y asesinar a medio o un millón de sirios y expulsar a más de seis millones fuera del país no tiene la misma importancia que la potencial desaparición de su dinastía. Si pudiera, desarrollaría un arma coronavírica para utilizarla contra los sirios que se han rebelado contra él del mismo modo que hizo con las armas químicas, los barriles explosivos, la tortura y la hambruna. Su protector, (Vladímir) Putin ha llegado, en un alarde de falta de sensibilidad, a jactarse hace unos días de que las armas rusas han demostrado su eficacia en Siria y de que Rusia tiene varios pactos para vender armas por valor de 15.000 millones de dólares (...). El papel de Emiratos Árabes Unidos en Yemen es equivalente al que desempeña Rusia en Siria y ni la salud de los yemeníes ni alcanzar soluciones lo más justas posibles en su país se encuentran entre las prioridades del gobierno más retrógrado en Oriente Medio. Esto se aplica también al apoyo que prestan al general Haftar en Libia.

En lo que respecta al dramático conflicto entre el derecho de las personas a protestar en Líbano, Argelia y Chile y su derecho a la salud, los manifestantes pusieron por delante su derecho a la salud, la de ellos y la de otros. Esa no es la lógica que siguen Putin, su subordinado Al Asad, ni tampoco Mohamed bin Zayed.

P: ¿Cuáles serán los efectos sociales y económicos más importantes de la crisis del coronavirus?

R: Depende de los países. No parece que los sirios que han emigrado al noroeste del país vean que su situación haya mejorado o empeorado. Tampoco parece que sea diferente en lo que respecta al conjunto de los refugiados en Europa, aunque sí parece que la violencia intrafamiliar va en aumento en los contextos de refugio en Alemania, según los datos de los que disponemos. En Líbano, la crisis del coronavirus ha reducido la presión sobre un gobierno oligárquico y corrupto que se ha mantenido en pie en detrimento de los ahorros de los libaneses. En Egipto, los dueños de proyectos industriales están inquietos ante la paralización de sus fábricas y sus beneficios y quieren que se levante la cuarentena. La salud de los trabajadores no constituye para ellos una prioridad. A grandes rasgos, los sectores más débiles –los pobres, las mujeres y los migrantes– pagan el precio más alto cuando la situación es mala (...).

Sin embargo, en esta crisis llama la atención que el sufrimiento de los países ricos y fuertes es mayor que el de los países más débiles y pobres, como también llama la atención la facilidad con que la gente ha sucumbido al pánico en Europa en comparación con otros lugares (...).

La Covid 19 no es la causa de la crisis, sino el elemento que la ha puesto de manifiesto. El mundo se ha mostrado, especialmente en los países ricos y poderosos, incapaz de lidiar con una crisis sanitaria que no es lo más peligroso a lo que se enfrenta el mundo. Los problemas relacionados con el clima y el racismo son mucho más peligrosos y ambos nacen de la estructura económico-política mundial de los países más ricos y fuertes, que se revelan hoy como los más conservadores y reacios al cambio, aunque ello conlleve más riesgos para la Humanidad y la vida.

P: ¿Cree que supone el final del sistema neoliberal como lo conocemos? ¿el capitalismo se reformará para sobrevivir?

R: No puedo predecir lo que sucederá, y no logro ver elementos que inviten al optimismo. Mi confianza va dirigida, y ello me da cierta esperanza, no a cómo los Estados están abordado la crisis, sino a que los cambios se darán en las ideas, la organización, la acción y la imaginación, derivados de la interacción de miles de millones de personas con esta crisis. El mundo se encuentra en una crisis de pérdida de rumbo y ausencia de alternativas, como una cárcel en un presente perpetuo que en Siria hemos conocido bien durante medio siglo de gobierno Al Asad. La cárcel genera carceleros del estilo de Trump, Putin, Johnson, Xi Jinping, Al Sisi, Mohamed bin Salmán y Mohamad Bin Zayed… En un mundo sano, el lugar en que deberían estar esos señores sería siendo juzgados en una jaula de hierro y no liderando países en los que viven miles de millones de personas. La aparición de movimientos e ideas nuevos provocará un punto de inflexión político y ético que necesitamos para salvarnos. Junto con muchos observadores y población local, creo que, si más de la mitad del mundo ha podido obligarse a tomarse unas vacaciones durante dos o tres meses, nada debe impedir el cambio en los sistemas organizativos, laborales, económicos y epistemológicos. La crisis ha demostrado que la condición de falta de alternativas no es inevitable, sino que se trata de una preferencia de los siervos de los dogmas de crecimiento económico, ya sea en el modelo chino o el capitalista occidental.

