Los poetas palestinos que dan voz a quien sufre el genocidio en Gaza, por Francisco Gámiz elDiario.es
Muchas han sido las veces que se ha reflexionado sobre para qué sirve la poesía, un dilema que toma más importancia cuando uno mira a su alrededor: ante el genocidio que Israel comete en Gaza, ¿qué pueden hacer los versos? ¿Cuán relevantes son las palabras ante las balas y la destrucción? Son preguntas a las que intentan dar respuesta los poetas palestinos que, incluso en medio de la devastación, reivindican la necesidad de contar, de dejar registro y de nombrar el dolor a través del arte. Así lo constata la escritora Mona Almsaddar (Gaza, 1995) a elDiario.es: “Sabemos que un poema no va a hacer que no haya este genocidio ni que sigamos sufriendo esta injusticia, pero es una forma de expresar lo que sentimos”.
Con el fin de hacer llegar la voz gazatí al resto del planeta, Almsaddar ha sido una de las encargadas fundamentales de dar vida al libro Gaza. Poemas contra el genocidio (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), una antología que reúne a una treintena de poetas que reflejan la lucha, el sufrimiento y la esperanza de quienes sufren el genocidio. Se trata de una obra que en España traduce Ignacio Gutiérrez de Terán, experto en Estudios Árabes e Islámicos, y que se ha presentado a través de recitales en la madrileña Casa Árabe. “Nuestra poesía es un grito que sale de debajo de los escombros a lo que ha sido convertido Gaza”, explica Mona Almsaddar, que ha servido de intermediaria con los participantes del poemario.
Entre los autores, además de Almsaddar, también se encuentra Fatena Al Ghorra (1974), referente en el feminismo palestino. Regresó a Gaza a visitar a su familia el 4 de octubre de 2023, tras quince años de estancia en Bruselas como refugiada, y obtuvo la nacionalidad en el país en 2016. Tras ser desplazada desde la ciudad de Gaza a diversas localidades dentro de la Franja con sus padres, logró salir con ellos rumbo a Bruselas, evacuados por la diplomacia belga. Como periodista de profesión, la artista alerta que “ha habido una intención clara desde el principio de evitar la entrada de periodistas extranjeros, sobre todo occidentales”.
“La poesía sirve para hablar de estos asuntos y, sobre todo, para desenmascarar el objetivo de toda esta política”, señala Fatena Al Ghorra, que indica que en la Franja “no solo te impiden informar, sino que dan una imagen falsa de lo que es la realidad que ellos mismos han contribuido a crear”. “Hacen que, cuando los periodistas entren o se asomen, aunque sea desde el exterior, vean una realidad que no es la de Gaza”, indica a este periódico. Ella lo ejemplifica con la “imagen de que la gente ahora mismo come en Gaza”: “Están dando cosas como alimentos ricos en grasas para que la gente de fuera crea que se está comiendo algo, pero lo que la gente necesita son proteínas, vitaminas, verduras, frutas”.
Uno de los poemas de Fatena Al Ghorra, El narrador, él lo contó, reza lo siguiente: “Escribe con trazos rojos en las piedras menos rugosas para que, quien venga tras de ti, aprenda a leer”. La autora, activista feminista, insiste en el poder generacional de los versos: “Esto es una cadena continua. Yo hablo para quien viene después, porque yo a su vez vine después de alguien que me dejó escrito algo sirviéndome de gran utilidad”. Además, la poeta afirma que, en el genocidio en Gaza, “no hay duda de que es la mujer quien sostiene la resistencia”. “En muchas sociedades se distribuye el papel de que quienes luchan son los hombres y las mujeres están en la retaguardia, pero Gaza ha resistido gracias a las mujeres”, dice.
“Las mujeres han sido las que han adoptado el papel de sostener los núcleos familiares, de soportar toda la carga, de buscar alimentación, de mantener a la familia y a todos sus congéneres con vida y también de apoyar de todas las formas posibles esa lucha de la resiliencia día a día, de apoyar a la gente que está luchando”, explica Fatena Al Ghorra. La artista alude a todos los prejuicios que hay en torno a las mujeres palestinas, cuando el machismo es una lacra que afecta a todos los países sin excepción. “No todas las culturas son iguales. ¿Por qué hay esa tendencia a ver lo que tiene que hacer el resto en función del prototipo que ha creado Occidente, en concreto una sociedad capitalista?”, cuestiona la poeta.
Artículo completo de Francisco Gámiz en elDiario.es
No es fácil ser palestino: versos sobre los escombros para mantener la identidad de un pueblo, por José A. Cano en El Salto
“Los días era largos/hacíamos de todo/y nunca se acababan./Brillaba el amor/y corría/como el agua en las veredas/y en los caños […] No sé cómo el dolor/se ha metido en mi corazón,/porque yo no he abierto la boca/para nada,/salvo para reír”.
Así empieza y acaba “Los días eran largos” de la poeta Amina Abu Safat, nacida y residente en Nablus, desde donde el pasado 17 de mayo escribía: “La guerra, con su crueldad, ha destruido mi fe en la palabra como algo útil para los hambrientos, los enfermos, los oprimidos y la gente sin un techo”.
Luz Gómez ha traducido y recopilado Maneras de ser palestina. Antología de nuevas poetas (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2025), donde pide a las diferentes autoras una pequeña poética en la que expliquen qué significa para ellas escribir en estos momentos concretos, del que hemos extraído el poema y los pensamientos de Safat. “La mayoría de las autoras insisten en que existe una lógica sistemática de Israel, una voluntad de aniquilar al pueblo palestino, que no se puede comprender de manera aislada y como un hecho excepcional”, explica Gómez. “Para ellas es un fenómeno que viene desde la Nakba en 1948 y por eso el poema ‘Si he de morir’, de Refaat Alareer, que murió en diciembre de 2023 en un bombardeo, se comparte como si fuese escrito pocas semanas semanas, cuando en realidad es de 2011”.
Mona Musaddar, nacida en Gaza en 1998, vive y trabaja como traductora en Doha, Catar. Su poema “Los adioses”, incluido en la antología de Gómez, arranca con los versos: “Lo de las balas es como una broma/hasta que te aciertan y no hay mano/de herrero que las doblegue”. Contesta a nuestras preguntas por correo y en inglés para valorar que no se atreve a definir la idea de “poesía palestina” en un marco concreto —ya existieron poetas palestinos críticos con el Mandato Británico o los asentamientos sionistas antes de la Segunda Guerra Mundial, como Ibrahim Touqan y Abedalrahem Alkarmi— o unas temáticas relacionadas con la guerra. “La poesía palestina es una literatura viva que funciona no solo como un acto creativo, sino también como un medio para documentar el dolor, el amor, la pérdida y los esfuerzos por vivir y sobrevivir”, añade.
Por eso, explica, “es diversa y no puede limitarse a un solo tema o estilo. Incluye poesía en árabe estándar y en árabe coloquial, o poesía compuesta originalmente en inglés por poetas palestinos como Suhair Hammad y Mosab Abu Toha, o en francés, como Karim Kattan, entre otros”.
Poesía de escombros y despojos
“Se tiende a separar la poesía del exilio palestino de la de quienes permanecen en Gaza o Cisjordania, pero esa diferencia no existe para las autoras”, afirma Ignacio Gutiérrez de Terán, traductor y compilador de Gaza. Poemas contra el genocidio (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2025), otra antología en la línea de la de Gómez, pero que ha primado obras posteriores al 7 de octubre de 2023 y la actual guerra.
La dificultad de transmitir la rítmica árabe al castellano implica “plasmar el sentido del ritmo interno, en el que no hay rima, ni hay ningún tipo de medición de versos, ni nada por el estilo, sino que se busca, sobre todo, dentro de la estética poética actual, el impacto visual más que otro tipo de cosas”, explica. “Muchas veces son poemas compuestos por imágenes, son ideas, se juega mucho con la paradoja, con lo que no se dice, con lo que se da a entender”. En su opinión, en muchas ocasiones se trata de poemas hechos desde el dolor, el sufrimiento y la incertidumbre, donde aparecen de forma insistente las palabras “desplazamiento” o “muerte”. “Hay una palabra que me llamó la atención cuánto se repetía: ‘baqaya’ (بقايا), que se puede traducir como despojos, muñones, restos humanos… es un tipo de imagen que se nota que ha quedado grabada en la mente o el corazón de muchos poetas”.
