Plaza Pública: "Las cocinas de Gaza" por Teresa Aranguren

 

 

Plaza Pública

Las cocinas de Gaza

Teresa Aranguren

4 de enero de 2022

 

 

Este no es un libro de cocina sino de cocinas, esos espacios íntimos y familiares donde, entre cazos, guisos  y cuentos mil veces contados, ocurre la vida. Este libro habla del gusto de vivir pese a todo y frente a todo. Habla de las gentes de Gaza.

 

“Quizás sean los carteles de colores brillantes que cuelgan de la pared o el patio primorosamente rastrillado y repleto de todo tipo de hierbas aromáticas. Quizá las caras impacientes de las seis niñas que salen a saludarnos y suben corriendo las escaleras con sus largas trenzas negras y brillantes. Sea cual sea la razón, salta a la vista que la casa de Um Hana en Beit Lahia es un lugar alegre”.

 

Extraña descripción de un lugar que los informes de Naciones Unidas han calificado de “inhabitable”. En el excelente prólogo de este libro, Raquel Martí, directora de UNRWA-España (Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos) ofrece los datos de la catástrofe que el bloqueo israelí impone sobre la población de Gaza: cortes de electricidad diarios de más de ocho horas de duración, el 96% de las aguas del acuífero están  contaminadas, el agua potable tiene que ser traída en camiones y su precio resulta inasequible para la mayoría de la gente, el paro alcanza al 48% de la población y en el caso de los jóvenes al 65%, los hospitales padecen una constante falta de material sanitario y se sostienen al borde del colapso,  gran parte de las infraestructuras, desde las depuradoras de agua y el sistema de alcantarillado hasta viviendas, edificios administrativos, cultivos y granjas han sido destruidas por las bombas.

 

Sí, Gaza es un territorio inhabitable o, más exactamente, sería un territorio inhabitable si no fuera porque su gente, sobre todo sus mujeres, se empeñan en hacerlo habitable.

 

No se trata de dulcificar lo insoportable ni de ocultar el sufrimiento cotidiano de la vida en Gaza, este libro no habla de héroes con superpoderes sino de seres humanos que resisten la adversidad, se apoyan mutuamente y cocinan entre risas y cotilleos como se hacía en las cocinas de la aldea de la que fueron expulsados y cuyo nombre ya no figura en los mapas. Las mujeres de Gaza cocinan para preservar la vida. Y la memoria.

 

Um Ibrahim nació en la localidad de Beit Tima al sur de Yafa, a sus más de 90 años mantiene vivos sus recuerdos de infancia y juventud y “le brillan los ojos cuando describe con detalle las verduras silvestres y las hermosas calabazas de su pueblo natal”. También recuerda con precisión lo que ocurrió en el otoño de 1948 cuando, tras buscar refugio en una aldea cercana porque las milicias sionistas llegaban a su pueblo, su familia decidió regresar días después a Beit Tima para recoger la cosecha de grano que tenían almacenada en la casa, “encontramos a muchos de nuestros vecinos muertos, con disparos en la frente y miembros amputados…”.  Um Ibrahim huyó con su familia y sus vecinos a Gaza. Vive en el campo de refugiados de Deir Al Belah. Nunca ha vuelto a ver su pueblo ni los paisajes de su infancia, pero conserva el legado de sabores y olores de aquella Palestina que fue y pervive en las recetas que aprendió de niña en Beit Tima. La que Um Ibrahim nos ofrece en este libro es la de “Bamia ua adas”, un guiso de lentejas y verdura típico no solo de esta región sino de toda Palestina.

 

Laila Al Haddad y Maggie Schmitt recorrieron las cocinas de Gaza en busca de recetas tradicionales, pero sobre todo de relatos, retazos de vida que las mujeres van desgranando en su charla mientras majan en el mortero un poco de comino, sésamo, albahaca y aceite o desgranan los rubíes de una granada. La mayoría de las personas que aparecen en este libro son mujeres, pero  también hay algún hombre, como Abdel Munin, que gestiona una pequeña finca de cultivo ecológico en Beit Hanun o Mohamed Ahmed, que antes del bloqueo solía exportar fruta a Europa y ahora, con sus árboles arrancados porque sus tierras quedaban cerca de la frontera, depende de la ayuda alimentaria de UNRWA. En Gaza la alimentación es tarea de mujeres cuando se realiza en casa, si es negocio es cosa sobre todo de hombres. Pero esto no ocurre solo en Gaza.

 

Uno de los grandes atractivos de este libro son las excelentes fotografías que acompañan cada una de las recetas, cada una de las historias, imágenes de los platos cocinados y de los rostros de quienes los muestran. Y es conmovedora la alegría de vivir que desprenden esos rostros.

 

Las cocinas de Gaza, editado con el esmero con el que Ediciones de Oriente y el Mediterráneo realiza siempre su trabajo, es un libro bellísimo. Una manera original e inteligente de mostrar el drama y la fortaleza de las gentes de Gaza.

 

Teresa Aranguren es periodista y escritora.

Artículo completo en infolibre

 


Viajar por Gaza sin moverse de la cocina (Rosa Meneses, El Mundo, 29/12/2021)

 

 

Um Zuhair prepara un pastel de alholva y aceite de oliva mientras cuenta la historia de ‘Yamil y Buzaina’. El relato, que se remonta a los tiempos del califato omeya, narra el destino de dos amantes desgraciados. El poeta Yamil Ibn Maàmar, de la ciudad de Medina, se enamora de Buzaina, que pertenece a otra tribu. La familia de la joven se opone al matrimonio: no quiere que Buzaina se case con un poeta, para ellos sinónimo de libertino. Yamil, loco de amor, vaga por el desierto recitando sus versos. Sus tristes estrofas hacen llorar a las aves y las piedras. La leyenda de ‘Yamil y Buzaina’, junto con la de ‘Layla y Maynun’ -otro gran mito de la literatura árabe-, llegaron a Europa a través de la España andalusí y se cree que fueron fuente de inspiración de epopeyas como ‘Tristán e Isolda’ o ‘Romeo y Julieta’.

 

Pero estamos en una cocina. En una cocina de Gaza, concretamente. Y Um Zuhair está elaborando su postre. Tras preparar la masa, engrasa un molde con tahina y la extiende, coloca por encima almendras y piñones y pone el recipiente en el horno 45 minutos. Luego, sobre el pastel horneado, vierte almíbar frío y lo deja enfriar para cortarlo y servirlo. En ese trajinar en los fogones durante horas y horas, familiares y vecinos comparten un espacio de transmisión de cultura y conocimiento, de diálogo, de libertad, donde se recitan poemas, se cuentan historias, anécdotas…

 

Por eso, el arte de la cocina típica de Gaza es mucho más que gastronomía: es una travesía por la cultura y la sociedad de este rincón olvidado del mundo. Ese viaje puede hacerse a través del libro ‘Las cocinas de Gaza’, que acaba de publicar en España Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Es un periplo culinario por Palestina, con recetas que invitan a probar sus guisos especiados, el pescado relleno de hierbas, el falafel, los pasteles de nueces y sémola o su refrescante limonada con hierbabuena. Y es un mosaico de voces e historias, a la vez que un estudio de campo sobre la vida cotidiana de sus gentes bajo el férreo bloqueo impuesto por Israel desde 2007.

