JAVIER BIOSCA ENTREVISTA PARA ELDIARIO.ES A ALIA MAMDUH

Alia Mamduh, escritora iraquí: “Hay que condenar a Rusia, pero Occidente es el gran defensor del doble rasero”

“Cuando veo las imágenes de lo que pasa en Ucrania, me acuerdo de mi país. Eso lo hemos vivido nosotros: guerras, desplazamientos masivos y bombardeos indiscriminados”, dice la escritora, que presenta su novela 'Al Tanki: tras las huellas de una mujer iraquí'

Javier Biosca Azcoiti - elDiario.es - 14 de junio de 2022 22:30h

La escritora iraquí Alia Mamduh salió de su país en 1982, pero apenas escribe de otra cosa: “Solo me queda escribir de Irak”. A sus 78 años, se sienta en un hotel de Madrid horas antes de presentar su novela ‘Al Tanki: tras las huellas de una mujer iraquí’ y coge carrerilla para criticar la invasión estadounidense, el bloqueo político actual en su país y la censura que ha sufrido en prácticamente todo el mundo árabe con sus escritos contra la dictadura, el machismo y el patriarcado.

“Cuando veo las imágenes de lo que pasa en Ucrania, me acuerdo de mi país. Eso lo hemos vivido nosotros: guerras, desplazamientos masivos, bombardeos indiscriminados…”, dice la escritora. “Me identifico con esa gente ucraniana que está siendo arrasada y por tanto hay que condenar a Rusia, pero todos sabemos que Occidente, especialmente en Irak y en el mundo islámico, es el gran defensor del doble rasero y la hipocresía”, añade.

Salió de Irak en 1982. ¿Por qué?

No salí del país por cuestiones políticas, sino que fue una decisión personal, derivada de una serie de divergencias con quien era mi esposo entonces. Además, en ese momento el servicio militar era obligatorio, estábamos en plena guerra con Irán y a mi hijo único lo iban a llamar a filas. Yo no quería que fuese y cogimos al muchacho y nos fuimos a Francia. Allí estuvimos un pequeño periodo y después fuimos a Marruecos, donde trabajé como directora de un periódico saudí.

Solo volví a Irak en el 87 a un festival literario de una semana. Sigo llevando Irak dentro, su gente, sus problemas, sus olores... Pero el Irak de hoy no es el que yo conocí. Ese Irak ya no existe. Toda la gente que estaba allí ya no está: ha emigrado, han sido forzados al exilio o han muerto. El barrio que describo en la novela se ha convertido en ruinas. Lo único para lo que volvería a Irak es para denunciar el gran crimen cometido contra el país a raíz de la intervención estadounidense.

Irak es para mí como mi propia existencia. No me queda otra cosa que escribir sobre Irak. Si no, ¿de qué puedo escribir?

Después de lo vivido en su país en 2003, ¿qué opina de la reacción de EEUU y otros países de Europa a la invasión de Ucrania?

Todos sabemos que Occidente, especialmente en Irak y en el mundo islámico, es el gran defensor del doble rasero y la hipocresía y lo sufrimos notablemente con la lucha contra el llamado terrorismo internacional. Lo que está pasando en Ucrania, sin embargo, es algo distinto. Se trata de un conflicto entre dos países europeos en el que también hay una cuestión relacionada con la OTAN, los intereses geoestratégicos de Rusia y una serie de errores internacionales.

Cuando veo las imágenes de lo que pasa en Ucrania, me acuerdo de mi país. Eso lo hemos vivido nosotros: guerras, desplazamientos masivos, bombardeos indiscriminados… Me identifico con esa gente ucraniana que está siendo arrasada y por tanto hay que condenar a Rusia. Pero también hay que condenar a Occidente. Nosotros conocemos a Occidente y sabemos que dice una cosa y hace otra y que juega de manera sibilina. Había una serie de pactos con Rusia y se han incumplido. Ya está bien de que en Europa seáis los siervos de EEUU. Sois países fuertes y Washington tiene su propia política para Oriente Medio y para Europa, perjudicial para vosotros mismos.

Todas las guerras de América son fuera de su país y para conseguir una estabilidad interna trata de exportar esos conflictos. Europa es uno de los grandes derrotados del conflicto en Ucrania y desde un punto de vista de una persona que ha sufrido hace 20 años una invasión de Irak y que ha ido viendo todo el proceso de acoso y derribo en Oriente Medio, todo esto no le suena nada nuevo. La hegemonía estadounidense está en decadencia y hay una situación de podredumbre desde dentro que a la vez está originando que se exporten los conflictos y que se cree un estado de tensión con la finalidad de mantener el mayor tiempo posible este estado de dominación que no es real.

En realidad, lo que pasó en Irak fue una demostración de fuerza, pero no de dominio. Hoy EEUU todavía es capaz de entrar en clase, poner a los alumnos malos contra la pared y ordenar sanciones, quitarles o darles armamento… pero eso está desapareciendo. También lo vemos en el aspecto racial: el grupo blanco dominante cada vez lo es menos y hay una especie de reticencia a aceptar esta realidad.

Yo comprendo que la gente joven esté fascinada con EEUU y que no entienda que digamos que es la mala de la película. Las series, la música, hasta la ropa que llevamos... todo eso marca la forma en que los vemos. Nosotros, sin embargo, tenemos otra visión. Diferenciamos entre el pueblo americano, al que tenemos un gran respeto, y la política exterior de EEUU, que es un cáncer, en concreto en Oriente Medio. Los europeos deberían darse cuenta de que EEUU casi nunca ha dicho la verdad sobre sus proyectos y sus intenciones. Yo vivo en Francia, me siento europea y me produce un enorme pesar ver cómo los europeos una y otra vez siguen cayendo en los mismos errores con respecto a EEUU.

¿Qué supuso la invasión para usted y para su país?

La ocupación de Irak no es solo de los americanos, sino de muchos otros como iraníes, milicias y actores regionales e internacionales. Los americanos eran los que mandaban y a pesar de que salieron en 2011, dejaron sus consejeros y asesores y son los que controlan el país entre bastidores.

Uno de los protagonistas en la novela Al Tanki se llama Mujtar, que pasa todo el tiempo borracho para olvidar el desastre, pero dice una frase que refleja muy bien el carácter de esta persona y de muchos iraquíes: ‘Mi único objetivo en esta vida es seguir vivo porque continuar con vida supone un desafío a EEUU’.

¿Ha sufrido censura en Irak y otros países árabes?

En prácticamente todos los países árabes. Hay dos novelas [no están traducidas al español], 'La garçonne' y ‘El deseo’, que están prohibidas. La primera se publicó en el año 2000 y es sobre una mujer andrógina que sufre persecución, tanto por razones políticas como por su orientación sexual. Es un alegato contra el partido Baaz y el Gobierno de Sadam Husein. La protagonista se enamora de un comunista, la encarcelan y la torturan.

En ‘El deseo’, un hombre iraquí de 50 años, opositor político y perteneciente a la rama comunista antibaazista, se levanta por la mañana y de pronto descubre que le ha desaparecido el pene [en árabe la palabra pene comparte raíz con 'recordar']. Entonces le quitan la capacidad no solo de ser, sino también de recordar de modo fidedigno su pasado. Empieza a hacer una serie de elucubraciones sobre su vida sexual y política, como si tratara de 'reacondicionar' su existencia a partir de recuerdos fragmentados. Es una suerte de alegoría sobre cómo el individuo iraquí ha perdido la capacidad de hacer un análisis autocrítico de sí mismo y su país. También es una crítica al poder patriarcal y al poder omnímodo de ese varón que se cree el dueño de la realidad.

Cuando va al médico da una serie de circunloquios para no enfocar el problema real, como si fuera incapaz de reconocer la naturaleza de su infortunio. Hay una escena en la que el protagonista dice: ‘Imagínense ustedes que todos los varones con poder y capacidad de mando se despiertan y se dan cuenta de que ninguno tiene pene y que cuando miran al cielo los ven todos flotando como si fuesen misiles. Estoy seguro que las guerras se acabarían’.

El único país árabe en el que se publicó fue Líbano, pero incluso allí resulta difícil encontrarlas, pues los libreros no las tienen a la vista por si acaso.

Por estos dos libros me han acusado de pornográfica, zafia, grosera y burda. Me gustaría ser todavía más zafia, grosera y burda para llegar a este nivel de zafiedad máximo que ha alcanzado este mundo. De todas formas, sé que este libro se reproduce clandestinamente en muchos países árabes.