Otra idea recurrente es relacionar “la familia, la tierra, el cielo, el agua... es decir, como un intento de aferrarse a lo que les queda, que en algunos casos no era mucho”, reflexiona el traductor. “‘Hutam’ (حطام), escombros, es otra palabra que aparece con profusión. La guerra del régimen de Tel Aviv ha dejado poco espacio a los poemas de amor, creo yo”.
Luz Gómez, por su parte, explica cómo las redes sociales, sobre todo Facebook pero no solo, se han convertido en una vía fundamental de comunicación entre los autores y para la difusión de su poesía. “Maya Abu Al-Hayat, que nació de padres exiliados y ahora vive entre Jerusalén y Ramala, tiene un poema que se titula ‘No es fácil ser palestino’. Las redes han sido fundamentales en mantener esa identidad y suplen esa infraestructura editorial o de revistas que permita la difusión de una obra”, aclara. Para la traductora, “todas las autoras tienen la conciencia de que, desde su experiencia individual, contribuyen a la resistencia y el arraigo de los palestinos para no desaparecer como pueblo”.
“Hasta 2021 no había escrito del genocidio”
Musaddar explica que su salida de Gaza a finales de 2021 tiñó su poesía del “anhelo del hogar. Anhelo calles que ya no existen, amigos que fueron asesinados, el rostro y el alma de la ciudad que conocí y sentí. Creo que mientras continúe la ocupación, cada palestino, así como su poesía, se enfrentará al exilio de una forma u otra”. Ella confiesa que antes no escribía sobre Palestina sino que trataba de humanizar la experiencia palestina como seres humanos sin guerra. “Me centraba más en humanizarme a mí misma, mi experiencia y la experiencia de mi pueblo como personas normales, sin ser héroes, mitos ni estar etiquetados con la guerra cada vez que nos conoces y nos presentas”.
En 2014 escribió por primera vez sobre la guerra: correr bajo los bombardeos, casas temblando, personas heridas, tanques y desplazamiento a escuelas de la UNRWA. Más tarde, en 2020, firmó crónicas periodísticas. Pero la agresión actual ha sucedido mientras no estaba en Gaza: “Empecé a escribir mientras veía todo lo que conocía y amaba en un genocidio transmitido en directo. Una parte de mí estaba en un mundo paralelo mientras la otra parte estaba en Gaza”.
Musaddar reconoce que el exilio y el genocidio han afectado profundamente a su poesía, convirtiéndola en un acto de testimonio, “no solo sobre la vida cotidiana de personas normales bajo una ocupación brutal, sino también sobre alzar la voz contra el dolor, la pérdida, la matanza masiva, el borrado de nuestra existencia y muchos otros actos de violencia sistemática”. Y admite que su único deseo es “permanecer fiel a los palestinos como un ser humano normal que sigue enfrentándose al terror brutal, la violencia sistemática y la limpieza étnica”.
Tanto la antología de Gómez como la de Gutiérrez de Terán incluyen poemas de Dareen Tatour, poeta y fotógrafa que fue encarcelada en 2018 por las autoridades israelíes acusada de incitar a la violencia con un vídeo de una lectura de uno de sus poemas en redes sociales. Maneras de ser palestina presenta su poema “Una poeta entre rejas” donde reflexiona sobre esa experiencia y las personas a las que conoció en prisión. Gaza. Poemas contra el genocidio incluye otro titulado “No moriré”: “Seguiré soñando mientras viva/tanto como quiera y pueda./Así es como he de vivir./Los muertos, esos sí que no sueñan./Pero yo nunca dejaré de soñar/y por eso permaneceré./No moriré jamás”.
Artículo completo en El Salto
"El Libro negro de Gaza" da voz a los jóvenes palestinos
David Gallardo @davidgallardo78 | InfoLibre 2 de abril de 2026
Nasser Rabah, Jaled Al Qershali, Ohood Mohammed Nassar, Yara Abed, Nur Ahmed Abed, Taqwa Al Wavi, Nadera Mushtha, Deema Fayyad, Heba Almaqadma. Nombres anónimos que dejarán inicialmente indiferente al lector, que cambiará su percepción al caer en la cuenta de que detrás de todos ellos hay personas de carne y hueso que nos cuentan en primera persona su experiencia desde una Gaza destruida que se aferra a la vida de todas las maneras posibles.
La literatura es una de ellas y así queda escrito en El libro negro de Gaza. Testimonio de un genocidio (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2026), un proyecto grupal coordinado por el periodista y editor independiente Gonzalo Delgado, quien habla de "diario colectivo, generacional y multidimensional de los chavales de Gaza" porque, tal y como destaca a infoLibre, todos los participantes son palestinos y "bastante jóvenes". "Autores que viven allí. Bueno, dos han conseguido salir, pero después de haber escrito sus textos, con lo que todo está escrito desde Gaza", añade.
"Son estudiantes de literatura, de farmacia, de medicina, de diferentes partes de la franja", continúa Delgado, que fue contactado con todos ellos uno a uno a través de las redes sociales y creando una red de confianza con los que se iban apuntando y hablando del proyecto a sus conocidos. Así se fue haciendo realidad este Libro negro de Gaza, que reúne cerca de cincuenta relatos breves y poemas escritos en tiempo real por 17 jóvenes autores y autoras palestinos —9 mujeres y 8 hombres, en su mayoría de entre 19 y 30 años— que de alguna manera encontraron en la literatura un refugio contra las bombas, una forma de supervivencia.
"Ellos reivindican mucho en los textos esa idea de escribir como forma de resistencia", subraya el editor, poniendo el énfasis en que todos estos jóvenes son "de lo más normal del mundo", lo cual genera una cercanía testimonial muy potente: "Cuando lees todas estas historias, que están en diferentes ciudades y situaciones, te da la sensación de haber estado acompañándoles a ellos, de haber estado en su familia. Es como si estuvieras allí siendo un testigo silencioso, conociendo su experiencia desde el punto más real, de sus espacios y su intimidad".
Y es que, concebido como un libro de literatura, un compendio de textos independientes, El libro negro de Gaza propone una aproximación profundamente humana y emocional a la realidad vivida en el territorio. A través de historias personales, el lector se adentra en la vida cotidiana bajo asedio y bombardeos, los desplazamientos forzados y las pérdidas familiares, pero también en dimensiones universales como el amor, la memoria, la amistad, la maternidad y la esperanza que sostiene la vida incluso en las circunstancias más extremas.
De ahí títulos en estos relatos y poemas como Una tortura insufrible, El desafío de estudiar durante un genocidio, Diez minutos para huir de la muerte, Antes de derrumbarse el tejado, Una vida entregada a una causa justa o Agarré a mi hermana por la camiseta hasta que se precipitó. Historias narradas con toda la honestidad de quien solo busca que alguien al otro lado las lea para que se conviertan en reales. Para que no se olviden, para que dejen testimonio en un momento en el que la comunidad internacional cada vez habla menos de lo que pasa en Gaza.
Porque, según advierte Delgado, él sigue hablando mucho con todos los chavales del equipo, que siguen allí en su mayoría y "notan que se está hablando menos de ellos". Se convierte así este libro en una llamada no ya por la memoria, sino contra el olvido en tiempo presente. Ese es el motor de este proyecto, el que impulsó al editor a ponerse en marcha desde la nada, para "dar voz" a lo que está pasando, porque "tampoco está habiendo tanta creación literaria como en otros conflictos, como pudo ser el asedio de Sarajevo". "Había que cubrir ese vacío", apostilla.
De alguna manera, este libro se convierte en esa flor que nace en un desierto, donde parece que es imposible que nazca nada. Porque, por mucho que Israel se empeñe, en Gaza todavía hay un pueblo creando y defendiendo su identidad con todas las herramientas a su alcance, entre ellas, la escritura. "Así es como defienden su identidad y la determinación de vivir en su tierra, que al final es lo que exigen: poder vivir con libertad y dignidad en su tierra", remarca Delgado.
Y continúa: "Es que Israel les dice 'mira, si queréis vivir, marcharos y yo no os mato’. No entienden que están dispuestos a pasar ese nivel de penurias por estar en su tierra. Porque, además, ya hay un ejercicio de ingeniería social con el que se han convencido de que no hay una identidad palestina en Israel, que eso es un invento para tocarles las narices. Y se lo han creído hasta el punto de que no comprenden que los palestinos quieran sentirse palestinos en su tierra, en Palestina".
Por eso, afirma, este libro es también incluso una forma de que los palestinos puedan "mantenerse cohesionados vivan donde vivan", pues muchos de ellos están repartidos por el mundo. Una situación que compara el editor con los judíos sefardíes, por ejemplo, capaces de "mantener sus costumbres, sus canciones, sus recetas de comida, su lengua incluso". "Es un poco lo mismo, porque hay una vinculación geográfica, en ese caso Sefarad, pero también cultural, como ocurre con Palestina", apostilla.