P: Ni la ONU, la OMS y la Unión Europea han sido capaces de dar una respuesta conjunta. ¿Comparte la opinión de que estamos ante el declive del sistema multilateral?

R: Más bien temo que nos encaminamos hacia un mundo que es menos mundo… o hacia el aislacionismo y una mayor fragmentación. Lo que hoy estamos presenciando es la aparición de las entidades políticas cerradas, unidades políticas con muros de protección que se abren y cierran, o lo que Wendy Brown denominó “estados amurallados”. El muro de Trump con México, y previa y simultáneamente el muro del apartheid israelí, constituirían los símbolos más destacados de un mundo con múltiples muros.

Ese es un ejemplo de pluralidad sin mundo y de soberanía basada en la excepción, y que quizá crea las excepciones que lo revisten de legitimidad, algo que en Siria conocemos bien. Esta trayectoria no es inevitable, pero la forma en que se está lidiando con el coronavirus sigue dicho modelo nacionalista soberano que no veo capaz de perpetuarse. Temo que se prolongue el plazo de vacilación entre ese modelo y el retorno al curso natural de las cosas o la lógica del “aquí no pasa nada” debido a la carencia de visiones más claras de alternativas viables.

La potencial parálisis que se derivaría de eso es más peligrosa que la situación en que nos encontramos actualmente. Dicho peligro será más visible según nos vayamos acercando al final de la crisis del coronavirus y nos encontremos frente al vacío. La hora de la verdad está cerca y puede que no haya nada después de ella salvo el vacío, que es bueno solo para los señores que gobiernan sociedades sin rumbo.

P: En crisis precedentes, han sido Estados Unidos y los países europeos los que han liderado la respuesta. Ahora los árabes, pero también los europeos han pedido ayuda a China ¿estamos ante el inicio de un nuevo orden geoestratégico?

R: Más bien pienso que muchos, en el entorno árabe y en Occidente, pero también en la propia China, tienden hacia un modelo chino de soberanía sin política y de desarrollo económico sin derechos sociales, porque no tienen otro. Pero eso es peligroso. (...) Se parece al capitalismo del siglo XIX en Gran Bretaña tal como lo definió Marx en El Capital. Comparto con muchos la visión de un mundo sin privilegios para Occidente, pero no de un mundo que aumente el desarrollo capitalista de manos de un único patrón que sea el Estado.

P: La necesidad de controlar la pandemia ha facilitado la aplicación de nuevas tecnologías que permiten un mayor control social de los ciudadanos. ¿están en peligro la democracia y los derechos individuales?

R: Claro. Si tenemos en cuenta que los sistemas de control y vigilancia en los aeropuertos impuestos tras el 11 de septiembre de 2001 siguen vigentes, aunque parecían excepcionales en su momento, los efectos que puedan tener las tecnologías del control sobre la pandemia del coronavirus podrán prolongarse. La gente tiende a obedecer a los gobiernos en situaciones de peligro y las sociedades temerosas y cerradas en sí mismas son más fáciles de gobernar. ¿Por qué no iban a inventar los gobiernos peligros cuando ellos mismos han sido a lo largo de la historia el mayor peligro para la libertad humana, cuando no se les resiste de forma consciente?

(...) Tal vez, el actual distanciamiento social se convierta en el modelo a seguir en las relaciones en las sociedades. (...) (y su) consolidación (...) será dañina para el concepto de ciudadanía y el de democracia, pero facilitará el gobierno a quienes estén mejor posicionados cuando el miedo se expanda.

P: La lucha contra el coronavirus ha supuesto una reducción importante de los recursos económicos y humanos destinados a la ayuda internacional ¿cómo afecta esto a la crisis de los refugiados?

R: Ya desde antes los recursos destinados a los refugiados no eran algo relevante y cualquier aumento de los fondos asignados para ello se canalizaba a través del régimen, sin que nada llegara a los verdaderos damnificados. La idea de las ayudas, en su origen, tiene por objeto tratar los efectos de las guerras de las oligarquías y evitar que se derrumbe el sistema internacional, pero en ningún caso son para que los damnificados (...) puedan mantenerse en pie y luchar por sus derechos. En los contextos de refugio en Turquía y Europa los sentimientos de xenofobia aumentan y se vierten especialmente sobre los refugiados.