Yo estoy al final de mis días, me dirijo hacia mi propia desaparición y me importan muy poco las críticas que me puedan hacer; y menos aún por el contenido sexual de mis obras. Me da igual si hay gente que se molesta por lo que aparece en esta o aquella novela.

¿Por qué es tan difícil formar Gobierno en Irak siete meses después de las elecciones?

Porque hay una disputa entre Irán y EEUU en tierra iraquí. Es el resultado de una situación creada en la que el país afectado no tiene soberanía propia. EEUU dirige todo entre bambalinas e Irán es el otro poder efectivo. Sobre el papel, gracias al sistema de cuotas confesional creado por los estadounidenses y la influencia de sus líderes y milicias, es la comunidad chií la que mayor dominio ejerce. Sin embargo, hay dos grandes bloques dentro de la comunidad chií. Uno es arabista y nacionalista y el otro es más partidario de una relación de alianza firme con Irán. Ese es el problema.

Como los actores políticos internos de Irak dependen en gran medida de potencias regionales e internacionales, nos encontramos en esta situación. Carecemos de líderes con un margen razonable de autonomía. Por ello, son incapaces de ponerse de acuerdo para formar Gobierno, porque ni los estadounidenses ni los iraníes están de acuerdo con las alternativas barajadas.

EEUU no es que dejase un Estado o un sistema institucional deficiente, es que se cargó las estructuras del país y lo que nos encontramos ahora es su consecuencia. Tenemos una corrupción política institucionalizada. El problema está en nosotros, en nuestras élites y dirigentes, que se han convertido en una especie de asociados de estos intereses externos.

¿Ha superado Irak el sectarismo entre suníes y chiíes?

En Irak hay un sistema de cuotas confesionales que impuso EEUU. Ahora, la religión y la pertenencia confesional se han convertido en un negocio. Cuantos más miembros tienes en tu comunidad, más influencia tienes. Nos hemos metido en un círculo vicioso y este enfrentamiento conviene más a las élites de la comunidad mayoritaria, que es la chií.

¿Ese sectarismo existía antes de 2003?

Puede que lo hubiese, pero era muy ligero. Yo nunca supe si era sunní o chií. En mi familia teníamos abuelos sunníes y chiíes. Nunca supe quién era qué ni en qué se diferenciaban unos de otros. Tampoco me interesaba ni importaba mucho. De hecho, no descubrí que tenía parte sunní y chií hasta que me casé, pero a lomos de los tanques de EEUU se trajeron un Gobierno completo e intentaron crear una nueva realidad que es lo que ha convertido Irak en un cadáver que apesta. Cualquier persona que se acerque notará ese olor.

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La iraquí Alia Mamduh busca a una artista desaparecida en su nueva novela, por Lydia Hernández Téllez

Madrid, 3 jun (EFE).-

Alia Mamduh salió de Irak hace décadas con intención de encontrar una belleza que anhelaba y que no encontraba en su país natal. «Hay cosas muy feas -la hipocresía, las mentiras- que no solo me han obligado a marcharme de mi país, sino que me obligaron a escribir», confiesa en una entrevista con EFE.

Esas mismas razones hicieron que, muchos años antes, otra mujer se marchase de Bagdad: Afaf Ayyub Al, artista polifacética a la que Mamduh dedica su última novela, «Al-Tanki, tras las huellas de una mujer iraquí», que esta semana se presentó en la Casa Árabe de Madrid.

«Afaf era una mujer real», explica la escritora en la entrevista. «Quizá soy la primera autora árabe que ha elegido un personaje real», añade.

Afaf salió de Irak en 1979 para exiliarse en París y desde entonces permanece desaparecida. La novela gira alrededor de la búsqueda de esta pintora, escritora, arquitecta, cantante y deportista por parte de su familia más cercana.

«Todos los personajes que aparecen a lo largo de la novela están preguntando al doctor Carl Valino para descubrir dónde se ha ido Afaf, pero en realidad se están buscando a ellos mismos, porque todos están perdidos. Son siete personajes y cada uno tiene una desgracia personal», adelanta la autora.

Confiesa que, en esta nueva narración, la búsqueda de Afaf esconde algo más: «Todas las personas están buscando algo, puede ser una simple ilusión, un sueño. Incluso sabiendo eso, están contentos de perseguir esa ilusión, porque nos mantiene vivos», afirma.

UN LIBRO «COMPLICADO DE LEER»

La escritora, actualmente afincada en París, es reconocida por jugar y experimentar con el lenguaje árabe, lo que le permite «huir de la realidad en la que estamos. El mundo que nos rodea nos obliga a buscar algo para escapar», explica.

Eso ha llevado a que su libro se considere como complicado o difícil de leer, tal y como aventura la reciente publicada traducción en español. Y Mamduh está de acuerdo con esa apreciación.

«El libro es difícil de leer si lo comparamos con lo que hay ahora. Los lectores a nivel mundial prefieren los libros fáciles, pero yo he elegido hacer uno que sea difícil, que no esté al alcance de todos», señala.

Fue esa especial complejidad la que la llevó a ser finalista del Premio Internacional Booker en árabe de 2020, siendo la única mujer entre cinco hombres que aspiraba al premio: «Por muchas consideraciones el primer premio lo ganó un argelino, pero conseguí llegar hasta la última fase», recalca.

«LA SITUACIÓN DE IRAK AHORA ESTÁ PEOR»

La historia de «Al-Tanki, tras las huellas de una mujer iraquí» empieza en 1922, según la autora, una época «en la que los misioneros americanos entraron a Irak”, lo que a su juicio demuestra que los americanos «siempre vieron Irak como una tierra a ocupar».

La autora considera que ahora, un siglo después, la situación en su tierra natal es todavía peor y está marcada por la hipocresía social que «se encuentra en la clase política, en los partidos, en todos los líderes del mundo».

«Antes al menos las mujeres podían bañarse en bañador, ahora no pueden hacerlo, ni siquiera les puedes ver la cara», apunta Mamduh a modo de ejemplo.

La exiliada iraquí recoge la violencia contra las mujeres en su novela «Naftalina», reeditada junto a su nueva publicación, en la que recupera la historia de su madre en una mezcla de realidad y ficción.

«Yo casi no conocí a mi madre, falleció cuando tenía tres años, pero he conseguido que viva en esta novela», indica.

«Naftalina» describe la violencia que sufría la madre de Mamduh por parte de su marido.

«Cuando mi padre volvió de Karbala informó a mi madre de que se había vuelto a casar. Aun con esa noticia, mi madre le recibía en casa, le quitaba los zapatos, le lavaba los pies… esa situación la viven algunas mujeres iraquíes todavía y es el culmen de la violencia de género y del maltrato a la mujer», relata la escritora.

Mamduh encuentra en la literatura árabe «un movimiento de mujeres rebeldes que hablan del amor, el sexo, la relación con el hombre. Las mujeres tienen una visión distinta a la de los hombres en estas cosas y espero que los traductores, los especialistas y las editoriales presten atención a las novelas escritas por mujeres árabes». EFE


Así se cocina en Gaza: cuando cuece el maftul

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Así se cocina en Gaza: Cuando cuece el maftul

Teresa Agustín (*) | Actualizado: 29.04.2022

Laila El-Haddad y Maggie Schmitt, ‘Las cocinas de Gaza. Un viaje culinario a Palestina’. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Madrid, 2021.

Mujeres y niños en una cocina. Limón, eneldo, canela y una lluvia de trigo y risas. Pimienta, nuez moscada, clavo… Sí, este libro es una fotografía de la torturada Gaza desde las cocinas, donde la vida poblada de mujeres se transforma en un espacio amable de olores y sabores. Escuchamos sus voces lejos de la violencia, de la ocupación, lejos de la guerra. Nos sentamos a la mesa con ellas y sus familias para disfrutar de la comida. Las veremos cocinar, página tras página, observaremos a los niños y las niñas majar las especias en una zibdia. Manos que sustentan la vida, las manos de las mujeres, las que nos cuentan. Abuelas que cuentan la vida de una Palestina que quizá ya no existe. Hambres y bonanzas.