Destaca en este punto Delgado la respuesta "positiva" que está provocando el libro entre los lectores, puesto que "quien lo lee se da cuenta de que deja mucho poso". "Es un libro muy fuerte que cubre un vacío y les da voz a los jóvenes palestinos. A nivel interno a uno le deja muy tocado precisamente por la verdad que transmite", explica. "Yo creo que una de las cosas que más te engancha de este libro es que es excesivamente humano, o mejor dicho, extremadamente humano, porque le pone nombre a las imágenes que tanto hemos visto. Es como estar con ellos, ves que le están haciendo daño a alguien que tiene aspiraciones y sueños", resalta.
Son jóvenes escritores que siguen luchando por su vida, en definitiva. "Todos están intentando salir, encontrar alguna beca para estudiar en alguna universidad de Europa", cuenta Delgado, a quien de hecho le piden ayuda, contactos o cartas de recomendación. "Hay un par que han salido ya y están en Irlanda", añade orgulloso de estos palestinos con los que sigue en contacto y a su disposición para ayudar en lo que le sea posible.
"Ahora se nota el alto el fuego. Antes hablaba más con ellos porque estaban más encerrados en los refugios o donde fuera y hacían menos vida comunitaria. Ahora están recuperando eso y hablamos menos porque están teniendo la vida que tienen que tener y salen más a la calle", continúa el editor, satisfecho de tener todos estos testimonios que, sin duda, apelan directamente a nuestra empatía como seres humanos: "De hecho, mientras trabajaba en esto compartí algún relato con alguien de mi entorno que es bastante conservador y pude ver que le rompía un poquito".
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Presentación de "¡Oíd humanos!", del gran poeta iraní Nima Yushij en la librería Balqís de Madrid el 25 de marzo de 2026
El 25 de marzo de 2026, Clara Janés y sus traductores --Shirin Salehi, Saeideh Ghasemi y Gonzalo Sánchez-Terán-- presentaron en la librería Balqís de Madrid la antología de poemas ¡Oíd humanos! del poeta iraní Nima Yushij. Adjuntamos algunos vídeos del acto:
Oíd, humanos, a un poeta iraní. Alguien en el agua está perdiendo la vida. Hacia Nima Yushij, por Gonzalo Sánchez-Terán en fronterad

De todos los pueblos de la Tierra ninguno mantiene una relación tan intensa y devota con la poesía como el iraní. Desde que hace mil años Hakim Abol-Qasem Ferdousí Tusi completó el Shahnamé (El libro de los Reyes), el poema más largo jamás escrito por un solo ser humano, salvando la lengua persa del alud árabe que se había impuesto en pocos siglos como idioma dominante en Oriente Medio, y recreando en verso los imperios, mitos y héroes del pasado, la poesía se convirtió en la expresión mayor del alma y la cultura de Persia. Ferdousí recogió en su desaforada obra una tradición más antigua que su relato. El historiador Lloyd Llewellyn-Jones afirma: «En la Antigüedad persa, el pasado se abordaba mediante la transmisión oral, a través del canto, la poesía y la epopeya narrada». Para los iraníes los poetas interpretan, definen y desvelan la esencia de la persona y la experiencia colectiva: son seres trascendentes, en la hermosa polisemia de la palabra.
Es difícil encontrar a un iraní que no conozca de memoria los versos de Hafez, el poeta que en el siglo xiv coronó la época dorada de la literatura persa. Su mausoleo, rodeado de jardines, se halla en un barrio al norte de la ciudad de Shiraz. Para los hombres y mujeres que allí acuden cada día los gazales de Hafez tienen un poder adivinatorio, taumatúrgico. Sus versos, escogidos al azar, aclaran dilemas, compelen a la acción o consuelan en la congoja. El poeta medieval más que un escritor, es un oráculo.
Tal veneración no nace de su antigüedad sino de su palabra. A las afueras de Kashán, bordeando los grandes desiertos del centro del país, dentro del recinto de una mezquita, se halla la tumba de Sohrab Sepehrí, un poeta fallecido hace apenas medio siglo. Sohrab escribió poemas de un intenso misticismo exaltado de naturaleza en los cuales se entrelazan las tradiciones islámicas, budistas y occidentales. La gente, al terminar su oración en la mezquita, se acerca a la lápida negra que cubre el cuerpo del poeta y con reverencia la toca en silencio. Abrir un libro de poesía iraní no es únicamente escuchar la voz de un autor, es acodarse sobre el alma de un pueblo antiguo, luminoso y sufriente.
Nima Yushij es a un tiempo una de las más altas cumbres de la milenaria literatura persa y el umbral que une y permite el tránsito desde los grandes poetas clásicos (Ferdousí, Rumí, Saadí, Jayam, Hafez) a la extraordinaria poesía moderna (Shamlú, Ajavan-Sales, Farrojzad, Sepehrí). Diríase que su vida y su escritura estaban destinadas a habitar una falla donde poderosas placas tectónicas se enzarzan en una labor constante de creación y destrucción. La suya fue una existencia en permanente conflicto, a caballo entre sus bosques natales y el mundo urbano al que jamás se acostumbró, entre la tradición autocrática de los dirigentes de Irán y el deseo de apertura y democracia de su generación, y entre el estuario caudaloso de las formas poéticas heredadas y el manantial crecido por las aguas de distantes fuentes literarias. Cuando es tanta la tensión la hebilla salta por los aires.
Ali Esfandyari, quien andando el tiempo se haría llamar Nima Yushij, nació el 21 del mes de Aban de 1276 año de la Hégira Solar (HS), el 11 de noviembre de 1897 de la Era Común, en la provincia de Mazandarán, una tierra de densas arboledas y leyendas a orillas del mar Caspio. De su aldea natal, Yush, Nima heredó el nom de plume, un elenco de animales y árboles que habrían de poblar su imaginario poético, y un sentimiento vitalicio de exilio desde que a los doce años le enviaron a estudiar a Teherán. Su padre, ganadero y cultivador, era célebre en la comarca por sus proezas como arquero y jinete. De su madre aprendió antiguos cuentos y poemas que ella recitaba junto al fuego. Es imposible no sentir en la biografía de Nima la pérdida de un paisaje natural y humano, primitivo y noble, donde alguna vez se sintió seguro. Todo lo que escribió como adulto conmina a sus compatriotas a despojarse del engaño, el artificio y la venalidad, para sumergirse en los ríos anchos de Mazandarán, en la fraternidad de las caravanas, en la lealtad de la naturaleza.
El Teherán al que Nima llegó siendo niño vivía aún sacudido por la Revolución Constitucional que obligó a la dinastía Qajar a abrir espacios de participación popular y representación tras siglos de monarquías despóticas. La exigencia de una constitución que recogiera los derechos y libertades de los ciudadanos y el rechazo a la influencia predatoria sobre los recursos del país de potencias extranjeras como Gran Bretaña y Rusia provocaron movimientos populares que alumbraron una efímera esperanza de democratización en la primera década del siglo xx. Aquel brote fue aplastado y ninguno de los regímenes que se sucedieron en las décadas siguientes quiso reabrir esa senda de libertad y democracia. La política envenenó la vida de personas y familias. El hermano amado de Nima, Reza, quien posteriormente se haría llamar Ladbon, se unió a los partidos de izquierdas al calor de la Revolución rusa de 1917. Como tantos otros militantes tuvo que abandonar su patria y posiblemente murió durante las purgas estalinistas de los años treinta. Otra pérdida. En la poesía de Nima la política, rara vez de forma explícita, permea el combate entre una masa informe y violenta que aplasta o ignora, y el ser humano despojado de hogar, intentando preservar una esencia acoceada por fuerzas brutales.
En el colegio Nima halló un maestro, el poeta Nezam Vafa, que le dio a leer poesía europea, principalmente francesa. En su mente el verso libre entró en diálogo con las formas poéticas que habían dominado la historia de la literatura persa: la qasida, el gazal y el masnaví. Traducciones recientes de autores como Mallarmé o Lamartine agitaron las aguas de una tradición inmensamente rica y a la vez osificada por el tiempo en metros y temáticas. Y fue creciendo en él una revolución literaria que para muchos de sus coetáneos degeneró en herejía y para todos sus epígonos desembocó en liberación. A partir de los años veinte los poemas publicados por Nima Yushij en revistas literarias, leídos en recitales o compartidos en hojas sueltas, comenzaron a emanar una subjetividad honda y feroz, envuelta en un lenguaje simbolista opaco, en ocasiones casi ininteligible, que irritaba a los escritores atraillados al antiguo formalismo, a las voces conocidas. El poeta llegado de las tierras del norte, de carácter arisco, ajeno a escuelas, desubicado vital y profesionalmente, entre la desconfianza y la hostilidad de sus pares, se supo y se quiso un meandro en el río de la poesía de Irán, una hégira lírica para el verso en persa: hay un antes y un después de Nima.