A día de hoy, que yo sepa, no ha habido hechos que lamentar, pero los espacios compartidos entre los que llegan y la población autóctona se hacen cada vez más estrechos, de una forma que excede a la media general de los espacios compartidos en mi opinión.

(...) Los refugiados en su mayoría se encuentran en el límite de la vulnerabilidad y la falta de derechos, y también del olvido, debido a que todo el mundo está hoy preocupado por su propia situación. El problema es que esta posición extrema puede acabar abarcando a los parados, los empobrecidos, los enfermos y los ancianos. Además, está el denominado refugio climático, de ritmo más lento, pero que no deja de enfrentarse radicalmente a los modelos de desarrollo y “el control de la naturaleza” actuales. Nada de esto es nuevo: todo precede a la crisis del coronavirus. De hecho, la crisis sanitaria mundial parece enmascarar con su fealdad un panorama ya de por sí muy desagradable.

P: ¿Qué elementos positivos se pueden extraer de la situación actual?

R: Como he dicho anteriormente, el momento más peligroso no es cuando la epidemia está en su punto álgido, sino cuando retroceda y llegue el momento de la relajación, que será cuando veremos que no tenemos nada que hacer salvo volver a lo anterior o responder a la llamada china a la que se elogia en todas partes, o bien combinar ambas. Lo que puede resultar positivo es el vínculo que establecen muchos entre el problema sanitario y el problema climático, y creo que existe un tercer problema que ha de relacionarse con los otros dos, que es el compuesto racismo-guerra contra el terrorismo, que ha llevado a la securización de la política y el despojo de la economía de su carácter político: ambos se complementan, en mi opinión, en el sentido de que lo que debe depender de la política – la seguridad – pasa a dominarla, y lo que debe ser político – la economía – deja de serlo. Después de trabajar por la inclusión de las clases más bajas en un momento en que la economía era política, se ha pasado a excluir a los migrantes y refugiados y a vigilarlos en un tiempo en el que la política se ha vuelto securitaria. Esto se acompaña de la expansión del racismo y el retorno de la tortura y la debilitación de la democracia en todas partes, ya sea mediante la expansión de las prácticas de censura, control y detención arbitraria, o mediante la degradación de la dimensión social de la democracia.

La vinculación de estos tres grandes problemas será la base para una imaginación política distinta y nuevos movimientos sociales y políticos que espero que empiecen a surgir desde ya. Cuando el coronavirus comience su retirada será el momento de un comienzo distinto. EFE

artículo completo en La Vanguardia

Yassin El Hajj Saleh ha publicado dos libros en nuestra editorial: su reflexión sobre la guerra en Siria, Siria, La revolución imposible y la recopilación de escritos de su mujer, desaparecida en dicha guerra a manos de un grupo yihadista, Diario del asedio a Duma, 2013 , ambos traducidos del árabe por Naomí Ramírez Díaz.

 


"Siria, la revolución imposible" despierta el interés de la crítica y los lectores

Nada más publicarse, no solo las presentaciones en el IEMed de Barcelona (ver) y Casa Árabe de Madrid (ver) concitaron el interés de un numeroso público, sino que no pocos periodistas han aprovechado la presencia de Yassin Al-Haj Saleh en nuestro país para entrevistarlo y conocer de primera mano la situación en Siria:

http://agencias.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=2797884

https://www.elespanol.com/mundo/oriente-proximo/20180420/yassin-al-haj-saleh-opositor-siria-genocida-parecido/301220779_0.html

https://www.elnacional.cat/es/cultura-ideas-artes/siria-revolucion-imposible-yassin-saleh_259629_102.html

http://www.rtve.es/m/alacarta/videos/la-2-noticias/2-noticias-17-04-18/4570858/?media=tve

Entrevista para la SER a Yassin Al-Haj Saleh de Álvaro Zamarreño:

"La Siria de Al-Assad significa una guerra permanente contra el futuro"

http://cadenaser.com/ser/2018/04/24/internacional/1524558565_782504.html

El programa Cinco continentes de RNE dedicó un espacio a Siria, la revolución imposible

Y en vientosur.info puede consultarse el esclarecedor prólogo de Santiago Alba Rico, del que adelantamos una parte:

Yassin Al-Haj Saleh y La Revolución Imposible
23/04/2018 | Santiago Alba Rico

En un libro de reciente publicación, El fin del intelectual francés, el historiador israelí disidente Shlomo Sand repasa desde su nacimiento la tradición muy francesa del intelectual comprometido. Tras relativizar el compromiso histórico general de los intelectuales públicos y señalar también las sombras de los que, de Zola a Sartre, Europa ha reconocido como figuras engagés, Sand explica con notable brillantez las razones de su extinción: “La aflictiva desaparición del proletariado, los efectos devastadores del maoismo derrotado en China, las consecuencias decepcionantes y a veces horribles de la descolonización y, en una etapa posterior, el hundimiento final de los regímenes comunistas de la Europa del Este y de Rusia engendraron un clima de ideas que preparó el terreno para la llegada de intelectuales portadores de ideologías que se cuidaban bien de formular proyectos sobre el futuro. Quienes están ahora en el candelero son los hombres de letras que temen y repudian toda evocación de un nuevo horizonte, más allá del momento presente”. Si a esto añadimos el vínculo orgánico entre el discurso y la academia y el desplazamiento de la autoridad pública, incluida la académica, a la actualidad sin tiempo del mercado (y, por lo tanto, del periodismo comercial) no es extraño que el viejo intelectual comprometido, a veces inmodesto pero abierto al mundo, haya dejado su lugar a dos figuras irreconciliables e igualmente estériles: el activista aislado en su militancia especializada y la estrella o celebridad, enfermizamente visible, no importa en qué esfera: el fútbol, la música o la televisión. Obviamente Henri-Levy o Houellebech, que no son activistas, se parecen mucho más a Cristiano Ronaldo o a Belén Esteban que a Sartre, Foucault o Camus.

El último intelectual que pretendió aportar vigencia universal a las luchas multiconcretas no fue francés y sólo fue a medias occidental. Me refiero al palestino y estadounidense Edward Said que, decepcionado de la ceguera parcial de Sartre, se tomó sin embargo muy en serio su imperativo de “dar voz a los que no tienen voz” en un ámbito público dominado ya por las diferentes hasbaras y por el beneficio comercial inmediato. Desde su muerte en 2003 ese espacio público, cada vez más ceñido a la autoridad del mercado, se ha vuelto crecientemente restringido para las voces subalternas o no funcionales en general. Al mismo tiempo una cierta ilusión de transparencia, asociada a la tecnología, ha hecho concebir a los disfuncionales la esperanza de un cambio sin sujeto a través de la difusión de mensajes auto-enunciados, evidentes por sí mismos y no necesitados de esos mensajeros intelectuales privilegiados que, por otra parte, han sucumbido, al menos en Europa, a la tentación televisiva. El caso de las revoluciones árabes es trágicamente ejemplar: en ausencia de organizaciones políticas democráticas y de líderes intelectuales investidos de autoridad pública, se confió en que las imágenes mismas difundidas en las redes servirían para derrocar regímenes injustos y, aún más, para construir regímenes nuevos. Si algo han demostrado las revoluciones árabes, finalmente derrotadas, es (primero) que los viejos partidos y los viejos discursos, aunque sigan gobernando, están muertos; pero también (segundo) que la transparencia no existe, y aún menos la tecnológica, y que la única manera de enterrar esos partidos y esos discursos muertos es sustituyéndolos por organizaciones y discursos vivos.

El caso de Siria es ejemplar porque es también paradójico. Es ejemplar porque demuestra hasta qué punto, más allá del periodismo ciudadano y las denuncias transparentes de consumo y olvido inmediato, un proceso transformador, y más si queda abortado por la violencia extrema, necesita siempre “voces que den voz a los que no tienen voz” (en muchos casos porque la han perdido junto con el cuerpo mismo). Necesitamos activistas del pensamiento, intelectuales comprometidos que no sólo fotografíen los crímenes sino que traten de explicarlos; que no se limiten a documentar el horror, cosa sin duda imprescindible, sino que exploren las relaciones entre los cuerpos vivos y entre los cuerpos vivos y los cuerpos muertos, es decir, que exploren los marcos sociales, económicos, antropológicos, históricos en los que ese horror se ha gestado poco a poco y se transforma día a día, transformando a su vez a sus protagonistas activos o pasivos; necesitamos mediadores mentales, en definitiva, que no sólo organicen sobre el terreno comunidades de supervivencia y resistencia sino que anticipen, a partir de ese horror, sin optimismo mercantil ni desesperación derrotista, soluciones éticas y realistas.