Esta no es la historia oficial, no hay banderas ni fronteras en realidad las historias no oficiales son las verdaderas. La cocina cuenta las historias de la historia cotidiana navegando “de generación en generación”, es el relato de los de abajo. De los que sobreviven. Historias que se comen y se huelen que se funden en la boca y atraviesan los cuerpos. Son el clima que forma el paisaje. Y en un tiempo de globalización parecería en este mundo de especias, de cereales, de verduras…, cítricos y más…, que “la comida se ha convertido en una de las escasas posibilidades de expresar”. Expresar pérdidas, olvidos, identidades, felicidades. Ya lo sabía Santa Teresa cuando decía que “Dios andaba entre pucheros”.

Una franja verde entre el mar y el desierto que ha sufrido y sufre la carestía y el agobio económico, un territorio que sobrevive por viejo y tozudo, que fue lugar de encuentro de culturas y que “sufre un férreo bloqueo por parte de Israel desde 2007, que ha ahogado a la población. Naciones Unidas lo califica de “lugar inhabitable”. Con cortes de luz, con sus aguas contaminadas y donde el agua potable, cara y difícil, viaja en camiones. Hospitales sin recursos, calles olvidadas, gentes sin trabajo. Sin entrada ni salida de mercancías, sin libre tránsito de personas que en muchos casos subsisten con los alimentos que suministran las Naciones Unidas y las ONG. Esta Gaza empobrecida y doliente en “des-desarrollo” productivo y sostenible” es ahora, antes tan fértil, un “lugar totalmente empobrecido al borde del desastre ecológico. Un lugar donde se funden la “violencia física y la desestabilización económica”.

 

Las cocinas de Gaza recupera las memorias de los sentidos y hace que lo inhabitable se haga habitable. Se trata de una conversación especial, especiada, como todas las charlas que se producen en una cocina, donde flota en el aíre el aroma cálido del trigo y el perfume “aterciopelado de la canela”. Imaginemos esa cocina como un espacio donde la abuela adoba un pollo y se majan ajos… Es un no parar. “Mientras todas las manos se afanan, la conversación va de los problemas de tiroides a las relaciones con las cuñadas, de los estragos de las guerras recientes a la manera correcta de confitar las zanahorias”.

Nada mejor que una cocina donde “vive la gente corriente”, una granja, el puerto pesquero, el mercado, como explican las autoras, para entender un país y conocer a sus gentes. “Hablar de comida y cocina era hablar de la dignidad de la vida cotidiana, de la historia y de la herencia en un lugar en el que precisamente esas cosas han sido despreciadas o eliminadas” Y “cuando se vive en Gaza es un alivio que te pregunten por las lentejas y no solo sobre política”, cuentan las autoras.

Simple y complejo, aromático como una sopa especiada, este libro describe un pueblo con sus recetas y lo hace tan bien que no solo reconstruimos vidas. Nos adentra en las casas y vemos a las mujeres que habitan y que habitaron esos espacios, escuchamos a las paredes que hablan. Página a página, receta a receta vamos familiarizándonos con ese gusto por el picante que es una identidad de este pueblo. El matrimonio de la guindilla fresca y el eneldo, una historia de amor que perdura en el tiempo, y que está presente en todos los momentos. Compramos una Zibdía, ese cuenco sencillo y pesado que se hace a mano “con la arcilla tosca y arenosa de Gaza”, que es utensilio clave en la cocina siempre acompañado por “unas manos de madera de limonero”. Reconocemos las especias que pasaron durante siglos por su mercado y fueron motor de su economía cuando viajaban de Extremo Oriente hasta Europa. O nos paramos a degustar el Dugga esa mezcla de trigo y especias, que no ha de faltar en ningún lugar. “Tostar por separado los granos de trigo (o la harina), las lentejas y las especias en una sartén sobre un fuego lento…” Mezclar y moler, triturar y comer quizá con deliciosos pan y aceite.

Las recetas se personalizan y aparecen los nombres propios de mujeres que cocinan: Um Hana que nos enseña a hacer Dugga, Um Salih experta en salud y llena de inquietudes, Um Imad que nos cocina un cuenco de lentejas, berenjenas y granadas amargas, Um Ibrahim de 89 años, que nos relata su larga y difícil vida desde que huyeron a Gaza en busca de refugio y que ha vivido en un campo de refugiados acomodada con los que les proporcionaba la ONU. Por eso habla de la comida del pasado, como “lo hacen muchos ancianos” que se refieren a “la verdadera comida como algo del pasado”.

Son muchas las historias familiares, los nombres de muchas y de muchos, de abuelos, niños y niñas que sobreviven en una cocina inventando las vidas que se cruzan en este libro. Vidas en la diáspora, refugiadas, alteradas, empobrecidas donde siempre hay una receta que compartir, un espacio donde imaginar. Dicen las autoras, Laia y Maguie, que desde que se conformó esta historia en forma de libro todo ha ido a peor y Gaza es cada vez más una “cárcel al aíre libre” solo soñada por la luz del mar. Segundas y terceras generaciones de mujeres van cocinando en este libro atípico, cálido y amable desde esta tierra de acogida, de familias que lo dejaron todo para no morir. Refugiados que nunca han podido volver a su tierra, a sus sitios, las casas que les vieron nacer, que muchas de las veces ya no existen.

Un recetario que es un álbum de vidas, un despertar de conciencias donde navegan condimentos, caldos, ensaladas, panes, platos de cuchara, guisos, carnes, pescados, difíciles de obtener por la zona de exclusión marcada por Israel, postres, bebidas, conservas y encurtidos. Un viaje al mas allá donde los monstruos tienen nombres propios y donde lo privado se hace político. Viaje donde vamos descubriendo el arte de sobrevivir en lo que las autoras llaman: La economía de la supervivencia donde la vida se nombra con dificultad y donde la electricidad, el agua, el trabajo son aventuras del día a día. La vida y el sabor de Gaza.

Artículo completo en República de las ideas

(*) Teresa Agustín es poeta.

 


"Las cocinas de Gaza. Un viaje culinario por Palestina" en Espacio Crítico de Público

Un viaje culinario por Palestina, Laila El-Haddad y Maggie Schmitt

No es un libro de cocina al uso este libro. Ya el título nos puede alertar: Las cocinas -que no la cocina- de Gaza, ese lugar que, como recuerda Raquel Martí, directora de la UNRWA en España, en su documentada Presentación, los informes de la ONU califican de inhabitable. Y, sin embargo, sí que es un libro de cocina… y mucho más. Es el fruto del trabajo de campo emprendido durante el año 2010 por las autoras Laila El-Haddad y Maggie Schmitt.

Desde el principio, optaron por las comidas caseras -patrimonio casi exclusivo de las mujeres- en lugar de la comida de restaurante, mucho más uniforme en toda la región y patrimonio casi exclusivo de los hombres.

Las mujeres que con extremada calidez y amabilidad abrieron las puertas de sus cocinas a Laila y Maggie provienen de todos los puntos de la Palestina histórica, pues Gaza, esa prisión al aire libre, fue tierra de acogida de aquellas familias que tuvieron que abandonarlo todo para no perder la vida. Primero fueron tiendas de campaña, sustituidas más tarde por construcciones precarias, que fueron creciendo a lo largo de los años de negativa israelí a acatar las resoluciones de Naciones Unidas sobre el derecho al retorno de los refugiados.

Muchas de las mujeres protagonistas de este libro, de segunda y tercera generación de refugiadas, si ese derecho se hiciera efectivo, no podrían volver a sus pueblos porque fueron destruidos por las milicias y el ejército israelí entre 1948-1949 (418, en concreto desaparecieron literalmente del mapa).

Las autoras nos revelan el misterio de cómo Um Hana, que proporciona la receta de dugga -esa mezcla de trigo, legumbres trituradas y especias, todo tostado y molido, tan nutritiva-; Um Zaher, que corta acelgas y cebollas para preparar la fogaía, un delicioso guiso de acelgas, garbanzos y arroz; Fátima Qaadan, que cocina una espléndida comida de Ramadán, y tantas otras consiguen llevar a la mesa esos manjares cotidianos…

Si bien, debido al asedio israelí, solo en contadísimas ocasiones, como mucho una vez por semana, pueden elaborar esos deliciosos platos de comida casera, ricos en verduras variadas, carnes tratadas con esmero y sazonadas con una paleta de hierbas y especias -y guindilla, mucha guindilla: esos pequeños pimientos rojos hacen furor en las cocinas gazatíes-, sin olvidar los pescados. “Si no fuera por el luminoso horizonte azul del Mediterráneo, Gaza podría parecer una mazmorra”, nos dicen las autoras. El pescado, básico en la dieta de Gaza, está presente en variadas y apetitosas recetas: hbari u ruz, chipirones con arroz tostado, saiadía, arroz marinero, kefta sardina, croquetas de sardina, saltaone mashui, cangrejos rellenos al horno… Pero, hoy en día, es casi imposible acceder a él: los barcos pesqueros no pueden salir de una zona de exclusión marcada arbitrariamente por Israel, a pocos metros de la costa. Por ello, piscicultores “de agua dulce”, como los hermanos Iyad y Ziyad se presentan a las autoras, tratan de suplir ese escaso y caro pescado de mar criando tilapia y mújol. Aunque, se lamentan nuestras cocineras, su sabor nada tiene que ver con el pescado que hizo a Gaza famosa en toda Palestina.