En 1924 algunas de sus primeras creaciones aparecieron en un libro titulado, Montakhabat-e Asar: az Nevisandegan va Shoara-ye Moaserin (Selección de las obras de poetas y escritores contemporáneos), recopilada por Mohammad Zia Hashtrudi. De esos años Nima diría tiempo después:
El método aplicado en cada uno de los textos de aquella época era buscar una flecha emponzoñada disparada hacia los partidarios del estilo viejo, que consideraban mis poemas impublicables.
En los siguientes lustros, mientras el poeta daba tumbos por trabajos oficiales inconsecuentes y por lo general insatisfactorios en ministerios y centros educativos de los que era despedido o se despedía, su figura de escritor atrabiliario, esquinado y dinamitero fue creciendo entre los jóvenes amantes de la poesía, esa diminuta facción idéntica en pasión y número encontrable en todo país y todo tiempo. El 26 de junio de 1946, a última hora de la tarde, Nima Yushij tomó la palabra en el Primer Congreso de Escritores Iraníes. Menudo y arrogante, desgranó ante un auditorio dividido su propuesta poética, enfatizando cuanto le diferenciaba de sus detractores a quienes llamó «enemigos»: él ponía metro y rima al servicio de un yo poético libre, insubordinado, incómodo. Decía verdad: su escritura no arropa, deshace; no resguarda, destecha. Concluyó su participación en el Congreso describiéndose como un río del que todos pueden beber a lo largo de su curso. Así sucedió.
Nima escribió mucho y publicó poco. Su existencia no fue feliz. Jamás halló acomodo profesional, y el matrimonio con Aliyeh Jahangir, una mujer culta que ejerció como profesora y directora de colegios, sufrió por causa de su inhabilidad para sentirse centrado, cumplido, ubicado en la sociedad. A menudo desempleado, siguió a su mujer por diversos destinos hasta que en 1938 se sumó al equipo editorial de la Revista de Música que publicaba el Ministerio de Cultura. Allí coincidió con algunos de los grandes intelectuales de un Irán desestabilizado por la Segunda Guerra Mundial, entre ellos Sadeq Hedayat, autor de la que es quizá la mejor novela iraní del pasado siglo, El búho ciego. Quién pudiera haber asistido a las conversaciones de estos dos hombres de un talento tan excelso para la palabra y tan insuficiente para la vida. Fue un tiempo profesionalmente gozoso y literariamente fecundo hasta que la revista cerró en 1942 devolviéndole a la intemperie laboral. Un año después nació su único hijo, Sheragim, que tamaño esfuerzo ha dedicado a preservar la memoria viva de su padre.
El acercamiento de Nima al partido comunista Tudeh, más humanista que ideológico, le hizo pasar por prisión tras la represión que siguió al golpe de Estado organizado por los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses contra el Primer Ministro, Mohammad Mossadeq, en 1953. Aquel sabotaje contra la soberanía de Irán pisoteó los esquejes democráticos tan dolorosamente brotados y acabó de partir en dos el espíritu del poeta. A partir de aquella experiencia se acendró su apartamiento del mundo. Viajaba frecuentemente a Mazandarán para permanecer lejos de los hombres y cerca de la tierra, escribía frenéticamente en papeles sueltos con una caligrafía casi ilegible, veía a pocas personas. Falleció una mañana heladora de enero de 1960, cuando regresaba de Yush, su pueblo, de donde quizá su ser verdadero nunca llegó a salir. Después de su muerte, la pequeña aldea que lo vio nacer y le prestó su nombre, se convirtió, como la Shiraz de Hafez y el Kashán de Sohrab Sepehrí, en un lugar de peregrinación para quienes reconocen el alma de Irán en sus poetas, en ellos y ellas resisten, con ellos y ellas confían.
La poesía de Nima Yushij congrega misteriosamente lo persa y lo universal. Tan vernácula es su obra que está espolvoreada con palabras en tabarí, la lengua de Mazandarán. Sus poemas están llenos de la vegetación del norte del país, vacas, ranas, aves, un universo rural hundido en mitologías locales transmutado por Nima en espejo de la sociedad urbanizada y agresiva de su tiempo, de nuestro tiempo. En su lírica los símbolos se entrelazan, nos desnudan y se nos esconden. Cualquier explicación de su significado es cuestionable, cualquier identificación ambigua. Su estilo dista del modo de escribir al que el lector de poesía occidental está habituado. Los términos se repiten donde otro poeta buscaría sinónimos, el mensaje parece romperse hasta hacerse incongruente, la estatura léxica se quiebra con giros triviales, los poemas más que concluir terminan en marismas, desperdigándose por las arenas, como algunos ríos de Mesopotamia. Quien busque a un poeta cristalino y unívoco debe mantenerse a distancia de Nima Yushij, algo que sospecho él agradecería. Como dijo Forugh Farrojzad, una de las autoras que expandió los ámbitos poéticos de la literatura iraní desde la puerta que abrió Nima:
Nima dio forma a mi convicción definitiva y a mi gusto con respecto a la poesía y le otorgó la categoría de lo absoluto. Nima para mí fue un inicio. Por primera vez en su poesía descubrí una atmósfera del pensamiento y un modo de perfección humana, como en la obra de Hafez.
Tal vez eso sea Nima Yushij antes que nada, una atmósfera.
No es sencillo colocar los versos de Nima en las estanterías de la historia de la literatura. La suya es poesía social y política y mística y alegórica y bucólica y existencial. Lo único en común que quizá tengan todos sus poemas es su ambición de irrumpir entre los humanos para hacerse oír con una voz oscura, compleja y también fulgurante, inmediata. Aun en sus momentos más indescifrables sentimos su vibración, nos toma de los hombros, nos convoca. El escritor Nosrat Rahmani lo resumió así:
Fue un hombre solitario y extraño que nos enseñó a elevar los corazones en nuestras manos y a vivir junto a nuestros poemas. Nos mostró que la poesía es un arma.
Gonzalo Sánchez-Terán
Artículo completo en fronterad
La prensa se hace eco de la presentación de "El Libro negro de Gaza. Testimonios de un genocidio" en Zamora
Zamora escucha la voz de Gaza con 17 jóvenes que relatan su miedo y rutina diaria en un libro
Gonzalo Delgado presentó ayer en el Palacio de la Alhóndiga "El libro negro de Gaza", un diario desde dentro de la franja que muestra cómo la vida persiste en medio del genocidio. Entre los testimonios, impacta especialmente la historia de una niña que recibe su primera menstruación huérfana de madre: su padre no sabe cómo explicarle lo que le sucede, y ella teme que su sangre sea un efecto de la guerra. Este instante resume la rutina en Gaza: sobrevivir, amar, cuidar y crecer en medio del conflicto
Silvia Fernández | Zamora News | 13/mar/26
En un punto sin determinar de Gaza, una niña recibe su primera menstruación. No hay madre a quien acudir: la ha perdido en la guerra. Su padre, desconcertado, no sabe cómo explicarle lo que está ocurriendo, y ella cree que su sangrado tiene que ver con los bombardeos que sacuden su ciudad, no con su propio cuerpo. Este instante —intimidad y trauma entrelazados— resume la cotidianidad de la franja: un día a día donde lo normal y lo extraordinario conviven a cada instante.

Ayer, en el Palacio de la Alhóndiga de Zamora, Gonzalo Delgado presentó El libro negro de Gaza, editado por Inmaculada Jiménez Morell de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con la colaboración de la librería Robespierre de Pozoantiguo. La obra reúne los testimonios de 17 jóvenes palestinos de entre 19 y 31 años que relatan su vida diaria en medio del genocidio: cómo desayunan lo que pueden, lavan ropa con agua limitada, juegan con sus hermanos, se enamoran y sobreviven a los bombardeos. Cada gesto cotidiano es, en Gaza, un acto de resistencia.