 

En la Antigüedad, por Gaza pasaban las caravanas de la Ruta de las Especias, con su trasiego de clavo, canela, nuez moscada o pimienta de Asia hacia el Mediterráneo. Hoy, Gaza -donde el 80% de la población es refugiada- se asocia a violencia y conflicto. «El libro pretende humanizar a la población de Gaza. Pretende compensar la representación sesgada que describe a los palestinos o como víctimas o como héroes o como agresores, una caricatura que no es lo que vive la gente, que no es la vida cotidiana, con sus momentos de alegría y pena. Queríamos un retrato a ras del suelo, con las vivencias cotidianas de las personas de Gaza, con sus situaciones terribles y su esfuerzo para llevar sus vidas con dignidad, para aportar alegría, belleza y significado», explica Maggie Schmitt, que junto con Laila El-Haddad es autora del libro.

 

«Los palestinos han sufrido la pérdida y el trauma durante el siglo pasado: la pérdida de tierra, de vidas y del hogar. Las aldeas de aquellos refugiados que se pusieron a salvo en Gaza fueron totalmente destruidas y su existencia, figurativa y literal, borrada de la faz de la tierra, de los mapas y los libros de historia», profundiza El-Haddad para este diario. «La comida es una de las maneras más importantes en las que han anclado su pérdida y han preservado y transmitido su memoria y herencia», continúa.

 

«Tomamos la comida como punto de partida para hablar de todo. Nos sitúa en realidades concretas, fuera de los grandes discursos ideológicos», prosigue Schmitt, en conversación con EL MUNDO. La comida como espacio de expresión y diálogo. «La cocina se sitúa en un papel seminal», precisa El-Haddad. «La cocina también es una forma de contar y, para quienes se toman el tiempo de escuchar, cuenta una historia curiosa que no se alinea con los Estados-Nación y transmite oralmente conocimientos fuera de lo oficial», reflexiona. Y es que, como dicen las autoras en el libro, «cuando se vive en Gaza, es un alivio que te pregunten sobre lentejas y no solo sobre política».

 

La cocina es un lugar privilegiado de transmisión familiar y vecinal de la historia, de intercambio y relación», considera Schmitt. «Hablamos de Palestina, cuya historia está en peligro inminente de extinción por el borrado de aldeas del mapa. Su memoria se perpetúa a través de la cocina: vemos que terceras y cuartas generaciones del exilio mantienen las recetas de sus aldeas, transmitidas por la familia, y que cuentan de dónde vienen. Y así saborean un pueblo que no existe desde hace 70 años», añade.

 

El recetario pone el foco en las mujeres, muchas veces mantenidas al margen del relato histórico y político. Aquí, las mujeres son el centro. No porque el libro transcurra entre ollas, sartenes y ‘zibdías’, los tradicionales cuencos de barro, sino porque retrata a las mujeres como principales transmisoras de la memoria y la historia. «Quisimos dar voz a las mujeres, que quedan fuera de la representación. Recopilar un riquísimo patrimonio culinario y hacer un acto de memoria histórica para intentar cambiar el discurso en torno a Gaza a través de la cotidianidad», destaca Schmitt.

 

«La cocina es un lugar especial donde los palestinos -y especialmente las mujeres- ejercen el control sobre algunos aspectos de sus vidas y elaboran y retienen su dignidad cuando Israel ha trabajado rutinariamente para despojarles de ella», considera El-Haddad.

 

Maestras de improvisar un plato adaptándose a lo que hay, en un contexto político y económico difícil, las autoras muestran en su trabajo cómo las mujeres hacen de las recetas transmitidas de generación en generación «un lugar de expresión y creatividad en femenino que se escapa a cualquier control».

 

Artículo completo en El Mundo, 29/12/2021


I Am Not Your Negro por fin en español

Anunciamos la salida de No soy vuestro negro, los textos de James Baldwin que dieron forma al extraordinario documental de Raoul Peck:

El libro que James Baldwin tenía planeado escribir cuando murió en 1987 versaba sobre tres defensores de la igualdad racial en Estados Unidos, asesinados entre 1963 y 1968: Medgar Evers, Malcolm X y Martin Luther King. Solo se conservaron apuntes sueltos, que dos décadas después fueron entregados por su hermana Gloria al cineasta Raoul Peck. Este acabó combinando el material de Baldwin —leído por la voz en off de Samuel L. Jackson— con grabaciones de conferencias y entrevistas radiofónicas y televisivas, así como con fotogramas y fotografías de diversa procedencia. El resultado fue un documental profundo y poético que subraya la relevancia de Baldwin en la época del Black Lives Matter. ¿Por qué hacer un libro del documental? Porque la amplia y compleja información que destila no es asimilable en una sola visualización; porque resultan muy esclarecedores los testimonios del propio Peck acerca de los cuatro años que duró el proceso de elaboración del film, así como los de Gloria Baldwin Karefa-Smart, quien explica por qué confió en Peck, y los de la montadora de tan singular pieza cinematográfica; y también, por el puro placer de leer textos inéditos de Baldwin contextualizados por un cineasta excepcional.


PRESENTACIÓN DE "A LA LUZ DEL RELÁMPAGO", DE MATSUO BASHO

 

( Para poder asistir es necesario inscribirse previamente en la propia biblioteca aquí )

( Más información acerca de esta antología de haikus de Matsuo Basho aquí )


Los poetas e intelectuales Sayd Bahodín Majruh y Abdullah Atefi asesinados por los talibanes

 

Al abrir la puerta a unos desconocidos, Sayd Bahodín Majrub fue asesinado, en Peshawar, Paquistán. Era un atardecer, casi de noche, a la hora del lubricán. Al día siguiente habría cumplido sesenta años.

Estaba solo y se sabía amenazado. Nunca había dejado a nadie en el umbral. Recordaba que en su país, en Kabul, en Yalalabad o en Dar-î-Nûr, ante el deber de la hospitalidad no se admiten vacilaciones. Murió con el pecho hecho trizas, en un gesto de acogida.

Murió por haber hablado libremente. Murió, sobre todo, por haber escuchado y haber prestado su voz a los sin voz. Majruh no tenía nada de intelectual del Antiguo Régimen. Más presto a escuchar los relatos y los cantos de un nómada, de un pastor, de una campesina o de un loco de Dios, que las peroratas de un ministro o de un teólogo, aplicaba su erudición sin orejeras al cuestionamiento lúcido de su propia tradición.

Este libro, consagrado a la poesía popular de las mujeres pastún, da precisamente la medida de su independencia de espíritu y su audacia. Desmontar, como lo hacía, los mecanismos pueriles del código del honor masculino era lanzar un desafío a la arrogancia hipócrita, a la opresión oculta y a la necedad habitual, era celebrar los derechos de la pasión amorosa, el escándalo y el placer.

Heredero de Omar Jayyam, Sana’i y Rumi, pero también de Montaigne y Diderot, Majruh afirmaba con vehemencia su perfil de humanista irreductible. Tras haber elegido el campo de la Resistencia afgana, no tenía ninguna intención de incorporarse al clan de los beatos fanáticos, ni de abandonar su misión de esclarecedor crítico.

De hecho, su personalidad singular, su cultura, su abnegación y su ardor fraternal pronto harían de él la conciencia moral de la Resistencia, y, en efecto, lo era y, explícitamente, su mala conciencia. Sin duda veía muy lejos y muy hondo. Sin duda tenía la tan gozosa insolencia de los que saben a la vez pensar, actuar y transmudar las tinieblas.

El poeta Sayd Bahodín Majruh llevó a cabo un combate ejemplar. Sostuvo un compromiso cotidiano, humilde y sin debilidad. Haciendo frente al horror y la barbarie, no se convirtió a su vez, y como consecuencia, en un bárbaro. No transigió.

