Nayi al-Ali

“Nayi al-Ali sigue siendo un héroe en el mundo árabe, en particular para los palestinos, que pronuncian su nombre con la misma ternura con la que mencionan a sus grandes poetas. Su figura icónica, Handala, sigue siendo un poderoso símbolo palestino y lo seguirá siendo durante mucho tiempo”.

Joe Sacco, enero de 2009

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“Si no lo ves, no existe. Es la nueva estrategia con la que parece afrontarse
el conflicto palestino. Sigue existiendo, añadiendo dolor y muerte a décadas
de dolor y muerte…
Por eso publicar hoy la obra gráfica de Nayi al-Ali tiene tanta importancia.
Por un lado, supone un rescate patrimonial de primer orden. Desde su
asesinato en 1987, sus dibujos se han convertido en referencia básica del
periodismo de denuncia. Por otro lado, la situación en la zona ha registrado
tan pocos avances que pueden contemplarse como si acabaran de ser
realizados… La validez de su mensaje se mantiene porque supo expresarlo
con poética contundencia, pero también porque, sin apenas cambios,
persiste la misma denunciable situación”.

Del pórtico de Antonio Altarriba

“Lleva la cabeza gacha y las manos entrelazadas a la espalda en postura de
pensador peripatético pero no es un sabio sino un niño; tiene entre diez
y once años, la edad que tenía su autor cuando salió de Palestina. Porque
Handala, así se llama, es una viñeta creada por Nayi al-Ali o quizá por el
niño que vivía en el adulto Nayi al-Ali y que siempre tuvo entre diez y
once años, los que tenía cuando fue expulsado de su pueblo, su vida, los
paisajes de su infancia… Y se convirtió en refugiado. Un niño de Palestina”.

De la presentación de Teresa Aranguren

“Nayi al-Ali sigue siendo un héroe en el mundo árabe, en particular para
los palestinos, que pronuncian su nombre con la misma ternura con la que
mencionan a sus grandes poetas. Su figura icónica, Handala, sigue siendo
un poderoso símbolo palestino y lo seguirá siendo durante mucho tiempo”.

Joe Sacco, enero de 2009

Nayi al-Ali

Texto: Youssef El Maimouni | Ilustración: Nayi al-Ali

Nayi al-Ali, nacido en 1936 o 1937, fue, sin saberlo, el primer grafitero árabe. De joven pintaba en los muros y paredes de su forzada diáspora. Ghassan Kanafani, uno de los grandes intelectuales, activista y escritor palestino, en una visita al campo de refugiados Ain al-Hilweh quedó impresionado con la poesía visual de un joven que mostraba sin tapujos la realidad de su pueblo. El mayor dibujante del mundo y de la historia árabe se exilió en Dubai, donde creó a su alter ego, Handala, que proviene de handal, una planta trepadora con púas. Pronto se convirtió en un símbolo de la lucha, del sufrimiento, en una personificación de la denuncia silenciada, humilde representante de un pueblo oprimido. Años después, se refugió en el Líbano, para estar más cerca de los y las suyas, donde vivió en primera persona la triste Guerra Civil y la cruda matanza de Sabra y Chatila. En sus viñetas, de rabiosa actualidad, solo cabe la verdad de la injusticia, la honorabilidad de la resistencia. Nayi siempre estuvo con los y las pobres y desde su encuadrado espacio habló de la corrupción de las clases burguesas, del expolio, de la ausencia de derechos humanos, del sectarismo religioso, criticó a las sociedades consumistas. Él, marxista y próximo al Frente para la Liberación de Palestina, mantendría siempre una prudente distancia con los representantes políticos.

En sus más de diez mil viñetas retrató los abusos perpetrados por el ejército israelí, dibujó y satirizó a los políticos palestinos, a los dirigentes árabes, a los petrodictadores aliados de EE.UU., en definitiva, a todos los responsables de la situación de su pueblo. Se ganó por ello enemigos en todos los bandos. Era incómodo, un reflejo de todo el pueblo palestino; había que borrarlo del mapa. Una imagen vale más que mil palabras y Handala se había convertido en un símbolo imposible de ocultar mientras su creador siguiera vivo. […]

Youssef El Maimouni en Masala

La cara y la espalda

Ilya U. Topper en m’sur

«Este te lo regalo”. Sultana me tendió una placa de cristal con un dibujo plateado grabado a fuego en la superficie. Era la figura de un niño de espaldas, las manos entrelazadas detrás, una cabeza redonda con unos pocos pelos hirsutos. Acababa de componerlo en el taller que tenía junto con su socio palestino en el pequeño pueblo de Immatein, a tiro de piedra de Kedumim, el asentamiento sionista cercano a Nablus donde ella vivía y vendía su artesanía. Yo lo cogí agradecido.
—Si tus vecinos, los colonos, vieran que fabricas esas cosas ¿qué te dirían?
—¡Uf! Me lapidarían— respondió Sultana. Luego se lo pensó y añadió: —No. Creo que ni siquiera saben lo que es.

Todo palestino sabe lo que es Hándala, el niño de espaldas. Es una contraseña, un símbolo, un grito de libertad. Es una figura creada en los años setenta por Nayi Ali, un dibujante nacido en 1936 en Palestina, cuya vida transcurrió entre un campo de refugiados de Líbano, alguna estancia en Kuwait y el exilio de Londres donde en 1987 le pegaron un tiro. Nunca se ha sabido quién. Ni por orden de quién. Pudo ser el Mossad. Pudieron ser altos cargos palestinos. Pudo ser un régimen árabe. Porque el niño de espaldas de Nayi Ali señalaba con el dedo a todos.