Durante la presentación se proyectaron dos vídeos que profundizan en esta realidad. Uno de ellos, realizado por una estudiante de medicina, muestra la vida de quienes intentan mantenerse sanos en un entorno asediado; el otro, grabado por un joven gazatí que trabaja con músicos adolescentes, y que refleja los esfuerzos de la comunidad para sostener la educación, el ocio y la creatividad en medio de la violencia. Ambos vídeos contaron con voz en castellano del propio autor, que acompañaba los relatos con un tono cercano y emotivo, multiplicando la sensación de inmersión en la franja.
Entre los relatos más conmovedores se encuentran historias de maternidad y esperanza. Mujeres que deciden traer vida al mundo pese al hambre, pese a la escasez de medicinas y alimentos, pese a saber que su entorno amenaza la supervivencia de sus hijos. Para ellos, la existencia es un acto de reivindicación: dar vida en Gaza es resistir.
La privación es constante. Muchos viven con hortalizas cultivadas en pequeños patios o azoteas, y con la ayuda mínima que logran recibir de organizaciones internacionales. En los meses más duros, algunos autores relatan haber sobrevivido únicamente con lentejas, la ración mínima que les permite mantenerse con vida mientras las bombas caen sobre sus calles.
El libro también da voz a la juventud que, a pesar de la presión y el miedo, conserva capacidad de asombro, amor y amistad. Se leen cartas de despedida a una amiga fallecida en un bombardeo, historias de enamoramientos robados entre ataques y conversaciones sobre esperanzas imposibles, pero necesarias. No hay odio en sus palabras, sino rabia y desamparo frente a un mundo que mira hacia otro lado.
Cada página de El libro negro de Gaza permite acompañar a estos jóvenes en su rutina: levantarse con la incertidumbre de si ese será el último día, caminar por calles devastadas, descubrir la primera menstruación, sentir el primer amor, atender a un hermano pequeño. Es una mirada 360 grados a la vida en guerra, donde lo banal y lo terrible coexisten, donde cada gesto cotidiano es una hazaña silenciosa.
El proyecto forma parte de un ciclo de conferencias sobre Palestina, con libros que buscan acercar la realidad de Gaza desde dentro, no desde la distancia de los titulares. Con relatos que mezclan la violencia, la esperanza y la vida diaria, este diario colectivo genera empatía y permite al lector sentir la guerra como la sienten quienes la viven: con miedo, con fuerza, con humanidad.
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Gonzalo Delgado, escritor y periodista: "Mucha gente se enfrenta a cierta quiebra moral tras leer testimonios de gazatíes"
El periodista Gonzalo Delgado Meana explora en su libro la fusión del relato y el periodismo a través de las historias de jóvenes gazatíes, creando un diario del genocidio con perspectiva subjetiva
Alejandra Bonel García | La Opinión El Correo de Zamora | 14 MAR 2026

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, Gonzalo Delgado Meana trabaja actualmente como consultor de comunicación, una profesión que compagina con un proyecto independiente de exploración de la región de Oriente Próximo: "He estado en Egipto, en Palestina, en Siria, en Irak, en el Líbano, en el norte de África, etc. Lugares en los que he tenido mucha conexión tanto física como literaria, y en los que he podido profundizar mucho en la disincronía literaria de cada país", detalla.
Como parte de su proyecto ha participado dentro del ciclo de conferencias sobre Palestina en el salón de actos de La Alhóndiga, en Zamora. A través de su intervención, el periodista presentó su libro "El libro negro de Gaza", subtitulado como "Testimonios de un genocidio", a través del cual incluye narraciones creadas por jóvenes gazatíes que expresan "la barbarie a la que está sometida la población".
En su libro habla de Gaza a través de testimonios de jóvenes gazatíes. ¿Esta es una forma de renunciar a la voz del periodista o de reconocer sus límites?
Es complejo, porque además, en conversaciones sobre el libro me estoy dando cuenta de que los palestinos han creado un género literario propio. Están fusionando características literarias como el relato, con características periodísticas. El resultado es la creación de historias que se encuentran en el medio de ambos puntos, ya que a través del periodismo se narra una realidad en la que se tienen en cuenta las cifras, pero, por otro lado, se permiten ser más subjetivos al meter un componente emocional. Además, poder contarlo desde una perspectiva subjetiva confiere al libro cierta naturaleza de diario del genocidio.
Cuando se escribe sobre una guerra, ¿dónde está la línea entre dar voz a las víctimas y convertir su sufrimiento en relato?
Creo que es importante no banalizar con el sufrimiento, pero, en este caso son ellos mismos los que abordan el discurso, yo simplemente les coordino.
¿Cómo conoció a estos jóvenes?
Gracias a una persona a la que seguía desde hacía tiempo en redes sociales pude ponerme en contacto con tres de ellos. Conforme fuimos trabajando empezaron a traer a amigos con los que compartían su experiencia y que querían poner su granito de arena al proyecto. Poco a poco se fue creando una comunidad, y cuando eso ocurrió yo también la fui moviendo a través de redes sociales. Eso sí, todo el proyecto hemos tenido que realizarlo telemáticamente, ya que ellos han estado en Gaza durante toda la elaboración del libro.
En su experiencia, ¿qué es más difícil, acceder a la información en un conflicto o hacer que la gente quiera escucharla?
Sin duda, que la gente quiera escucharla. Recabar la información ha sido muy difícil dadas las circunstancias en la que hemos tenido que trabajar: las limitaciones tecnológicas, los cortes de Internet que se les imponen de vez en cuando, la hambruna que hizo que mucha gente dejase de escribir durante una temporada, etc. Pero que la gente quiera escuchar estas historias es lo más complicado.
¿Cree que en Europa el genocidio palestino se ha convertido más en un símbolo político que en una realidad humana concreta?
Sí. Hay una gran parte de la sociedad que lo ve así, como si entrase en un dogma identitario en el que te tienes que posicionar sin llegar a entender muy bien por qué. De hecho, sí que se ve que mucha gente que se encuentra en esa posición, cuando lee o ve testimonios como los del libro, se enfrenta a cierta quiebra moral. En Europa es una cuestión fundamental y los propios palestinos en el libro lo dicen, hay un artículo que habla exactamente sobre eso.
¿Cree que hoy el periodismo sobre conflictos está condicionado más por la geopolítica o por las emociones del público?
La geopolítica. Al final las emociones son una respuesta, una consecuencia. La geopolítica es la causa.
Si mañana se acabara la guerra en Gaza, ¿qué cree que seguiríamos sin entender en Occidente sobre lo que ha pasado allí?
Es una pregunta muy difícil. Pero diría que el hecho de que los palestinos son personas que quieren poder vivir en su tierra con libertad y con dignidad. Eso es lo que todavía no hemos entendido.
¿Cree que la literatura o el periodismo realmente pueden cambiar algo?
Sí. A lo mejor no tendrá un impacto inmediato y material en el presente, pero sí a futuro. Al final, en este caso, son testimonios que han encapsulado una realidad en el tiempo, y al final dentro de diez o de quince años, cuando miremos hacia atrás y veamos el genocidio con la dimensión histórica que le corresponde, esos testimonios seguirán ahí con toda su vigencia y con toda su intensidad emocional. Eso es fundamental de cara a la concienciación, a la educación y a la preservación de la memoria.
Después de escuchar tantos testimonios, ¿hubo algún momento en el que dudó de si debía publicar algunas historias?
Es cierto que algunas han sido muy duras y ha costado mucho escribirlas, pero ninguna se ha quedado fuera por ser demasiado dura.
¿Es capaz de separar su trabajo de tu vida privada? ¿Le ha cambiado personalmente escuchar estas historias?
Aunque ha sido muy difícil, sí. De hecho, cuando empezó la guerra yo acababa de tener un niño que ahora tiene dos años, y tuve una hija hace tres meses. Entonces, el proceso emocional por el que he pasado con todo esto ha sido un poco bipolar, porque, por un lado, tenía toda esta alegría, y por otro lado, tenía toda la tristeza de la situación en Gaza. Es muy complejo encontrar un equilibrio entre los dos polos.
Si pudiera sentar en una misma mesa a un joven español y a uno de los jóvenes gazatíes que aparecen en el libro, ¿qué cree que descubrirían el uno del otro?
El joven español descubriría que tiene ante sí a una persona igual a él con sus mismas ambiciones y aspiraciones. Lo mismo ocurriría con el palestino. Al final son un espejo el uno del otro.