Bahodín, te gustaban las estaciones en las que se levanta el viento, en las que el cielo se puebla de sortilegios y arena. Fomentabas la migración del espacio, para que las gravideces se borraran, y renacieran los corazones libres. Bahodín, eras de esos a los que hiere el espanto de los niños pero nunca lo alarma la nada, el absoluto, Dios o la última luz. Te deseo, al otro lado del enigma, un alba acogedora.

André Velter


POLÍTICA EXTERIOR Y DERECHOS HUMANOS

Este blog lo dedicamos, fundamentalmente, a hablar sobre nuestro libros, autores y traductores, y muy raramente haremos uso de él para tratar otros temas, pero tampoco lo excluimos. Viene esta reflexión a cuento de un reciente tweet del nuevo ministro de Asuntos Exteriores español (@jmalbares "Trabajo por l@s español@s en Europa y el mundo") en el que se vanagloria: "Llamo a consultas a nuestra embajadora ante los ataques a España y por la violación sistemática de derechos fundamentales del pueblo de Nicaragua". Nos hemos preguntado si esa contundencia y esa preocupación por los derechos humanos se ejerce solo en el caso de las antiguas colonias españolas y si no debería ejercerse también en el caso de la cooperante española Juana Ruiz, detenida desde hace ya cuatro meses por tropas israelíes en los territorios ocupados de Palestina, en el distrito de Belén, en condiciones que constituyen una afrenta a los derechos humanos y a los principios jurídicos más elementales.

 

Fotografía publicada en El País / EFE mientras Juana es conducida a declarar esposada de pies y manos.

 

Reproducimos a continuación el artículo de Teresa Aranguren publicado en InfoLibre en el que denuncia el secuestro de la cooperante española.

La detención de Juana

Teresa Aranguren @TereAranguren Publicada el 09/08/2021 a las 14:07

Si no hay un nuevo aplazamiento, que ya van tres, Juana Ruiz irá a juicio este 10 de agosto. Ante un tribunal militar israelí. Al igual que a toda la población palestina de los territorios ocupados, a Juana se le aplica la legislación militar, no así a los colonos para los que rige la justicia ordinaria. Es una de las manifestaciones del régimen de apartheid que Israel ha impuesto en territorio palestino. Y conviene recordar que las colonias, todas, son una violación flagrante de la legislación internacional y, según los términos de la Convención de Ginebra, al ser acciones que buscan “trasformar la demografía” del territorio ocupado en beneficio de la potencia ocupante, pueden ser consideradas “crímenes de guerra”. Pero esa es otra historia o quizá no.

 

A Juana la detuvieron bajo una figura supuestamente legal: “Detención con propósito de interrogatorio” por la que se puede arrestar a una persona sin comunicarle los cargos de los que se le acusa durante un periodo máximo de 75 días, lo cual es ya una aberración jurídica aunque no tan escandalosa como la fórmula de la detención administrativa que Israel aplica a la población palestina bajo ocupación militar y que supone una detención sin cargos prorrogable de seis en seis meses, indefinidamente. Hay casos en que esta prórroga ha durado años.

 

De cualquier modo, de lo que se trata es de dar envoltura legal a lo que es un atropello de los derechos humanos y una presunta justificación jurídica a las prácticas atroces de la ocupación. Hay todo un entramado legislativo diseñado para justificar lo injustificable, desde la tortura hasta el robo de la tierra. Por poner un ejemplo recordaré la llamada “ley de la propiedad de los dueños ausentes” dictada al poco de la creación de Israel que permitió al nuevo Estado quedarse con las propiedades de todo palestino que estuviera fuera de su vivienda en la fecha en la que se proclamó el Estado, 15 de mayo de 1948. Esto afectó a los bienes de todos aquellos que habían sido expulsados de sus hogares en las operaciones de “vaciado de población palestina” llevadas a cabo por milicias sionistas, luego ejército israelí, en los meses previos y posteriores a la creación del Estado de Israel y a quienes, sin salir de Palestina, huyeron de las zonas de combate hacia lugares más seguros en casas de parientes o en una segunda residencia en el campo. Desde humildes labranzas a grandes mansiones, todo pasó a manos del recién creado Israel. Sus dueños nunca han podido recuperarlas. La ley de la propiedad de los dueños ausentes nunca ha sido derogada. Una ley para cubrir la limpieza étnica y el robo de la tierra.

 

De entonces hasta ahora los métodos quizás se han refinado, pero el objetivo sustancialmente sigue siendo el mismo: eliminar o cuando menos reducir al mínimo la presencia palestina, la del pasado y la del presente, la que existió y la que existe y resiste en tierra palestina.

 

La detención de Juana tuvo lugar en la madrugada del 13 de abril. 20 soldados israelíes armados hasta los dientes irrumpieron en su casa en Beit Sahur en el distrito de Belén y se la llevaron. Ni siquiera tuvo tiempo de recoger sus gafas. Durante tres semanas estuvo detenida sin cargos y sin que nadie de su familia pudiera visitarla. Su marido, Elías Rismawi, médico palestino de Belén, se presentó cada día a las puertas de todas las prisiones en las que estuvo detenida sin saber aún de qué se le acusaba.

 

Finalmente, ya en mayo, se formalizaron los cargos: tener vínculos con una organización ilegal y desvío de fondos para financiar dicha organización. Se trata del Frente Popular para la liberación de Palestina (FPLP), un partido político de raíz marxista fundado por el médico cristiano George Habash en los años 60, cuando la lucha armada para recuperar la tierra de la que habían sido expulsados formaba parte sustancial de la estrategia de las organizaciones palestinas. El Frente, así se le conoce popularmente, es, junto a FATAH, la formación política más antigua de la resistencia palestina y tuvo entre sus filas figuras tan relevantes como el gran escritor Gassan Kanafani asesinado por el Mossad en Beirut en 1972. En la actualidad, el FPLP que, al igual que el resto de partidos políticos palestinos, ha ido evolucionando con el tiempo, es una formación de izquierdas con representación parlamentaria más bien escasa pero con un notable prestigio social. El hecho de que, a instancias de Israel, Estados Unidos y la Unión Europea hayan incluido al FPLP en su listado de organizaciones terroristas, lo ha convertido en excusa perfecta para criminalizar toda actividad social, humanitaria, asistencial o política de carácter progresista.

 

Israel siempre ha preferido a las organizaciones islamistas frente a las formaciones tradicionales del movimiento nacional palestino de carácter laico y modernizador; esgrimir la amenaza islámica es un método muy eficaz para acallar críticas, queda mejor decir que se está en guerra contra Hamás que contra una población indefensa y atrapada, mientras una lluvia de bombas cae sobre Gaza. Además los términos político-religiosos están en sintonía con la ideología que sustenta el Estado que se proclama “Estado judío” y cuyas leyes establecen una clara diferencia entre ciudadanos judíos y no judíos porque solo los primeros pueden ser considerados miembros de “la nación judía”.