Nayi Ali fue una de las figuras más influyentes del dibujo político árabe, probablemente marcara tendencia para generaciones. Por eso es una excelente noticia que Ediciones del Oriente y el Mediterráneo publique ahora esta recopilación de sus mejores viñetas —casi 200— en una muy cuidada edición que sirve al mismo tiempo de biografía del artista: los textos de la académica Zuhur Dalo y el poeta Mohamad Bitari, ambos palestinos exiliados en Barcelona, estructuran la trayectoria de Nayi Ali en cinco etapas, con su evolución del claro al oscuro, y aportan no solo datos, fechas y reflexiones, sino numerosas citas del biografiado tomadas de la prensa árabe. Sumando una docena de fotografías, una entrevista, una cronología, la introducción de la periodista Teresa Aranguren y el pórtico del guionista Antonio Altarriba, la obra queda tan redonda que no cabe ninguna crítica.

Para cualquiera que tenga interés por el arte gráfico del contexto árabe o, simplemente, por la historia del vapuleado pueblo palestino en el siglo XX, será sencillamente imprescindible. No se puede conocer Palestina sin saber quién es Handala. (Por eso no durarán los colonos sionistas que creen suya esa tierra: no saben, no quieren saber).

No cabe crítica al libro, digo. Ahora bien, el libro, por ser excelente, es una excelente oportunidad para mirar de cerca la obra de este gran dibujante cuya huella quizás más clara encontramos, fuera del mundo árabe, en el lamentable panfletismo de un Carlos Latuff. Porque panfletista fue Nayi Ali, como lo sigue siendo la mayor parte del dibujo político del mundo árabe oriental (en el Magreb, cuya evolución social y artística siempre ha ido aparte, hay ejemplos de humor y sátira, que es un concepto distinto).

Con panfletismo me refiero al arte político que exalta la virtud de los propios y resalta la maldad del adversario. No solo la resalta: la explica. Los dibujos de Nayi Ali, con trazo escueto y certero, muestran las relaciones políticas, lo que hay detrás del conflicto. Ahí están los jeques árabes haciendo rodar un barril de petróleo por el desierto, marcando el suelo con barras y estrellas… por detrás de Henry Kissinger, rama de olivo en mano. Una columna entera de análisis político en cuatro trazos de lápiz.

Salvo Kissinger, no hay personajes en estas viñetas: solo hay pueblos, regímenes, ejércitos. Está el soldado israelí y está el fedayin palestino, el pueblo palestino y “Estados Unidos”, así, ente abstracto, o “los árabes” en referencia a las monarquías saudíes y del Golfo, reconocibles por su shemmagh blanco con aros negros… y su corpulencia, distinta al demacrado pueblo palestino. Cuando sale la sociedad israelí en su conjunto, normalmente lo hace bajo la figura de una mujer, gorda también, pero con pronunciado seno y escote, marcando un aire sexual.

Sí, afrontémoslo: el dibujo de Nayi Ali es tan machista como la media de la intelectualidad árabe de su época… y de la nuestra (sigue siendo popular en las viñetas representar una potencia ‘occidental’ en forma de puta). Palestina siempre es una mujer, sí, pero siempre es una mujer decente, bella en su aparición casta, madre abnegada o esposa. Por supuesto nunca lleva hiyab —el hiyab acababa de inventarse cuando mataron a Nayi Ali— pero la mayor parte de las veces sí la pañoleta campesina tradicional. No siempre: también están las viñetas de una joven clavada a la cruz por su cabellera, o la de un gordo jeque árabe despeñándose por la melena de una mujer que, entendemos, también es Palestina.

Cuando el artista critica el machismo de la sociedad —y lo hace de una forma rotunda y mordaz en el dibujo del jeque que deja tras de si una botella de refresco vacía con la pajita puesta, mientras se dirige a dos figuras del mismo contorno, pero negras con la rendija del niqab a la altura de los ojos—, los hombres criticados son siempre los árabes, los del desierto. Lo cual indica no poco valor, si tenemos en cuenta que esos dibujos se publicaban en la prensa de Kuwait. Pero en el mensaje de Nayi Ali no caben críticas a la sociedad palestina. A sus gordos e ineptos dirigentes, sí, eternamente engañados en las negociaciones. A la sociedad, no.

Las negociaciones: para Nayi Ali son una traición. El 242, número de la resolución de Naciones Unidas que urge a Israel retirarse de los territorios ocupados en 1967, decora un paracaídas que ahorca a un palestino. Porque retirarse solo de estos territorios es afianzar el resto de Israel, y eso, para un palestino del 48 —es decir, nacido en los territorios que el plan de paz de Naciones Unidas adjudicó a un ‘Estado judío’ o conquistados en la guerra de 1948— es perder la patria. Por ello, los héroes de Nayi Ali llevan fusil de asalto. Hasta el año de su muerte, 1987, llevarán fusil de asalto, aunque lo usen para arar la tierra.

No, aquí no hay humor. La historia palestina es demasiado triste, demasiado desgarradora, como para que el humor tenga lugar. Los dibujos de Nayi Ali, afiladísimo lápiz blanco y negro no solo en el sentido cromático, son una única larga denuncia, con sus buenos, sus malos y sus Estados Unidos. Hizo escuela. Quizás demasiada escuela. Dos generaciones más tarde, la historia de Palestina sigue siendo igual del desgarradora, y los dibujos de los viñetistas, igual de blanquinegros. Solo que con el tiempo, los lápices se les han quedado romos.

Artículo completo en m’sur

 

Información adicional
Peso 0,500 kg
Dimensiones 24 × 14 × 1,8 cm
Autor

ISBN

978-84-121662-3-1

Páginas

272

Prefacio

Antonio Altarriba

Presentación

Teresa Aranguren

Traductor

Mohamad Bitari (edición), Zuhur Dalo (edición), Naomí Ramírez Díaz

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