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Maneres de ser Palestina per O. Sylvia Oussedik Historiadora i gestora cultural especialista en cultures del Magrib
El tercer llibre de la col·lecció POESIA NECESSÀRIA de l’editorial Ediciones del oriente i el mediterraneo ens porta una antologia de 15 joves poetes palestines. En el pròleg que l’acompanya, Luz Gómez comença per recordar-nos que en Palestina, la poesia no és un adorn, qualsevol cosa de posar i treure, és molt més:
“El poema agafa el que pot, ràpid, accidental, una idea, una escena, una frase, i la desenvolupa, a vegades amb argument, a vegades a partir d’imatges que passen a gran velocitat. L’arquitectura és fràgil, fins i tot en els poemes llargs la fragmentació domina l’estructura, que articula estrofes de difícil connexió, igual que succeeix amb la geografia mateixa de Palestina, amb els illots de l’arxipèlag Palestina, succedani de l’Estat promès”.
Dins d’aquestes maneres de ser palestines, la inclinació a la terra com a reivindicació geogràfica, personal i política persisteix com a memòria col·lectiva, com a dret al retorn per part d’aquesta jove generació de dones, filles de pares refugiats o exiliats. Però, aquestes joves dones rebutgen que la seva ser palestí, es quedi tancat en un conflicte en el qual només pot ser víctimes o milicianes i procedeixen a una reformulació del subjecte poemàtic en la dona, fortament emplaçades, no rebutgen la ironia, el sarcasme, rebutgen la conveniència i ser cronistes presoneres del sofriment i com diu la poeta Mona Musaddar, soc un ésser humà més enllà del genocidi, em nego al fet que se’m mitifiqui, se’m converteixi en un arquetip i es normalitzi la meva mort gratuïta.
Per a aquesta antologia Luz Gómez va decidir parar esment a dones nascudes després de 1977, és a dir posta intifada. Comença amb Ghada Shafii, nascuda en Acre en 1977, desapareguda poc abans que es publiqués el seu únic poemari: L’escena amaga un renillo en 1999, quan comptava vint anys. Segueix Luz Gómez amb altres poetes, algunes inèdites, unes altres han aconseguit publicar els seus poemes o s’han donat a conèixer a través d’internet.
Jumana Mustafa, nascuda a Kuwait en 1977, avui refugiada a Amman, diu: em vaig adonar que el món esperava del poeta palestí era que fos un cronista del sofriment, i que érem presoners d’això. En un fragment del seu poema Mi triple nombre, diu:
MI TRIPLE NOMBRE
Paríamos en los campos,
abonábamos la tierra con la sangre del pasrto, enterrabamos el cordón umbilical
para ligarnos a la tierra
y que aceptara nuestras dádivas.
Ahora damos a luz en hospitales
y la tierra nos sigue reclamando su sangre,
se ha tragado a nuestros padres,
nuestros maridos,
a nuestros hijos,
y no se sacia.
Somos las que inculcaron a la tierra
el gusto por la sangre, abuela,
somos las culpables.
Así lo cuenta mi abuela
así lo cuenta la historia.
Entre altres trobem també a Hind Joudah, nascuda a Gaza en 1983, per a qui la poesia són els missatges que escriu al món perquè sàpiga d’ella.
UNA POETA EN TIEMPOS DE GUERRA
¿Qué significa ser poeta en tiempos de guerra?
Significa que tienes que disculparte
y disculparte, y brindar tus disculpas,
a los árboles abrasados,
a los pájaros sin nido,
las casas arrasadas,
los socavones de las calles,
los niños lívidos antes y después de la muerte
y el rostro de las madres afligidas
¡o asesinadas!
¿Qué significa estar a salvo en tiempos de guerra?
Significa que te avergüence
tu sonrisa,
tu calor,
la ropa limpia,
el aburrimiento,
los bostezos, la taza de café,
el sueño tranquilo,
que los tuyos estén vivos,
no tener hambre,
tener agua,
que sea potable,
poder ducharte
¡y de pura chiripa seguir viva!
Ay, señor,
no quiero ser poeta en tiempos de guerra.
VUELO
Volar no tiene mucha ciencia:
tú despliega la alas al máximo,
bátelas al viento,
tendrás que correr un poco si estás en el suelo.
Pero ¡ojo!
¡Abre la jaula primero!
Hiba Abu Nada, nascuda en 1991 a l’Aràbia Saudita i assassinada en la franja de Gaza en 2023, poc abans de morir ens parlava d’una ciutat somiada:
UNA SEGUNDA CIUDAD
En las alturas
estamos construyendo una segunda ciudad:
médicos sin enfermos ni heridos,
profesores que no se desgañitan en aulas abarrotadas,
familias nuevas sin dolor ni penas,
periodistas que fotografían el paraíso,
poetas que escriben del amor eterno.
Todos son de Gaza,
En el paraíso existe una nueva Gaza,
sin bloqueo,
que cobra forma ahora mismo.
Tanca l’antologia Batool Abu Akleen, nascuda a Gaza en 2005, qui diu que la poesia és un monstre que a vegades s’apodera d’ella i remou els seus pous de tristesa.
SI NOS INTERCAMBIÁRAMOS LOS OJOS
El miedo se me monta en la espalda,
coge las bridas
y tira fuerte.
Yo no digo ni mu,
pero él siente lo que llevo dentro.
Me azota con la fusta de piel de su anterior mula.
No lloro ni me muevo.
Se saca los ojos y los cambia con los míos.
Y juntos nos echamos a llorar.
Artículo completo en realitat
El genocidio sí tiene quien le escriba
Gara | Kepa Arrizu | 22 de febrero de 2026
El arte ha demostrado a lo largo de los años que es capaz de arraigar hasta en el terreno menos óptimo para su floración. Del mismo modo, su expresión no puede, y diríamos que tampoco debe, sentirse ajena al paisaje que le rodea. Por eso, Palestina, uno de los epicentros del sufrimiento continuado durante las últimas décadas, no es solo un símbolo de resistencia, es también, a pesar del constante ruido de la hoz sionista intentando cercenar su vida, el elogiable origen de voces poéticas que, inevitablemente, nacen bajo versos de carácter trágico pero igualmente enuncian un intento por deslegitimar la rima de las bombas.
ESCRIBIR FRENTE A LA MUERTE
Publicados prácticamente en paralelo, y por lo tanto ejerciendo de amplia radiografía, “Gaza: poemas contra el genocidio” y “Maneras de ser Palestina. Antología de nuevas poetas”, son artefactos de valor artístico en sí mismos pero todavía resultan más estimables por su trascendencia humana. Sus páginas, al margen del contenido creativo, caleidoscópica herencia de una tradición que abarca de Mahmud Darwish a Fadwa Tuqan, significan la heroica determinación por exhibir un arte que se niega a esperar al futuro para que dicte sentencia; sus protagonistas escriben en presente y les va la vida en cada palabra.
Caprichosamente instalados por la aleatoria pirueta del destino en un lugar y un tiempo funesto, la firma de muchos de ellos quedará para la posteridad pero su descendencia literaria actual ha sido interrumpida por los colmillos de un gigante sionista que les ha arrebatado la vida. Son los casos, por ejemplo, de Salem Al-Naffar, reconocido escritor matado junto a su mujer, o Hiba Abu Nada, que conocer su fatal desenlace convierte los versos “te protejo/ con la sonrisa de los niños./ Saben cómo desviar su trayectoria,/ la del misil,/ antes de que caiga” en una estremecedora paradoja. Listado de desaparecidos a los que hay sumar el no menos extenso número de represaliados, incluyendo el paso por las cárceles del intelectual Al-Mutawakkil Taha, el paradero desconocido en el que se encuentra desde los años noventa Ghada Shafii o la desgarradora historia de Alaa Al Qatrawi, quien tuvo que esperar varios días hasta que los escombros revelaran un botín sangriento, el de sus cuatro hijos. Un mapa hecho de palabras silenciadas, cuerpos inertes o vidas enjauladas que sin embargo nunca guardarán silencio mientras haya interesados en conocer su legado.
Bajo este desolador paisaje la inspiración está llamada a crecer amamantada por el estruendo de las balas y los llantos, un escenario donde las mortajas y las despedidas eternas toman el protagonismo que otros rapsodas han cedido a sus ensoñaciones románticas o al bohemio existencialismo. Aquí no hay metáforas ni simbolismos, por lo que cuando Doha Kahlout escribe “La guerra se ha convertido en parte esencial de nuestras vidas, un fuego que lejos de consumirse, crepita, tozudo, en nuestro interior”, representa la realidad, al igual que la elegía funeraria de Amal Abu Assi, “llevamos nuestra patria a hombros,/ corriendo por caminos en busca de nuevos cementerios”. Palabras que no necesitan traducción ni encomendarse a ninfas o figuras retóricas, su fuerza radica precisamente en significar el lírico testimonio de una existencia en constante riesgo.