Pero ellas no reblan, en solitario en sus cocinas o unidas formando cooperativas, salvando todas las dificultades -agua contaminada (el 96% de las aguas del acuífero de Gaza están contaminadas), cortes de electricidad cada vez más prolongados- sostienen la vida y perpetúan la cultura.

Han pasado más de diez años de la primera edición de este libro, y las autoras, en la Introducción a la edición en castellano, lamentan el empeoramiento de la situación: la pobreza se ha enquistado, dicen, y las expectativas disminuyen. Y vuelven a asombrarse porque “mientras algunas de las circunstancias que aquí se describen han cambiado, los relatos y las tradiciones, y el infatigable buen humor que observamos a lo largo de nuestra investigación subsisten inalterados”.

Y añaden “después de diez años de pobreza en aumento en Gaza, este libro ha asumido una triste función: documentar para los propios habitantes de Gaza tradiciones culinarias que no pueden ser transmitidas a las generaciones más jóvenes sencillamente porque las familias no tienen los medios necesarios para hacerlo”.

Artículo completo en Espacio Crítico

 


Plaza Pública: "Las cocinas de Gaza" por Teresa Aranguren

 

 

Plaza Pública

Las cocinas de Gaza

Teresa Aranguren

4 de enero de 2022

 

 

Este no es un libro de cocina sino de cocinas, esos espacios íntimos y familiares donde, entre cazos, guisos  y cuentos mil veces contados, ocurre la vida. Este libro habla del gusto de vivir pese a todo y frente a todo. Habla de las gentes de Gaza.

 

“Quizás sean los carteles de colores brillantes que cuelgan de la pared o el patio primorosamente rastrillado y repleto de todo tipo de hierbas aromáticas. Quizá las caras impacientes de las seis niñas que salen a saludarnos y suben corriendo las escaleras con sus largas trenzas negras y brillantes. Sea cual sea la razón, salta a la vista que la casa de Um Hana en Beit Lahia es un lugar alegre”.

 

Extraña descripción de un lugar que los informes de Naciones Unidas han calificado de “inhabitable”. En el excelente prólogo de este libro, Raquel Martí, directora de UNRWA-España (Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos) ofrece los datos de la catástrofe que el bloqueo israelí impone sobre la población de Gaza: cortes de electricidad diarios de más de ocho horas de duración, el 96% de las aguas del acuífero están  contaminadas, el agua potable tiene que ser traída en camiones y su precio resulta inasequible para la mayoría de la gente, el paro alcanza al 48% de la población y en el caso de los jóvenes al 65%, los hospitales padecen una constante falta de material sanitario y se sostienen al borde del colapso,  gran parte de las infraestructuras, desde las depuradoras de agua y el sistema de alcantarillado hasta viviendas, edificios administrativos, cultivos y granjas han sido destruidas por las bombas.

 

Sí, Gaza es un territorio inhabitable o, más exactamente, sería un territorio inhabitable si no fuera porque su gente, sobre todo sus mujeres, se empeñan en hacerlo habitable.

 

No se trata de dulcificar lo insoportable ni de ocultar el sufrimiento cotidiano de la vida en Gaza, este libro no habla de héroes con superpoderes sino de seres humanos que resisten la adversidad, se apoyan mutuamente y cocinan entre risas y cotilleos como se hacía en las cocinas de la aldea de la que fueron expulsados y cuyo nombre ya no figura en los mapas. Las mujeres de Gaza cocinan para preservar la vida. Y la memoria.

 

Um Ibrahim nació en la localidad de Beit Tima al sur de Yafa, a sus más de 90 años mantiene vivos sus recuerdos de infancia y juventud y “le brillan los ojos cuando describe con detalle las verduras silvestres y las hermosas calabazas de su pueblo natal”. También recuerda con precisión lo que ocurrió en el otoño de 1948 cuando, tras buscar refugio en una aldea cercana porque las milicias sionistas llegaban a su pueblo, su familia decidió regresar días después a Beit Tima para recoger la cosecha de grano que tenían almacenada en la casa, “encontramos a muchos de nuestros vecinos muertos, con disparos en la frente y miembros amputados…”.  Um Ibrahim huyó con su familia y sus vecinos a Gaza. Vive en el campo de refugiados de Deir Al Belah. Nunca ha vuelto a ver su pueblo ni los paisajes de su infancia, pero conserva el legado de sabores y olores de aquella Palestina que fue y pervive en las recetas que aprendió de niña en Beit Tima. La que Um Ibrahim nos ofrece en este libro es la de “Bamia ua adas”, un guiso de lentejas y verdura típico no solo de esta región sino de toda Palestina.

 

Laila Al Haddad y Maggie Schmitt recorrieron las cocinas de Gaza en busca de recetas tradicionales, pero sobre todo de relatos, retazos de vida que las mujeres van desgranando en su charla mientras majan en el mortero un poco de comino, sésamo, albahaca y aceite o desgranan los rubíes de una granada. La mayoría de las personas que aparecen en este libro son mujeres, pero  también hay algún hombre, como Abdel Munin, que gestiona una pequeña finca de cultivo ecológico en Beit Hanun o Mohamed Ahmed, que antes del bloqueo solía exportar fruta a Europa y ahora, con sus árboles arrancados porque sus tierras quedaban cerca de la frontera, depende de la ayuda alimentaria de UNRWA. En Gaza la alimentación es tarea de mujeres cuando se realiza en casa, si es negocio es cosa sobre todo de hombres. Pero esto no ocurre solo en Gaza.

 

Uno de los grandes atractivos de este libro son las excelentes fotografías que acompañan cada una de las recetas, cada una de las historias, imágenes de los platos cocinados y de los rostros de quienes los muestran. Y es conmovedora la alegría de vivir que desprenden esos rostros.

 

Las cocinas de Gaza, editado con el esmero con el que Ediciones de Oriente y el Mediterráneo realiza siempre su trabajo, es un libro bellísimo. Una manera original e inteligente de mostrar el drama y la fortaleza de las gentes de Gaza.

 

Teresa Aranguren es periodista y escritora.

Artículo completo en infolibre

 


Iñaki Urdanibia en KAOSENLARED

 

«La historia de los negros en América es la historia de América. No es una historia bonita»

 

Así, como reza el título, se titulaba el libro en el que trabajaba James Baldwin (Nueva York, 1924- Saint-Paul-de-Vence, Alpes marítimos, 1987) cuando la Parca le sorprendió, lo que supuso que el libro, que ya lo tenía apalabrado con su editor, quedase en estado de anotaciones, de borrador. Tal obra iba a basarse en tres luchadores de la igualdad racial en su país, que fueron asesinados entre 1963 y 1968: Medgar Evers, Malcom X y Martin Luther King. Los apuntes sueltos que dejó quien fuera portavoz ideológico de un importante sector de la intelectualidad negra y novelista de reconocido talento, fueron entregados por la hermana del escritor, Gloria Baldwin Karefa-Smart, al cineasta Raoul Peck, quien aprovechando dichos materiales y bastantes más, que recogían conferencias y entrevistas radiofónicas y televisivas, a lo que se han de añadir un número de fotografía variadas, realizó un documental, con la voz en off de Samuel L. Jackson, que resalta la figura del escritor. El resultado, con toda la información que contiene el documental, acaba de ser publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo: «No soy vuestro negro» —una película de Raoul Peck a partir de textos de James Baldwin—. El libro resulta un significativo patchwork que da cumplida cuenta del trato que recibían, y reciben, los negros en el país de las barras y estrellas.