 

No son las mezquitas lo que inquieta a las autoridades israelíes, sino las asociaciones de mujeres, los centros culturales, las fundaciones que fomentan la investigación, las bibliotecas, los grupos de teatro, los círculos de escritores, los sindicatos de campesinos y pescadores, las agrupaciones de abogados y juristas, las asociaciones de periodistas, las ONG que trabajan en proyectos educativos o sanitarios…En los últimos meses varias organizaciones de carácter humanitario y social han sido intervenidas por el ejército israelí en Cisjordania, entre ellas la Asociación de mujeres de Ramala, la ONG ADAMER que atiende a los presos palestinos en cárceles israelíes, la Unión de Comités de Trabajo Agrícola, el Centro para la Investigación y el Desarrollo de Bisan, la DCI una ONG en Defensa de la Infancia y los Comités de Trabajadores de la Salud (HWC ) donde desde hace décadas trabaja Juana Ruiz. En plena pandemia y en pleno proceso de vacunación, las 14 clínicas que HWC regentaba y que estaban llevando a cabo ese trabajo en Cisjordania han sido cerradas por el ejército israelí. Todo aquello que promueve el desarrollo y la cohesión de la sociedad palestina termina resultando sospechoso para las autoridades israelíes. La estrategia es acabar con todo aquello que permite a la población palestina resistir la atrocidad cotidiana de la ocupación, quebrar las redes de solidaridad interna que, pese a todo y frente a todo, hacen que la sociedad palestina no se hunda en la desesperanza. Y también, minar los vínculos de cooperación entre la sociedad palestina y Europa, ya que los fondos supuestamente desviados por la organización HWC y los de la mayoría de ONG palestinas provienen básicamente de la UE.

 

A este respecto y en respuesta a una pregunta de la europarlamentaria Soraya Rodríguez, el representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, ha afirmado que “no ha encontrado pruebas fundamentadas de uso indebido o desviación de fondos en Palestina”. La respuesta de Borrell, pronunciada apenas tres días antes de la fecha fijada para el juicio, parece echar por tierra las acusaciones israelíes o cuando menos indica que la UE no se las traga. Lo cual es reconfortante en tanto que europeos pero escasamente eficaz a la hora de cambiar la estrategia de la ocupación israelí.

 

Juana Ruiz es ciudadana española y por tanto europea y es de suponer que tanto el Gobierno de España como las instituciones de la UE están realizando gestiones que el lenguaje diplomático suele calificar de discretas, por no decir secretas, ante el Gobierno israelí. No dudo de la buena fe de quienes llevan a cabo esas hipotéticas y discretas gestiones, pero eso no basta. Esta no es una cuestión de soberanía y respeto a las leyes de otro país porque las leyes que Israel aplica en los territorios palestinos ocupados, las que está aplicando en el caso de Juana Ruiz, no son respetables, son leyes coloniales, leyes que avalan el apartheid, el castigo colectivo y en muchos casos el crimen de guerra. Esta es una cuestión de derechos humanos y frente a eso no cabe la discreción ni el silencio.

 

Juana Ruiz está a punto de cumplir 63 años y, desde hace más de 30, vive con su familia en Beit Sahur, en el distrito de Belén, en la Cisjordania ocupada; esta española de Palestina o palestina de España es una persona muy querida por sus vecinos y por todos aquellos, sean cooperantes, periodistas o simples viajeros, que han pasado por Belén y por su casa. Porque su casa, hospitalidad árabe o hispana o ambas a la vez, siempre está abierta al visitante y al amigo.

 

Esta mujer afable y solidaria lleva encarcelada cuatro meses y va a ser juzgada por un tribunal militar israelí en virtud de una legislación colonial diseñada no para impartir justicia, sino para aplastar todo indicio de resistencia a la ocupación militar de Palestina.

artículo completo en infoLibre

 

 

 

 

 


A LA LUZ DEL RELÁMPAGO, próxima novedad Feria del Libro de Madrid 2021

Coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid 2021 publicamos, en edición bilingüe de Kayoko Takagi y Jenaro Talens, A la luz del relámpago, una selección de haikus del gran Matsuo Bashō, con un preliminar de Clara Janés, caligrafías de Eiko Kishi y fotografías de Adriana Veyrat.

Los 99 haikus reunidos en este libro han sido seleccionados por Jenaro Talens y traducidos por él mismo en colaboración con Kayoko Takagi y cuentan con un documentado Preliminar de la académica Clara Janés, además de las caligrafías de Eiko Kishi y la serie fotográfica titulada «Bambúes», de Adriana Veyrat. Una escenografía idónea para visualizar la atmósfera natural de los haikus.

Matsuo Bashō nació en Ueno, provincia de Igo, en 1644, cuarto hijo, tras dos hermanos y una hermana, y le siguieron tres hermanas más. Su padre. Yozeamon, samurai al servicio de los Todo, se ganaba la vida enseñando a escribir a los niños del vecindario. Con nueve años, en 1653, entró a su vez de paje al servicio de los Todo, teniendo como compañero de estudios al joven heredero Yoshitada, dos años mayor. Su primer poema lo publicó a los veinte años y su primera antología se presentó en 1671 en el templo de su ciudad natal. Se trataba de una colección de haikus reunidos de dos en dos, relacionados entre sí y comentados por él mismo. Ya en Edo (Tokio), en 1675 llegó desde Osaka el maestro Sōin y Bashō fue de los poetas invitados a escribir versos encadenados en su honor. En 1680 un admirador le construyó una casa en Fukagawa y un joven le regaló un bananero (bashō). El poeta se familiarizó tanto con el árbol que acabó adoptando ese nombre como propio. Viajero impenitente, su obra va asociada a sus continuos cambios de lugar. No regresó a Edo hasta 1691 y tres años más tarde partiría de nuevo. Cerca de Osaka se vio afectado por un ataque de disentería que acabó con su vida el 12 de octubre de 1694, a los cincuenta años de edad.

 

 

 

 

 


Por cuatro naranjos

MIGUEL CASADO

Tamtampress / Tienda de fieltro

En su largo poema río, poema-libro, Medianoche, el escritor palestino Murid Barguti (Deir Gassane, 1944 – Amán, 2021) evoca una escena de infancia que le ofrece el punto de partida para explorar la analogía entre el poeta, considerado un extraño en el contexto social, y el exiliado. El niño se deja envolver en el huerto por el intenso olor del azahar hasta que se marea; su abuelo, mientras lo sujeta para que no caiga, se burla de él –“Pero, hombre, ¿te vas a morir por cuatro naranjos?”–, y le ofrece después la intimidad de una profecía: “escribirás poemas, como Abdelwahab. / –¿Quién es Abdelwahab, abuelo? / –El loco del pueblo. / No hacía más que escribir poemas, y poemas fue lo que dejó”. Y añadió: “Me vas a tener preocupado toda la vida”. Así, el poeta, una conciencia demasiado sensible, quedaría fuera por su incapacidad para la vida normal. Barguti no olvida esta raíz y quizá por eso su poética se obsesiona por suturar las fisuras —quizá, más bien, boquetes— por los que escapa sin remedio la realidad. Y el exilio sería la primera de ellas.

Aunque en el mundo árabe es un reconocido poeta, en Occidente se ha difundido sobre todo, traducido a numerosas lenguas, su relato autobiográfico He visto Ramala; de su obra poética hay dos antologías en inglés y la que en 2019 preparó en castellano Luis Miguel Cañada, Mi reino es de este mundo —que recoge completo Medianoche.

He visto Ramala reconstruía el primer viaje de regreso, en 1996, del poeta a su tierra natal: una estancia de un mes después de treinta años de exilio. Y, como tal vez era inevitable, “a pesar de los momentos de jovialidad y euforia —anota Edward Said—, esta novela del retorno describe más el exilio que la vuelta a la patria. Aquí reside su dimensión trágica y su sugerente precariedad”. No es ya que lo describa, sino que levanta una imagen precisa del exilio palestino, de sus diferencias con los más conocidos entre nosotros: frente al mítico exilio republicano en México o el exilio en España de argentinos y uruguayos durante sus prolongadas dictaduras militares, el de los palestinos es siempre nómada, y multiplicado por los sucesivos rechazos de los países donde se les va acogiendo.