Pero el caso de Siria, si ejemplar, es también paradójico: porque lo cierto es que Siria sí tiene a su Zola, a su Camus, a su Sartre, a su Edward Said y no es francés sino sirio. Se llama Yassin Al-Haj Saleh y es autor de este libro preciso y terrible, La revolución imposible, que explica, entre otras cosas, por qué su voz, junto con la de sus compatriotas, es inaudible en Europa: precisamente porque es sirio. Hay que acudir al último capítulo para entender que no se trata de una cuestión personal. Se trata de que los sirios no son importantes, ni a derecha ni a izquierda, para ninguno de los que, de palabra o de obra, se ocupan de Siria. Hay que decirlo claramente: también para librarse de un objeto de conocimiento hace falta un discurso; también para ignorar, olvidar, rodear o explotar una tragedia ajena hace falta nombrarla. No sin razón -y un punto de irritación contenida- denuncia Yassin Al-Haj Saleh esta forma de nombrar Siria y a los sirios como una prolongación colonial perfectamente coherente, por lo demás, con las prácticas del régimen asadista: “Se nos niega la potestad del conocimiento; es decir, nuestra capacidad para proporcionar datos y análisis más informados sobre lo que sucede en nuestro país. O bien lo que decimos sobre nuestra causa carece de valor, o bien se nos limita a los ámbitos más bajos del conocimiento, como fuente de citas que el periodista o el investigador occidental añadirán al conocimiento que ellos mismos producirán. Sin embargo, pocas veces se apoyan en nuestros análisis, difundidos sin restricciones en Occidente”. Este silenciamiento interesado de los protagonistas vivos se llama dictadura en el caso del gobierno de Damasco; se llama imperialismo en el caso de las potencias que intervienen en Siria desde hace años para evitar una transformación desde abajo; y se llama elitismo colonial en el caso de las izquierdas occidentales que, desde la ignorancia más supina y la arrogancia más eurocéntrica, declararon improcedente o sospechosa la revolución de 2011, hoy derrotada, y siguen nombrando paladín de la justicia universal -del socialismo, el humanismo y el anti-imperialismo- al responsable primero y principal de la muerte, tortura, violación, desaparición y desplazamiento de millones de sirios.

Recuerdo que en una ocasión preguntaron a Yassin Al-Haj Saleh, militante marxista desde su juventud, si seguía siendo comunista. Su respuesta sería un poco la mía. Respondió que “seguía creyendo en los mismos principios y los mismos valores”, pero que se había dado cuenta de que esos principios y valores no son los que defienden los que se llaman hoy a sí mismos comunistas. El diagnóstico del autor es duro y desgraciadamente atinado: “Mi estimación es que la base de esas posturas patriarcales retrógradas por parte de nuestros amigos antiimperialistas, es doble. En primer lugar, la transformación de la izquierda comunista y sus herederos hacia posturas típicas de la clase media educada, separada del sufrimiento humano, e incapaz de innovar. Esto se relaciona con las transformaciones de la economía en los países capitalistas centrales, la desindustrialización, el retroceso del peso de la clase trabajadora industrial y la aparición de la izquierda del campus, que no hace nada y sabe poco, a pesar de su posición en la academia. Ya no hay nada revolucionario ni liberador en su formación y no libran ningún verdadero conflicto. En segundo lugar, están los esquemas ideológicos de la guerra fría; es decir, el conocimiento por reminiscencia, al estilo platónico, y también, la esterilidad intelectual y la escasez de innovación”. Todos estos límites de la izquierda occidental, que dificultan la intervención también en sus propios países y que son aplicables a la muy europea tradición izquierdista árabe, quedaron expuestos a la luz cuando los pueblos de la región, sin preguntar, se alzaron contra sus dictadores. ¿Qué descubrimos entonces? Que, sorprendidos todos un poco a contrapié, los islamistas tenían recursos para reaccionar, los imperialistas tenían recursos para reaccionar y los propios dictadores tenían recursos para reaccionar. La izquierda no. Y, porque no los tenía, desde su posición un poco marginal, en lugar de solidarizarse con los que se jugaban y perdían la vida luchando contra los dictadores, los islamistas y los imperialistas, cedió el terreno a los islamistas, los imperialistas y los dictadores, identificándose además con la ultraderecha europea y su barbarie elitista e islamófoba. Las revoluciones árabes han dejado a la izquierda tradicional en la cuneta de la historia; aún más, han vuelto tradicional a la izquierda en América Latina, que se quería innovadora y democrática. Siria, sí, ha sido y es la tumba de miles de sirios ignorados; pero ha sido y es también la tumba de la izquierda. En el capítulo 12, sin falsas esperanzas ni falsas desesperaciones, Yassin Al-Haj Saleh, al tiempo que describe la única “solución realista” para Siria, enuncia también los valores y principios -comunistas o no- para un impostergable rearme discursivo y organizativo de la izquierda.