 

Tras unas sabrosas aclaraciones sobre su trabajo y el modo de realización de Raoul Peck y de la montadora de la pieza, Alexandra Strauss, entramos en una avalancha de palabras e imágenes del escritor, quien a su vez presta la palabra a diferentes testigos y protagonistas de la segregación que se da y sufrieron en los USA. El repaso en su brevedad es amplio y hondo ya que en él podemos leer las opiniones de Baldwin sobre los héroes norteamericanos, todos blancos, que han sido presentados como modelos en la pantalla y en los medios de comunicación, imágenes que han sido, en no pocas ocasiones, interiorizadas por los propios negros («viendo el mundo como lo ve John Wayne»), a pesar de que, por ejemplo, la matanza de indios fuera aplaudida, sin caer en la cuenta de que los indios eran en el presente los propios negros convertidos en sujetos de todas las sujeciones y maldades. Las imágenes u diálogos de diferentes películas asoman con fuerza ilustrativa dejando expuesta la situación: «es importante descubrir que el país donde has nacido, y al que le debes la vida y la identidad, no ha creado en todo su sistema de realidad ni un solo lugar para ti». Asistimos a diferentes debates y vemos en el uso de la palabra a Malcom X y a Martin Luther King, y conocemos los encuentros que Baldwin tuvo con ellos y también las circunstancias en que conoció el asesinato de ambos, y también el de Medgar Evers, luchador con quien el escritor mantenía una estrecha amistad, habiendo llegado a acompañarle en alguna campaña. Tampoco se nos hurta sus encuentros con Robert Kennedy, hermano del asesinado presidente y fiscal, y las posturas timoratas de este cuando, aun admitiendo el trato infame que los negros recibían, se conformaba con decir que las cosas iban a mejor… cuatrocientos años han pasado desde la llegada, forzada, de los negros al país, y todavía la situación es de una desigualdad brutal que se traduce en agresiones, prohibiciones, y segregaciones múltiples. El país no sabe qué hacer con su población negra, y la reduce a una manada de seres que no hacen más que bailar, reír y comer sandía; reduciendo su imagen a unos seres pasivos y mansos, que necesitan un blanco para guiar sus desbrujuladas vidas, cuando no se vende la imagen de un peligro potencial para la seguridad nacional (pueden ver el informe del FBI sobre Baldwin, fechado en 1966, en que se le señala como ser peligroso «del que cabe esperar actos hostiles a la defensa nacional y la seguridad pública de los Estados Unidos», por lo que se suma su Nombre al Índice de Seguridad).

 

James Baldwin desbroza el camino y va derribando algunas leyendas que se vierten sobre los negros: así el tamaño de sus órganos sexuales, a la vez que se les considera como seres carentes de atributos sexuales, y aquellos que como Sidney Poitier o Harry Belafonte son sex simbols, nadie se atreve a admitirlo; «a los negros se les ha robado todo en este país». Precisamente de estos dos se recogen sus palabras. El escritor también nos entrega un conjunto de disculpas de diferentes personalidades públicas, como Nixon o Trump, que hablan de los problemillas de la vida, que en los hechos resultan parole, parole, parole. Marca las diferencias entre los elogios, y cerrados aplausos, que recibe del uso de la fuerza si esta es practicada con las armas por israelíes, polacos o irlandeses, a los que se les considera como héroes, cambiando las tornas si algún negro dice lo mismo, al considerársele de inmediato como un criminal y escarmentándole por ello. No se priva de señalar la postura colaboracionista de los cristianos, señalando a su vez las dos iglesias existentes según el color de la piel. Denuncia igualmente las falacias del humanismo, de aplicación discriminatoria; señala los dos niveles de experiencia, encarnados por Gary Cooper y Doris Day, por una parte, y por Ray Charles por la otra. Y reivindica el derecho a estar amargado frente a quienes le acusan de ello, pues hay buenas razones para estarlo: «la primera de todas, esta ceguera o cobardía americana que nos permite fingir que en la vida no hay razones para amargarse», y confiesa sin ambages que no está dispuesto a cargar con esa historia de injusticia, en la que «Blanco es una metáfora del poder, una mera forma de describir el Chase Manhattan Bank».

 

Y un deseo, una esperanza de un futuro reconciliado: «Es algo terrible que un pueblo entero se rinda a la idea de que una novena parte de su población es inferior a él. Y hasta ese momento, hasta que llegue el momento en que, nosotros, los americanos, el pueblo americano, sea capaz de aceptar lo que yo tengo que aceptar, por ejemplo que mis ancestros son tanto blancos como negros, que en este continente que estamos intentando forjar una nueva identidad para la que nos necesitamos los unos a los otros, y que no soy un pupilo de América, no soy un objeto de caridad misionera, que soy una de las personas que construyó el país; hasta ese momento, apenas quedará esperanza alguna para el sueño americano, porque las personas a las que se les niega su participación en él, por su presencia misma, lo hundirán. Y si esto ocurre, será una hora muy grave para Occidente».

 

N.B.: El uso de la expresión “de color” para referirse a los negros, expresión que aparece en las páginas 37, 51 y 72 del libro, es un eufemismo edulcorado con pretensiones de no nombrar con claridad como si el hacerlo fuese brutal en exceso (términos que se emplean, consagrados por el uso y el abuso hasta en las siglas, véase la página 51)… lo que hace, por otra parte, que quienes no son negros no es que sean rostros pálidos, que decían los otros, sino incoloros, y la verdad…

artículo completo en KAOSENLARED

 

Gracias Iñaki, por tu interés en nuestro libro No soy vuestro negro.
Queremos, sin embargo, aclarar unos comentarios al final de tu artículo. Señalas tres páginas en las cuales se utiliza el término “de color” en vez de “negro” y lo achacas a que utilizamos “un eufemismo edulcorado con pretensiones de no nombrar con claridad como si hacerlo fuese brutal en exceso, etc…” Esto no es exacto. Una prueba es que lo has encontrado solo tres veces en un libro que dice “negro”, como en su propio título, infinidad de veces. Nos hemos ceñido exactamente al lenguaje de Baldwin. “Black” se empezó a utilizar en la época de los Black Panthers (a mediados de la década de 1960), no antes. Cuando Baldwin era pequeño esa palabra (p.37) ofendía a los propios norteamericanos negros que además de “colored” utilizaban “negro” (hoy término no solo en desuso, sino directamente despectivo). Lo mismo se aplica a la página 72 que se refiere a una película de 1934. Así que Baldwin utiliza la palabra que se utilizaba en la época en que ocurren las anécdotas. Por otra parte, bien se sabe que el lenguaje va cambiando y más en una comunidad que ha pasado de ser descrita por otros a autodefinirse. Ejemplo reciente: de Afroamerican se ha pasado a African American… y veremos por cuantos cambios más pasará. Hoy día “people of color” o “colored people”, se refiere a toda comunidad no blanca (o sea hispana, india, nativa, asiática…). Véase cualquier escrito de Angela Davis, Ishmael Reed, Debra Dickerson… En la página 51, que también señalas, solo dice una vez “negro”, nunca “de color”. En todo caso, agradecemos que nos hayas dado la oportunidad de aclarar esta cuestión, cosa que, con nota a pie de página, hemos aclarado ya en algún otro libro de esta colección. 

Por cuatro naranjos

MIGUEL CASADO

Tamtampress / Tienda de fieltro

En su largo poema río, poema-libro, Medianoche, el escritor palestino Murid Barguti (Deir Gassane, 1944 – Amán, 2021) evoca una escena de infancia que le ofrece el punto de partida para explorar la analogía entre el poeta, considerado un extraño en el contexto social, y el exiliado. El niño se deja envolver en el huerto por el intenso olor del azahar hasta que se marea; su abuelo, mientras lo sujeta para que no caiga, se burla de él –“Pero, hombre, ¿te vas a morir por cuatro naranjos?”–, y le ofrece después la intimidad de una profecía: “escribirás poemas, como Abdelwahab. / –¿Quién es Abdelwahab, abuelo? / –El loco del pueblo. / No hacía más que escribir poemas, y poemas fue lo que dejó”. Y añadió: “Me vas a tener preocupado toda la vida”. Así, el poeta, una conciencia demasiado sensible, quedaría fuera por su incapacidad para la vida normal. Barguti no olvida esta raíz y quizá por eso su poética se obsesiona por suturar las fisuras —quizá, más bien, boquetes— por los que escapa sin remedio la realidad. Y el exilio sería la primera de ellas.