En 1967 Murid Barguti estaba estudiando Lengua y Literatura Inglesa en la universidad de El Cairo, y hacía un examen de Latín —el antepenúltimo de su carrera— en el momento en que llegó la noticia del comienzo de la Guerra de los Seis Días; al enterarse, ya había caído Ramala. El estudiante se convirtió en un exiliado. Allí se casó con Radwa Ashur, novelista egipcia y compañera de estudios; a los cinco meses de nacer su único hijo, el presidente Sadat firmó la paz con Israel —tras perder también la guerra de 1973— y expulsó a todos los palestinos; Barguti tardó otros 17 años en poder volver a Egipto y vivir con su familia. Apenas, unas vacaciones compartidas con los dos en Budapest, el encuentro con su esposa en algunos congresos literarios. “De Bagdad a Beirut, luego a Budapest, a Ammán y de nuevo a El Cairo: imposible aferrarse a un lugar”. El poeta cuenta cómo nunca volvió a coincidir con los intelectuales egipcios de su edad, los que habían sido sus compañeros de aprendizaje. O el rito de repartir cada vez las plantas de su casa, las únicas pertenencias domésticas, entre los provisionales amigos del país que iba también a dejar. La precariedad referida por Said se cifra a la inversa en estos versos: “Un planeta donde las cuerdas de tender la ropa estén llenas / y los platos de arroz rebosen, / donde una tetera crepite sobre el fuego / y todos nos sentemos a la mesa con mantel de sésamo y tertulia”.

Así, el regreso que cuenta He visto Ramala se da inevitablemente como registro contradictorio de emociones; en palabras de Said: “Habiendo hecho yo mismo un viaje similar a Jerusalén (tras una ausencia de 45 años) conozco muy bien la mezcla de emoción, felicidad, lamento, tristeza, sorpresa, enfado…”, y cree él que nadie como Barguti ha conseguido que estos sentimientos e ideas vivan con tanta verdad en la narración del destierro. Pues la experiencia del destierro queda determinada, en primer lugar, por ser colectivo: en aquella “tierra prometida” había ya habitantes antes del éxodo sionista, vivía allí gente que fue progresivamente desplazada, expulsada, desposeída, hasta sumar los seis millones de refugiados que hoy se dispersan por múltiples países, además de los que viven un cotidiano acoso en las ciudades de Palestina, en un apartheid que les despoja de derechos. El destierro —privación de la tierra, indica el término— es colectivo, y Barguti explica que solo pudo reunirse con su familia en diáspora, padres y hermanos, en 1968 en Ammán, en 1978 en Doha, o se detiene en el singular papel del teléfono en esa vida. Es una visión de los exilios desdoblándose en pliegues lo que He visto Ramala me aporta en relación con otros relatos leídos estos años. Aunque también me ha vuelto la imagen del piso en que vivía Mahmud Darwish en la década de los 80, en París, ofrecida —como sin querer— por una joven periodista armenio-libanesa que le hace una larga entrevista, la del paseo que dan por el entorno al concluir, el comentario sobre las tiendas y los bares, la gélida sensación de vida ausente. Describe Barguti a alguien que se acuesta, tarde en la noche: “Aprieta contra su cuerpo la colcha / y deja encendidas las luces de la casa”. Una espera tan imprecisa como la amenaza. Y el peso de la soledad.

Todo desde 1967 —o desde 1948— es provisional, una imprecisa espera: “¿habrá vida antes de la muerte?” El relato, la memoria, trazan las coordenadas; y, cada vez que se les ponen palabras, se oyen los poemas. No sé si esto es una ley general de la escritura, quizá lo sea; pero, repasando mis notas de lectura, me doy cuenta de que funciona así: tengo presente la atmósfera de He visto Ramala, puedo desgranar su proliferación compleja de emociones y, en cambio, cuando cito a Barguti, recurro a los poemas. Hay, sin embargo, dos momentos del relato que imponen su voz y eso los muestra como claves del sentido. En el primero, el viajero cruza el puente sobre el Jordán, que sirve de frontera, los controles de la policía israelí a la entrada del territorio autónomo palestino. La ambigüedad de toda la situación. El río ya no suena como sonaba durante la infancia, apenas lleva agua; al llegar, él no sabe si Palestina existe: cada vez que indica unas luces o unos edificios y pregunta, le dicen que es un asentamiento; pero la discusión en el taxi colectivo, cuando intentan ayudarle a encontrar la dirección a la que se dirige, muestra la intimidad de una vida en común, los habitantes que se conocen entre sí, los nombres que sirven de referencia. Proporcionan las gentes apenas un fondo reconocible para una cadena de hechos que se sienten sin realidad, como carencia, igual que el sonido del río. Y, así, la reflexión en el puente: “¿Se trata de un momento político? ¿O sentimental? ¿O social? ¿Un momento real? ¿Surrealista? ¿Un momento corporal? ¿Intelectual?”

En el segundo momento el viajero va al cercano Deir Gassane, donde nació y vivió hasta los siete años, el lugar de aquel huerto de naranjos. Aflora de pronto la infancia, trayendo personajes variados y vivos que lo llenan todo, dando el tono de un mundo sin dudas políticas ni el peso de la melancolía: vida autónoma, que vale aún por sí, que les da fuerza y sentido a todas estas memorias, quizá porque las recarga de realidad. Llega la primavera, ese espectáculo de la energía de la vida en su renovarse siendo la misma. Unos versos describen un potrillo, “se revuelca patas arriba, / restriega la grupa en la tierra, / da coces a unos demonios que solo él ve, / y sigue jugando”.

Desde aquí, se diría que la obra de Barguti propone una doble lectura de la condición palestina, que conlleva inseparable su toma de postura personal. Es una sostenida reflexión en torno a la existencia de una realidad y, también, acerca de la implicación en su poética, en las opciones de escritura que adopta. Así, el caso de los palestinos, en su carácter extremo, trasciende de sí mismo y parece permitir pensar el mundo, del mismo modo que, en otros tiempos, lo pudo propiciar la condición judía.

“¿Hay acaso en todo el mundo un país como este al que nadie sabe a ciencia cierta cómo llamar?”, se pregunta Barguti y, aunque abundan los fenómenos contemporáneos de pérdida de realidad, ninguno resulta tan significativo, por lo que implica de prolongada y evidente construcción de un relato que sustituye a los hechos. Es difícil no percibir la excepcionalidad de Israel, el trato de favor y silencio internacional que recibe su sistemática empresa de limpieza étnica, de anexión por la fuerza de territorios; o la diferencia que se hace entre sus ultraortodoxos y otros análogos, de otras religiones y lugares, que el mundo declara como muy peligrosos y aberrantes; o un sistema policial que realiza largas detenciones sin que deba dar a conocer el motivo o la acusación. Cada vez tiene más vigencia la pregunta que se hacía José-Miguel Ullán en un poema de Razón de nadie: “Un Kafka palestino, ¿por qué no?”