RETRATO DEL «AQUÍ» Y EL «AHORA»
Un campo de batalla cotidiano reiteradamente aludido y también señalado en cuanto a la procedencia de su naturaleza, porque lejos de designios divinos o cháchara geopolítica, Ali Al Ameri convierte sus versos en juicio rotundo hacia los instigadores: “La Casa Blanca está llena de hollines de guerra/ y condecoraciones ciegas”. Revelaciones de culpas internacionales que sin embargo siempre desembocan en ese mismo lugar que irónicamente alude Maya Abu Al-Hayat: “¿Conocéis un camino que no acabe en un asentamiento/ de colonos?”. Un relato histórico interesado que ya extiende durante demasiadas décadas su manto mortuorio sobre un territorio que resiste, también, a través de la palabra escrita, como la contenida en la clarividente rebeldía de Al-Mutawakkil Taha, que transforma su poética en sentencia: “Solo los ignorantes/ o los mercenarios de la verdad/ se abstienen de revisar con atención/ el confuso texto de la supuesta revelación”.
Al igual que el grito popular contra la masacre israelí se ha escuchado en ciudades de todo el mundo, son muchas también las firmas que, sin eludir su compromiso particular, han logrado que su verbo se internacionalice. Mosab Abu Toha, quien ha logrado incluso el entorchado del premio Pulitzer, y Maryam Qawsh han recogido reconocimientos artísticos desde múltiples lugares del mapa, mientras que la obra de Nasser Rabah ha podido ser degustada en variados idiomas. Logros que más allá de servir como regocijo profesional, suponen que sus instantáneas de un territorio asediado golpeen en la conciencia lejos de sus fronteras.
VIVIR EL PRESENTE; SOÑAR EL FUTURO
Si importante es la labor de los involuntarios notarios poéticos del presente, papel a veces supeditado al comprensible y dramático enquistamiento creativo que ha reconocido sufrir Samar Abd Al-Jaber, incapaz de trasladar lo observado a papel, tampoco es desdeñable quienes alargan su mirada al día después, a la huella de un genocidio sobre el que Mona Musaddar recapitulará: “Le pediré a mi padre que cuente los olivos que han salvado/ de las excavadoras de la desolación”. Un horizonte repleto en la actualidad de humo que la activista multidisciplinar Dareen Tatour está dispuesta a atravesar: “Seguiré soñando mientras viva/ tanto como quiera y pueda”.
Y es que el futuro siempre termina siendo una conjugación del presente, por eso conviene ponderar como se merece a quienes, al ejercicio de supervivencia en el que se ha convertido la existencia en Palestina, añaden la necesidad de exportar esa situación al ámbito literario. Son voces que, recogidas encomiablemente en este par de libros, suman a su condición de sufridores habitantes la de “reporteros líricos” del asfixiante entorno padecido. Una tarea sobre la que Hind Joudah exclama, “Ay, Señor,/ no quiero ser poeta en tiempo de guerra”, porque al igual que a otras tantas, nadie les preguntó si querían nacer entre las fauces de una insaciable fiera ni pudieron escoger otro destino que no fuera traducir a palabras la barbarie. Por eso, aunque tampoco lo hayamos elegido, debemos aceptar la responsabilidad de ser lectores en tiempo de guerra, olvidar nuestra condición de testigos mudos y proceder a salvar a la Historia.
VOCES
Palestina no es solo un símbolo de resistencia; es el elogiable origen de voces poéticas.
REALIDAD
Aquí no hay metáforas ni simbolismos, por lo que cuando Doha Kahlout escribe «La guerra se ha convertido en parte esencial de nuestras vidas, un fuego que lejos de consumirse, crepita, tozudo, en nuestro interior», representa la realidad.
35 años después del asesinato del dibujante palestino Nayi Al-Ali, Handala sigue vivo
El 22 de julio de 1987, Nayi Al-Ali, el creador de Handala, sufrió en Londres, donde vivía exiliado, un atentado que acabó con su vida días después.
Nayi al-Ali había nacido en 1938 en Al-Shajara, una aldea palestina de Galilea, destruida en 1948 durante la Nakba. La familia tuvo que huir y refugiarse en Líbano. Con el apoyo del escritor palestino Ghassan Kanafani, también exiliado en Líbano, donde el Mossad acabaría también con su vida en julio de 1972, Nayi al-Ali comenzó a colaborar con sus viñetas en la prensa árabe en los diferentes países en que vivió exiliado, desde Líbano a Kuwait.

Sus dibujos reflejaban la situación colonial y de sometimiento de su pueblo y de los países árabes. Como expresa Antonio Altarriba en «El niño que da la espalda», el prólogo en el que introduce los dibujos de Nayi al-Ali incluidos en Palestina. Arte y resistencia en Nayi Al-Ali,
Al-Ali se acoge a unos cuantos campos simbólicos que declina con maestría. Uno de los más importantes, como no podía ser de otra manera, es el del encierro. Muros que secuestran el horizonte, alambradas que desgarran el cielo, barrotes que estrangulan la luz… Los personajes de al-Ali viven en un mundo cerrado, mejor dicho, en una prisión que, con el tiempo, refuerza su hermetismo y destruye, con silenciosa eficacia, la capacidad de resistencia de quienes, desde hace setenta años, solo aspiran a moverse libremente en su propio país.

Como si fuera una derivada del encierro, surge la simbología de la esterilidad o, para ser más exactos, de la fertilidad imposible. Nada puede germinar en un territorio arado por las bombas y regado por la sangre. La más desoladora sequía infecta una tierra resquebrajada, partida por las vallas. La flor deja de ser planta, preludio natural del fruto, para percibirse como esperanza del color, síntoma de apertura, al menos de fisura penetrada por la luz. Ni el arraigo vegetal ni el arraigo humano encuentran acomodo en un país literalmente desarbolado. La espiga solo crece como posibilidad remota del espino, pero del espino que crece en las alambradas. No brota de la siembra sino de la nostalgia de un pasado feraz. Tampoco puede cosecharse para hacer pan. La espiga de al-Ali solo sirve para alimentar la ilusión de supervivencia. Y la aridez desecadora no se limita a la flor y al fruto. También se apodera de los humanos y les deja impotentes para la paternidad. Solo existe el hijo ensangrentado, truncado, sacrificado en aras de una libertad insistentemente negada… Tras tantos años de represión hasta el futuro ha muerto.

Teresa Aranguren en «Nayi – Handala», su presentación del dibujante en Palestina. Arte y resistencia en Nayi Al-Ali escribe:
Lleva la cabeza gacha y las manos entrelazadas a la espalda en postura de pensador peripatético pero no es un sabio sino un niño; tiene entre diez y once años, la edad que tenía su autor cuando salió de Palestina. Porque Handala, así se llama, es una viñeta creada por Nayi al-Ali o quizás por el niño que vivía en el adulto Nayi al-Ali y que siempre tuvo entre diez y once años, los que tenía cuando fue expulsado de su pueblo, su vida, los paisajes de su infancia…Y se convirtió en refugiado. Un niño de Palestina.
«Soy Handala, del campamento de Ain al-Hilweh y prometo solemnemente mantenerme fiel a la causa». Así se definía el autor de la viñeta que iba a convertirse en símbolo de la resistencia palestina. […]
La familia al-Ali vivía en la localidad de Ash-Shayara, en la región de Galilea, distrito de Tiberiades, una zona de suaves colinas, huertos, campos de árboles frutales y paisajes bucólicos. En árabe, Ash-Shayara significa El Árbol y, dice la leyenda, que el nombre de la aldea proviene del frondoso árbol que había en el lugar y bajo cuya sombra, Jesús, el Galileo, encontró cobijo y frescor durante una de sus sofocantes caminatas de predicador en esas tierras.
La aldea de Ash-Shayara fue atacada por tropas del Haganah, la principal milicia sionista y embrión del futuro ejército israelí, el 1 de mayo de 1948; todos sus habitantes fueron expulsados, después dinamitaron las viviendas, y el terreno fue allanado con excavadoras. El nombre de Ash-Shayara ya no figura en los mapas israelíes.


Sin embargo, a pesar de la Nakba continuada desde 1948, Handala y los deseos de libertad e independencia del pueblo palestino siguen vivos, contando con la solidaridad de los pueblos del mundo, como el desafío al bloqueo de la franja de Gaza protagonizado por los navegantes del Handala, el barco botado el 13 de julio de 2025 en Siracusa que llevará ayuda humanitaria que salva vidas y un mensaje de solidaridad de personas de todo el mundo que se niegan a permanecer en silencio mientras Gaza está hambrienta, bombardeada y enterrada bajo escombros.