Aunque en el mundo árabe es un reconocido poeta, en Occidente se ha difundido sobre todo, traducido a numerosas lenguas, su relato autobiográfico He visto Ramala; de su obra poética hay dos antologías en inglés y la que en 2019 preparó en castellano Luis Miguel Cañada, Mi reino es de este mundo —que recoge completo Medianoche.

He visto Ramala reconstruía el primer viaje de regreso, en 1996, del poeta a su tierra natal: una estancia de un mes después de treinta años de exilio. Y, como tal vez era inevitable, “a pesar de los momentos de jovialidad y euforia —anota Edward Said—, esta novela del retorno describe más el exilio que la vuelta a la patria. Aquí reside su dimensión trágica y su sugerente precariedad”. No es ya que lo describa, sino que levanta una imagen precisa del exilio palestino, de sus diferencias con los más conocidos entre nosotros: frente al mítico exilio republicano en México o el exilio en España de argentinos y uruguayos durante sus prolongadas dictaduras militares, el de los palestinos es siempre nómada, y multiplicado por los sucesivos rechazos de los países donde se les va acogiendo.

En 1967 Murid Barguti estaba estudiando Lengua y Literatura Inglesa en la universidad de El Cairo, y hacía un examen de Latín —el antepenúltimo de su carrera— en el momento en que llegó la noticia del comienzo de la Guerra de los Seis Días; al enterarse, ya había caído Ramala. El estudiante se convirtió en un exiliado. Allí se casó con Radwa Ashur, novelista egipcia y compañera de estudios; a los cinco meses de nacer su único hijo, el presidente Sadat firmó la paz con Israel —tras perder también la guerra de 1973— y expulsó a todos los palestinos; Barguti tardó otros 17 años en poder volver a Egipto y vivir con su familia. Apenas, unas vacaciones compartidas con los dos en Budapest, el encuentro con su esposa en algunos congresos literarios. “De Bagdad a Beirut, luego a Budapest, a Ammán y de nuevo a El Cairo: imposible aferrarse a un lugar”. El poeta cuenta cómo nunca volvió a coincidir con los intelectuales egipcios de su edad, los que habían sido sus compañeros de aprendizaje. O el rito de repartir cada vez las plantas de su casa, las únicas pertenencias domésticas, entre los provisionales amigos del país que iba también a dejar. La precariedad referida por Said se cifra a la inversa en estos versos: “Un planeta donde las cuerdas de tender la ropa estén llenas / y los platos de arroz rebosen, / donde una tetera crepite sobre el fuego / y todos nos sentemos a la mesa con mantel de sésamo y tertulia”.

Así, el regreso que cuenta He visto Ramala se da inevitablemente como registro contradictorio de emociones; en palabras de Said: “Habiendo hecho yo mismo un viaje similar a Jerusalén (tras una ausencia de 45 años) conozco muy bien la mezcla de emoción, felicidad, lamento, tristeza, sorpresa, enfado…”, y cree él que nadie como Barguti ha conseguido que estos sentimientos e ideas vivan con tanta verdad en la narración del destierro. Pues la experiencia del destierro queda determinada, en primer lugar, por ser colectivo: en aquella “tierra prometida” había ya habitantes antes del éxodo sionista, vivía allí gente que fue progresivamente desplazada, expulsada, desposeída, hasta sumar los seis millones de refugiados que hoy se dispersan por múltiples países, además de los que viven un cotidiano acoso en las ciudades de Palestina, en un apartheid que les despoja de derechos. El destierro —privación de la tierra, indica el término— es colectivo, y Barguti explica que solo pudo reunirse con su familia en diáspora, padres y hermanos, en 1968 en Ammán, en 1978 en Doha, o se detiene en el singular papel del teléfono en esa vida. Es una visión de los exilios desdoblándose en pliegues lo que He visto Ramala me aporta en relación con otros relatos leídos estos años. Aunque también me ha vuelto la imagen del piso en que vivía Mahmud Darwish en la década de los 80, en París, ofrecida —como sin querer— por una joven periodista armenio-libanesa que le hace una larga entrevista, la del paseo que dan por el entorno al concluir, el comentario sobre las tiendas y los bares, la gélida sensación de vida ausente. Describe Barguti a alguien que se acuesta, tarde en la noche: “Aprieta contra su cuerpo la colcha / y deja encendidas las luces de la casa”. Una espera tan imprecisa como la amenaza. Y el peso de la soledad.

Todo desde 1967 —o desde 1948— es provisional, una imprecisa espera: “¿habrá vida antes de la muerte?” El relato, la memoria, trazan las coordenadas; y, cada vez que se les ponen palabras, se oyen los poemas. No sé si esto es una ley general de la escritura, quizá lo sea; pero, repasando mis notas de lectura, me doy cuenta de que funciona así: tengo presente la atmósfera de He visto Ramala, puedo desgranar su proliferación compleja de emociones y, en cambio, cuando cito a Barguti, recurro a los poemas. Hay, sin embargo, dos momentos del relato que imponen su voz y eso los muestra como claves del sentido. En el primero, el viajero cruza el puente sobre el Jordán, que sirve de frontera, los controles de la policía israelí a la entrada del territorio autónomo palestino. La ambigüedad de toda la situación. El río ya no suena como sonaba durante la infancia, apenas lleva agua; al llegar, él no sabe si Palestina existe: cada vez que indica unas luces o unos edificios y pregunta, le dicen que es un asentamiento; pero la discusión en el taxi colectivo, cuando intentan ayudarle a encontrar la dirección a la que se dirige, muestra la intimidad de una vida en común, los habitantes que se conocen entre sí, los nombres que sirven de referencia. Proporcionan las gentes apenas un fondo reconocible para una cadena de hechos que se sienten sin realidad, como carencia, igual que el sonido del río. Y, así, la reflexión en el puente: “¿Se trata de un momento político? ¿O sentimental? ¿O social? ¿Un momento real? ¿Surrealista? ¿Un momento corporal? ¿Intelectual?”

En el segundo momento el viajero va al cercano Deir Gassane, donde nació y vivió hasta los siete años, el lugar de aquel huerto de naranjos. Aflora de pronto la infancia, trayendo personajes variados y vivos que lo llenan todo, dando el tono de un mundo sin dudas políticas ni el peso de la melancolía: vida autónoma, que vale aún por sí, que les da fuerza y sentido a todas estas memorias, quizá porque las recarga de realidad. Llega la primavera, ese espectáculo de la energía de la vida en su renovarse siendo la misma. Unos versos describen un potrillo, “se revuelca patas arriba, / restriega la grupa en la tierra, / da coces a unos demonios que solo él ve, / y sigue jugando”.

Desde aquí, se diría que la obra de Barguti propone una doble lectura de la condición palestina, que conlleva inseparable su toma de postura personal. Es una sostenida reflexión en torno a la existencia de una realidad y, también, acerca de la implicación en su poética, en las opciones de escritura que adopta. Así, el caso de los palestinos, en su carácter extremo, trasciende de sí mismo y parece permitir pensar el mundo, del mismo modo que, en otros tiempos, lo pudo propiciar la condición judía.

“¿Hay acaso en todo el mundo un país como este al que nadie sabe a ciencia cierta cómo llamar?”, se pregunta Barguti y, aunque abundan los fenómenos contemporáneos de pérdida de realidad, ninguno resulta tan significativo, por lo que implica de prolongada y evidente construcción de un relato que sustituye a los hechos. Es difícil no percibir la excepcionalidad de Israel, el trato de favor y silencio internacional que recibe su sistemática empresa de limpieza étnica, de anexión por la fuerza de territorios; o la diferencia que se hace entre sus ultraortodoxos y otros análogos, de otras religiones y lugares, que el mundo declara como muy peligrosos y aberrantes; o un sistema policial que realiza largas detenciones sin que deba dar a conocer el motivo o la acusación. Cada vez tiene más vigencia la pregunta que se hacía José-Miguel Ullán en un poema de Razón de nadie: “Un Kafka palestino, ¿por qué no?”

Es el desplazamiento de la realidad por un relato que llega a asentarse como nueva realidad, apoyándose solo en la fuerza aplastante y en una especie de derecho teológico (“la tierra prometida”), a la manera (“Tierra Santa”) de la vieja empresa de los cruzados: “Al otro lado de la ventana, / monte de olivos que perdieron su paz antigua / y santificaron quienes desde hace siglos / repiten el mismo ensalmo, / esos que desempolvaron / escrituras, hallazgos / y pergaminos. / Montes de estrellas y corderos, / de cruces y resurrecciones”. Hay, sí, una ventana y hay montes, y en ello quizá se reconoce la literatura palestina. Una Jerusalén no celestial, sino pobre y abigarrada, explotando de vitalidad y energía, como aquella a la que llega desde Belén el niño de El primer pozo, la memorable narración de Yabra Ibrahim Yabra, para empezar la enseñanza secundaria.