Es el desplazamiento de la realidad por un relato que llega a asentarse como nueva realidad, apoyándose solo en la fuerza aplastante y en una especie de derecho teológico (“la tierra prometida”), a la manera (“Tierra Santa”) de la vieja empresa de los cruzados: “Al otro lado de la ventana, / monte de olivos que perdieron su paz antigua / y santificaron quienes desde hace siglos / repiten el mismo ensalmo, / esos que desempolvaron / escrituras, hallazgos / y pergaminos. / Montes de estrellas y corderos, / de cruces y resurrecciones”. Hay, sí, una ventana y hay montes, y en ello quizá se reconoce la literatura palestina. Una Jerusalén no celestial, sino pobre y abigarrada, explotando de vitalidad y energía, como aquella a la que llega desde Belén el niño de El primer pozo, la memorable narración de Yabra Ibrahim Yabra, para empezar la enseñanza secundaria.

Por eso, las excavadoras —las que en 1948 arrasaron más de quinientos pueblos para hacerle sitio al nuevo estado de Israel, y desde entonces no han dejado de actuar— son el mejor emblema de esta pérdida de realidad, porque la muestran físicamente: “Ahora ya es posible demostrar que lo ocurrido / nunca ocurrió”. Uno de los libros de Barguti se titula La lógica de los seres y está compuesto por diálogos de breves frases que dirían las cosas; uno de sus mínimos poemas puede resumir el carácter del discurso que se ha impuesto en Palestina: “Le dice el imán a la esquirla: / tienes plena libertad / para ir donde quieras”.

En el ámbito personal, el trastorno de lo real se reconoce nítidamente en rasgos que desbordan lo anecdótico para funcionar como condiciones existenciales. Así, la confusión permanente entre lo cotidiano y lo extraordinario, pues la vida habitual no deja de estar puntuada por formas de interrupción de la vida; y, si esto es un desdichado atributo de nuestra época, que puede incluir desde los frecuentes tiroteos en los Estados Unidos a las imágenes que la televisión graba en los campos de refugiados, no cabe duda de que la vida palestina lo incorpora como constitutivo desde hace más de siete décadas. También se manifiesta el trastorno de lo real en el desplazamiento de los tiempos personales, en una forma de temporalidad que mutila las dimensiones del tiempo, sus posibilidades y matices, su genuina cualidad variable: me he referido antes a la sensación de espera sin fin, y a ello se suma la percepción de que solo el pasado tiene consistencia, bien remitiendo a los recuerdos anteriores al exilio o bien, para los más jóvenes, a una época ya mítica que se transmite en los relatos orales y de la mano de los escritores. La medianoche es, para Barguti, en último término, el espacio insoportable de este reconocimiento existencial, de este vivir trastornado: “Y todo lo escabroso me resulta llevadero / excepto el durísimo trayecto de dos pasos / que separa mi silla de mi cama / cuando cae la noche”.

Se encuentra en un libro suyo de 1980, Poemas de la acera, una imagen conocida del lector de poesía, la del traje vacío, que aparece, por ejemplo, en Antonio Gamoneda, para mostrar la presencia en la vida familiar del padre muerto, o en Leopoldo María Panero, para expresar la muerte en vida de quien se siente ya en “la otra orilla”. En Barguti representa el exilio: “Colgado sigue allá / su cinturón de cuero” —y “una cintura vacía” se siente, puede palparse, en la soledad de la casa; pero lo que toma ahí relieve es la intensa materialidad de las cosas: “el par de zapatos que dejó se han resecado, / sus camisas blancas de verano / dormidas siguen en las baldas”: el deterioro del cuero, la blancura de la tela, los pliegues. La poética conecta con la conciencia de pérdida de realidad, responde a ella y la activa. Se diría más: la acción política de Barguti se da en la escritura al cumplir las exigencias de la escritura misma. Nunca fue un militante ni participó en los grandes debates públicos, aunque no haya ocultado sus opiniones; pero su acceso a la política se da en el punto en que esta se cruza con la vida, en el punto en que se hace lengua, se hace indistinta del mundo del poeta.

Así, una página de He visto Ramala explica cuándo entendió la postura que requería la ocupación, la larga, eterna ocupación: “Cuando descubrí la exactitud de lo corpóreo y la veracidad de los cinco sentidos, sobre todo el de la vista. Cuando descubrí la justicia y la genialidad de la cámara, que ofrece su imagen, por mucho ruido que pueda haber en la realidad, con un murmullo apenas perceptible. Me esforcé cuanto pude por librarme de la poesía que linda con la simpleza del himno”. No se trata de ingenuidad respecto a las trampas de la percepción, a las ilusiones de la imagen, sino de un trabajo por captar el murmullo de lo que existe, en vez de encender e idealizar himnos. Porque el eje de todos los problemas es el problema de la realidad: acosada, desplazada, falsificada, eliminada —y el llamado realismo no ofrece respuesta porque ni siquiera ha escuchado la pregunta. [...]

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PREMIOS REALES / 2

Una mirada disonante: Zajar Prilepin comenta el Limónov de Carrère

 