Kaoutar Harchi, escritora y socióloga: “Las personas son mucho más importantes que los personajes que pueda inventar en mis libros”
Kaoutar Harchi, escritora y socióloga: “Las personas son mucho más importantes que los personajes que pueda inventar en mis libros”
La autora encarna una literatura comprometida y política que huye de la ficción para encarar cuestiones que duelen a la sociedad de Francia, en la que sí celebra la creciente presencia de las mujeres en movimientos antirracistas
Beatriz Lecumberri
El País – Planeta Futuro Madrid – 08 ABR 2025
Kaoutar Harchi (Estrasburgo, Francia, 1987) recuerda perfectamente el día en que una profesora que tenía unas manos preciosas le regaló un libro con una dedicatoria: “A mi pequeña árabe, que debe conocer su historia”. Nunca se lo contó a sus padres, de origen marroquí, a los que también ocultó que la maestra la llevó después a una clase para que hablara a los alumnos de su cultura, religión y “lengua materna”. “Fue una agresión y fue más fuerte que yo. Yo era pequeña, no supe qué hacer, qué decir, y no hice ni dije nada”, recuerda la escritora y socióloga en su libro autobiográfico Tal como existimos (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), traducido recientemente al español.
Tras publicar varias obras de ficción, Harchi afirma sentirse liberada hablando de personas reales en sus libros, en los que atrae la mirada hacia cuestiones dolorosas, silenciadas o deformadas. “Vista la situación que vivimos en Francia y en el mundo no puede ser de otra manera”, afirma, en una entrevista con este periódico a su paso por Madrid. El racismo, la radicalización del Estado, el compromiso de la literatura, el poscolonialismo, la violencia contra las minorías, a veces invisible y acallada, y el papel creciente de las mujeres en la lucha social, impregnan su literatura. “Todo lo que yo cuento es verdad, ha sido vivido por mis padres, por mi entorno, por mí. Cuando decimos que todo es verdad, que es sincero, el pacto con el lector es una fuerza mucho más cautivadora que la ficción”, opina.
Pregunta. Tal como existimos describe su vida entre los ocho y los 20 años. Además de un relato íntimo y autobiográfico, es también un retrato de su generación, una foto colectiva. ¿Era esa su intención?
Respuesta. Era muy importante desarrollar una escritura que dejara aparentar las contradicciones, los sentimientos y las dificultades, dejando claro que los individuos son personas que forman parte de estructuras sociales: la escuela, la migración, la mirada sobre uno, la religión, y que todo eso estructura su vida. Es decir, lo íntimo está atravesado por cuestiones políticas muy importantes.
¿Nunca pensó en recurrir a la ficción para describir todo esto?
Antes de este libro había publicado tres obras de ficción y no me interesaba más la experiencia. Cuando se habla de racismo, de violencia de género o de clases, es muy importante buscar todo eso en la propia vida y tratarlo de forma directa. Todo lo que yo cuento es verdad, ha sido vivido por mis padres, por mi entorno, por mí. Las personas son mucho más importantes que los personajes que pueda inventar en mis libros. Cuando decimos que todo es verdad, que es sincero, el pacto con el lector es una fuerza mucho más cautivadora que la ficción.
En su libro escribe: “la violencia nos despojó de nosotros mismos, nos obligó a mirarnos y a mirar nuestra vida de forma diferente”. Esa violencia, personal y colectiva, por momentos silenciosa y, según usted, acallada, ¿marcó a su generación?
Sí. En torno a la década del 2000 hay un punto de inflexión en Francia. Hasta ese momento vivíamos en una negación, responsabilizando de todo lo que ocurría a la población migrante. Pero en esa época empezamos a entender que todo es más profundo, que es una cuestión de Estado, de política, de desigualdad social, del trato que se reserva a la población musulmana en Francia. Es un paso importante y se articula en torno a la muerte de dos jóvenes en Clichy-sous-Bois, que murieron electrocutados en 2005 al esconderse en un transformador durante una persecución policial. Nuestra generación se politiza porque ve que las desigualdades se perpetúan y que si no se pide justicia al Estado, todo va a empeorar.
Los jóvenes que hoy tienen 14 o 15 años en los mismos barrios franceses, ¿viven una situación mejor o peor?
Es una generación que ya ha crecido con estas cuestiones incorporadas: racismo, discriminación… Ellos saben muy bien que el Estado no ha cumplido sus promesas, es decir, no se hacen tantas ilusiones como nos las hacíamos nosotros. Es una generación más madura respecto a todo esto, consciente de que hay una violencia estructural por parte del Estado y eso les resulta insoportable, por momentos.
¿Ha habido algún cambio positivo?
Sí. Hay mujeres árabes, negras, asiáticas… que han decidido luchar por sus hijos, por sus hermanos. Por ejemplo, Assa Traoré, cuyo hermano murió en 2016 en una comisaría tras haber sido detenido, o Amal Bentounsi, cuyo hermano Amine murió al recibir una bala en la espalda de un policía en 2012, por citar dos ejemplos. Esto en torno al año 2000 no existía. En ese momento, las familias que eran víctimas de un crimen racista se eclipsaban y hoy tienen un rol mediático, especialmente las mujeres. En Francia las comparamos con Antígona. El duelo ya no se vive en el espacio privado, es público. Y el poder de un duelo es enorme.
¿Sus libros sirven para que los franceses miren de frente una realidad que esquivan?
El público nacional estaba acostumbrado a relatos que reconocían en cierta manera el papel de Francia. Eso se acabó. Estamos en una situación de confrontación política. Pero posiciones como la mía son frágiles desde el punto de vista literario, frente a medios de comunicación que son aparatos de propaganda en manos de grupos muy poderosos que justifican el destino que se reserva a una parte de la población y giran siempre en torno a las mismas preguntas: la verdadera identidad francesa, las minorías… Yo tengo otro discurso y no sé si es eficaz frente a este gran sistema. Mi trabajo literario se enmarca en la fidelidad hacia poblaciones que necesitan realmente un apoyo. La situación política en Francia es difícil, es violenta, pero queremos tener esperanza y hay que seguir actuando.
Sus padres fueron migrantes en la antigua potencia colonial. La descolonización y el poscolonialismo laten en su escritura.
Es un tema muy presente en Francia, esa idea de volver sobre el discurso oficial, lleno de mentiras y de expolio, que invisibiliza a otra parte de la historia. Yo quiero además que la cuestión racial entre en la literatura. Es una manera de descolonizarla, de politizarla.
Su literatura se puede calificar entonces de política.
Vista la situación que vivimos en Francia y en el mundo no puede ser de otra manera. De hecho, he escrito un libro con Joseph Andras, que se titula Literatura y revolución (Littérature et révolution, Éditions Divergences). En Francia hay libreros que reciben cartas pidiéndoles que retiren algunos libros de sus estanterías y hay una especie de caza contra los militantes. Todo está ligado: Palestina, Argelia… A la izquierda francesa se le acusa de ser cercana a Hamás, la extrema derecha se sitúa ahora contra el antisemitismo. Tengo colegas que piensan mucho antes de escribir, que piden consejo a abogados para saber si hay algo en sus textos que podría ocasionarles problemas legales. Porque en Francia, después de los atentados de París de 2015, hay un aparato legislativo que se ha ampliado y que hace que muchos actos puedan considerarse apología del terrorismo.
En su último libro, Ainsi l’animal et nous (Editorial Actes Sud), que en español sería algo así como “el animal y nosotros mismos”, trata estos temas desde la óptica de la animalización.
La idea es que desde hace siglos, de Cristóbal Colón a Gaza, todas las personas que son masacradas u obligadas a pasar hambre son animalizadas. Es una constatación. Desde Descartes, el mundo animal ha sido descrito como algo inferior y parece que lo que nos salva es que no somos como los animales. Pero animalizamos a la población negra, a las mujeres, al enemigo… La cuestión animal es un punto central en la dominación, en el colonialismo, el feminismo, el capitalismo… Por ejemplo, el constructor de automóviles Henry Ford se inspiró de los mataderos de Chicago a principios del siglo XX para trazar las cadenas de montaje de los coches.
Entonces, para usted está claro que la ficción se terminó
Totalmente. La situación es demasiado difícil y hay que ir a lo esencial, tener una escritura más documentada, más periodística. Ser escritor no es solo ir a los festivales, es también seguir la actualidad, intentar apoyar a los militantes, escribiendo un texto cuando lo necesitan, e intentar hacer avanzar las cosas.
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