Por eso, las excavadoras —las que en 1948 arrasaron más de quinientos pueblos para hacerle sitio al nuevo estado de Israel, y desde entonces no han dejado de actuar— son el mejor emblema de esta pérdida de realidad, porque la muestran físicamente: “Ahora ya es posible demostrar que lo ocurrido / nunca ocurrió”. Uno de los libros de Barguti se titula La lógica de los seres y está compuesto por diálogos de breves frases que dirían las cosas; uno de sus mínimos poemas puede resumir el carácter del discurso que se ha impuesto en Palestina: “Le dice el imán a la esquirla: / tienes plena libertad / para ir donde quieras”.

En el ámbito personal, el trastorno de lo real se reconoce nítidamente en rasgos que desbordan lo anecdótico para funcionar como condiciones existenciales. Así, la confusión permanente entre lo cotidiano y lo extraordinario, pues la vida habitual no deja de estar puntuada por formas de interrupción de la vida; y, si esto es un desdichado atributo de nuestra época, que puede incluir desde los frecuentes tiroteos en los Estados Unidos a las imágenes que la televisión graba en los campos de refugiados, no cabe duda de que la vida palestina lo incorpora como constitutivo desde hace más de siete décadas. También se manifiesta el trastorno de lo real en el desplazamiento de los tiempos personales, en una forma de temporalidad que mutila las dimensiones del tiempo, sus posibilidades y matices, su genuina cualidad variable: me he referido antes a la sensación de espera sin fin, y a ello se suma la percepción de que solo el pasado tiene consistencia, bien remitiendo a los recuerdos anteriores al exilio o bien, para los más jóvenes, a una época ya mítica que se transmite en los relatos orales y de la mano de los escritores. La medianoche es, para Barguti, en último término, el espacio insoportable de este reconocimiento existencial, de este vivir trastornado: “Y todo lo escabroso me resulta llevadero / excepto el durísimo trayecto de dos pasos / que separa mi silla de mi cama / cuando cae la noche”.

Se encuentra en un libro suyo de 1980, Poemas de la acera, una imagen conocida del lector de poesía, la del traje vacío, que aparece, por ejemplo, en Antonio Gamoneda, para mostrar la presencia en la vida familiar del padre muerto, o en Leopoldo María Panero, para expresar la muerte en vida de quien se siente ya en “la otra orilla”. En Barguti representa el exilio: “Colgado sigue allá / su cinturón de cuero” —y “una cintura vacía” se siente, puede palparse, en la soledad de la casa; pero lo que toma ahí relieve es la intensa materialidad de las cosas: “el par de zapatos que dejó se han resecado, / sus camisas blancas de verano / dormidas siguen en las baldas”: el deterioro del cuero, la blancura de la tela, los pliegues. La poética conecta con la conciencia de pérdida de realidad, responde a ella y la activa. Se diría más: la acción política de Barguti se da en la escritura al cumplir las exigencias de la escritura misma. Nunca fue un militante ni participó en los grandes debates públicos, aunque no haya ocultado sus opiniones; pero su acceso a la política se da en el punto en que esta se cruza con la vida, en el punto en que se hace lengua, se hace indistinta del mundo del poeta.

Así, una página de He visto Ramala explica cuándo entendió la postura que requería la ocupación, la larga, eterna ocupación: “Cuando descubrí la exactitud de lo corpóreo y la veracidad de los cinco sentidos, sobre todo el de la vista. Cuando descubrí la justicia y la genialidad de la cámara, que ofrece su imagen, por mucho ruido que pueda haber en la realidad, con un murmullo apenas perceptible. Me esforcé cuanto pude por librarme de la poesía que linda con la simpleza del himno”. No se trata de ingenuidad respecto a las trampas de la percepción, a las ilusiones de la imagen, sino de un trabajo por captar el murmullo de lo que existe, en vez de encender e idealizar himnos. Porque el eje de todos los problemas es el problema de la realidad: acosada, desplazada, falsificada, eliminada —y el llamado realismo no ofrece respuesta porque ni siquiera ha escuchado la pregunta. [...]

artículo completo en tamtam.press

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EL OTRO LADO

Alguien de Grecia que visita hoy en día Aivalí recibe un bombardeo de impresiones contradictorias. Encuentra edificios que le recuerdan al mundo social de sus parientes lejanos y la forma abrupta en la que ese mundo llegó a su fin. El visitante puede incluso escuchar su propio idioma, pero en una anticuada forma cretense. Las caras parecen familiares, reflejando el hecho de que, a ambos lados del mar Egeo, el material genético es similar. Pero la bandera turca y la imagen de Kemal Atatürk se ven por todas partes, incluso más que en la mayoría de las ciudades pequeñas de Turquía. Y las historias que un visitante escuchará en el Aivalí actual no son historias del sufrimiento de la ortodoxia griega. Son historias que reflejan el dolor de los musulmanes, especialmente de Creta, que también se vieron obligados a abandonar tierras, formas de vida y relaciones a las que estaban profundamente apegados.

Esta tragedia múltiple compone el trasfondo de una narrativa múltiple, expuesta de manera vívida y sensible en un libro maravilloso. Como talentoso narrador y dibujante, Soloúp nos demuestra que ninguna serie de acontecimientos es demasiado compleja para ser explicada con simples dibujos. De hecho, los dibujos son a menudo la mejor manera de retratar la complejidad y la paradoja. En cierto sentido, estos «simples dibujos» son la forma en la que experimentamos la vida.

Soloúp logra entrelazar una historia contemporánea sobre un hombre griego que toma el ferri desde Mitilene a Aivalí con varios relatos del pasado.

[Bruce Clark | Fragmento del prólogo]

Texto reproducido en MSur acompañado de una selección de las viñetas de Soloúp


Per què és tan difícil per als blancs de parlar de racisme?

 

Per què és tan difícil per als blancs de parlar de racisme?

Del llibre 'Fragilidad blanca', de Robin DiAngelo, a la sèrie 'Extermineu tots els salvatges', de Raoul Peck i Sven Lindqvist

Per: Xavier Montanyà – VilaWeb 30.05.2021

 

Es compleix un any de l’assassinat per asfíxia del ciutadà negre George Floyd a mans d’un agent de policia blanc a Minneapolis. Un any de les manifestacions més grans dels últims temps pels drets dels afroamericans i contra la brutalitat racista policíaca. L’agent ha estat condemnat a quaranta anys de presó, però els afroamericans saben que aquesta sentència no aturarà el racisme sistèmic arrelat al moll de l’os de la societat nord-americana.

Prou que ho sap Robin DiAngelo, doctora en educació multicultural i professora de la Universitat de Washington. Ho viu en detall i des de la primera línia del debat. Fa vint anys que organitza tallers i conferències per fer comprendre el racisme que impregna les empreses, el sistema polític i la cultura. El seu llibre Fragilidad blanca (BAAM) ha esdevingut un dels nous puntals del debat públic i acadèmic sobre el racisme als EUA, juntament amb Com ser antiracista, d’Ibram X. Kendi, de qui ja vam parlar en aquesta secció.

Què és la fragilitat blanca?

“El millor truc del diable és convèncer-nos que no existeix”, va dir Charles Baudelaire, una idea que reprèn l’alter ego del personatge Keyser Söze al film Sospitosos habituals. La metàfora ara l’adopta el professor Michael Eric Dyson al prefaci de Fragilidad blanca per aplicar-la al racisme.

“Racista, jo?”, solen respondre ofesos la majoria de blancs quan se senten atacats. És una constatació que després de molts anys d’experiència com a educadora multicultural va incitar Robin DiAngelo a elaborar un assaig que dissecciona l’esperit i les maneres de la blancor fusionada amb la identitat nacional nord-americana.

El concepte de fragilitat blanca, segons Robin DiAngelo, parteix de l’endèmica actitud defensiva dels blancs nord-americans quan es tracta de reconèixer el racisme sistèmic, motor i essència del racisme individual. El racisme, diu ella, no és tan sols l’actitud extrema de la “gent dolenta”, és quelcom d’inherent al sistema polític i a la cultura. Negant-lo l’invisibilitzem, potser ens convencem que no existeix, però aquesta ceguesa impostada no soluciona el problema. Ans al contrari, contribueix a perpetuar-lo i condemna un debat internacional urgent i necessari, que hauria de ser permanent, a perdre’s en un carreró sense sortida.