Emmanuel Carrère ha escrito un libro muy incisivo y, en su conjunto, atractivo.
La parte más interesante : la propia voz de Carrère, sus observaciones personales al margen de Limónov.
De ahí que la Introducción, es decir, las primeras 30 páginas, sean las más interesantes.
A partir de ahí, pasa a exponer, casi al pie de la letra, los libros del propio Limónov (al principio con todo detalle, y luego de forma cada vez más precipitada), lo que a los lectores de Limónov resultará, evidentemente, un tanto pesado.
Carrère insiste en llamar a su libro “novela”, pese a que, por su forma, se trata de una biografía en toda regla: en él no hay nada quwe recuerde a una novela.
No es difícil comprender por qué lo hace Carrère, pues, al componer su libro no hace ninguna distinción entre el protagonista lírico de los libros de ficción del escritor Limónov y el hombre concreto llamado Eduard Savenko.
Sin cuestionarse nada, Carrère rellena su relato con episodios de las novelas de Limónov, haciéndolos pasar, de una u otra manera, por acontecimientos reales.
Para no cargar con la responsabilidad, es preciso llamar al libro “novela” y asunto resuelto. […]
Carrère habría podido entrevistar a los amigos franceses de Limónov y describir, al menos, su época parisina comparando la prosa de ficción con la realidad.
¡En París, decenas, por no decir cientos, de personas recuerdan perfectamente a Limónov y a Natalia Medvedeva, su compañera de entonces!
¿Por qué haber dejado pasar tal oportunidad de trabajar mínimamente con las fuentes originales?
No obstante, la principal objeción no es esa.
Carrère ha optado por la facilidad, exponiendo a su manera los temas más llamativos de los libros verdaderamente sugerentes de Limónov.
Hay que admitir que el ensordecedor éxito de su libro está relacionado, precisamente, con el hecho de haber escrito un libro ligero e, incluso, no me asusta la expresión, sin rigor.
Hay algo más que me desconsuela: la superficialidad de muchas de las representaciones de Carrère sobre Rusia.
El pobre Carrère especifica trescientas veces en su libro, especialmente para su lector europeo, que Limónov es un “vil fascista”, y después de eso, otras trescientas veces, con la más absoluta sinceridad, trata de explicar que a pesar de su “vil fascismo”, Limónov es un buen hombre: compasivo, honesto y valiente.
Otro ejemplo extraído del libro:
Carrère cuenta que enseñó una fotografía (de un grupo de Natsbols con Limónov en Asia Central) a uno de sus amigos. Precisemos que se trataba de ese período heroico, a mediados de la década de 1990, en que Limónov con un grupo de sus camaradas se había instalado en las aldeas cosacas, un poco como Razine y Pougatchev [jefes cosacos que durante los siglos XVII y XVIII se habían puesto al frente de las insurrecciones campesinas]. Una aventura apasionante que les supuso serios problemas con los servicios especiales. Al contemplar la fotografía de los Natsbol desnudos hasta la cintura, en pleno verano, el amigo de Carrère exclama: “¡Una banda de maricones, que se han largado lejos de Moscú para darse por culo y que nadie les vea!”
Al relatar este episodio en su libro, Carrère no se muestra demasiado de acuerdo con su amigo, pero añade: “Y, sin embargo, ¿quién sabe?”.
Emmanuel, ¡puah !
Usted ha pasado bastantes días con los representantes de un partido del que trescientos miembros han pasado por la cárcel, seis al menos han muerto en circunstancias trágicas, un millar ha sido arrestado alguna vez y cientos han sufrido tortura o palizas y usted escribe semejante bajeza.
Su amigo es o un bromista sin gracia o un imbécil, entonces, ¿por qué citarlo?
La sorpresa más dolorosa  me esperaba al final de la obra, cuando Carrère explica con aplomo que Putin y Limónov son prácticamente lo mismo.
La base para tal conclusión es sorprendentemente simple: Putin había afirmado que solo un cabrón podía no lamentar el hundimiento de la URSS. ¡Y Limónov lamenta la muerte de la URSS! ¿Lo ve usted? ¡Todo encaja!
¡Ah, sí! Putin, como Limónov, posó una vez en una fotografía en porreta y con un cuchillo. Para un europeo sensato, que condena toda clase de violencia (eso es al menos lo que a él le gusta pensar de sí mismo), se trata de un espectáculo detestable.
¡Eso es todo!
¿Comprenden ustedes?
Para el más inteligente, más sutil y más informado de los europeos preocupados por Rusia, cualquier opinión nuestra sobre el tema del hundimiento del país es un diagnóstico unívoco. Es más, un diagnóstico aterrador, definitivo.
El hecho de que Putin, que tanto se parece a Limónov, posea, según diversas fuentes, un patrimonio de cuarenta mil  millones de dólares, y Limónov nada de nada, no es más que un detalle sin importancia
Que Putin, a comienzos de la década de 1990 haya abandonado los servicios secretos, traicionando su juramento, para  conchabarse con el alcalde de San Petersburgo, Sobtchak, mientras Limónov, por el contrario, tratara porfiadamente de impedir el hundimiento del país durante el sangriento “Golpe de Estado” de Yeltsin de octubre de 1993, participando en cientos de mítines o en Transnitria, no es más que un simple detalle.
Que, en definitiva, Limónov sea un hombre de cultura humanista y un gran escritor, mientras que Putin, en muchos sentidos, sea su polo opuesto, tampoco importa.
Lo esencial es que ambos añoran la URSS
…Sin embargo, pensándolo bien, ¿qué es lo que podía esperar de Carrère?
¿Acaso ha sido él quien ha decretado que el hundimiento de la URSS era una gran bendición, que la historia soviética fue una marea de crueldades y de porquerías sin fin, que el intento de plantearse los acontecimientos de Yugoslavia de forma diferente a la comunidad occidental era un primer paso hacia el fascismo y que Putin era un teniente diplomado en la KGB, el restaurador del Imperio y un peligroso militarista entronado?
Me pregunto si ha sido él.
Pero entre nosotros, todos nuestros maravillosos tribunos liberales (los nuestros, los hermanos, los que enseñan al pueblo desde hace lustros la actitud correcta con respecto a nosotros mismos y al país) piensan lo mismo.

                                                              ZAJAR PRILEPIN

[traducido a partir de la versión francesa publicada en http://www.tout-sur-limonov.fr/222318798]

 

 

 


PREMIOS REALES

Tal vez, como afirmó en su momento el poeta griego Dinos Cristianópulos, "es hora de que el Estado deje ya de utilizar a los artistas". Llama la atención cómo desde aquel ya lejano 1980 en que el periodista asturiano Graciano García, con ayuda del general Sabino Fernández Campos, también asturiano y a la sazón secretario general de Juan Carlos de Borbón, consiguió culminar su carrera de periodista y emprendedor con la creación de los premios Príncipe de Asturias, estos han perseguido darse a conocer siguiendo tres principios: una importante dotación económica, la obligatoriedad de viajar hasta Oviedo para recibir el premio y, por último, premiando a figuras mediáticas que dieran visibilidad a esta pequeña ciudad de provincias. No se trataba tanto de estimular las artes y las ciencias descubriendo a valores jóvenes o poco conocidos, como de convocar a famosos que prestigiaran el premio. Así hemos visto desfilar por Vetusta a Leonard Cohen, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Woody Allen, Norman Foster, Pau y Marc Gasol, la selección española de fútbol,  Carlos Sainz, Rafael Nadal, Google...

Este año queremos detenernos en la concesión del premio de las letras a Emmanuel Carrère, un personaje de la jet society francesa, famoso por sus aventuras sentimentales expuestas a plena luz del día, un escritor a nuestro juicio sobrevalorado, como escribimos ya hace unos años a raíz de la publicación de su éxito de ventas, Limónov:

El Limónov de Carrère se ha convertido en un best-seller de alcance mundial, y también en nuestro país. Los elogios han sido casi unánimes y escasísimas las reservas.

De igual modo, la aceptación de las insinuaciones de Carrère ("Limónov es un fascista raro", "si lo miramos despacio, El Asad y Gadafi son lo mismo") se aceptan acríticamente aun sin conocer la obra de Limónov ni tampoco su auténtica biografía —no en vano Carrère se guarda las espaldas calificando su engendro de novela— e incluso se acentúa desde el desconocimiento la maldad del protagonista, como hace Sabino Méndez, parafraseando a Carrère, en La Razón: "Es un pobre artista, un totalitario que, como rareza inducida por sus circunstancias, está con los débiles; lo cual no evita para nada su totalitarismo. [...] Lo cierto es que Limonov es un pobre totalitario, un aficionado a la mística violenta de las armas, que se acerca a ellas como si fueran «gadgets» políticos, algo bastante indeseable".

Cabría preguntarse, sin embargo, ¿cuál es la razón de que la copia, la imitación, consigan imponerse al original? Pues el libro de Carrère, salvo algunos párrafos de su cosecha, no es sino una vulgar y anodina copia resumida de los muchos libros publicados por Limónov. Carrère se ha aprovechado de la prosa brillante, incisiva, cortante, provocadora y agresiva de Limónov —considerado hoy en Rusia, incluso por sus enemigos, como el mejor escritor ruso actual— y la ha pulverizado, la ha tamizado para eliminar todo lo que contradecía sus tesis de partida, la ha aguado a voluntad y nos ha servido una papilla sin la gracia y el colorido de los ingredientes originales, pero, eso sí, adaptada a las demandas cada vez menos exigentes de los lectores occidentales.