Digo todo esto para señalar a un tiempo los obstáculos y las virtudes de este libro: las virtudes que, por eso mismo, constituyen un obstáculo. Este libro explica lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Siria, cosa que casi nadie quiere saber; este libro analiza la historia reciente de Siria, las entrañas de la dinastía asadiana, las causas de la revolución de 2011 y las de su derrota a partir de 2013, cosa que a casi nadie le importa. Ahora bien, si aceptamos el supuesto contrario (el de que todo el mundo quiere saber lo que ocurre en Siria y colaborar en una paz justa y democrática para los sirios), este libro es sencillamente irrenunciable. El lector español tiene ya acceso a una breve pero sólida bibliografía sobre la Siria convulsa, tanto narrativa como ensayística y documental: Cuando la revolución termine, de Leila Nachawati, El caparazón, de Mustafa Khalifa, el terrible Diario del asedio a Duma, de la desaparecida compañera de Yassin, Samira Khalil; o el completísimo relato activista de Leila Al Shami y Yassin Kassab País en llamas; o también -de especialistas españoles- el más académico, Siria: revolución, sectarismo y yihad de Álvarez Osorio o el más periodístico, Siria, el país de las almas rotas de Javier Espinosa y Mónica G. Prieto. Pero La revolución imposible está investido, a mis ojos, de una autoridad adicional. No me refiero -y casi me disgusta mencionarlo- al sufrimiento de su autor: sus 16 años de prisión, la vida en la clandestinidad, la pérdida de amigos, compañeros y familiares, incluida su mujer (que era las tres cosas) o su exilio ahora en Estambul. Todo estos padecimientos son sólo la consecuencia de un compromiso político que, en el caso de Al-Haj Saleh, ha adoptado también, o sobre todo, la forma de un -digamos- compromiso de distancia: acercar el cuerpo, alejar la mente. Quiero decir que, si Al-Haj Saleh es el Camus, el Sartre y el Edward Said de Siria no es porque sea sirio o haya estado en la cárcel, pues no era ése el caso ni de Camus ni de Sartre ni de Said, sino porque, como ellos, entiende que, sin mediación intelectual, sin palabras públicas ordenadas en un discurso honesto y preciso, sin conocimiento abierto y conflictivo de la historia, no hay ninguna posibilidad de intervenir en ella de manera liberadora. Ese es el trabajo de Al-Haj Saleh: comprender. Lo hizo en el calor de la revolución primera y en el fragor de la explosión sucesiva; y lo hace ahora desde Estambul, donde colabora con la publicación en árabe Al-yumhuriya (de la que es responsable, por cierto, otro imprescindible Yassin, Yassin Swehat, mitad sirio y mitad gallego, que lleva años tratando de contarnos en español lo que su tocayo cuenta en árabe y sin cuya intervención este libro, magníficamente traducido por Naomí Ramírez, no habría sido posible).

Si acercarse con el cuerpo y alejarse dos pasos con la mente (para orientar en público a los que están demasiado cerca o demasiado lejos) es lo que define a un intelectual, nunca han sido los intelectuales más necesarios. Desde 2011 algunos tuvimos la suerte de seguir los avatares sirios a través de los trabajos de Yassin Al-Haj Saleh (y de otros sirios o casi-sirios a los que traducía precisamente Naomí Ramírez: Salame Keile, Elias Khouri, Subhi Hadidi). Pues bien, La revolución imposible recorre de nuevo todo ese largo y sangriento septenio en el que el eslogan “Asad o nadie” -cuyo nihilismo analiza Al-Haj Saleh en el capítulo 4- se va haciendo realidad de la manera más trágica: Asad y nadie. Lo había explicado muy bien el propio autor en un artículo de mayo o junio de 2011 a través de una metáfora sintética y brutal: la de esa “sociedad-bomba” construida durante cuarenta años por la dinastía asadiana a fin de que cualquier tentativa de liberación, por pequeña o parcial que fuera, desencadenase un gran estallido nacional, regional e internacional: Asad o quemamos el país era, más que una consigna, un efecto mecánico del propio entramado dictatorial. Lo que Al-Haj Saleh describe en detalle es ese efecto mecánico, su saturación del espacio y su despliegue en el tiempo, antes y después de la revolución, frente a la voluntad subterránea de los sirios que, privados de esfera política, han tratado de sobrevivir y combatir la dictadura. [...]

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