DiAngelo dóna un cop de timó al debat sobre el racisme als EUA, apel·lant a la consciència i l’actitud individual dels blancs. El text fa pensar i genera l’autocrítica en el lector, que pot no sentir-se còmode en més d’una ocasió. Amb valentia, l’autora desmunta totes les excuses, algunes inconscients, que els blancs empren per a negar els seus tics racistes, una negació que contribueix a perpetuar el funcionament racista del sistema. L’autora demostra amb estadístiques i exemples que l’exclusió, la desigualtat, la injustícia racial i la segregació social, laboral, sanitària, escolar i cultural, continuen existint i són ucaracterístiques essencials del sistema.

Els blancs tenen poder social i institucional sobre els negres. Als EUA, els blancs viuen en una societat desigual i dividida per la raça i ells en són els beneficiaris en el passat i en el present. El sistema fa que els blancs siguin superiors als negres, que tinguin més possibilitats que els negres i les altres ètnies de fer una vida plena i prosperar en tots els àmbits. El color de la pell condiciona l’habitatge, l’escola, l’accés al món laboral i legal, a la cultura. Tot i que ella estudia el cas nord-americà, sosté que el fenomen és equiparable al Canadà, Europa, Austràlia i Sud-àfrica.

El començament de la seva reflexió em sembla inapel·lable: “Els EUA es van fundar sobre el principi que totes les persones neixen iguals. Però la nació es va estrenar amb l’intent de genocidi dels pobles indígenes i el robatori de les seves terres. La riquesa nord-americana es va construir amb la mà d’obra d’africans segrestats, esclavitzats, i els seus descendents. A les dones blanques els van negar el dret de vot fins el 1920. I a les dones negres, fins el 1965. El terme ‘política identitària’ se centra en les barreres contra les quals certs grups específics xoquen en la lluita per la igualtat. Encara no hem assolit el nostre principi fundacional, però qualsevol assoliment fins avui ha estat gràcies a la política identitària.”

Els blancs progressistes són els pitjors

Els blancs nord-americans, entre els quals hi ha els progressistes que, segons l’autora, són els pitjors, tendeixen a considerar que el racisme és cosa de “gent dolenta”, de fets aïllats, individuals, inconnexes… Un seguit de fets que a l’època de Trump han demostrat, ressuscitant allò que era latent, que potser ja no són tan aïllats ni inconnexes. Per contra, DiAngelo afirma que el racisme és un sistema molt complex i interconnectat. Els blancs tenen por de ser acusats d’haver dit o fet alguna cosa racista. Els progressistes blancs són, segons l’autora, qui provoquen “el més gran perjudici diari a les persones de color”. “Mantenim i perpetuem el racisme, però la nostra actitud defensiva i les nostres certeses –sovint fruit del convenciment més conscient o menys de la nostra superioritat– fan que sigui pràcticament impossible que algú intenti d’explicar-nos-ho.”

Els blancs nord-americans en què ella es basa a l’assaig no es veuen en termes racials, però tenen opinions pròpies sobre el racisme, sovint poc fonamentades, com ella demostra. No entenen la sociabilitat, creuen que tothom té possibilitats d’èxit, un factor que no depèn de les estructures socials i racials, sinó del mateix individu. Però tots sabem que segons la cultura dominant, néixer home és força diferent de néixer dona, com néixer ric o pobre, capacitat o discapacitat, blanc o negre, llatí o oriental.

Sota la pell no hi ha diferències

Les races són una construcció social. Sota el color de la pell no hi ha diferències i la pell o les altres característiques físiques són obra de molts i molts segles d’adaptació a àmbits geogràfics i climàtics diversos. Però les diferències socials s’havien de justificar en un país que proclamava teòricament la llibertat i la igualtat, mentre massacrava indis, esclavitzava africans i s’apropiava de terres mexicanes. La justificació va venir de la mà de la ciència. Els científics, tot seguint les instruccions del president Thomas Jefferson (propietari de centenars d’esclaus), van establir les diferències racials com a argument de dominació i explotació per protegir els privilegis dels blancs.

Així va néixer el racisme que, segons DiAngelo, és exclusiu dels blancs perquè tan sols els blancs tenen poder social i institucional col·lectiu i privilegis sobre els negres, que no tenen ni poder ni privilegis sobre els blancs. Pot haver-hi individus blancs que estiguin “en contra” del racisme, però continuen beneficiant-se d’un sistema que els privilegia com a grup. Els blancs dicten les normes i tenen el poder de fixar les polítiques i les pràctiques que condicionen la vida dels altres. La blancor és una condició impregnada de drets i privilegis legals, socials, econòmics i polítics que són denegats a qui no és considerat blanc i que, en conseqüència, és explotat o marginat.

La supremacia blanca ha nodrit el pensament polític occidental durant segles, però mai no se’n parla, s’invisibilitza, s’ignora, mentre els altres sistemes polítics –socialisme, capitalisme, feixisme– són identificats i estudiats. Els prejudicis racials són profundament inconscients i aquí rau l’envit que presenta Robin DiAngelo, tot exposant la crítica i l’autocrítica necessàries per a començar a desconstruir el monstre del racisme.

De cap a cap del text, l’autora identifica les classes de racisme i els diferents arguments i tòpics negacionistes, individuals i de grup, per passar a rebatre’ls amb arguments obvis i ben documentats. També explica com la raça determina la vida dels blancs, l’accés a l’educació, al treball i a la riquesa, amb una indiscutible aportació de fets, exemples i estadístiques. I intenta descriure els mètodes i els principis que es poden emprar per començar a trencar la invisibilitat profunda del racisme.

Com intentar de posar fi al racisme

Robin DiAngelo afirma que les nostres institucions han estat dissenyades per reproduir la desigualtat racial i ho fan amb eficàcia. I no tenen fi. Tan sols cal que els blancs continuïn essent amables amb els negres sense anar més a fons i que continuïn indignant-se quan algú els suggereix que amb la seva passivitat mantenen el racisme estructural. Aquesta, per a ella, és una de les claus de volta del sistema.

Per a posar fi al racisme, afirma l’autora, caldrà valentia i intencionalitat, autoexigència en la vida quotidiana i saber que és un procés de reflexió i formació personal que no s’acaba mai. Hi ha uns fonaments polítics, socials i culturals establerts de fa segles, interioritzats i assumits per la majoria dels blancs, que cal començar a posar en dubte.

Un exemple ben clar de l’immobilisme del racisme als EUA va ser una intervenció pública de l’escriptor i activista negre James Baldwin. El fet va succeir l’any 1965 al programa de televisió Dick Cavett Show. Ha passat mig segle i no sembla que la polèmica hagi avançat gaire. El cas posa de manifest la ceguesa habitual dels blancs respecte de la desigualtat i la segregació racial.

A la tertúlia, amb la típica actitud defensiva d’aquells qui posen en evidència la fragilitat blanca i, de retruc, fomenten la desigualtat racial, Paul Weiss, professor de filosofia de Yale, va acusar James Baldwin d’esmentar constantment la qüestió del color, sense tenir en compte que hi ha més maneres de connectar els homes.

Baldwin va respondre apassionadament, així:

“No sé quins sentiments tenen la majoria de blancs d’aquest país. Però puc concloure què senten per l’estat de les seves institucions. No sé si els cristians blancs odien els negres o no, però sé que tenim una església cristiana que és blanca i una església cristiana que és negra. Tal com va dir Malcom X, l’hora més segregada de la vida americana és el diumenge a migdia. Això em diu molt sobre una nació cristiana. Vol dir que no puc permetre’m de creure i confiar en la majoria de cristians blancs, ni en l’església cristiana… No sé si els sindicats i els seus caps m’odien… Però sé que no formo part dels sindicats. No sé si el lobby immobiliari està en contra dels negres, però sé que els lobbistes nord-americans no em deixen sortir del gueto. No sé si el Consell d’Educació odia els negres, però sé quins llibres de text fan llegir als meus fills i a quines escoles han d’anar. És així. I vostè vol que jo faci un acte de fe posant-me en risc, jo, la meva dona, la meva germana i els meus fills per no sé quin idealisme que vostè m’assegura que existeix a Amèrica i que jo mai no he vist.”

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