Los primeros capítulos de la ¿novela?, ¿biografía?, ¿novela biográfica? de Carrère son una auténtica impostura. En ellos no hay la más mínima investigación sobre su personaje, sino que se limita a entresacar los aspectos que más le convienen para su imagen preconcebida del protagonista de sus novelas Edichka, La gran época, Diario de un fracasado, El adolescente Savenko, Historia de un servidor e Historia de un granuja. A nadie se le ocurriría hacer una biografía de Henri Miller a partir, solamente, de sus novelas, pues cualquier crítico literario sabe que las novelas, por muy autobiográficas que sean, solo pueden ser consideradas como fuentes secundarias y que el autor recrea en ellas su propia experiencia vital. Si Limónov se presenta a sí mismo, provocativamente, como "un granuja", para Carrère es, efectivamente, un granuja y así se lo hace saber a sus lectores, quienes, si se conforman con esta adulterada píldora, se perderán todo el fascinante retrato de la sociedad soviética brezneviana y de esa juventud desnortada que rechazaba lo que el régimen les presentaba como "sociedad comunista", de la que ellos preferían situarse al margen, que son Edichka, La gran época, El adolescente Savenko e Historia de un granuja.

El método de Carrère se desvela ya en las primeras páginas, cuando se refiere al padre de Limónov, militar de baja graduación, como un "chequista subalterno" [págs. 98-99 de la edición francesa (Paris: P.O.L., 2011), que tomaré en adelante como referencia]. En Historia de un granuja Limónov narra sus primeros pasos bohemios de poeta underground en Moscú, la emprende con no poco humor, con el stablishment, el oficial y el disidente, actitud que mantendrá, tras su exilio en Nueva York, con los Andy Warhol, Allen Ginsberg, Ferlinghetti... lo que dará pie a Carrère, sin entender al personaje creado por Limónov —un escritor joven que pugna por abrirse paso derribando a los ídolos que ocupan la escena—, a afirmar, con el conveniente distanciamiento y tomándose al pie de la letra toda la ironía que Limónov vierte sobre sí mismo: "Esta mezcla de desprecio y envidia no hace muy simpático a mi personaje" [ibíd., p. 119]. En fin los ejemplos no faltan: "Escribir nunca fue para él un fin en sí mismo, sino el único medio de que disponía para alcanzar su verdadero objetivo, hacerse rico y célebre, sobre todo célebre [íbid., p. 237]... Pero cuando las artimañas de Carrère se muestran más al desnudo es en su Epílogo, en el que compara a Limónov con Putin: "si estuviera en su lugar, no me cabe duda de que diría y haría todo lo que dice y hace Putin [íbid. págs. 479-480]. Decir tal cosa de alguien que, bajo el régimen de Putin, ha sufrido graves palizas de advertencia en la via pública, 15 meses en régimen de aislamiento en la cárcel de Lefortovo, bajo la acusación de terrorismo, sin derecho a abogado ni a recibir visitas, antes de ser condenado a 14 años y transferido a un campo de trabajo y rehabilitación, que es detenido sistemáticamente los días 31 de cada mes por encabezar las manifestaciones en favor del derecho de manifestación recogido en el artículo 31 de la Constitución rusa... no parece, precisamente, un ejercicio de objetividad.

Sobre lo que entiende Carrère por objetividad resulta sumamente instructivo el atroz y autocomplaciente diálogo que sobre el final que convendría a su Limónov mantiene con su hijo:

"No me gusta este final y creo que a él tampoco le gustaría. Creo también que quienes se arriesgan a juzgar el karma de otro, o incluso el suyo propio, pueden estar seguros de equivocarse. Una tarde confié mis dudas a mi hijo mayor, Gabriel. Es montador, acabamos de escribir juntos dos guiones para la televisión y me gusta mantener con él conversaciones de guionistas: esta escena, vale; esa otra, no.
—En el fondo —me dice— lo que te molesta es presentarlo como un loser.
Lo acepto.
—¿Y por qué te molesta? ¿Porque temes herirlo?
—En realidad, no. Bueno, en parte, pero sobre todo me parece que no es un final satisfactorio. Que es decepcionante para el lector.
—Eso es distinto —observa Gabriel y me cita unos cuantos libros y películas fundamentales cuyos protagonistas acaban mal—. Raging Bull, por ejemplo, y su última escena en la que aparece el boxeador interpretado por De Niro en una situación límite, completamente abatido. Ya no le queda nada, ni mujer, ni amigos, ni casa, se ha abandonado y se gana la vida actuando en un número cómico en un local miserable. Está esperando que lo llamen para entrar en escena sentado frente el espejo de su camerino. Lo llaman. Se levanta pesadamente de la butaca y, justo antes de salir del encuadre, se mira en el espejo, se balancea, hace como que boxea y se le escucha farfullar, en voz baja, solo para él: "I'm the boss. I'm the boss. I'm the boss".
Es patético y magnífico.
—Mil veces mejor —añade Gabriel— que si hubiera aparecido victorioso sobre un podio. Acabar con Limónov, después de todas sus aventuras, comprobando en Facebook si tiene más amigos que Kasparov, eso puede funcionar.
Tiene razón; sin embargo, hay algo que sigue incomodándome.
—Bien, abordemos el problema de otra manera —prosigue—. ¿Cuál sería para ti el final preferible? O sea, si fueras tú el que decidieras. ¿Que tomara el poder?
Niego con la cabeza: demasiado inverosímil. Sin embargo, en su programa de vida hay algo que aún no ha hecho: fundar una religión. Lo que haría falta es que abandonara la política, donde, la verdad, no tiene futuro, que volviera a los montes Altái y que se convirtiera en un gurú de una comunidad de iluminados, como el barón Ungern von Sternberg, o, aún mejor, en un auténtico sabio. Directamente una especie de santo.
Ahora es Gabriel el que tuerce el gesto:
—Creo que ya sé el final que te gustaría: que lo asesinaran. Para él, estaría en consonancia con el resto de su vida, sería heroico y le evitaría morir como uno cualquiera de un cáncer de próstata. Tu libro se vendería diez veces más. Y si lo envenenan con polonio, como a Litvinenko, ya no es que se venda diez veces más, sino cien veces más en todo el mundo. Deberías decirle a tu madre* que se lo comente a Putin".

* La madre de Emmanuel Carrère, de soltera Hélène Zourabichvili, descendiente de una familia de aristócratas rusos que abandonaron el país tras la revolución de 1917, mantiene buenas relaciones con el poder actual ruso, se ha entrevistado con Putin y suele aparecer en las cadenas de televisión afines al presidente. En una de estas apariciones se expresó con menos comedimiento del que suele emplear en Francia e hizo los siguientes comentarios, calificados por algunos de racistas, sobre la presencia de africanos en Francia:

"Durante años el gobierno ni siquiera se atrevía a calificarlos de hooligans. [...] Estas gentes vienen directamente desde sus poblados africanos. Ahora bien, París y las demás ciudades europeas no son poblados africanos. Todo el mundo se sorprende, por ejemplo, de ver niños africanos en la calle en vez de en la escuela. Uno se pregunta por qué sus padres no son capaces de retenerlos en su casa. Sin embargo, es evidente, existe una verdadera tragedia, la poligamia. Muchos de estos africanos son polígamos. Pueden tener tres o cuatro mujeres y veinticinco niños en el mismo piso. Esos pisos están tan atestados que han dejado de ser un verdadero domicilio, ¡no se sabe ni lo que es! Esa es la razón de que los niños estén en la calle". [entrevistada por la cadena rusa NTV el 13 de noviembre de 2005]. En otra ocasión, entrevistada por el semanario ruso Moskovskie Novosti, declaró que en Francia "tenemos leyes [...] que habrían podido ser ideadas por Stalin, [que pueden enviar a uno a la cárcel] si sostiene que hay cinco judíos o diez negros en la televisión". [consulta en línea 5/5/2013: http://www.lutte-ouvriere-journal.org/?act=artl&num=1948&id=16]